Capítulo 1 - Pueblo chico, infierno grande
El Chevrolet Impala negro deslizaba sus neumáticos sobre el asfalto agrietado. Riley Monroe, al volante, se mantenía tranquila y concentrada. Su cabello negro estaba recogido en una cola baja, y sus ojos verdes, atentos y filosos, escaneaban el camino como si pudiera anticiparse a cualquier imprevisto. Llevaba puesta una campera de jean azul oscura y una expresión que decía más de lo que estaba dispuesta a poner en palabras.
Nathan Crane, a su lado, se estiraba en el asiento, jugueteando con un encendedor en su mano izquierda mientras observaba el monótono paisaje que se deslizaba ante ellos. Su pelo castaño, algo desordenado, caía sobre una frente marcada por más pensamientos que arrugas. Tenía una barba de dos días y un estilo elegante a pesar del descuido. Su mirada, oscura e inquieta, parecía siempre estar en otra parte.
—Déjà vu —susurró.
—¿Qué cosa? —preguntó Riley, sin apartar la vista del camino.
—Tuve un déjà vu. ¿Riley, creés que estamos sumergidos en una simulación como Matrix?
—¡Por supuesto que no! La vida es real, con lo bueno y lo malo… pero real.
Nate ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa que no terminaba de ser alegre.
—¿Y si lo real no es más que una convención colectiva? Si todos soñamos lo mismo, ¿no sería ese sueño nuestra realidad? A veces me pregunto si no estamos atrapados en una especie de guion invisible. Un patrón que se repite y repite… para entretener a alguien.
Riley soltó un suspiro breve, ya acostumbrada a las divagaciones de Nate.
—Lo que sea que tomaste en el desayuno, la próxima vez no lo tomes.
—Desayuné un excelente café que me preparó mi bella custodia —replicó él con una sonrisa irónica.
—No recuerdo haberte preparado el desayuno.
—Ese es el punto. Me estás matando de hambre, Riley. Sabes muy bien que no sé cocinar.
—¡Oye! No me pagas lo suficiente. Custodia, chófer, secretaria… ¿también quieres que haga de cocinera?
—Siempre hablando de dinero, Riley. ¡Qué materialista eres! —dijo Nate, levantando una ceja con fingida indignación.
—¿Acaso crees que hago esto para disfrutar de tu encantadora compañía? Lamento desilusionarte, Nathan, pero no. Además, no necesitas aprender a cocinar para hacerte un café.
—¡Eres cruel, Riley! —murmuró él, mirando por la ventanilla.
Pasaron unos segundos en silencio. El sol se filtraba entre las nubes, dibujando luces y sombras sobre el camino. Riley ajustó el espejo retrovisor y luego dijo:
—Ocho personas desaparecidas en las últimas tres semanas.
La frase cayó como una piedra en el aire liviano del auto.
—Justo cuando estaba por convencerte de que me hagas el desayuno, me tirás el caso por la cabeza —bromeó Nate, aunque su voz había perdido parte de la ligereza y su rostro se puso serio.
—Lo que nos espera en Sunset Falls no es un chiste. La policía local al parecer no tiene ni una pista. No hay testigos. No hay cámaras. Nada.
—¿Y los medios?
—No están interesados. Un pueblo demasiado chico para un titular grande.
Nate dejó de jugar con el encendedor y se enderezó un poco.
—Entonces alguien quiere que esto quede en silencio.
—O todos tienen miedo de decir algo.
—Peor aún —dijo Nate, mirando el horizonte—. El miedo hace que la gente se calle. El silencio, Riley, suele ser más ruidoso de lo que parece.
Ella lo miró de reojo y asintió, sin decir nada más.
—¿Si nadie quiere hablar, entonces quién nos contrató? —preguntó Nathan.
—Una madre desesperada que no encuentra respuestas sobre lo que le pasó a su hija ni ayuda por parte de la policía. No debe haber buena señal en el pueblo, porque hoy no he podido comunicarme con ella.
—Pueblo chico, infierno grande… y al parecer Sunset Falls no es la excepción.
El clima desmejoró. La lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas mientras el auto avanzaba por la ruta mojada. Las luces apenas atravesaban la cortina de agua, y a los costados del camino, los árboles parecían siluetas encorvadas que susurraban advertencias. Riley iba al volante, concentrada, los ojos fijos en la línea blanca del asfalto. Nate, con los pies en el tablero y un cigarrillo apagado entre los labios, hojeaba un informe con desgano.
