Capítulo Único
Era una noche tranquila en el Going Merry, el barco de los Piratas del Sombrero de Paja surcando las aguas del East Blue bajo un cielo estrellado. El viento susurraba contra las velas, y el único sonido que rompía el silencio era el ocasional crujido de la madera. La tripulación dormía profundamente después de un día agotador de aventuras, pero tú, una hábil ladrona conocida en las islas cercanas por tu sigilo y audacia, habías decidido que esta era la oportunidad perfecta para infiltrarte.
Habías oído rumores sobre las provisiones abundantes en ese barco: frutas frescas, carnes curadas, especias exóticas... Todo lo que una chica como tú necesitaba para sobrevivir en un mundo cruel. Escalaste la borda con facilidad, tus pies descalzos pisando la cubierta sin hacer ruido. Te dirigiste directamente a la cocina, el corazón latiéndote con fuerza por la adrenalina. “Solo un poco”, te dijiste a ti misma, abriendo la puerta con cuidado.
Dentro, la cocina estaba impecable, iluminada tenuemente por la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Tus ojos se iluminaron al ver los estantes llenos. Agarraste una bolsa y empezaste a llenarla: manzanas jugosas, pan fresco, incluso un poco de queso que olía divinamente. Estabas tan concentrada que no oíste los pasos suaves acercándose.
De repente, una mano fuerte te agarró por la muñeca, girándote con fuerza contra la encimera. “¡Qué demonios crees que estás haciendo aquí, ladrona!“, gruñó una voz masculina, ronca por el sueño pero afilada como un cuchillo.
Levantaste la vista y te encontraste con los ojos azules de Sanji, el cocinero del barco. Su cabello rubio desordenado por la noche, y su expresión era una mezcla de furia y sorpresa. Llevaba solo una camisa desabotonada y pantalones sueltos, como si hubiera salido de la cama a toda prisa. Su cigarrillo colgaba de sus labios, aún sin encender.
“¡Suéltame, idiota!“, espetaste, forcejeando contra su agarre. Eras fuerte para tu tamaño, pero él era más alto y entrenado en el combate. Intentaste darle una patada, pero él la esquivó con gracia, presionándote más contra la madera fría.
“¿Robar en mi cocina? ¿En mi barco? Tienes agallas, mujer”, dijo él, su aliento cálido contra tu oreja mientras te inmovilizaba con una mano en tu espalda. “Pero las agallas no te salvarán de una paliza... o peor”.
Lo miraste con odio puro. ¿Quién se creía que era este tipo? Un cocinero pretencioso que actuaba como si el mundo le debiera algo. “No necesito tu lástima ni tu comida de mierda. Solo estoy tomando lo que necesito para sobrevivir. ¡Tú y tu tripulación de piratas ricos no lo echarán de menos!”
Sanji soltó una risa amarga, soltándote solo lo suficiente para que pudieras girarte y enfrentarlo. Pero no te dejó ir del todo; su cuerpo bloqueaba la salida. “Piratas ricos, ¿eh? No tienes idea de lo que hemos pasado para conseguir esto. Y tú, una ratita ladrona, piensas que puedes entrar y salir como si nada”. Sus ojos recorrieron tu figura: ropa ajustada para el sigilo, cabello revuelto por el viento, y una determinación en tu mirada que, a pesar de todo, lo intrigaba.
La tensión en el aire era palpable. Forcejeaste de nuevo, empujándolo contra el pecho, pero él te devolvió el empujón, acorralándote contra la pared. “Si vas a pelear, hazlo bien”, murmuró, su voz bajando a un tono peligroso. Tus puños volaron hacia él, pero Sanji los bloqueó con facilidad, girándote y presionando su cuerpo contra el tuyo. Sentiste su calor, su fuerza, y algo más... una chispa que no esperabas.
“¡Basta!“, gritaste, pero tu voz salió entrecortada. Él te miró fijamente, y por un segundo, el odio se transformó en algo eléctrico. “¿Por qué robas? ¿No tienes orgullo?“, preguntó él, su mano aún en tu muñeca.
