PRÓLOGO: ERROR CRÍTICO
—Han emitido la orden de aprehensión contra Alistair Jung. Cualquiera que tenga información, por favor, contacte a los siguientes números.
El hombre apretó el volante; sus nudillos palidecieron. En la pantalla del tablero, el noticiero mantenía fija la línea de denuncia. Una sentencia repetida sin descanso. ¿Cómo? Él mismo cubrió cada rastro. Las cuentas, dispersas en paraísos fiscales. Excepto un testigo: la única persona a quien le concedió acceso a los documentos internos. Conocía las rutas, los horarios cifrados en las carpetas condenadas a la sombra. El nombre estalló en su mente. No cualquiera…
Por dentro, desde un punto inalcanzable, la corrosión alcanzó las entrañas hasta entonces ignoradas en su propio ser. Los sentimientos existían destinados a la gente patética. Débil. Para quienes creían que el mundo operaba bajo lógica humana en lugar de una simple cadena alimenticia.
Giró el volante. La autopista extendía sus carriles vacíos frente a él. ¿Y por qué no podía extirparse esa sensación nauseabunda de traición?
Observó la caja abierta en el asiento del copiloto. Un diamante solitario capturaba cada partícula de luz, de los faros del exterior. Brillos fugaces que subrayaban su estupidez monumental. Dos meses de búsqueda. Calibre exacto. Corte impecable. Lo único, en todo el auto, que seguía siendo lo que debía ser. Se encontró riendo; el sonido de su propia voz resonó en las paredes acolchadas.
Bajó el vidrio de la ventanilla. Un aire helado penetró sus huesos. Quería gritar, llorar, lo que fuera que aliviara el dolor en su corazón. Pero su garganta permaneció cerrada. Sostuvo el anillo entre sus dedos. Lo giró una vez como si pudiera devolverle un poco de calor.
Abrió la mano. El viento reclamó el recuerdo de lo imposible; ni siquiera produjo sonido al caer.
Dentro de la oscuridad visualizó la edificación de un orfanato. Levantado en medio de la nada. Las yerbas trepaban por los muros agrietados. Frenó a unos cuantos metros de la entrada. Aquí comenzó todo y aquí terminaría.
Al bajar, el fango y la nieve impregnaron la suela inmaculada. Ajustó los puños de su saco; un movimiento ensayado miles de veces.
Algo metálico pesaba en el bolsillo interior de su chaqueta: la única decisión que ni la policía ni la prensa firmarían jamás por él.
Cruzó el umbral. Reconocía el banco de madera bajo la ventana rota, donde se sentaba de pequeño con la espalda recta y las manos cruzadas sobre las rodillas. Nadie escogía a los niños suplicantes; elegían a los que parecían no necesitar nada.
Treinta años después, volvió al mismo punto. Y nadie vendría a elegirlo esta vez tampoco.
Una lágrima descendió al cubrir sus propios ojos. Con la otra mano, sostuvo el arma contra su sien. La bala avanzó unos centímetros en una trayectoria irreversible. Y, sin embargo, el impacto nunca llego. Como si la fatalidad estuviera dispuesta a repetirse.
Un calor imposible le apuñaló los párpados cerrados, y en un acto de rebeldía, rompieron la oscuridad. Los copos de nieve cesaron antes de tocar el suelo.
En la estructura, los garabatos, dibujos de niños, estallaron en fragmentos azulados y luminosos. Una a una las líneas abandonaron la superficie. Algunas penetraron en su cuerpo; otras reptaban sobre la nieve.
[ERROR CRÍTICO DETECTADO]
Desde la grieta más profunda del mundo, una voz mecánica atravesó la realidad, inscrita en la misma distorsión devoradora del entorno. Aquellas líneas de luz azulada le susurraban una idea inadmisible: el error, esta vez, no le correspondía en solitario.
![Amor En Peligro [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_88c55c0706ed80af7618cf7760429c6d.jpg)