—¿Casi que este pueblo tiene más desaparecidos que habitantes? —murmuró Nate, sin levantar la vista. —Demasiados —respondió Riley, seca—. Baja los pies del tablero y no fumes.
De repente, unas luces azules los encandilaron desde atrás. Una sirena breve y autoritaria los obligó a frenar. Riley estacionó al costado del camino justo antes del cartel que decía: Bienvenidos a Sunset Falls.
La silueta del patrullero se detuvo detrás. La puerta del conductor se abrió con un chirrido metálico, y un hombre robusto, con un piloto negro empapado y sombrero de ala ancha, se acercó. Bajo la lluvia, parecía más una figura salida de una pesadilla que un agente de la ley.
Golpeó tres veces con los nudillos el vidrio del lado de Riley. Ella lo bajó hasta la mitad. El aire frío entró como un recibimiento hostil.
—¿Paseando bajo la lluvia? —preguntó el sheriff, sin una pizca de simpatía. —Agentes privados —respondió Riley, mostrando la credencial sin prisa—. Venimos por el caso de las desapariciones.
El sheriff la ignoró y clavó los ojos en Nate. —¿Y usted? ¿También agente o sólo adorno de asiento?
Nate sonrió con la boca, pero no con los ojos. —Soy el adorno que hace las preguntas que nadie quiere responder, sheriff…
—Dalton. Ray Dalton. Este pueblo ya tiene suficiente gente metiendo la nariz donde no debe. No me gustan los forasteros. Y menos los que vienen con aires de superioridad.
—Nos contrataron —intervino Riley con firmeza—. Usted puede cooperar, o perder tiempo. ¿Cuál prefiere?
Dalton los miró un segundo más, con esos ojos que parecían haber visto más de lo que le gustaría recordar. Luego, y sin decir más, se alejó bajo la lluvia y volvió al patrullero. El auto arrancó y desapareció en la oscuridad.
Riley subió el vidrio. —Un encanto —dijo Nate. —Es mejor que no le caigamos peor. —¿Peor? Todavía no dije lo que pienso de su sombrero —Nate miró el cartel oxidado—. Nunca es buena señal cuando la bienvenida la da un tipo con sombrero mojado y mala onda. De cualquier manera, fue extraño, exageradamente hostil.
Avanzaron y el auto cruzó la frontera invisible hacia Sunset Falls.
Las calles estaban casi desiertas. Las luces de los postes parpadeaban como si estuvieran luchando contra la lluvia. Las casas, de madera envejecida, parecían cerradas sobre sí mismas, con las persianas bajas y los porches vacíos. A esa hora, el pueblo no dormía: se escondía.
—¿No hay nadie? —murmuró Nate. —No parece un vecindario muy sociable, como creíamos. Va a ser difícil obtener testimonios —respondió Riley.
Avanzaron por la avenida principal, que apenas tenía algunos negocios con luces apagadas y carteles torcidos por el viento. Un viejo cine cerrado, una estación de servicio antigua, una iglesia con una cruz torcida que se mecía contra el viento tormentoso.
Para cuando llegaron a su destino, la lluvia había parado, y en su lugar una neblina se hizo presente. El auto se detuvo frente a una casa de dos plantas, prolija, de fachada pintada recientemente. El jardín, aunque sencillo, estaba bien mantenido. Se notaba el cuidado: el césped recién cortado, las macetas alineadas con precisión, la pintura en buen estado.
Nathan bajó del coche con lentitud, estirando los brazos como quien sale de un viaje largo. Riley apagó el motor y revisó por última vez la carpeta que traía sobre el caso.
—Beatrice Langford —leyó en voz alta—. Cuarenta y cinco años. Enfermera retirada. Casada con Edward Langford, médico. Tres hijos. —Lilith, Elias, Noah —añadió Nathan, sin mirar la hoja—. Dieciséis, trece y nueve. Y un perro. El ladrido lo delató.
Riley sonrió apenas. Salió del coche y lo alcanzó en la vereda. —Parece que podríamos tener suerte. Tal vez nos inviten a cenar. —Nathan, por favor —le advirtió Riley con el ceño fruncido—. Es una familia que está pasando por una situación delicada.