“¿Orgullo? El orgullo no llena el estómago”, respondiste, escupiendo las palabras. Pero mientras luchabas, notaste cómo su mirada se suavizaba ligeramente, cómo sus ojos se posaban en tus labios. El odio se mezclaba con deseo, una línea borrosa que ninguno quería admitir.
Sanji te soltó de golpe, retrocediendo un paso. “Vete. Antes de que cambie de idea y te entregue a Luffy”. Pero no te moviste. En cambio, lo miraste desafiante, y algo en ti se rompió. Tal vez fue la soledad de tu vida como ladrona, o la forma en que él te veía no solo como una enemiga, sino como una igual.
“No me iré sin lo que vine a buscar”, dijiste, tu voz cargada de arrogancia mientras dabas un paso hacia los estantes, ignorándolo deliberadamente. Tus dedos rozaron una caja de especias caras, como si nada hubiera pasado.
Eso fue la gota que colmó el vaso. Sanji, que siempre se enorgullecía de ser un caballero perfecto con las mujeres, sintió cómo su paciencia se evaporaba por completo. Sus ojos azules se oscurecieron de furia pura. “Ya basta, ratita ladrona”, gruñó entre dientes. En un movimiento rápido y preciso, te agarró por la cintura con ambas manos y te levantó del suelo como si fueras un saco vacío, echándote sobre su hombro derecho sin ninguna delicadeza.
“¡Bájame ahora mismo, hijo de puta engreído!“, gritaste, pataleando furiosamente y golpeando su espalda con los puños cerrados. Tus piernas se agitaban en el aire, pero su brazo de hierro te mantenía inmovilizada, su mano grande presionando firmemente contra la parte trasera de tus muslos, peligrosamente cerca de tu trasero.
“¿Engreído? Tú eres la que cree que puede entrar en mi cocina y servirse como si fuera un puto mercado libre”, respondió él con voz fría, saliendo de la cocina a grandes zancadas por el pasillo del Going Merry. El barco estaba en silencio, la tripulación dormía, y él se aseguró de que sus pasos no hicieran ruido excesivo. “Vas a aprender modales aunque sea a la fuerza, ladronzuela de mierda”.
Abrió la puerta de su camarote de una patada controlada y te arrojó sobre la cama con más fuerza de la necesaria. Rebotaste contra el colchón, el aire escapando de tus pulmones por un segundo. Te incorporaste de inmediato, furiosa, lista para escupirle en la cara. “¡No tienes ningún derecho a tocarme, cocinero de pacotilla! ¡Eres un pervertido que se hace el galán!”
Sanji cerró la puerta con llave detrás de él, el clic resonando como una sentencia. Se quitó la camisa de un tirón violento, dejando al descubierto su torso musculoso marcado por cicatrices y el tatuaje en su pecho. Se acercó lentamente, como un depredador, bloqueando por completo la salida. “Derecho? Entraste en mi barco, tocaste mi comida, profanaste mi cocina. Ahora eres mía hasta que aprendas la lección, perra insolente”.
Intentaste levantarte y golpearle, pero él fue más rápido: te atrapó ambas muñecas con una sola mano y las levantó por encima de tu cabeza, clavándolas contra el cabecero de la cama. Su rodilla se hundió entre tus muslos, separándolos con rudeza. “¡Suéltame, cabrón!“, chillaste, retorciéndote bajo su peso.
“¿Suéltarte? No, no. Las ladronas como tú necesitan ser humilladas para entender”, murmuró él contra tu oreja, su aliento caliente y cargado de tabaco. Con la mano libre, te desabrochó los pantalones y te los bajó de un tirón junto con la ropa interior, dejándote completamente expuesta de la cintura para abajo. El aire fresco del camarote golpeó tu piel, y sentiste cómo el rubor de la vergüenza te subía por el cuello.
