1. Pasado.
Los Ángeles, California. Veinte años atrás…
James estaba viviendo el sueño de su vida —un poco agridulce, pero no por eso menos dichoso— al estudiar en el conservatorio. Había conseguido un trabajo de medio tiempo que le permitía practicar y repasar las lecciones.
Había materias difíciles, no lo iba a negar, pero sabía que poco a poco iban a ser más complicadas y que así aprendería más. No lo había visto de esa forma, pero la música era todo un universo nuevo y las personas apenas entendían el treinta o, cuando mucho, cuarenta por ciento de todo.
—Ey, James —habló Austin, su compañero de habitación—. ¿Viste el correo institucional? Se murió el director del conservatorio.
—Joder… ¿en serio? —preguntó él, levantándose de su cama para ir hacia la computadora de su compañero—. Qué pesar, parecía un buen tipo.
—Nos dieron una semana libre —fue lo que respondió el muchacho—. ¿No vas a aprovechar de ver a la rubiecita que te tiene tonto?
—Su nombre es April, imbécil, y es mi novia —le dijo en tono tajante, pero lleno de orgullo—. Y sí, tal vez tienes razón. ¿Debería sorprenderla o llegar de sorpresa?
—No lo sé, hombre. No tengo novia, apenas y te hablo a ti y… porque me toca —respondió el castaño, volviendo a llevar su atención a la pantalla del computador.
—No, mejor que no sea sorpresa. ¿Y si está en época de exámenes y lo que hago es estorbar?
—Prefiero que estorbes allá y no aquí —bromeó Austin, ganándose un puñetazo suave en el hombro, por lo que se quejó.
—La llamaré.
Se apresuró en marcar el número de su novia, lanzándose en la cama ella y contestó casi al último tono.
—Sol, ¿cómo estás? Me alegra oír tu voz —saludó, sonriendo.
Observó el techo de su habitación, llevando un brazo bajo su cabeza a modo de almohada.
—Bien, ¿tú cómo estás? —preguntó la rubia. James le contó de su día a día en el conservatorio con cierta efusividad y ella escuchó sin interrumpir—. Me alegra saber que estás bien.
Había algo en su voz que al muchacho le extrañó, pero no estaba tan seguro y no quería importunarla. «Tal vez está ocupada y yo aquí…».
—Tendré una semana libre en el conservatorio porque falleció el director. Estaba pensando en ir a visitarte, ¿te gusta la idea? —le preguntó, ansioso ante su respuesta—. Quería sorprenderte, pero no quiero molestarte si estás en época de exámenes.
—Lo mejor es que no vengas, James —respondió ella, su voz sonando un tanto ahogada.
El joven se sentó en su cama, frunciendo el ceño. Algo iba mal, su corazón apretado como un trapo lo presentía.
—En realidad, te iba a llamar para... decirte que lo mejor es que no estemos juntos.
—¿Qué? ¿De qué hablas, sol? ¿Por qué? —preguntó él, incorporándose de golpe, el desconcierto punzando su voz.
—Es lo mejor —repitió April, cada palabra un fragmento de cristal clavándose en su propia garganta—. Estamos muy lejos y realmente pensé que podía tener una relación a distancia, pero no puedo. Quiero enfocarme en mis estudios y tú debes enfocarte en ser un guitarrista famoso. Yo... Lo lamento, James, pero es lo mejor. Luego me lo agradecerás.
—No me mientas, sol. Sé muy bien que no es por eso —la voz de James sonaba quebrada, ahogada por una incipiente angustia.
Hubo un silencio corto, pero que sintió incisivo como un cuchillo. No podía dejar de preguntarse en qué momento todo se había ido al caño, cómo era posible que hace unas semanas ella estaba enamoradísima de él y ahora no.
Lo dejaba por llamada, como si no hubiesen vivido tres meses llenos de amor, de dolor y consuelo juntos.
—¿Quieres la verdad, James? —susurró con cierta dureza—. Me enamoré de alguien más.
El silencio que le siguió a aquella confesión fue un abismo denso y helado. James sintió que el miedo que siempre había anidado en lo profundo de su ser se materializaba, su peor pesadilla volviéndose una realidad tangible. En lo más recóndito de su corazón, él lo presentía. Sabía que April era demasiado buena para él y que en la universidad se daría cuenta, conocería otros hombres mejores, la acompañarían cuando él estaba a kilómetros de ella.
No, se negaba a dejarla ir así de fácil. Iba a buscar la forma de hablarlo, tal vez estaba confundida o tenía alguna crisis. Estaba seguro de que si lo veía a los ojos el amor que sentían le explotaría de nuevo en el pecho.
Como a él le explotaba aún lejos de ella.
—Iré para allá y lo hablaremos, sol. Tal vez estás confundida y…
—Ni te atrevas a venir. Solo vas a lastimarte más —lo interrumpió con una firmeza que le dolió en el alma—. No te amo, James. No quiero volver a verte, solo… te deseo éxito en tu vida, ¿bien? No me llames, no me busques. Déjame ser feliz con el hombre que… con el hombre con quien veo un futuro. Me quiero casar con él.
—April, pero… Dime, ¿qué hice mal? ¿Qué falló? No estoy entendiendo nada.
—James, solo fuimos un amor de secundaria. Estamos en etapas distintas, yo lo estoy —respondió ella, un ligero temblor en su voz que él apenas percibió—. No planeaba que esto sucediera. De verdad… me imaginé una vida a tu lado, pero lo conocí a él y todo cambió. Entendí lo que realmente es el amor. Así que, por favor… déjame ir. Si me amas, déjame ser feliz.
April colgó y el pitido del teléfono resonó como un eco en la cabeza de James. Su compañero lo miraba con preocupación, pero él apenas podía respirar.
—James…
Escuchar la voz de su compañero lo trajo a la realidad y empezó a moverse como un lunático por toda la habitación, tomando su maleta para llenarla de ropa. «No pienso dejarte ir así como así, sol. Voy a luchar por ti, contra quien sea», se repetía una y otra vez, mientras su compañero de habitación le llamaba e iba detrás de él tratando de detenerlo.
—¡James! —le gritó, logrando que se detuviera. Estaba de espaldas a Austin, pero eso no impidió que su compañero notara cómo le temblaban los hombros—. Joder, yo solo no voy a poder con esto. Llamaré a mi amiga.
James cayó de rodillas ante el peso que lo aplastaba, con miles de imágenes de April junto a otro hombre. Uno mejor que él, que pudiera ofrecerle el mundo entero. «Yo solo la cargué con dolor, traumas y pérdidas».
Las palabras de la rubia se repetían en su cabeza una y mil veces, por lo que llevó las manos a sus oídos y enterró la cabeza en el suelo, derrumbándose sollozo a sollozo.
—Diana, necesito ayuda. Es James, mi compañero de habitación —dijo Austin, hablando por teléfono—. ¡Joder, sé que no lo conoces! Pero está en una puta crisis y ¡no sé qué hacer! Ven a ayudarme, por favor… ¡Sabes que soy malo para esto!
—Está bien, Aus. Voy para allá —respondió la pelirroja del otro lado de la línea, preocupada por su amigo—. ¿Estás en peligro? ¿Puede hacerte daño?
—No, D. Él… él es quien está herido —fue lo que respondió Austin, viendo a su compañero llorar con desconsuelo en el piso de su habitación.