ᴘᴀsᴏ 1: sᴇ sᴜ ɴɪɴ̃ᴇʀᴀ
El suave aroma a galletas recién horneadas llenaba el aire de la cocina, mezclado con las risas de Minji y Minho, que por primera vez en semanas parecían más ángeles que demonios. Sunoo, con una mancha de harina en la mejilla y una sonrisa radiante, vigilaba a los pequeños mientras decoraban galletas con chispas de colores. Sunghoon, de pie en el umbral, observaba la escena en silencio, con una calidez extraña creciendo en su pecho.
-Joven Kim... sé que solo vino para cuidar a mis hijos, pero... -Sunghoon dio un paso hacia Sunoo, su voz baja y cargada de algo que él mismo no terminaba de entender - Creo que también ha sido el responsable de haber cuidado mi corazón.
Sunoo se quedó petrificado, con las manos apretadas contra su pecho como si intentara calmar los latidos desbocados de su corazón. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso, y sus ojos, grandes y brillantes, se encontraron con los de Sunghoon.
-¿A-a qué se refiere, señor Park? -balbuceó, nervioso, mientras sentía que el aire se volvía más denso.
Sunghoon dio otro paso, acortando la distancia entre ellos. Su mirada, normalmente fría y calculadora, ahora tenía un brillo suave, casi vulnerable.
-Quiero decir que me gusta, joven Kim -confesó, y el rostro de Sunoo se encendió por completo, como si todo el calor del mundo se hubiera concentrado en sus mejillas.

Un mes antes
La oficina de Sunghoon era un caos absoluto. Papeles desperdigados sobre el escritorio, un par de juguetes rotos en una esquina y el incesante sonido de risas infantiles que rayaban en lo maniático. Minji, de cuatro años, corría en círculos blandiendo una varita de plástico como si fuera una espada, mientras Minho, su hermano menor, desarmaba meticulosamente un bolígrafo caro que había “tomado prestado” del escritorio de su padre.
Sunghoon, hundido en su silla con la cabeza entre las manos, parecía a punto de rendirse ante la vida. La puerta se abrió de golpe, y Jake, su mejor amigo desde la universidad, entró con una sonrisa burlona.
-Adivino: ¿otra niñera que renunció?-dijo Jake, dejándose caer en la silla frente al escritorio.
Sunghoon levantó la cabeza lo justo para lanzarle una mirada fulminante antes de asentir con cansancio.
-No sé qué harán con las niñeras estos pequeños monstruos -gruñó, pasándose las manos por el cabello en un gesto de pura frustración -Ni una niñera dura un día completo. ¡Un día, Jake!
Jake soltó una carcajada, sin inmutarse por la mirada asesina de su amigo.
-No te culpo, hombre. Vamos a ver... -empezó, contando con los dedo -Hace una semana, Minji tuvo un ataque porque no encontraba su muñeca favorita y decidió que la niñera era la culpable. Luego, Minho desarmó la radio de la cocina porque, según él, ′hacía ruidos raros‘. Hace dos días, Minji casi tira a la última niñera por las escaleras con una de sus trampas, y Minho... ¿qué fue lo de Minho? Ah, sí, desarmó la lavadora buscando un ’juguete perdido′ -Jake alzó las cejas, claramente divertido -¿Sigo?
Sunghoon lo fulminó con la mirada.
-Gracias por el resumen, Jake. Realmente necesitaba que me recordaras lo miserable que es mi vida -dijo con sarcasmo, señalando a los niños, que ahora estaban intentando escalar una estantería - El punto es: ¿Dónde demonios encuentro una niñera que pueda soportar a estos dos más de veinticuatro horas?
Jake se quedó pensativo, tamborileando los dedos en el brazo de la silla. De pronto, su rostro se iluminó con una idea.
-Creo que tengo a alguien en mente -dijo, y Sunghoon alzó la mirada, una chispa de esperanza en sus ojos cansados - Se llama Kim Sunoo. Trabajó con niños en una escuela primaria antes de que cerrara. Es un genio con los pequeños, créeme. Ahora está en la universidad, pero no tiene trabajo, así que esta podría ser una gran oportunidad para él.
Sunghoon frunció el ceño, desconfiado.
-Espera, espera. ¿Dices que está en la universidad y ya trabajó como docente? -preguntó, incrédulo -¿Qué clase de locura es esa, Jake? ¿Es confiable? ¿No es muy joven para manejar a... -hizo un gesto hacia los niños, que ahora estaban tirando cojines al suelo -...esto?
Jake sonrió, imperturbable.
-Sé cómo suena, pero escúchame. Sunoo es especial. Lo contrataron en esa escuela porque tiene un don con los niños. A pesar de no tener experiencia formal, los maestros no paraban de elogiarlo. Siempre tenía todo bajo control, incluso con los peores terremotos. Es responsable, cariñoso y... no sé, tiene una energía que hace que todos lo quieran.
Sunghoon lo miró con escepticismo, pero la desesperación pesaba más que sus dudas. Miró a Minji, que ahora intentaba pintar las paredes con un marcador, y a Minho, que desarmaba otro bolígrafo con una concentración casi científica. Suspiró profundamente.
-¿Crees que pueda con ellos? -preguntó, señalando el caos que lo rodeaba.
Jake soltó una risita.
-Si Sunoo no puede con ellos, nadie podrá.
Sunghoon se recostó en su silla, agotado pero intrigado.
-Está bien, Jake. Dame su número -dijo al fin, y la sonrisa de Jake se ensanchó, como si ya supiera que algo grande estaba por comenzar.