“Mírate... toda mojada ya”, se burló Sanji al ver cómo brillabas entre las piernas. Sus dedos rozaron apenas tus labios hinchados, recolectando tu humedad y llevándosela a la boca para probarla delante de ti. “Sabe a desesperación. ¿Te excita que te pillen robando como una puta barata?”
“¡Cállate!“, gritaste, pero tu voz tembló. Intentaste cerrar las piernas por puro instinto, pero él las mantuvo abiertas con sus rodillas, dejándote obscenamente expuesta.
“¿Callarme? No, vas a escuchar cada palabra mientras te enseño a no meter tus sucias manos en lo que no es tuyo”. Empezó a jugar contigo de la forma más cruel posible: dedos trazando círculos lentísimos alrededor de tu clítoris, sin tocarlo directamente, apenas rozando los bordes. Cada vez que tus caderas se movían buscando más contacto, él se apartaba por completo.
“Por favor...“, susurraste sin darte cuenta después de minutos que parecieron horas.
“¿Por favor qué, ladrona? ¿Quieres correrte? Las niñas malas no se corren. Las niñas malas suplican”. Introdujo un dedo lentamente, solo la punta, moviéndolo apenas mientras su pulgar ignoraba tu clítoris palpitante. “Dime lo que eres”.
“¡No!“, respondiste terca, pero él retiró el dedo al instante, dejándote vacía.
“Mal”. Dos dedos entraron de golpe esta vez, curvándose para golpear ese punto sensible dentro de ti. Los movió rápido, rudo, sin piedad, mientras su pulgar finalmente presionaba tu clítoris en círculos perfectos. El placer subió como una marea imparable; sentiste cómo te acercabas al borde, tus muslos temblando, tu respiración entrecortada.
Y justo cuando estabas a punto de romperte, se detuvo. Retiró todo, dejándote al borde del abismo, jadeando y frustrada. “No. Aún no. No hasta que admitas que eres una puta ladrona que necesita ser castigada”.
“¡Sanji, por favor, joder!“, sollozaste, lágrimas de frustración asomando en tus ojos.
Él repitió el tormento una y otra vez: te llevaba al borde con dedos expertos, con la boca bajando a lamerte lentamente, succionando tu clítoris hasta que gritabas contra la almohada para no despertar al barco, y siempre, siempre, se detenía en el último segundo. Te dejó al borde cinco, seis, siete veces, hasta que estabas hecha un desastre: sudorosa, temblorosa, suplicando incoherentemente.
“Repite conmigo: ‘Soy una ladrona sucia que no volverá a robar en la cocina de Sanji’“, ordenó, su voz ronca de excitación mientras se desabrochaba los pantalones y liberaba su polla dura, gruesa, palpitante.
“Soy... soy una ladrona sucia... que no volverá a robar en tu cocina...“, balbuceaste, rota.
“Buena chica”. Te volteó boca abajo con facilidad, levantando tus caderas hasta dejarte de rodillas, cara hundida en la almohada. Te azotó el trasero con fuerza, una, dos, tres veces, dejando marcas rojas. “Y si lo haces, este castigo será solo el aperitivo”.
Te penetró de un solo empellón brutal, sin preparación, estirándote hasta el dolor placentero. Gritaste contra la tela mientras él empezaba a follarte como un animal: profundo, rápido, sus caderas chocando contra tu trasero con sonidos obscenos. Una mano en tu cabello, tirando para arquear tu espalda; la otra bajando para frotar tu clítoris hinchado y sensible.
“Ahora sí puedes correrte, puta. Pero solo cuando yo te lo diga”.
Te llevó al borde de nuevo, y esta vez no paró. “¡Córrete! ¡Córrete en mi polla como la zorra desesperada que eres!”
El orgasmo te destrozó: convulsiones violentas, gritos ahogados, tu cuerpo apretándolo como un vicio mientras él seguía embistiendo sin piedad, prolongando tu clímax hasta que rogaste que parara por lo abrumador que era.
Solo entonces Sanji se permitió correrse, derramándose profundo dentro de ti con un gruñido animal, marcándote desde adentro.
