Capitulo 1

No soy una soñadora, o al menos no en el sentido tradicional. Mis sueños están al alcance de las manos, son momentos posibles en el tiempo, no nociones románticas de lo imposible.
Los aficionados se arrodillan y le rezan a sus dioses durante estos cuarenta y ocho minutos de básquetbol. ¿Yo? No glorifico el destino ni dejo las cosas al azar: creo en el trabajo duro y en la dedicación. Mi vida está planeada, y las oportunidades se cruzan en mi camino porque yo he querido ir en su dirección.
El resto de mis compañeras de equipo, sin embargo, parecen idealizar la idea de un campeonato si creen que pueden llegar a la primera semana de práctica tan fuera de forma como están.
―Ryu, necesitas salir de ese bloqueo el doble de rápido, estás lenta como la mierda en este momento. ¿Qué demonios estuviste haciendo todo el verano?
―Viviendo mi vida, Manoban. Deberías intentarlo alguna vez.
Shin Ryujin, nuestra ágil mujer, se desploma con las palmas apoyadas en las rodillas, intentando recuperar el aliento junto con todas las demás chicas a las que llamo compañeras de equipo.
Uso mi camiseta de práctica para secarme el sudor de la frente cuando una de las novatas me pasa la pelota en la parte superior de la línea de tiro.
―Vamos a ejecutarlo de nuevo.
―Lalisa, la práctica terminó hace más de una hora. Algunas de nosotras tenemos familia e hijos a quienes debemos ir a ver ―dice Moon Byul-yi, nuestra guardia de tiro veterana, con las manos en la cadera en la esquina de la cancha.
―Sí, y algunas de nosotras tenemos citas con… ―Ryujin mira a una de las chicas al margen―. ¿Cuál era su nombre? ―murmura―. ¡Lia! Algunas de nosotras tenemos citas con hermosas mujeres llamadas Lia.
Mis ojos recorren a mis compañeras de equipo: todas lucen exhaustas, menos yo.
―Bien ―digo resignada―. Terminemos aquí.
― ¡Gracias a Dios! ―Ryujin se da la vuelta, levanta las manos y se quita la camiseta empapada de sudor por la cabeza. El resto del equipo la sigue rápidamente al vestidor.
―Aún estamos en pretemporada, Lisa ―Moonbyul coloca una mano reconfortante en mi hombro―. Lo conseguirán.
―Estoy cansada de perder. Ni siquiera podemos ganar un juego de comodines para llegar a los playoffs. Pasé todo el verano corriendo dos veces al día para estar en forma para esta temporada; todas las demás necesitan ponerse a mi nivel.
―Nunca estarán a tu nivel, y por eso serás una de las grandes. Pero como nueva capitana necesitas que te respeten, y no me refiero solo a tu forma de jugar ―retrocede, siguiendo al resto del equipo―. Además, no quiero que te canses demasiado. Necesito que me cargues en tu espalda y me consigas un anillo para poder retirarme.
Los labios de Moonbyul se curvan en una sonrisa antes de entrar al vestidor.
Es una buena tipa, mujer de familia, madre de tres hijas y veterana de la WNBA, la liga profesional femenina de básquetbol, desde hace mucho tiempo. Fue capitana del equipo durante siete años hasta que pidió retirarse esta temporada, queriendo un mejor equilibrio entre el trabajo y su vida personal.
Y desde la semana pasada, yo obtuve el título: soy la nueva capitana de las Sky, el equipo de la WNBA de Chicago.
Sabía que sucedería algún día, pero no que sería a los veintisiete años y antes de mi quinta temporada en la liga. Todavía tengo mucho que aprender a este nivel, y ahora cargo con el peso de ser la líder del equipo, dentro y fuera de la cancha.
El gerente general de las Chicago Sky estaba en contra de mi nombramiento, pero aquí no funciona así. La capitana se elige mediante votación del equipo, y tras el apoyo unánime de mis compañeras, se me otorgó el título.
Quiero ser buena para ellas, pero también quiero ganarme su respeto por algo más que mi forma de jugar, porque ya recibo suficiente reconocimiento en la liga por mi talento. He dedicado mi vida a este oficio, sacrificado relaciones y la mayor parte de mis veintes por este deporte, y se nota.
