Una canción llamada Julia

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Sinopsis

Un manual de las complejidades del amor femenino, para uso de los chicos que no lo entienden. (El libro comienza en el capítulo 5, pero es recomendable leer los primeros 4).

Estado:
Completado
Capítulos:
19
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Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1 - Julia

Capítulo 1 - Julia

Julia era una muchacha varonil.

Amaba su libertad, su scooter y charlar con todo el mundo a la salida del instituto. Mientras los demás adolescentes esperaban el autobús, ella se montaba en su sillín y conversaba desde lejos con los del andén. Así que se hablaba a voces.

No era delgada sino más bien regordeta, cabello corto, lo justo para que no se la confundiera con un muchacho. No quería perder tiempo en peinárselo, pero no descuidaba el rostro. Ligero maquillaje, hecho deprisa, raramente pendientes, aros o colgantes en las veladas. A menudo pantalones cortos vaqueros y, pantalones en invierno, salvo para las fiestas, donde se transformaba en chica con un vestido, sobre todo nada de monos.

Los autobuses pasaban cada sesenta minutos, este intervalo permitía a Julia aparcar su scooter al borde de la acera e ir a charlar cara a cara. Únicamente si se cansaba de estar sentada, de lo contrario su vehículo de dos ruedas permanecía pegado a ella. Más cerca de los interlocutores, su voz cambiaba, gritaba menos y sonreía más, era justamente entonces cuando se percibía otra faceta de su comportamiento. Apenas se veían sus dientes en semicírculo. A pesar de su corpulencia, su rostro era más firme, no había grandes mejillas, cejas finas; y cuando escuchaba entre dos sonrisas, se hubiera creído que siempre estaba dispuesta a soltar un puñetazo seco si alguien se propasaba ante ella. Y luego de repente, reía con una carcajada franca y cerraba enseguida sus labios para reabrirlos ligeramente y continuar sonriendo. Observaba cierta clase que la obligaba a reír discretamente pero no naturalmente, tras cada carcajada se recordaba cómo comportarse. Era una máscara del buen comportamiento. Todo su cuerpo estaba envuelto en un aura que atraía, sin saber por qué, los muchachos se acercaban solo para escucharla. Algunos llegaban, a veces, a recobrar el control de sí mismos y comenzaban una conversación inútil que olvidarían al alejarse de ella.

Uno de ellos, un día, un muchacho que hacía demasiadas preguntas, se acercó, mientras ella se encontraba de pie hablando con una amiga; las interrumpió y se dirigió a Julia:

-Me gustáis mucho, me gustaría que fuéramos amigos.

Ella lo miró unos segundos con la boca cerrada, el puño derecho cerrado y la espalda recta. La amiga se apartó hacia la izquierda y dejó a Julia frente al muchacho; ella respondió:

-No nos conocemos lo suficiente.

-¿A quién conocíais antes de hablarles?

No se notaba entonación alguna en esta pregunta, Julia tomó aún unos segundos antes de retomar.

- Sí tienes razón, pero no me gusta tu manera de hablar - sus ojos se entornaron como para apuntar lejos.

- No me gusta tomar caminos complicados para cosas simples.

El puño seguía cerrado, los ojos entrecerrados.

Unos segundos de silencio pasaron, la calma alrededor de ellos, nadie se atrevía a abrir la boca. Sus amigos conocían las reacciones de la chica y la temían.

Luego de repente ella sonrió, alivio general, un ligero estiramiento apareció a cada lado de sus labios y, sin prestar atención, su puño se aflojó suavemente, sus dedos respiraban.

Preguntó al muchacho:

-¿Solo buscas una amistad o intentarás algo más?

Él podía responder rápidamente, pero prefirió esperar, antes de retomar pausadamente y con madurez:

-Obtener más... Tal era mi primer objetivo.

Julia estaba desestabilizada, no esperaba tal franqueza.