Se acercaron a la puerta. Riley tocó el timbre. Un único ladrido sonó desde dentro, luego pasos livianos y constantes. La puerta se abrió. Una mujer delgada, cabello recogido con esmero, los observó con una expresión tranquila.
—¿Sí? —Señora Beatrice Langford —inició Riley, mostrando su credencial—. Somos investigadores privados, hablamos por teléfono hace unos días. Soy Riley Monroe, y él es Nathan Crane.
Beatrice frunció levemente el ceño. No parecía molesta, pero sí confundida. —Lo siento… pero no recuerdo haber hablado con ustedes.
Riley dudó. Su expresión se volvió casi incrédula. —¿No nos llamó para reportar la desaparición de su hija?
Beatrice los miró unos segundos más, y luego sonrió con cortesía. —No… debe haber algún malentendido. Yo no he hecho llamadas así.
Nathan no dijo nada, pero se quedó observándola con atención. Su tono era sereno. Demasiado. Y había algo en su mirada: una vacuidad extraña, como si una parte de ella no estuviera del todo presente.
—Perdone que insistamos —dijo finalmente él—. No vamos a molestarla mucho. Nos vendría bien hablar unos minutos, si no es molestia.
Ella los miró, vaciló un momento, luego dio un paso hacia atrás y abrió la puerta del todo. —Pasen. Estaba haciendo té.
Los condujo por un pasillo decorado con fotos familiares. Nathan apenas los rozó con la mirada mientras caminaba. El salón era luminoso, agradable. Había libros, adornos de cerámica y un aroma tenue a lavanda.
Él se mantuvo de pie mientras Riley tomaba asiento. Beatrice fue a buscar la tetera.
—No quiero sonar insistente —dijo Riley, en tono amable—, pero el llamado fue claro. La mujer que habló conmigo estaba angustiada. Dijo que su hija había desaparecido. —Debe tratarse de alguien más —respondió Beatrice desde la cocina—. Yo… solo tengo a mis hijos varones.
Nathan levantó la vista al escuchar eso. Sus ojos se movieron hacia una repisa. Portarretratos en orden. Dos niños en una foto. Otro retrato más, con un marco vacío. Apenas una huella de polvo revelaba que algo había sido retirado recientemente.
Beatrice regresó con la bandeja. Sirvió el té con gestos mecánicos. —¿Sus hijos están en casa? —preguntó Riley, aún tratando de orientarse. —Noah y Elias están en casa de mi hermana, fueron de visita con su tía por unos días. Mi esposo está en la clínica. De guardia todo el día. —¿Y Lilith? —preguntó Nathan.
Beatrice parpadeó. Luego sonrió con amabilidad, como si la pregunta le causara ternura. —¿Lilith? No… solo tengo dos hijos, Elias y Noah.
Riley se congeló unos segundos. Nathan no apartó la mirada de Beatrice. Luego, con lentitud, sacó una foto de la carpeta. —¿Podría hacerme un favor, señora Langford? Mire esta foto —dijo mostrándole la imagen de una adolescente con cabello castaño claro y expresión seria—. ¿Le suena familiar?
Beatrice la miró. La sostuvo por varios segundos. Luego negó con suavidad. —No… no la reconozco. Lo siento.
Nathan no respondió de inmediato. Observó el rostro de ella. Ni sorpresa, ni rechazo. Solo una quietud forzada. —¿Le molesta si uso el baño? —preguntó entonces. —Claro, arriba a la izquierda.
Nathan se fue sin apuro. Riley se quedó con Beatrice.
—La mujer que me llamó lloraba. Me dijo que su hija había desaparecido y que la policía no ayudaba demasiado. Me rogó que viniera.
Beatrice suspiró. Tomó su taza de té con ambas manos. —Debe haber sido otra madre. No fui yo.
—¿Está al tanto de las desapariciones que están ocurriendo en la región? —preguntó Riley. —He escuchado algunas cosas, adolescentes que se escapan ¿tal vez? Pero aquí todo está tranquilo.
Nathan volvió en ese momento. Se apoyó suavemente en el respaldo del sofá, con expresión neutra. —Gracias por su hospitalidad. ¿Nos podría recomendar un lugar donde hospedarnos esta noche? —Claro. El Hollow Pines. Es el único motel del pueblo, les servirá. —¿Y dónde podríamos cenar? —Hay un bar sobre la ruta, el Foxhole. Cierran a las diez. —Perfecto.