Sunoo estaba en su pequeño apartamento, revisando por enésima vez el cuaderno donde había anotado ideas de juegos, canciones y actividades para niños. El cierre de la escuela donde trabajaba lo había dejado sin empleo, pero su optimismo seguía intacto. Algo saldrá, se repetía, mientras tarareaba una melodía infantil.
El teléfono vibró sobre la mesa, y al ver el nombre de Jake en la pantalla, sonrió. Su mejor amigo siempre tenía las mejores noticias... o los chismes más jugosos.
—Dime, Jake, ¿qué aventura tienes hoy? —respondió Sunoo, con voz alegre.
—Sunoo, prepárate, porque tengo la oportunidad perfecta para ti —dijo Jake, su tono lleno de entusiasmo—. Recuerda que te hablé de mi amigo Sunghoon, el que necesita una niñera urgente para sus gemelos. Pues... ¡aceptó! Dice que suena perfecto lo que le conté de ti, y quiere contratarte ya.
Sunoo se quedó sin aliento, el cuaderno cayendo olvidado en el sofá.
—¿En serio? ¿Tan rápido? —preguntó, su corazón acelerándose—. ¡Jake, eres el mejor! ¿Cuándo empiezo?
—Ese es el detalle —rio Jake—. Está desesperado. Los niños han ahuyentado a la última niñera en menos de un día. ¿Podrías ir hoy mismo? Te mando la dirección ahora.
Sunoo sintió una mezcla de nervios y emoción.
—Hoy mismo... ¡claro que sí! Dile que voy en camino. Gracias, Jake. De verdad, gracias.
Colgó con una sonrisa radiante, el corazón latiéndole fuerte. Esto es perfecto, pensó mientras se cambiaba rápidamente y metía el cuaderno en la mochila. Niños adorables, una casa bonita... será pan comido.
Minutos después, su teléfono vibró de nuevo. Esta vez era un número desconocido. Contestó, intrigado.
—¿Hola?
—Buenas tardes, ¿hablo con Kim Sunoo? —dijo una voz profunda y calmada al otro lado—. Soy Park Sunghoon. Jake me dio tu número. Quería confirmar si podrías empezar hoy mismo. Estoy... en una situación un poco urgente con los niños.
Sunoo sintió un cosquilleo en el estómago al escuchar su voz, firme pero con un toque de cansancio que lo hizo sonreír.
—Claro, señor Park. Puedo estar ahí en menos de una hora —respondió, intentando sonar profesional aunque la emoción lo traicionaba.
—Perfecto. Te mando la dirección. Y... gracias, Sunoo. De verdad lo necesito —dijo Sunghoon, y Sunoo pudo jurar que había alivio en su tono.
Cuando colgó, Sunoo soltó un pequeño grito de alegría, ajustándose la bufanda y saliendo a toda prisa.

Cuando Sunoo llegó a la imponente pero visiblemente desordenada mansión de Sunghoon, su entusiasmo brillaba como un faro. Sus ojos recorrían con asombro las altas columnas de la entrada, los ventanales relucientes y el jardín que, aunque algo descuidado con juguetes dispersos, destilaba elegancia. En su mochila, llevaba el cuaderno lleno de ideas para juegos y actividades que había preparado con esmero esa misma mañana.
—¡Vaya, esto es increíble! — exclamó Sunoo, girando sobre sí mismo para admirar la fachada—. Con una casa así, seguro que los niños son unos angelitos educados. ¡Esto será pan comido! —dijo con optimismo, ajustándose la bufanda antes de presionar el timbre con un toque decidido.
El eco del ding-dong resonó en el interior, y Sunoo esperó, balanceándose sobre los talones, imaginando a dos pequeños adorables saludándolo con timidez y sonrisas. Pero su fantasía se desvaneció en un instante cuando la puerta se abrió de golpe.
Frente a él estaba Minji, una niña de cuatro años con coletas desaliñadas y una sonrisa traviesa que prometía problemas. Antes de que Sunoo pudiera decir “hola”, la pequeña levantó un balde de plástico rojo y, con un movimiento rápido y preciso, le arrojó un chorro de agua helada que lo empapó de pies a cabeza.
Sunoo se quedó paralizado, con los brazos extendidos y el agua goteando de su cabello hasta la punta de su nariz. El frío lo hizo estremecerse, pero lo que más lo sorprendió fue la risita aguda y maliciosa de Minji, que salió corriendo hacia el interior de la casa gritando:
—¡Te atrapé, novato!
Sunoo parpadeó varias veces, procesando lo sucedido. Sacudió la cabeza, haciendo volar gotas de agua en todas direcciones, y soltó una risa incrédula, una mezcla de sorpresa y diversión.
—Vaya... eso definitivamente no me lo esperaba —murmuró para sí mismo, mirando su ropa empapada con una sonrisa que no podía borrar—. Bueno, pequeños... si quieren jugar, yo también sé jugar.
Con una chispa de determinación en los ojos, respiró hondo y dio un paso hacia el interior, listo para lo que fuera que esta nueva aventura le deparara.