Cuando terminó, se retiró lentamente, dejándote caer exhausta sobre la cama, temblando y con sus fluidos escurriendo por tus muslos. Encendió su cigarrillo con calma, exhalando el humo mientras te miraba con una sonrisa cruel y satisfecha.
“Bienvenida a la lección número uno, ladrona. Mañana, si te portas bien, te daré de comer de mi mano. Si no... repetiremos esto hasta que aprendas a pedir las cosas en lugar de robarlas”.
Y aunque lo odiabas con cada fibra de tu ser por humillarte así, por romperte de esa forma tan cruel y deliciosa, una parte traicionera de ti ya anhelaba la próxima “lección”.
Al siguiente dia...
A la mañana siguiente, el sol entraba por el pequeño ojo de buey del camarote de Sanji, bañando la habitación en una luz dorada y cálida. Tú despertaste con el cuerpo dolorido: moretones en las caderas, marcas rojas en el trasero, y una sensibilidad entre las piernas que te recordaba cada segundo lo que había pasado la noche anterior. Sanji ya no estaba en la cama; el lado donde había dormido él estaba frío. Solo quedaba el olor a tabaco y a él impregnado en las sábanas.
Te vestiste a toda prisa con la ropa que él te había tirado al suelo la noche anterior, sin molestarte en arreglarte el pelo revuelto ni en limpiar las huellas de lágrimas secas en tus mejillas. Nadie sabía que estabas allí. Sanji no había dicho ni una palabra a la tripulación; ni un grito, ni una alarma. Eso te dio una mínima esperanza: si podías escabullirte ahora, mientras todos desayunaban o hacían sus cosas, podrías bajar del Going Merry antes de que atracaran en la próxima isla y desaparecer para siempre.
Con el corazón latiéndote a mil, giraste el picaporte con extremo cuidado. La puerta se abrió apenas un centímetro... y ahí estaba él.
Sanji, apoyado contra la pared del pasillo con los brazos cruzados, un cigarrillo recién encendido entre los labios y una expresión de absoluta decepción mezclada con diversión cruel. Llevaba su traje negro impecable, como si nunca hubiera pasado la noche follándote hasta romperte.
—¿De verdad creías que iba a ser tan fácil, ladronzuela? —dijo en voz baja, pero lo suficientemente fuerte para que sintieras que te atravesaba—. Te dije que la próxima vez que intentaras algo estúpido, el castigo sería peor. Y mírate... ni siquiera esperaste veinticuatro horas.
Intentaste cerrar la puerta de golpe, pero su pie ya la había bloqueado. Entró de un empujón, cerrando tras de sí con llave de nuevo. Te agarró del brazo antes de que pudieras retroceder y te arrastró hasta la cama, sentándose en el borde y tirando de ti hasta colocarte boca abajo sobre sus muslos como si fueras una niña traviesa.
—¡Suéltame, joder! —protestaste, pataleando, pero él te inmovilizó con un brazo en la espalda y la otra mano ya bajándote los pantalones hasta las rodillas en un solo movimiento brusco.
—Esto es por intentar escapar después de la lección de anoche —anunció con voz calmada y peligrosa—. Veinte azotes. Y los vas a contar en voz alta. Si te equivocas, empezamos de nuevo.
El primer azote cayó con fuerza sobre tu trasero desnudo, el sonido resonando en el camarote. Ardía. —¡Uno! —gritaste entre dientes.
El segundo fue más fuerte, en el mismo sitio. —¡Dos!
Para el décimo ya estabas sollozando, las nalgas rojas e hinchadas, cada impacto enviando ondas de calor y dolor que, traicioneramente, se mezclaban con una humedad creciente entre tus piernas. Sanji no se detuvo; su mano era implacable, alternando lados, a veces bajando hasta la parte superior de los muslos para que el dolor fuera más agudo.
Al llegar a veinte, estabas temblando, las mejillas mojadas de lágrimas y la voz rota. Él te dejó allí un momento, boca abajo sobre sus piernas, expuesta y humillada, mientras acariciaba con falsa ternura las marcas que él mismo había dejado.