Año tras año batí mis propios récords en mi camino hacia la grandeza, sin permitir que las distracciones interfirieran con lo que quiero: ser una de las mejores en el deporte.
Pero tengo unos zapatos muy grandes que llenar. No solo porque juego en la misma ciudad que el mismísimo GOAT del básquetbol; la liga femenil no está valorada como me gustaría. Los estandartes de campeonato que cuelgan en el United Center me recuerdan la grandeza que me precedió, y las brechas en los años desde el último se burlan de mí, exigiéndome ganar el mío.
Necesito que mis chicas se tomen este deporte tan en serio como yo. Que lo vivan, lo coman y lo respiren como lo hago si queremos tener una oportunidad esta temporada. Pero, ¿cómo expresar eso sin sonar como la armadora controladora que todos dicen que soy? Ahora, como capitana, debo aprender a comunicarme de una forma distinta, porque “escúchame, soy la mejor jugadora con la que has compartido una cancha” no sirve exactamente cuando lideras al equipo.
No soy particularmente cercana a ninguna de ellas, salvo a Moonbyul, por lo que la votación me sorprendió un poco. Mi juego siempre habló por mí y me salí con la mía dominando en la cancha, pero ahora tengo otro título que usar y no estoy segura de cómo adaptarme.
― ¡Daniela! ―le digo a una de las internas que corre rápidamente hacia mí―. Ese es tu nombre, ¿verdad? ¿Daniela?
―Sí, señora Manoban.
Pongo los ojos en blanco.
―Llámame Lisa, o Manoban, o literalmente cualquier otra cosa que no sea “señora Manoban”. ¿Tienes planes? Necesito a alguien que rebote conmigo.
―Yo… bueno, mi mamá…
― ¿Tienes planes o no?
―No ―niega rápidamente con la cabeza―. Puedo rebotar con usted, señora Manoban. ―Sus ojos se abren como platos―. ¡Lisa! Puedo rebotar contigo, Lisa.
Sus pasos nerviosos la llevan a la canasta, donde se coloca debajo vistiendo un par de pantalones cargo cortos color caqui y una camiseta polo con el logo del equipo. No puede tener más de dieciocho o diecinueve años, pero el uniforme la hace parecer de treinta y tantos.
Ocupo mi lugar en la línea de tiros libres, decidida a quedarme hasta completar al menos cien lanzamientos. Pero en el número setenta y seis, las puertas del gimnasio privado se abren de par en par.
― ¡Lis! ―grita mi hermana―. La práctica terminó hace dos horas. Pasé por el apartamento buscándote.
― ¡Hola, Rosie!
El tiro setenta y siete apenas toca la red mientras flota dentro del aro. Daniela toma el rebote y lo pasa de vuelta.
―Ya hiciste ejercicio esta mañana. ¿Qué estás haciendo?
―Hacer mis tiros libres.
Mi melliza se acerca unos metros con una mano en la cadera. No la miro directamente, pero en mi periferia la veo sacudir la cabeza, su cabello rubio rebotando con el movimiento.
― ¿Cómo te llamas? ―le pregunta a la interna.
―Soy Daniela.
―Me haré cargo por ti, Daniela ―Rosé intercepta el pase y le roba el lugar debajo de la canasta.
La mirada nerviosa de la interna rebota entre mi hermana y yo.
― ¿Tienes cómo irte a casa? Ya es tarde ―pregunta Rosé, dulce como siempre. Yo ni siquiera había considerado que la niña quizá no tuviera transporte.
―Sí, mi mamá está estacionada atrás esperándome.
― ¡Lalisa! ―me regaña Rosé―. Su mamá la ha estado esperando.
― ¡No lo sabía! ―levanto las manos―. Lo siento.
Daniela niega rápidamente.
―Fue un honor, señora Manoban.
Entrecierro los ojos.
―Lisa, quiero decir. Fue un honor, Lisa. Hasta luego. ―Se despide torpemente antes de salir corriendo por las puertas principales.
Rosé se voltea hacia mí, aún bajo la canasta.
