Chapter 01. La Casa de los Espejos Rotos
La lluvia arañaba los cristales de la fachada como dedos esqueléticos buscando entrada. Valeria Chernova ajustó la correa de su maleta de cuero viejo, sintiendo el peso de la decisión que la había llevado hasta este lugar remoto. La mansión Blackwood se alzaba contra el cielo plomizo, una silueta victoriana desafiante y decadente. Había heredado la propiedad de una tía abuela a la que nunca conoció, una mujer de quien solo sabía que había muerto en circunstancias que los vecinos del pueblo cercano preferían no detallar.
-No debería quedarse, señorita -había dicho el anciano taxista, negándose a acercarse más allá del portón oxidado-. Esta casa... tiene hambre.
Valeria ignoró la advertencia, como había ignorado todas las demás. A sus veintiocho años, había construido una carrera como fotógrafa forense, especializándose en capturar lo que otros no querían ver. La muerte no la asustaba; la banalidad de la vida, sí. Necesitaba este lugar, este silencio cargado de ecos, para terminar su proyecto más personal: un libro sobre la estética de lo abyecto.
La llave giró en la cerradura con un chasquido que resonó en el vacío del hall de entrada. Polvo danzó en los rayos de luz que se filtraban por los vitrales sucios, iluminando motas de historia suspendidas en el aire. El olor era a humedad, a madera vieja y a algo más... dulzón, como flores marchitas en agua estancada.
Recorrió las habitaciones con la meticulosidad de quien está acostumbrada a escrutar detalles. Tapices descoloridos, muebles cubiertos con sábanas blancas que parecían sudarios, espejos velados por el tiempo. En el estudio de la planta alta, encontró lo primero que despertó su verdadero interés: una cámara fotográfica de fuelle del siglo XIX, intacta, sobre un trípode de caoba. Al lado, pilas de negativos en placas de vidrio.
Mientras examinaba una de las placas contra la luz de la ventana, una sensación de frío la recorrió, intensa y repentina. No era el frío de la casa sin calefacción, sino uno que parecía emanar de su propio esqueleto. Y entonces, lo escuchó.
Un susurro.
No provenía de ningún lugar, y a la vez de todos. Un murmullo de voces entrelazadas, imposible de descifrar, que se colaba por los rincones de la habitación. Valeria contuvo la respiración, los sentidos alerta. Su mente racional buscó explicaciones: el viento en las grietas, el crujir de la madera vieja, su propia fatiga.
Pero entonces, el susurro se volvió voz clara, íntima, como si alguien hubiera apoyado los labios en su oreja:
-Al fin.
Giró sobresaltada. Nadie. Solo su reflejo en un espejo grande y ovalado que colgaba frente a la cámara. Pero su reflejo... parpadeó. Un movimiento desincronizado, como si por un fotograma hubiera sido otra persona. Una mujer de cabello más oscuro, ojos más profundos, con una sonrisa que no era de bienvenida, sino de reconocimiento.
El corazón le golpeó las costillas. No tenía miedo, no exactamente. Era una excitación peligrosa, la misma que sentía al desentrañar los secretos de una escena del crimen. Algo aquí era real. Algo aquí estaba vivo de una manera que desafíaba la física.
Decidió instalarse en el estudio. Armó su cama de campaña frente a la chimenea, sacó sus propias cámaras digitales, sus cuadernos. Al anochecer, la casa cobró vida propia. Crujidos que se movían de habitación en habitación, golpes sordos en las paredes, el inconfundible sonido de pasos arrastrados en el pasillo. Valeria encendió todas las velas que encontró, no por temor, sino para ver mejor. Para documentar.
Tomó su cámara digital y comenzó a fotografiar las sombras. En la pantalla de revisión, las imágenes mostraban manchas, orbes de luz, pero nada concluyente. Frustrada, cargó una de las viejas placas de vidrio en la cámara de fuelle. Apuntó hacia la puerta abierta del estudio, hacia la oscuridad del pasillo. Respiró hondo y abrió el obturador.
El flash de magnesio estalló, iluminando el pasillo por una fracción de segundo. En ese instante, creyó ver una figura alta, masculina, de espaldas a ella. Luego, la oscuridad, más densa que antes.
Revelar la placa fue un ritual que la conectó con fotógrafos de otra era. Usó los químicos antiguos que encontró en un armario, trabajando a la luz roja de una lámpara de seguridad. Y cuando la imagen comenzó a emerger en la bandeja, el aire se le atoró en la garganta.
No era el pasillo vacío. Era un dormitorio, iluminado por velas. En el centro, una cama de dosel. Y en ella, dos figuras entrelazadas en un abrazo que era tanto de pasión como de agonía. La definición era sobrenatural, cada detalle nítido: las sábanas arrugadas, la tensión en los músculos de la espalda masculina, los dedos femeninos aferrándose a los hombros como garras. Pero los rostros estaban velados, desenfocados, como si el mismo acto los consumiera hasta hacerlos indistinguibles.
Valeria tocó la placa húmeda, hipnotizada. No era solo una imagen erótica; era violenta, posesiva, desesperada. Una unión que hablaba de obsesión, no de amor.
El susurro regresó, más fuerte, ahora una cacofonía de voces que se superponían. Entre ellas, distinguió una, masculina, grave, cargada de una furia lujuriosa:
-Mía. Siempre mía.
Una ráfaga de viento helado apagó todas las velas. En la oscuridad total, Valeria sintió una presencia tangible a centímetros de ella. El olor dulzón se intensificó, mezclado ahora con el aroma a tierra mojada y a sudor. Algo le rozó el cuello, un contacto etéreo pero eléctrico, que le erizó la piel y le provocó un escalofrío que nada tuvo que ver con el frío. Fue una caricia fantasmal, invasiva, que despertó en ella una respuesta inmediata e involuntaria: un calor bajo el vientre, una punzada de deseo tan abrupta como vergonzosa.
Encendió su linterna con manos temblorosas. La habitación estaba vacía. Pero en el espejo ovalado, su reflejo la miraba con los labios entreabiertos, los ojos vidriosos. Y detrás de ese reflejo, otra silueta se materializó por un segundo: un hombre con un semblante severo y hermoso, con ojos que ardían con una luz propia. Sus manos, pálidas y con dedos largos, descansaban sobre los hombros de su reflejo, en un gesto de posesión.
La imagen desapareció. Valeria se desplomó contra la pared, jadeando. La racionalidad luchaba contra la evidencia de sus sentidos. No creía en fantasmas. Creía en energía residual, en improntas psíquicas, en traumas atrapados en el tiempo. Pero esto... esto interactuaba. Esto la deseaba.
Y lo más aterrador: una parte de ella, profunda y oscura, deseaba responder.
Aquella noche, soñó. No con la casa, sino con un hombre. Con sus manos recorriendo su cuerpo con una intimidad que no conocía, con susurros en una lengua extraña que su cuerpo entendía perfectamente. Despertó sudando, con las sábanas enredadas y un gemido ahogado en los labios. La humedad entre sus muslos era real. La sensación de sus dedos, un eco en su piel.
Miró hacia el espejo. En el gris luz del amanecer, su rostro le devolvió la mirada, marcado por una fatiga extrema y una excitación residual. Y en el cristal, escrito con un vapor tenue que se desvanecía, una palabra:
ESPERABA.
Sabía, con una certeza que le heló la sangre y le aceleró el pulso a la vez, que había abierto una puerta que no podría cerrar. Y que la entidad que habitaba Blackwood no era un eco inofensivo del pasado. Era consciente. Era hambrienta.
Y ya la había elegido.