—Ahora la segunda parte del correctivo —susurró, deslizando una mano entre tus muslos y encontrándote, como esperaba, completamente empapada—. Mira esto... llorando como una niña mala y aun así tan mojada que podría deslizarme dentro sin esfuerzo. ¿Te excita que te castiguen, eh?
No respondiste; no podías. Él te giró con facilidad, sentándote a horcajadas sobre uno de sus muslos, pero sin permitirte tocarlo. Te abrió las piernas todo lo que pudo, exponiéndote por completo.
—Tócate —ordenó—. Mastúrbate delante de mí. Y no te atrevas a correrte hasta que yo te lo diga.
Tus manos temblaron al bajar, pero el orgullo ya estaba hecho añicos. Empezaste a frotarte el clítoris con dedos torpes al principio, bajo su mirada intensa y crítica. Sanji fumaba tranquilamente, observándote como si fueras un espectáculo privado.
—Más rápido. Métete dos dedos. Quiero oír lo mojada que estás.
Obedeciste, introduciendo dos dedos mientras el pulgar seguía en tu clítoris. Los sonidos obscenos de tu propia excitación llenaban la habitación. Él te corregía constantemente: “Más profundo”, “No tan rápido, no te he dado permiso para correrte todavía”, “Mírame a los ojos mientras te tocas como una puta desesperada”.
Te llevó al borde tres veces. Cada vez que tus caderas se sacudían y tu respiración se volvía errática, él te agarraba la muñeca y te detenía, obligándote a quedarte quieta, temblando al límite, mientras te hablaba al oído con voz ronca:
—No, no. Las niñas que intentan huir no se corren tan fácil. Suplica.
Y suplicaste. Lloraste. Prometiste cualquier cosa.
Solo cuando vio que estabas completamente rota, con lágrimas cayendo por tus mejillas y la voz hecha un hilo, te permitió continuar.
—Córrete ahora. Pero grita mi nombre para que todo el barco sepa quién te tiene controlada.
El orgasmo fue devastador: te convulsionaste sobre su muslo, gritando “¡Sanji!” mientras te deshacías en espasmos violentos, mojando su pantalón sin importarte ya nada.
Aún temblando por las réplicas, Sanji te levantó como si no pesaras nada y te empaló sobre su polla dura (ya la tenía fuera, lista) en un solo movimiento descendente. Gritaste de nuevo por lo sensible que estabas, pero él no te dio tiempo a adaptarte.
—Última parte del castigo —gruñó, agarrándote de las caderas marcadas y empezando a follarte con fuerza, levantándote y bajándote sobre él como si fueras un juguete—. Esto es por creer que podías irte sin más después de todo lo que pasó anoche.
Cada embestida era profunda, brutal, golpeando ese punto dentro de ti que te hacía ver estrellas. Tus manos se aferraron a sus hombros, uñas clavándose, mientras él te mordía el cuello, los pechos, dejando nuevas marcas.
—No vuelvas a intentar escapar —dijo entre dientes, acelerando—. Porque la próxima vez te ataré a esta cama y te tendré así todo el día. ¿Entendido?
—¡Sí... sí, Sanji...! —sollozaste, otro orgasmo acercándose rápido por lo sensible que estabas.
Él se corrió primero esta vez, profundo dentro de ti con un gruñido animal, llenándote hasta que sentiste que rebosabas. Solo entonces te permitió correrte de nuevo, frotando tu clítoris con el pulgar mientras seguías empalada en él.
Cuando terminaron, te dejó caer suavemente sobre la cama, exhausta, temblorosa, completamente rendida. Se levantó, se arregló la ropa como si nada, y encendió otro cigarrillo.
—Quédate quieta un rato. En media hora te traeré el desayuno a la cama. Y si te portas bien hoy... tal vez te deje salir del camarote mañana.
Te miró una última vez con esa sonrisa torcida antes de salir.
—Bienvenida al Going Merry, ladrona. Parece que vas a quedarte más tiempo del que planeabas.