―Su mamá la estaba esperando ―se ríe―. ¿Qué tan jodidamente adorable es eso?
―Adorable ―respondo inexpresivamente, aplaudiendo y pidiéndole la pelota que descansa en su cadera.
― ¿Cuántos te quedan? ―pregunta, lanzando la pelota y clavándola perfectamente en el aro.
Después de veintisiete años juntas y de rebotar conmigo más veces de las que puedo contar, mi melliza lo tiene bajo control.
Clavando otro tiro, le digo:
―Veintidós.
Ella me la devuelve.
― ¿Qué pasa? ¿Ya te cansaste de Jisoo? ¿Estás lista para mudarte de nuevo?
―Ja, ja ―responde seca―. De ninguna manera, estoy obsesionada con esa mujer.
Mis labios se curvan en una sonrisa orgullosa. Kim Jisoo, quien pensé que sería un completo desastre, resultó ser todo lo contrario. Juega hockey profesional en Chicago, y mi hermana la conoció el año pasado cuando era asistente de vuelo en el avión de su equipo. Su relación se mantuvo en secreto hasta principios de este verano, y los últimos cuatro meses han sido un festival de amor público sin pausa.
Rosé se mudó con ella, justo al otro lado de la calle de mi casa, y aunque me encanta tener razón, cuando se trata de Jisoo me alegra haber estado equivocada. Ella ilumina a mi hermana como nunca la había visto, permitiéndole ser dueña de sí misma con confianza. Es difícil odiarla cuando es lo mejor que le pudo pasar a mi persona favorita.
Y no voy a mentir, también se ha convertido en una buena amiga mía.
―Bueno, yo diría que está igualmente obsesionada contigo, si no es que más.
Mi hermana apoya la pelota en su cadera.
―Lo sé. ¿No es genial?
Me río levemente, niego con la cabeza y aplaudo, necesitando recuperar la pelota.
No se puede negar que soy una tipa diferente con mi hermana; con ella sigo siendo la misma mujer que era antes de la fama y la fortuna. El dinero nunca se me ha subido a la cabeza como se esperaría de una selección temprana en la primera ronda, pero sí me ha vuelto más cautelosa y paranoica de lo que la mayoría cree. Rosé es la única persona en quien confío mi vida sin dudar, y tener esa libertad ―no vigilar cada uno de mis movimientos― me permite relajarme, ser yo misma.
―Entonces, ¿qué hay de nuevo? ―El balón se cuela por el aro con otro tiro acertado―. ¿Qué es tan urgente que tuviste que venir aquí y ponerte a rebotar conmigo?
Rosé no me devuelve el balón. En vez de eso, lo sostiene frente a ella con los brazos cruzados sobre el pecho.
―Tengo que pedirte un favor.
Extiendo las manos para recibir el pase, pero ella se niega.
― ¿Qué pasa?
―Bueno, ¿recuerdas cuando me mudé?
―Sí, Rosie. Estoy bastante segura de que recuerdo que ahora vivo sola.
―En tu apartamento enorme, hermoso y vacío cuando tienes partido fuera de la ciudad ―sus ojos brillan.
― ¿Y?
―Y conoces a mi amiga Jennie, ¿verdad? Mi antigua compañera de trabajo.
― ¿La chica que apareció en nuestro apartamento, lloró toda la noche y luego vomitó en mis zapatos en un bar la única otra vez que la vi? Es difícil de olvidar.
―Porque atrapó a su novio de mucho tiempo con otra ―me recuerda―. Verás, sus papás se mudaron a Florida...
―No.
―Lisa ―protesta―, todavía no te pregunto nada.
―Lo sé, y te detengo antes de que lo hagas. Sabes que soy terrible para decirte que no, así que no voy a dejar que ni siquiera hagas la pregunta. Ella no se mudará conmigo.
―Lis, no tiene a dónde ir. La ascendieron en el trabajo y tendrá que dejarlo si no encuentra un lugar para vivir en la ciudad. Ya sabes lo poco que ganamos.
―Ganas lo suficiente para pagar un lugar donde vivir.
―Ella está… ―Rosé duda―. Está pasando por problemas financieros y no puede darse el lujo de vivir sola. Chicago es caro.