Se despidieron. Nathan mantuvo la mirada fija en Beatrice un instante más antes de salir.
Una vez en el auto, Nathan cerró la puerta con suavidad, echando una última mirada a la casa de la señora Langford. Las luces interiores seguían encendidas, aunque no se veía movimiento tras las cortinas pesadas.
—Bueno —dijo Riley, ajustándose el cinturón mientras giraba la llave de contacto—. Eso fue… incómodo y raro. No lo entiendo. Era ella. Yo hablé con ella.
Nathan no respondió de inmediato. Miraba por la ventana. —No dijo “no tengo una hija”. Nunca lo dijo. —¿Qué? —Riley lo miró sorprendida. —Solo dijo que tenía dos hijos. Cuando le pregunté por Lilith, repitió lo mismo. Pero evitó negarla. Eso no es un olvido. Es… otra cosa.
—¿Y si la amenazaron? —insistió Riley, todavía buscando una explicación que se ajustara al mundo que conocía. —No tenía miedo —repitió Nathan—. Y no había nadie más en la casa.
Silencio.
Después de unos segundos, él apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos. —Necesito comer. No puedo pensar con el estómago vacío.
Nada tenía sentido aún. La lluvia había dejado charcos que espejaban las luces de los postes que comenzaban a encenderse. Riley condujo sin decir palabra.
Llegaron hasta la calle principal, al motel llamado The Hollow Pines, el que les había indicado Beatrice. Una estructura de madera de dos pisos, con un cartel de neón que titilaba con desgano.
Riley apagó el motor. Nate bajó con su bolso primero. —Te apuesto lo que quieras a que no tienen servicio de cuarto —dijo, mientras Riley recogía la carpeta del caso y cerraba la puerta con un golpe seco.
Cruzaron el porche cubierto y tocaron el timbre. El lugar olía a humedad y cigarrillo. Una mujer mayor, de rostro curtido y voz áspera, les abrió. Tenía los ojos claros, tan fríos como el viento que los recibía. —¿Habitación doble? —Dos simples —respondió Riley.
La mujer los observó con detenimiento. No dijo nada. Les entregó las llaves y señaló con un gesto las escaleras que crujían incluso antes de que alguien las pisara.
Una vez en la habitación, Nate dejó caer su bolso y se acercó a la ventana. La lluvia había cesado, pero había algo más. Una figura en la esquina. Quieto, con un sobretodo negro. —¿Vecino curioso o vigía oficial? —murmuró.
Riley, desde la puerta de su habitación al lado, asomó la cabeza. —¿Qué dijiste? —Nada. Sólo me preguntaba qué tanto voy a poder sobrevivir sin comer.
Ella lo miró fijamente. —Ya te dije que no voy a cocinar. Vayamos al bar para comer algo.
El Foxhole tenía una luz de neón azul parpadeante en la ventana, se escuchaba música country de fondo, el crujir del piso de madera y el murmullo bajo de algunos clientes habituales. El lugar olía a alcohol y cuero húmedo.
—Esto grita hospitalidad sureña —murmuró Nathan al entrar. —Compórtate —le dijo Riley.
El bartender, un tipo flaco de unos cincuenta, con camisa a cuadros y rostro curtido, les indicó una mesa sin decir palabra.
Se sentaron. Nathan alzó la vista justo cuando el bartender se inclinaba hacia el mozo y articulaba unas pocas palabras. Bajo la penumbra del Foxhole, los ojos de Nathan atraparon cada movimiento de sus labios: “Visitaron a Langford.”
—Riley, este pueblo tiene más secretos que una película de espías. Voy a pasar a la acción, sígueme la corriente.
El joven mozo se acercó con un bloc de notas, visiblemente nervioso. —¿Qué van a tomar? —Cerveza para mí —dijo Riley—. Y la hamburguesa de la casa. —Un jugo de naranja para mí y una hamburguesa también —añadió Nathan—. Y nos gustaría hacerte unas preguntas. Estamos investigando algo.
El chico se tensó. —¿Preguntas? —Sí —intervino Riley, con tono suave—. Sobre las personas que desaparecieron. O cualquier cosa rara que haya pasado últimamente. No somos de la policía, si eso ayuda.
El mozo los miró como si hubiera olvidado cómo se hablaba. Luego asintió lentamente. Nathan apoyó las palmas con suavidad sobre la mesa y, manteniendo mirada firme, comenzó: —Ustedes supieron que veníamos de ver a la señora Langford. Sabían que hoy pasamos por su casa, antes de venir al bar.
