Cuando Las Luces se Apagan
¿Qué diferencia hay entre soñar y vivir? Cuando sueño, el mundo parece hermoso, como yo quisiera que fuera, pero el mundo es cruel, casi sin sentido, y para colmo está hecho de antipatía. No sé si nací para este mundo. Ahora me encuentro solo.
Caminaba por las calles yendo a visitar a un amigo que hace tiempo no veía, y ahora me podía poner en contacto con él. Vive lejos, a una hora en el metro. Últimamente no he visitado a muchos amigos; hace años que no hablaba con alguno. Solo veía cómo conseguían logros importantes, unos ya teniendo una familia, y yo que me encuentro en mi habitación pensando en qué haré en la mañana, qué comeré en la tarde y a qué hora acostarme en la noche.
Las calles están repletas de gente que se insulta y grita sin motivo. El oficial de tránsito se pelea con el taxista que no quiere avanzar; el niño hace su berrinche y su madre lo amenaza para que se calle. Puro bullicio y desesperación.
Debería acelerar el paso, llegaré tarde a la casa de mi amigo. Tal vez debería llevar algo, o mejor compro unas bebidas… pero ¿capaz ya tiene en su casa? ¿Y qué le diré al vernos? Maldición, hace tiempo que no hablo con alguien; hasta siento que se me olvidó cómo pronunciar las palabras. No sé en qué momento me quedé tan solo. Seguidamente iba a caminar cerca de la playa y veía a las parejas hablar por horas, mirando el mar chocando con la arena, o a las familias yendo al parque. ¿Por qué soy tan desgraciado? ¿Qué pecado cometí para merecer esto?
Mi infinita soledad me abruma en mi habitación cada mañana, cada tarde, cada noche. Puedo quedarme mirando por la ventana toda la tarde, pensando y viendo a la gente pasar, contando las moscas que entran a llenar mi habitación oscura, o escuchando a los perros ladrar. Pero ya, tengo que dejar de pensar en eso y seguir mi camino.
Cuando estaba doblando una esquina cerca de la avenida, vi a una joven muchacha cargando unos pesados libros. Pensé en ayudarla, tal vez podría cargar sus libros hasta su destino.
—Oiga, permítame ayudar —le dije apresuradamente—. Tenga cuidado, que se le pueden caer.
Ella me miró. Sus ojos parecían dos soles brillantes y grandes, con unos lentes que hacían reflejar su brillo. Su nariz pintada en la punta un poco oscura, y sus labios finos y delicados.
—Gracias, qué amable por querer ayudarme —me dijo con una sonrisa.
—No hay de qué —le respondí—. ¿Hasta dónde se dirige?
—Mmm, bueno… ¿usted hasta dónde se dirige? —me dijo con cierta desconfianza.
—A la estación del metro, a visitar a un amigo.
—Ay, qué bien. Yo también me dirijo a ese lugar.
La acompañé, pero no podía dejar de mirar su cabello largo y lacio igual que una cascada. Sus ojos grandes, de color negro pero brillantes como una estrella. Sus manos delicadas. Yo me preguntaba cientos de cosas en mi mente y, a la vez, ya me ilusionaba.
—Y dígame, ¿para qué lleva tantos libros? —le pregunté con cierto nerviosismo.
—Ah, estoy yendo a estudiar —me dijo.
—¿Y cómo te llamas?
—Melisa. —Hasta su nombre era igual de hermoso que ella.
No quería agobiarla con tantas preguntas; de todas formas, solo la iba a acompañar hasta el metro. Pero no podía ni por un minuto dejar de pensar en qué más preguntarle y saber más de ella.
—¿Y qué estudias?
—Estudio Derecho.
—Por eso la inmensa cantidad de libros que llevas.
—Sí, me encanta leer.
Dios, si realmente existes, gracias por hacerme tropezar con esta mujer maravillosa, decía eso en mi mente mientras miraba el cielo.
—¿Y de dónde vienes?
—Parece que quieres saber todo de mí, ¿no?
Justo lo que no quería era agobiarla con tantas preguntas.
—Bueno, es que me pareciste una mujer interesante y linda. En verdad quisiera saber más de ti.
—¿Y qué hay de ti? No me has contado nada sobre ti.
—¿Sobre mí? Bueno… ¿qué quieres que te cuente sobre mí?
—Todo. Cuéntame.
Me daría vergüenza contar mi historia. ¿Qué de bueno he realizado a lo largo de mi vida?
—Bueno… estudio Arquitectura, y hoy fui a visitar a uno de mis amigos. Uno de los muchos que tengo, sí. —Fue muy descarado lo que dije, pero bueno, ¿quién no exagera su historia alguna vez?
—¿Arquitectura? Me sorprende… tienes que ser bueno dibujando.
—Sí, soy muy bueno. —Nunca había dibujado nada en mi vida, al menos algo que se vea decente.
—Y bueno, discúlpame por preguntarte esto recién, pero… ¿cuál es tu nombre?
—¿Mi nombre…? —Había pasado tanto tiempo solo que se me olvidó mi nombre—. Me llamo David.
David era el vecino al que su mujer le grita.
—David, me alegro de conocerte —me lo dijo con una sonrisa de mejilla a mejilla, mostrando sus dientes brillantes y chuecos como una cordillera. Rápidamente cerró su boca y me miró avergonzada.
—No pasa nada, no me desagradan tus dientes.
—Pero a mí sí. Nunca me gustaron estos dientes desagradables. He visitado varios dentistas y ninguno me dio una solución —lo dijo entre avergonzada y frustrada, con cierto desagrado guardado.
—Melisa, no te avergüences. Tu sonrisa es la más brillante que he visto.
—¿En serio piensa eso?
No podía dejar de ver sus ojos. Y por esa misma razón me caí de espalda: no había visto la bajada que había adelante y, queriendo proteger los libros, los agarré con fuerza e hice que cayeran encima mío.
—Ay Dios, ¿se encuentra bien?
Yo quería proteger los libros de la tierra húmeda, pero justo en ese momento vi cómo ella los dejaba como si nada en el suelo.
—¿Los libros no se van a ensuciar?
—Estos libros ya están viejos. Hace años que los tengo; ya los leí una docena de veces, y además las páginas están rotas por las polillas.
Casi me rompo la cadera tratando de proteger libros rotos. Ni siquiera me di cuenta de ello.
—Ah, bueno, está bien entonces…
Después de eso, ella empezó a reírse, y yo igual. Su risa, como una melodía perfecta, me dejó cautivado.
Estábamos ya cerca del metro, y sentí un sinfín de emociones. Melisa me había hecho sentir lo que yo creía perdido en mi corazón. Me di cuenta de que Melisa era perfecta para mí: una chica linda, inteligente, apasionada. Pero al estar ya cerca del metro, no quería alejarme de ella, no quería dejar de verla. Y cuando ya estábamos a punto de entrar al metro…
—Melisa, no me quiero despedir de usted.
No estaba. ¿Acaso se fue sin que me diera cuenta? Sentí mis brazos livianos; ya no tenía los libros pesados que tanto cargué. No sentí nada. Solo me subí a uno de los vagones, me senté y dormí todo el viaje. No pensaba nada, no me dije nada a mí mismo. Solo sentía… nada: un vacío, una soledad más inmensa que las que había sentido varias veces.
Llegué a donde mi amigo. Nos saludamos y me invitó a pasar. Me dijo:
—Hola, cuánto tiempo. Hace años que no te veía. ¿Cómo estás?
—Estoy bien.