Él continuó maliciosamente:

-...Pero no nos conocemos lo suficiente.

Esto hizo sonreír a Julia, entendió rápido la broma sutil. Se veían esos pequeños dientes blancos aparecer. Su sonrisa permaneció un segundo más en sus labios de lo habitual.

Allí, comprendió la inteligencia que desplegaba el muchacho.

Julia sintió súbitamente un escalofrío en la espalda, se recompuso.

Tomó la situación en sus manos y afirmó con todo su coraje y con su más dulce voz:

-Me estás cortejando.

-No, no estoy en trance de cortejarte.

-¿Por qué has cambiado de objetivo?

-Puede que no nos gustemos

-Y si me gustas, ¿qué contarías hacer?

-Me hará falta quizá un momento para cambiar mi comportamiento.

Ella hizo una pausa, sondeaba el comportamiento de este extraño muchacho.

Manteniendo sus ojos medio cerrados, con voz incierta y febril, preguntó:

-Si te beso, ahora, ahora mismo, ¿qué harás?

-Te saltarás dos etapas

Hubo un vacío, luego él retomó:

-Por el momento hablo de usted.

-De acuerdo, puedes tutearme, lo prefiero - dijo precipitadamente

Ella esperó y luego retomó, sus ojos no abandonaban ni un segundo el rostro del muchacho:

-¿Estás de acuerdo, así?

-Sí... aunque sería decepcionante.

-¿Por qué? - una vez más ella estaba desestabilizada.

-No responderé a tu beso, no estoy en el papel de un enamorado.

-Ah... entonces actúa como un enamorado.

-De acuerdo...

Nada se veía a simple vista, pero el muchacho pasaba de un estado de amistad al de un enamorado. Y esto se sentía en el corazón de cada uno de los estudiantes que permanecían lejos, sus gestos y discusiones perdieron súbitamente la importancia a sus ojos.

Todo el cuerpo del muchacho cambiaba, todos sus músculos se relajaban, su mirada comenzaba a brillar. Los dos se miraron fijamente, nadie alrededor hablaba ya, nadie se movía, todos contenían el aliento. Chicas o muchachos, ninguno se interesaba en ningún otro tema.

El muchacho tampoco parpadeó, luego muy suavemente levantó sus manos hasta la garganta de Julia. Tomó su rostro entre las palmas de sus manos como si sostuviera delicadamente una rosa roja sin espinas inserta en el medio. Sus pulgares posados a cada lado de la nariz, en los huecos del arranque de las mejillas, se deslizaban muy suavemente hacia las cejas de Julia, las acarició del interior hacia las extremidades. Luego sus manos apretaron más, se acercó al rostro, sintió el aliento irregular que venía de enfrente al encuentro de sus labios.

Depositó un ligero beso en el labio superior, ligero como una gota fina de una lluvia de verano, luego otro en el segundo.

La cabeza de Julia estaba vacía, vaciada, todos sus análisis perpetuos, cada gesto, cada entonación que descifraba, todos los no-dichos que descortezaba, todos salieron de su espíritu, despejados, rechazados por un viento violento, ¡soplados! ¡Expulsados!

Naturalmente los ojos permanecían cerrados, era una sensación tan intensa que ocupaba toda la atención de Julia, de golpe absolutamente nada más existía, los jóvenes alrededor se borraban por sí mismos uno tras otro, se volvían bruma uno tras otro. Julia estaba rodeada de niebla, de nube, de rayos cálidos, de brisas y de besos soplando bajo el sol fresco de un mediodía de primavera.

Sobre su piel una sensibilidad eléctrica rodaba ola tras ola, como olas, levantando cada poro y calmándolos enseguida, del vientre a la cabeza, de las manos a la garganta, luego otra pasaba de arriba abajo, a veces la parte izquierda, a veces la parte derecha, ya no controlaba nada.