El mozo tragó saliva. Asintió con cautela. —S-sí… lo escuché decir que pasaron por casa de la señora Langford esta tarde…
Nathan repitió el gesto, golpeando suavemente el vaso. —Langford… claro.
El mozo bajó un poco la voz: —Él… el bartender, Harry… me pidió que intentara escuchar lo que ustedes hablaban.
Nathan dejó pasar un segundo y preguntó: —¿Y por qué tanto interés? —Dijo que le parecía… extraño que alguien como ella pidiera ayuda de afuera.
Nathan aflojó la presión. —Gracias. Era justo lo que necesitábamos.
El joven exhaló, liberado. Nathan lo siguió con la mirada. —Muy cooperativo —dijo Nathan— y nervioso. —Nunca voy a entender eso de los golpecitos —replicó Riley. —Pero funciona, Riley —afirmó Nathan satisfecho.
Un murmullo seco anunció la llegada de Ray Dalton, el sheriff que los detuvo en la ruta. Traía el sombrero pegado a la cabeza y el impermeable empapado. Se plantó junto a su mesa: —No esperaba verlos tan pronto —dijo sin sonreír.
Nathan se incorporó un poco, tomó aire y señaló el sombrero: —Sheriff, en ese sombrero ya debe haber vida silvestre.
Riley le lanzó un codazo bajo la mesa. —Disculpe, señor Dalton —dijo ella—. No vinimos a entorpecer. Solo queremos respuestas.
Dalton clavó la vista en ella: —Este pueblo no necesita más preguntas. No están acá en calidad oficial. Me preocupa que su… entusiasmo, interfiera con el bienestar del pueblo.
—¿Le preocupa el bienestar del pueblo o que alguien lo moleste con preguntas incómodas? —preguntó Riley, sin levantar la voz—. ¿Usted sabe algo de lo que le pasó a Lilith, la hija de la señora Langford?
El sheriff no replicó. Se dio media vuelta y volvió a la barra, donde pidió un trago. Desde ahí, los observaba sin disimulo.
Riley exhaló. —No le gusta ser presionado. Es un testigo o un cómplice. Todavía no lo decido. —Un hombre extraño —respondió Nathan, serio y pensativo.
—¿Querés decirme qué piensas? —dijo ella finalmente, con voz baja.
Nathan tardó en responder. —En la señora Langford. No sé si fue un engaño… o algo más profundo. Como si esa mujer estuviera… no lo sé. Algo le faltaba.
Riley lo miró un segundo, arqueando una ceja. —¿Algo le faltaba? —Sí. Como si a su memoria le hubieran borrado una línea entera del guion, pero todo lo demás siguiera igual. Se movía bien, hablaba con lógica, servía té… pero había un hueco. Y lo ignoraba por completo.
—Eso no se puede hacer —dijo Riley—. No sin medicamentos, trauma grave o intervención psicológica.
—Había una foto que faltaba, un cuadro vacío. Apuesto que en ella estaba Lilith. Arriba había una habitación sin muebles, sin cama… totalmente vacía. El baño, la habitación de los niños, también la de Beatrice y su marido. Deberíamos hablar con él.
—¿Y si volvemos a casa, Nathan? Está claro que no nos quieren aquí y la persona que solicitó nuestra ayuda dice no haberlo hecho. ¿Qué sentido tiene quedarse?
—Sí, es otra opción.
Mientras cenaban en silencio, un tipo alto y hosco se levantó de su mesa. Se acercó con el andar de alguien que ya cruzó demasiadas líneas morales y no tiene problema en cruzar una más.
—Bueno, Riley, al parecer nuestra mesa es la más visitada de la noche. Lo bueno es que así evitamos movernos nosotros, ellos vienen como moscas a la miel —dijo Nathan mientras veía al hombre acercarse.
—Ustedes no son de acá. —Muy perceptivo —respondió Nathan. —¿Qué buscan? —Información —dijo Riley con calma.
Travis se inclinó un poco más hacia ella. —Entonces busquen en otro lado. O van a lamentarlo.
Nathan lo miró a los ojos. —No te conviene hacer enojar a la dama —dijo, con tono casi burlón—. Cuando pierde la paciencia, no grita. No insulta. Solo actúa. Y para cuando te des cuenta de que fue una mala idea, ya no vas a tener dientes para lamentarlo.
