El plural
Me despierto antes de que la casa anuncie el día.
No porque tenga algo urgente que atender, sino porque, con los años, el cuerpo aprende la hora. Supongo que eso también es parte de volverse una mujer adulta: no necesitar señales para cumplir.
Siete años de matrimonio con León. Un matrimonio arreglado, por supuesto. Nuestros padres lo habían decidido incluso antes de que naciéramos. Fui criada para cumplir a la perfección el rol que me asignaron en su vida y, aun así, todavía me sorprende lo rápido que aprendimos a funcionar sin pensar demasiado qué estamos haciendo.
Me levanto con cuidado, evitando alterar el orden. La casa ya está despierta: los criados se mueven en silencio, cada uno conoce su lugar. Todo ocurre como debe.
Atravieso el comedor sin detenerme. Indico que abran las ventanas, que preparen el desayuno. Repito los mismos gestos cada mañana con una precisión que no recuerdo haber ensayado nunca, como si alguien me los hubiera enseñado antes de que yo pudiera elegir otra cosa.
A veces lo dejo pasar.
Otros días, en cambio, me atrevo a preguntarme:
¿En qué momento empecé a vivir así?
No es infelicidad.
No es tristeza.
Es algo más difícil de nombrar.
Una forma de estar sin estar del todo.
¿Será esto lo normal?
¿Por qué nadie habla de estas cosas? ¿Por qué no se enseñan?
León baja cuando todo está dispuesto. Quiero creer que reconoce el momento exacto en que el desayuno está listo. Nos decimos “buen día” con corrección, como quien cumple una formalidad necesaria. Hablamos de lo que haremos más tarde, no porque importe demasiado decidirlo, sino porque es más sencillo hablar en plural: Nosotros pensamos. Nosotros veremos. Después veremos qué corresponde hacer.
El plural es cómodo.
Evita la incomodidad de las decisiones individuales.
Durante mucho tiempo creí que eso era estar bien.
No tuvimos hijos. Eso es lo que se dice...
No se dice que no pudimos.
No se dice que nadie supo explicar el motivo.
No se dice que el silencio fue un acuerdo tácito, sellado una noche sin palabras, entre lágrimas que no necesitaban explicación.
Preferimos que nos vieran como excéntricos, incluso como transgresores, antes que permitir que alguien pensara que uno de los dos había fallado en su deber. En esta casa no hay lugar para la inutilidad. Solo para la discreción.
Construimos otra idea de familia: la nuestra.
Una casa bien llevada, una rutina ordenada, días que se suceden sin sobresaltos. Yo defendí esa decisión como si fuera la bandera de este hogar. Tal vez porque necesitaba que tuviera sentido de algún modo.
Pero últimamente hay días ,cada vez más, en los que todo ocurre sin que yo esté del todo ahí. Cumplo, converso, regreso, ceno, me retiro. La esposa correcta: la que dispusieron desde mi gestación que sería. Y en algún punto del día me descubro preguntándome si lo que acabo de vivir ocurrió hoy o ayer. Todo es tan parecido que podría haber sido cualquiera de los dos.
No recuerdo la última vez que me atreví a romper la norma y preguntarme cómo estaba, y responderme algo distinto a
bien
.
No es que no lo quiera.
Es que ya no sé desde cuándo lo quiero así.
A veces lo observo mientras habla, un hombre inteligente, respetado, admirable; lo que toda esposa debería desear; Y pienso que somos una buena idea que se sostuvo más por inercia que por elección. Nadie nos preguntó qué queríamos. Tampoco estaba permitido. Aun así, me gusta pensar que podría haber sido diferente.
Otras veces me enojo conmigo misma por pensarlo. Él sigue siendo quien siempre fue; nunca fingió otra cosa.
Pero cuestionar esto se siente como traicionar todo lo que construimos.
Porque irse no sería solo dejarlo a él.
Sería caer.
Sería admitir una falla que no tiene lugar en el mundo al que pertenezco.
Sería aceptar que después de siete años, después de tanta defensa, después de haber alcanzado esta comodidad tan cuidada, después de decir nosotros incontables veces, algo no funcionó.
Y eso se siente como perder.
No hubo una escena clara, ni un quiebre marcado, ni una discusión memorable. Si alguien me preguntara cuándo empezó esta sensación, no sabría qué decir. Tal vez fue cuando dejamos de contarnos lo que nos pasaba para no incomodar al otro. Total, estamos bien.
Tal vez fue cuando entendimos tan bien la rutina que dejamos de mirarnos al cumplirla.
Lo único que sé es que sigo haciendo todo como siempre, pero tengo la sensación de estar siempre llegando tarde a mí misma.
Y no sé en qué momento dejé de darme cuenta.
Ni en qué momento lo dejé pasar