Luego tan suavemente como se había acercado, el muchacho aflojó ligeramente sus manos, sin soltar, retiró su rostro, allí, abrieron los ojos difícilmente, ninguno de los dos tenía ganas intencionalmente, la intensidad de la luz los obligaba a protegerse instintivamente. Finalmente, se encontraban cara a cara más cerca que antes. Se oyeron alrededor de ellos ciertos suspiros, el aliento prisionero comprimido detrás de las barreras del tórax, retomó su curso tras una liberación. Era como una ola que partía hacia atrás, en un paso ha limpiado, la arena está lisa y limpia bajo nuestros pies enraizándose en un suelo huidizo, todas las antiguas huellas borradas...

Laura sopló suavemente con su garganta seca, su voz apenas salía: “Julia...”

“¡Julia! El autobús va a llegar”, no quería estropear este momento donde ella también sufrió el efecto de esta ráfaga.

Julia preguntó tímidamente al muchacho-que-hacía-demasiadas-preguntas:

-¿Estarás aquí mañana?

-Sí, algunos mediodías tengo más tiempo.

-¿Estarás como enamorado?

-Sí, hasta que me digas que pare.

Ella sonrió, “tengo que irme ahora”.


Ella partió, él partió, el mediodía partió, el autobús llegó.

Los estudiantes partieron, las trece horas llegaron.

Pero no era el mediodía siguiente.

Luego llegaron las catorce horas y todavía no había mediodía.

La escuela llegó y partió también, luego la noche llegó y la Tierra giró.

Todo giraba normalmente, salvo el espíritu del muchacho.

Él había quedado al mediodía en el andén, en su arena.

Todos pasaban bajo sus pies limpiados por la ola.

La noche.

Era una noche tranquila y nada de extraordinario respecto a las otras noches.

El muchacho que hacía demasiadas preguntas durmió admirablemente bien. Subió a acostarse hacia las veintidós horas y disfrutó de un sueño profundo hasta la medianoche. Un reposo excelente, ¿no? Luego algunas ensoñaciones sin importancia le atravesaron el espíritu, tres cosas de nada concernientes al mediodía pasado. Apenas les prestó atención y se volvió a dormir enseguida, bueno casi, a las dos de la madrugada.

Durmió luego de un tirón hasta las tres... Allí, se despertó solo un segundo, el tiempo de verificar la hora, y cerró los ojos inmediatamente.

A las cinco, reabrió los ojos, por hábito sin duda. Un breve momento de flotación, totalmente insignificante, hasta las seis. Luego por fin, se sumió en un sueño reparador hasta las siete.

La noche en cuanto a ella, estaba perfectamente tranquila.

Luego llegó por fin la hora de partir al instituto alegremente.

Hubo algunos cursos de ciencias, de matemáticas, materias alegres y gozosas y por fin ¡Mediodía!

¡Timbre!

Era por fin el momento de cambiar de comportamiento y ser enamorado, era aún más placentero que la agradable mañana que acababa de pasar. Sus amigos comenzaron a guardar las sillas bajo las mesas, en un estruendo cotidiano de la huida...

Él se tomó un tiempo para guardar concentrándose.

Alcanzó el portal de salida, caminó algunos metros más, “¡por fin ahí está! La parada de autobús”.

“Solo debo alcanzarla, debe estar allí, quizá del otro lado de la parada”.

Del otro lado, todavía nada, sin embargo, él estaba allí, allí, a tiempo. Ya hacía un minuto que esperaba. Se inquietaba.

Hizo preguntas a los estudiantes que ella tuteaba habitualmente, pero nada, ninguna información para satisfacer su impaciencia. El segundo minuto pasaba. ¿Lo habéis notado, estos últimos minutos son siempre largos?

Y en ese caso, estos se deslizan tan golosamente como la miel untuosa que abandona la cuchara, es una espera “melosa y azucaradamente buena”.

Luego por fin, al final del tercer minuto, ella llegó. Siempre magnífica para él, no se bajó de su scooter y gritó: “avanzamos un poco, ¡el autobús va a llegar pronto! Me aparco más lejos”.