—¿Así que eres una chica ruda? ¿De verdad quieres probarme dulzura? —insistió Travis, sonriendo mientras observaba a Riley.
Riley se puso de pie con calma, como quien ya sabe el final de la película. Travis lanzó un golpe de puño, pero ella lo esquivó en un suspiro y le propinó un gancho seco al abdomen. Luego tomó su cabeza ahora agachada y con un rodillazo lo derribó contra una mesa vacía que había junto a ellos.
El segundo tipo salió de la barra con intención de ayudar a Travis, pero Riley no perdió ni un segundo: dio un paso al frente, tomó impulso contra el respaldo de una silla y le propinó una patada directa al pecho que lo mandó volando hacia un costado de la mesa del Sheriff.
En todo ese tiempo, Nathan permaneció sentado, impávido, dando un sorbo a su jugo de naranja y masticando un bocado de hamburguesa. Observaba la escena con la misma curiosidad con la que uno ve una película de suspenso: sin intervenir.
La música se detuvo y el bar guardó silencio. Sólo se escuchaba la respiración entrecortada de los dos agresores caídos y el crujir de la madera bajo los pies de Riley. Ella se dio media vuelta y regresó a su silla.
El primer hombre, Travis, todavía en el suelo, gimió algo ininteligible. Su cómplice, adolorido, se levantó y se dirigió en dirección al baño.
Riley apoyó las manos en la mesa y se inclinó, en una postura fría y desafiante. —Aprendan a no subestimar a una dama.
En ese instante, Ray Dalton, el sheriff, se levantó de su mesa en la barra y se dirigió hacia la puerta. No dijo una palabra; sólo los miró de reojo y salió al exterior.
—Eso fue rápido —susurró Nathan, terminando su jugo—. Yo intenté advertirles.
Riley alzó una ceja, se sirvió un trago de cerveza y bebió, luego se limpió la comisura de la boca y dejó caer efectivo en la mesa. Al cruzar la puerta, el aire estaba impregnado de un frío inquietante. Se dirigieron al motel ya algo cansados y en silencio.
Al llegar, cruzaron el porche cubierto y pasaron por el lúgubre vestíbulo, hasta las habitaciones contiguas en el segundo piso, la 17 y la 18.
Una vez en el pasillo del segundo piso, el aire se sentía viciado y denso. Las puertas de las habitaciones se alineaban como guardianes silenciosos. Nathan seguía unos pasos detrás, hojeando mentalmente los eventos de la tarde. Riley localizó la 17 y se detuvo, lista para insertar la llave. A su lado, la puerta de la habitación 18 capturó su atención.
Clavado justo en el centro de la madera, había un cuchillo de cocina. La luz mortecina del pasillo se reflejaba de forma siniestra en el acero. Y entre la puerta y el cuchillo, sujeto con la misma fuerza con la que había sido clavado, un trozo de papel arrugado destacaba sobre el marrón oscuro.
Riley se quedó inmóvil, la llave de su habitación en la mano. Su mirada analizó la escena con frialdad. Amenaza directa. Intento de intimidación burdo pero efectivo.
Nathan, que venía justo detrás, observó el cuchillo y el papel. Una chispa de intensidad encendió sus ojos oscuros.
Con una calma tensa, Riley despegó el papel. Lo desplegó lentamente, revelando una única frase escrita con letras temblorosas y tinta oscura:
“Váyanse de aquí.”
Un silencio denso se apoderó del pasillo. La amenaza, lejos de amedrentarlos, pareció inyectar una nueva urgencia en su misión.
Riley apretó el papel en su mano. Sus ojos verdes brillaban con una determinación feroz. —¿Recuerdas que dije que quizás deberíamos irnos? —preguntó, con una sonrisa tensa.
Nathan asintió lentamente, su mirada fija en el cuchillo. —Lo recuerdo. Pero parece que alguien más tiene una opinión muy firme al respecto.
—Exacto —replicó Riley, con un tono que no admitía discusión—. Y cuando alguien intenta echarnos, eso significa que estamos tocando un nervio importante. Nathan, me dieron ganas de quedarme.
Nathan asintió, y con una sonrisa casi depredadora curvando sus labios dijo: —Así que… parece que la invitación está formalizada. Pueblo chico…
—…Infierno grande —completó Riley.
Continuará…