PRÓLOGO
Las llantas golpearon el pavimento, que se transmitió desde el chasis hasta el volante, como si el auto mismo estuviera gritando por salir de esa pesadilla. Alistair apretó la guía; sus nudillos palidecieron. En la pantalla del tablero, el noticiero en su cobertura mostraba vigas de acero retorcidas. Bajo el asedio del insomnio, estudiaba el diseño de aquel edificio. La búsqueda del control absoluto brotó de esos días, cuando la mera supervivencia exigía un sutil arte. Así, descubrió que el vasto mundo solo brindaba dos alternativas: imponerse o dominar.
—Han emitido la orden de aprehensión contra Alistair Jung. Cualquiera que tenga información, por favor, contacte a los siguientes números.
El presentador alzaba su voz en medio del estruendo de las mangueras, que arrojaban chorros de agua hacia las llamas. En un rincón del dispositivo, un número de denuncias parpadeaba sin desaparecer. Las sirenas en la carretera, luces lejanas en la oscuridad. Avanzó en medio de calles difuminadas entre líneas rectas y oscilantes. La voz de ella permanecía inalterable. Creyó dejar atrás aquello en lo que se convirtió, convencido de que aún podía construir algo más allá de los recuerdos nebulosos.
Detuvo el coche en un callejón. A su lado, en el asiento del copiloto, la caja abierta. Un diamante solitario capturaba y reflejaba el brillo de alrededor. Dejó que el motor murmurara hasta extinguirse. El silencio reinó, solo perturbado por su respiración retenida. Una pieza de joyería perfecta iba a ser la promesa que sellaría lo inefable: el amor. La idea de que alguien como él cediera a la vulnerabilidad resultaba un mal chiste.
Al incorporarse de nuevo a la carretera, bajó el cristal de la ventanilla. Los mechones oscuros de su cabello revolotearon sobre su frente. Las luces de los letreros publicitarios pasaban, borrosas. Sostuvo el anillo entre sus dedos. Un fugaz pensamiento surcó su mente, antes de que su mano se asomara al exterior. El viento reclamó su posesión, un recuerdo de lo imposible, perdido en la negrura del asfalto. Una risa surgió desde lo más profundo de su ser.
A las afueras del Distrito 22, desvió el auto hacia un camino de tierra que se perdía fuera de la avenida. La superficie irregular hundía las llantas en cada giro, hasta que un bache profundo interrumpió la trayectoria. Un dolor punzante le atravesó la cabeza. La sangre descendió en un trazo carmesí que se espesó. ¿Y si renunciara? Ninguna persona podría reclamarle. Nadie a quien él mismo no hubiera alejado ya.
Tras unos metros, un portón oxidado cedió. Frente a una fuente seca, las llantas dejaron de avanzar. La estructura proyectaba sombras alargadas sobre el suelo. El convento absorbía no solo la luz restante del atardecer, sino también cualquier indicio de esperanza. Al bajar, la nieve mezclada con fango cubrió de inmediato los zapatos lustrosos. Ajustó los puños del traje. En el fondo, el niño que solía esconderse en las esquinas sombrías de su propia mente lo observó. Se preguntó si alguna vez valoró la calma por encima de su caos interno.
En su infancia, esos mismos caminos tenían un eco de risas y juegos. Los hombres de traje que cruzaron los pasillos del orfanato prometieron un futuro que rara vez llegaba. Entonces, apenas un niño, aprendió que confiar implicaba un lujo que no podía permitirse. Al cruzar el umbral del convento, el silencio retumbó en sus oídos, amplificando el crujido bajo sus pasos. Paredes con cicatrices sin fin, que narraban una historia.
Olvidó cuán asfixiante podía ser el aire. Las ventanas, vidrios antiguos estampados de polvo, filtraban una luz tenue. En el vestíbulo, una cruz torcida colgaba de la pared, sostenida por un clavo. ¿Era este su destino? Un niño perdido que, pese a todo su poder, seguía buscando la aceptación que nunca tuvo. El viento gélido movía los columpios en la parte trasera del patio. Donde sus primeros negocios fueron un acuerdo con el hambre y la esperanza. Eligió forjar su destino, uno en el que las grietas no tenían cabida.
En contraste con la inmovilidad del resto del lugar, un pasillo lateral se abría hacía varias habitaciones sumidas en la penumbra, excepto una, al fondo. Del pomo de esa puerta colgaba un letrero cuyo nombre evitaba pronunciar en voz alta. Reconocía el lugar a través de recuerdos, pero también por algo difuso. Era como si cada uno de sus movimientos ya se hubiera ejecutado y que la fatalidad estuviera destinada a repetirlo con variaciones mínimas, que no lograban alterar el resultado.
Bajo la ropa, sujeto al arnés de los hombros, llevaba dos armas. De vuelta a la salida, apoyó la mano sobre la manija. Con la otra, sostuvo el arma contra su sien. ¿Por qué, con todo su dominio e influencia, no lograba encontrar un camino diferente? Tal vez el control que deseaba no estaba afuera, en el poder o en el miedo, sino en la capacidad de elegir cuándo detenerse. Las sirenas de los autos policíacos se aproximaban del exterior.
Pequeñas motas de polvo caían del techo cada vez que alguien golpeaba desde el otro lado. Una lágrima descendió. Siempre creyó que podía cambiar su destino, moldearlo a voluntad. Pero quizá aquello no constituía más que una ilusión, condenada a quebrarse bajo la presión. Las sombras proyectadas por las ventanas del vestíbulo adquirieron siluetas humanas, como si el edificio mismo quisiera hablarle de las noches en que el mundo aún le debía una oportunidad.
—¡Alistair!
Desde la ventana los destellos intermitentes atravesaban el espacio. Una media sonrisa, apenas torcida, emergió. Al mismo tiempo que la voz de la mujer. Siempre controlada en otros contextos, se quebraba lo suficiente para perder su forma habitual. Un refugio que nunca mereció y que siempre fue una farsa. En su mente, las memorias de tardes compartidas, promesas sin pronunciar, lograron colarse entre su resistencia.
Gritos, fragmentos de rostros aún vívidos que se imponían sin secuencia lógica, presencias que no necesitaban coherencia para persistir, emergieron en su mente. Un clic resonó. Quitó el seguro. La bala abandonó el cañón. Avanzó unos centímetros, en una trayectoria que debería haber sido irreversible, pero que, en ese instante, cesó de responder a las leyes que hasta entonces regían su mundo.
Los copos de nieve dejaron de caer antes de tocar el suelo. En la estructura, los garabatos, dibujos de pequeños, estallaron en fragmentos azulados y luminosos. Una a una, aquellas líneas abandonaron la superficie. Algunas atravesaron el cuerpo de Alistair. Otras se arrastraron sobre la nieve. Todos los caminos recorridos parecían desvanecerse. Apenas quedaba una dirección. Se dio cuenta de que no solo ocupaba el papel de villano en aquella historia. También cargaba con el niño que aún buscaba ser visto y comprendido.
[ERROR CRÍTICO DETECTADO]
Desde la grieta más profunda del mundo, una voz mecánica atravesó la realidad. Inscrita en la propia distorsión que devoraba el entorno. La bala suspendida en el aire reflejaba la mirada de Alistair. Las líneas de luz azulada, su propia redención entretejida, le susurraban que, aunque el mundo lo empujara de nuevo al borde, tal vez esa orilla no conducía al final, pero sí al comienzo de lo que siempre buscó. Una tercera vía, un espacio para redibujar su narrativa. La redención no consistía en alcanzar un destino, sino en emprender un viaje iniciado con pequeños pasos decididos.