Un solo segundo bastó al muchacho para olvidar su estado, la lógica retomó el control: “¡de acuerdo yo también voy!“.

Se pusieron cara a cara, se tocaron las dos manos, ningún beso en la mejilla, ningún abrazo y sin embargo sonreían solo para preguntar cómo estaba el otro. Palabras simples, fáciles de pronunciar, varias frases todas igual de ligeras salieron unas tras otras, mientras acariciaban con los pulgares la piel de la mano del otro. Una conversación como si se conocieran desde hacía mucho tiempo, como si su relación datara de diez años.

Ella se sentó en el pequeño murete, él siguió, ella puso su pierna por encima de los muslos del muchacho y continuó:

-¿Sabes mi amiga Lo...

-No.

-¡Pero síííí, estaba allí ayer, te acuerdas!

-Ah sí.

-¿Sabes mi amiga Lo...

-Sí.

-Estaba allí ayer y piensa que eres muy raro y que hablabas extrañamente.

-¡Ah! Sin embargo, era claro.

-Sí, pero sabes, ella, siempre utiliza sinónimos cuando habla, así, hiere menos cuando dice verdades. Entonces no comprende cómo haces para hablar francamente. Sabes, sin utilizar entonación, yo sabes hago muchos gestos cuando hablo con alguien que aprecio.

Sus ojos se abrían y se entrecerraban sin parar en función de las historias, y de la intensidad de la historia que contaba.

Y en efecto sus manos hablaban en todos los sentidos, dibujaban montones de frases utilizando el viento como soporte, uno se preguntaba cuándo el muchacho recibiría una bofetada.

Él la interrumpió:

-¿Y tú utilizas tus manos para no herir?

Ella se detuvo un instante para sonreír, luego retomó.

-¿Qué haces mañana por la tarde, es el fin de semana?

-Hago los deberes y repaso.

-Sí pero eso, puedes hacerlo por la mañana, me gustaría pasar tiempo en el parque.

-Sí, es factible, voy justo a...

-¡Geniaaaaaal! ¡Nos encontramos hacia mi casa a las catorce horas, cerca del monumento a los vivos!

Se acercaba al monumento cuando vio el scooter desde lejos. Pensaba llegar tarde, pero no, ella estaba adelantada.

-¡Subes detrás, debo comprar un vestido de fiesta!

-Pero el proyecto era ir al parque.

-Sí, sí, pero primero esto, ¡me gustaría que me vieras en varios vestidos!

Arrancó y luego anunció:

-¿Vamos a mi casa?

-¿Pero no eran las tiendas primero?

-Sí por supuesto, pero te presento a mi madre en primer lugar.

Partieron pues a su casa, en primer lugar antes de “primero”.

La madre de Julia era alta de estatura, vestida con elegancia, pero acogedora; se encontraban en el salón.

-¡Mira, es el muchacho que me acompaña!

-Buenos días joven, parece que usted habla muy poco.

-Sí, digo lo esencial con poco vocabulario.

-Entonces ¿cómo se puede conversar con usted, si habla poco?

-Solo converso muy poco para resumir.

-¡Ah! Será difícil invitarle a un almuerzo.

-¿Almuerza usted a menudo hablando mucho?

La madre ya no sabía cómo continuar la conversación para conocer mejor al joven.

Julia exclamó:

-¡Has visto cómo habla! ¡Es súper! Vamos ahora, mamá volvemos para dejar el vestido ¡después salimos al parque!

Ella arrancó y prohibió al muchacho pegarse a ella pero que podía agarrarla por la cadera si solo era necesario.