―Entonces que encuentre una amiga con quien compartir. Ni siquiera la conozco, más allá de que la engañaron y no puede controlar el alcohol.
―Lalisa, no seas así. Tienes un apartamento enorme y estás de viaje la mitad del tiempo. Jennie viaja tanto como tú. El hockey tiene la misma temporada que el básquetbol. Apenas se verían.
―No.
― ¿Por qué no?
―Porque era distinto cuando vivías conmigo. Eres mi hermana y mi mejor amiga, pero no quiero una compañera de apartamento. Sabes lo sagrado que es mi tiempo en casa. Fin de la discusión. ―Aplaudo, esperando que me devuelva la pelota para poder terminar mis tiros diarios.
En vez de eso, los hombros de Rosé se hunden con decepción antes de girar sobre sus talones y caminar hacia la salida, llevándose mi pelota con ella.
―Rosie, ¿qué demonios? Necesito terminar de encestar.
―Hazlo sola entonces ―responde sin mirarme, avanzando hacia la puerta.
―No puedes enojarte conmigo por decir que no.
―No estoy enojada, solo decepcionada. ¿Te mataría preocuparte por alguien que no fuera esta bola naranja?
―Me preocupo por ti ―le recuerdo.
Ella desaparece rápidamente a través de las puertas dobles del pasillo, dejando caer la pelota en la esquina antes de irse.
Mierda.
Siempre intento no darle importancia a decepcionar a la gente; sus estándares nunca son tan altos como los míos. Pero ¿mi hermana? Su opinión es la única que me importa además de la mía.
Corro tras ella.
―Rosie ―digo, abriendo las puertas del pasillo. Está casi en la salida, pero se da la vuelta para mirarme―. Dime por qué tengo que hacer esto. ¿De verdad estás tan molesta? ¿Por qué te importa tanto?
―No tienes que hacer nada, pero ella es mi amiga. Fue mi primera amiga en esta ciudad. Sabes lo difícil que me ha sido encontrar amistades que no buscaran solo acercarse a ti. Jennie fue esa amiga, y si no encuentra un lugar que pueda pagar, se mudará a Florida con sus papás. No quiero que se vaya de Chicago, y no sé de qué otra manera ayudarla. El tipo con el que planeaba casarse la engañó, y fue ella la que tuvo que mudarse. Necesita una victoria.
¿Por qué mi hermana tiene que apretar mi maldito corazón todo el tiempo? Alguien más podría decirme exactamente lo mismo y ni parpadearía, pero si lo dice Rosé, mi resolución se desmorona. Quiero darle todo lo que me pide. Sé que soy parte de la razón por la que le ha costado hacer amistades de verdad, y ahora me está dando la oportunidad de compensarla, aunque sea un poco.
―Confío en ella ―continúa―. Tú también puedes hacerlo.
Me importa más la felicidad de Rosé que la mía. De hecho, hace tiempo renuncié a la idea de la mía propia. Por eso lo siguiente se me escapa de la boca:
―Para que quede claro, no quiero hacer esto.
―Lo sé.
―Tiene que haber una fecha de mudanza.
El labio de Rosé tiembla cuando sus ojos empiezan a brillar.
―Quiero algún tipo de contrato de arrendamiento improvisado, y ella pagará renta. Esto no será gratis.
―Por supuesto que lo será, pero ¿podrías hacerlo asequible? No es que necesites el dinero.
Aquí estoy yo, haciéndole un favor, y ella encima me hace pedidos especiales.
―Esto es temporal. No se quedará conmigo para siempre.
―Entendido. ―Su sonrisa la delata―. ¿Ya te dije que eres mi persona favorita en todo el mundo?
―Sí, sí ―respondo, regresando al gimnasio―. Ven a rebotar conmigo, me quedan cincuenta tiros libres.
―Dijiste que faltaban veintidós.
Camino hacia la línea de tiros libres sin molestarme en mirarla.
―Parece que perdí la cuenta mientras dejaba que mi hermana me convenciera de que una desconocida se mudara a mi apartamento.
La sonrisa radiante de Rosé se refleja en su voz.
―Cincuenta serán.
