Capítulo 1
—Vamos, mamá, solo es un fin de semana.
—Grace Sophia Marie, eres la princesa de Mónaco —respondió su madre con firmeza—. Debes recordar que tu reputación siempre está bajo observación. Dos jóvenes no deberían andar solas por París, y además te niegas a llevar guardaespaldas.
Grace —o Gracie, como la llamaban sus amigos y su familia— suspiró al escucharla. Entendía perfectamente que, por pertenecer a la familia real, cada uno de sus pasos era vigilado. Pero, a diferencia de su hermano, nunca había dado motivos de preocupación.
Phillippe, su mellizo, aparecía constantemente en los tabloides: fiestas, casinos, excesos. Y aun así, parecía salir ileso. En cambio, cada vez que ella quería hacer algo sencillo, encontraba un muro frente a sí.
—Estás siendo injusta —dijo, cruzándose de brazos—. Solo quiero viajar con mi mejor amiga, a quien ya conoces. ¿Por qué me castigas por los errores de Phillippe?
—No es un castigo, es protección—respondió la princesa Amalia, dando por terminada la conversación—. Ahora, si me disculpas, tengo otros asuntos que atender.
Grace apretó los labios para no perder la compostura. Esperó a que su madre se marchara y subió a su habitación. Cerró la puerta con seguro y marcó el número de Victoria.
—¿Qué dijo tu madre? —preguntó su amiga al contestar.
—No. Como siempre.
—Grace, tienes veinticuatro años. No eres una niña.
Victoria tenía razón. Phillippe era mayor por apenas tres minutos y hacía lo que quería. Ella, en cambio, se esforzaba por ser la hija ejemplar… y eso, irónicamente, jugaba en su contra.
—No me gusta desafiar a mis padres—admitió.
—Tal vez deberías hacerlo. Si no, siempre te verán como una niña.
Grace guardó silencio un momento.
—Hablaré con mi padre esta noche. Haré un último intento.
—Esa es mi chica. Cruzo los dedos.
Grace abrió su armario en busca del atuendo perfecto para la cena. Sabía que la primera impresión contaba. Eligió un vestido rosa pálido hasta la rodilla, zapatos blancos y recogió su cabello rubio en un moño elegante.
Al bajar, encontró a sus padres sentados a la mesa. Phillippe no estaba. Había viajado a Alemania para la despedida de soltero de un amigo. Esta vez, sin jet privado: era la condición que sus padres le impusieron tras el escándalo de semanas atrás.
—Gracie, iba a subir a ver si te sentías mal —-dijo su padre, besándole la frente.
—Estoy bien, papá —respondió con una sonrisa.
Durante la cena, el príncipe Edward habló animadamente, como siempre. Grace escuchó con atención, esperando el momento adecuado.
—Has comido muy poco —observó él—. ¿Todo bien?
—Sí… solo quería preguntarles algo.
—No ahora, Grace —interrumpió su madre.
—Amalia —la detuvo Edward—. Deja que nuestra hija hable.
Grace respiró hondo.
—Victoria y yo planeamos ir a París este fin de semana. Me gustaría contar con su aprobación.
—Por supuesto, cariño —respondió su padre sin dudar—. Ve y diviértete.
—Edward… —empezó Amalia.
—Nuestra hija siempre ha demostrado buen juicio —continuó él—. No podemos tenerla encerrada. Y usa el jet, Gracie. Te lo mereces.
Grace lo abrazó con emoción. Sabía que podía contar con él. Siempre la escuchaba. Siempre confiaba en ella.
El jet avanzaba entre nubes algodonosas cuando Victoria alzó su copa.
—Por un fin de semana inolvidable en París.
—Por París —sonrió Grace.
Ya en la ciudad, caminaron, rieron, tomaron fotos. Grace ajustó su pulsera plateada con las iniciales GSMG. Le gustaba pasar desapercibida, observar a la gente.
—¿Por qué fotografías a desconocidos? —preguntó Victoria.
—Porque son libres —respondió—. Simplemente son.
Victoria nunca terminaba de entenderla.
Más tarde, mientras caminaban hacia la cena, Grace escuchó una guitarra. Un músico callejero tocaba para los transeúntes.
—Vic, escuchemos un momento —susurró.
—Tengo hambre —respondió, tirando suavemente de su brazo.
Grace suspiró, sacó su billetera y dejó un billete de cien euros en el estuche de la guitarra. Apenas avanzaron unos pasos cuando la música se detuvo.
—Disculpa —dijo el joven, alcanzándolas—. Creo que te equivocaste.
Grace se giró.
—No es un error. Es para ti.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Él la miró con incredulidad. Y en ese instante, Grace lo observó con detenimiento: alto, rizos castaños, ojos verdes. Había algo clásico en él, casi escultórico.
Por un segundo, temió que la hubiera reconocido.
No sabía aún que ese encuentro cambiaría mucho más que su fin de semana.