En la tienda, probó un hermoso vestido rojo luego rosa después verde, todos disonaban con ella, siempre faltaba un nuevo criterio. Hizo algunas boutiques en poco tiempo, luego se detuvo ante un vestido azul, se lo probó y, por magia pegaba perfectamente a su personalidad. Giró una o dos veces ante el muchacho totalmente maravillado de ver la gracia y la belleza surgir de Julia. En cuanto a ella, sintió otro sentimiento aparecer en él, sonreía.

Y esto no pasó desapercibido, Julia comprendió rápido, ella analizaba todo en todo el mundo, pero más que eso, antes incluso de todo análisis, sentía el cambio de comportamiento. Era su sexto sentido.

Depositaron el paquete en su casa y salieron enseguida.

En el parque, caminaron lado a lado sin tocarse, atravesando conversaciones a veces curiosas:

-Sería bueno que conocieras a Lo, es muy interesante como chica.

-Es tu amiga, yo aún no la conozco.

-Tú me conociste a mí cuando no nos hablábamos.

-Sí, pero contigo tengo otro proyecto y ella, es otra chica.

-Bueno podrás ser su amigo como ella lo es para mí.

-No, en “Cuando Harry encontró a Sally”, Ephron demuestra que una amistad es imposible entre una chica y un muchacho.

-Sí en esa película vemos también otras parejas, y la frontera es neta entre ellos. Además, ignoras un punto muy importante, pero a mi vez, ignoro si debo decírtelo.

-¿Piensas que no lo entendería o que tu explicación me heriría?

-Sí para los dos puntos.

-Entonces haz como Laura, utiliza sinónimos.

-No soy como tú, no puedo copiar mentalmente otra manera de pensar.

-Quieres decir que todo el mundo no tiene esa capacidad.

-No, es difícil, tú llegas más fácilmente, pero a cambio te faltan capacidades más simples que mucha gente posee.

-¿Es eso de lo que tenías miedo?

-Sí, ¡me has pillado bien!

-Sé que no actúo normalmente como otros, pero no lo hago a propósito.

-Volvamos a la película... Está hecha para la gran mayoría de los seres de este mundo. Imaginas si todo el mundo hablara como tú, ¡pues no vamos a reír nunca en esta tierra!

-¡Ah! ...Comprendo por qué temías herirme.

-¡Ah no no no! No quería decir realmente eso bueno no así. Pero en fin ves bien que no eres normal...

-¡Sí lo sé! No hace falta repetirlo, te lo he dicho, no lo hago a propósito.

Julia estaba en un aprieto, reflexionaba en su cabeza:

“¡Oh vaya! Esto ya no es un paseo esto vira a la pesadilla.

¡Cómo voy a arreglar todo esto!

No dice nada más, ¡además ya no camina ahora!

Si lo razono se enfadará aún más”.

Apostó valientemente en su tapete:

-Eres diferente es verdad, pero eres lo que he preferido desde el primer día.

Él meditó algunos segundos y se calmó, luego su vista se posó hacia las hormigas cerca de sus pies:

-Mira, ves esta hormiga, ha partido a buscar ayuda para llevar la miga y una más grande ha llegado.

Él comprendió el deseo de apaciguamiento de la chica y en lugar de sacar una nueva explicación, saludó con un gesto simple el esfuerzo de Julia.

Un banco blanco de cuatro patas se encontró solo, sin ocupante, justo allí, al lado del espectáculo entomológico, ¿por qué no montar en su lomo?

Pasaron algunos minutos sentados así sin decir nada, antes de retomar su paseo.

Dieron algunos pasos de serenidad y luego encontraron otro banco.

Julia se tumbó, posando su cabeza en los muslos del muchacho.

Él sonreía de nuevo, alegre desde la vista del vestido azul.

-Dime... Estás sonriente desde que viste mi vestido, ¿lo has notado?

-Sí, estoy rememorando en bucle ese momento.

-¿Por qué?

-Voy a aprender este comportamiento, me hace feliz.

Julia posó su mano en la mejilla del muchacho y describió:

-Esto no es un comportamiento, esto se llama “un sentimiento”

Este se llama pasión...