PRÓLOGO
*Prólogo*
_POV AILANA_
—No sé si esta sea una buena idea —murmuró Ethan, con la voz temblorosa.
—¿Dónde quedó el chico que apuraba a Lana porque ya quería ir a investigar? —se burló Aspen.
—Oh, cállate, Aspen —respondió Ethan, molesto.
—¿Y si se callan y caminan? —ordenó Valery, impaciente.
—No seas aburrida, Val —bromeó Patrick.
—¿Y si se callan todos y caminan? —dije, ya al límite—. Estoy demasiado asustada como para escucharlos.
Lo estaba.
No todos los días vas a un bosque en medio de la noche con la sospecha de que podrías encontrarte con un asesino.
—Está bien —cedió Aspen.
Caminamos en silencio durante unos diez minutos más, hasta que Patrick se detuvo de golpe.
—Ya llegamos. Ahora tenemos que escondernos si no queremos que nos vean —susurró.
Asentimos y nos ocultamos detrás de unos arbustos espesos, lo suficientemente densos como para cubrirnos por completo.
—Ok... ya estamos aquí. ¿Qué hacemos? —preguntó Ethan, claramente aterrado.
—Esperar —respondí en voz baja.
—¿Y qué estamos esperando exactamente? —añadió Aspen, dudoso.
Tragué saliva antes de hablar.
—Según los archivos, aquí se realizaban rituales. Y como los asesinatos regresaron... los rituales también.
Valery iba a decir algo, pero un ruido nos obligó a guardar silencio. Nos asomamos lentamente entre los arbustos.
Lo que vimos nos heló la sangre.
Cinco personas, todas vestidas con túnicas negras que les cubrían el rostro, estaban reunidas alrededor de un símbolo dibujado en el suelo.
—Qué puto miedo... —murmuró Aspen.
—¡Habla más bajo, bruto! —le espetó Valery, nerviosa.
—Nos podrían escuchar... y si eso pasa, estamos muertos —susurré, con el corazón desbocado.
Entonces lo oímos.
El llanto de una mujer.
Suplicaba que la dejaran ir. Al mirar mejor, vimos a una persona arrodillada, con un saco cubriéndole la cabeza.
—¡La van a sacrificar! —susurró Patrick, casi gritando.
—No sabemos eso —intenté decir, aunque ni yo misma lo creía.
—Mejor prestemos atención —dijo Ethan.
Uno de los encapuchados le quitó el saco.
El mundo se me vino abajo.
Era una chica de nuestra escuela. La mejor de la clase. La que siempre sacaba las mejores notas.
Era.
Una de las figuras sacó un cuchillo de debajo de su túnica. Sentí náuseas. Esto nos iba a marcar de por vida.
El cuchillo pasó a manos de alguien que apareció de la nada.
Era diferente.
Llevaba una túnica roja, completamente cerrada, y su presencia imponía un terror imposible de describir.
La figura sujetó a la chica, obligándola a inclinarse sobre una estrella tallada en el suelo. Sin dudarlo, le cortó el cuello.
Murió al instante.
Me tapé la boca para no gritar. Esa imagen jamás saldrá de mi cabeza.
Entonces, escuchamos el crujir de hojas.
Giré la cabeza.
Valery había caído al suelo, vencida por el horror.
El ruido fue demasiado fuerte.
Las figuras se giraron lentamente hacia los arbustos.
Nos habían visto.
Y sin pensarlo, susurré con desesperación:
—Corran.








