ANATHEMA

Sinopsis

Freen Sarocha es un ángel caído, condenada a vivir eternamente desde el día en que desobedeció a Dios al enamorarse de Rebecca. Su castigo es preciso y cruel: en cada vida, Freen y Rebecca se encuentran, se aman y, poco después, Rebecca muere. El tiempo, el lugar y la causa cambian. El final, nunca. En la vida actual, Freen reconoce a Rebecca de inmediato y hace lo que siempre ha hecho: intentar mantenerse lejos para retrasar lo inevitable, pero algo ha cambiado, Rebecca comienza a experimentar visiones de vidas que no recuerda haber vivido, muertes que no le pertenecen y una presencia constante que la observa desde fuera del tiempo. A medida que las visiones se intensifican, Freen comprende que el ciclo se ha fracturado. Por primera vez, Rebecca recuerda antes de morir. Acorralada por la culpa y el miedo, Freen decide romper su propio silencio y confesar la verdad, quién fue, qué perdió y cuántas veces ha fallado en salvarla. Con el destino activándose una vez más, ambas deberán enfrentarse a la pregunta que ninguna vida anterior se atrevió a formular. ¿Puede el amor cambiar un final escrito por Dios, o esta historia de muerte y reencarnación está condenada a repetirse una vez más?

Estado:
hace 8 meses
Capítulos:
7
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5.0 (3 reseñas)
Clasificación por edades:
18+

PRÓLOGO


EL ÚLTIMO FINAL




Desde hace unas horas que la noche ya ha caído sobre la ciudad de Barcelona con una lentitud casi consciente, como un animal enorme que decide acomodar su peso antes de dormir. El cielo perdió profundidad, las luces se volvieron opacas, y el aire adquirió esa densidad húmeda que anuncia la lluvia incluso antes de que caiga. Todo parecía más lento, más bajo, como si el mundo hubiese decidido encogerse.

Freen sintió el cambio en la piel antes de verlo.

El primer golpe de lluvia no fue violento, se sintió casi ensayado. Una gota aislada que cayó sobre el pavimento y se abrió en un círculo perfecto, seguida de otra, y otra más, hasta que el asfalto comenzó a oscurecerse por completo.

El olor metálico ascendió de inmediato, ese olor a hierro, humedad, casi podrido, algo que Freen reconoció de inmediato y que la hizo exhalar como si algo dentro de ella se retorciera de dolor, ella lo sabía, la tierra siempre olía así cuando Rebecca estaba a punto de morir.

Freen lo sabía aunque deseaba con todo su cuerpo no saberlo, el mismos cuerpo que reconocía esa combinación de noche y agua con una claridad que no necesitaba memoria consciente. La lluvia siempre aparecía así, lenta, constante, como si también supiera que no había urgencia. Lo que iba a pasar ya estaba decidido.

A unos metros, la luz de un farol temblaba, incapaz de sostenerse del todo. No iluminaba; velaba la escena, cubriéndola con un amarillo cansado. Bajo esa luz imperfecta, el mundo parecía un lugar más pequeño, reducido a fragmentos, el borde de la banqueta, la línea borrosa de la calle, y el cuerpo de Rebecca entre sus brazos.

Freen estaba de rodillas, el concreto frío se filtraba a través de la ropa, pero no lo sentía. Nada existía fuera del peso que sostenía contra el pecho, sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato mientras que el rostro pálido de Rebecca se mojaba con las gotas de lluvia.

Freen tenía una mano bajo la nuca de Rebecca, intentando mantenerla elevada, como si la gravedad misma fuese una enemiga más. La otra mano presionaba una herida que no dejaba de sangrar, inútilmente, la sangre comenzaba a mezclarse con la lluvia y se escurría entre sus dedos, tibia, real, imposible de negar.

El vestido de Rebecca estaba empapado, el cabello se le pegaba al rostro, aún así, seguía siendo hermosa de una forma insoportable, como siempre lo era al final.

—Mírame —pidió Freen, con la voz rota—. Rebecca, mírame, por favor.

Los ojos de Rebecca se movieron despacio, como si atravesaran capas de oscuridad antes de llegar hasta ella, la castaña respiraba mal, cada inhalación era un esfuerzo visible, un temblor en el pecho, un sonido roto que se deshacía antes de llegar a ser aire completo. Tenía los labios pálidos, azulados en las comisuras, y los ojos entreabiertos, luchando por mantenerlos abiertos.

—No... —susurró Freen, sin saber a quién hablaba— No de nuevo—. Una lágrima cayó sobre la mejilla de Rebecca combinándose con las gotas de lluvia.

—Llueve... —murmuró Rebecca, apenas audible como si el clima de pronto fuera un patrón que ella hubiera recordado— siempre llueve...

Freen sintió cómo el pecho se le partía en dos, nunca era igual, pero nunca era distinto. Freen dejó de presionar la herida y su mano temblorosa teñida de rojo se alzó hasta acunar el rostro frío de Rebecca. La sangre manchó sus mejillas, pero aún así la que yacía en sus brazos sonrió como si aquella mancha carmesí no existiera, como si el dolor no le perteneciera del todo.

—No digas nada —pidió—. No hables, sólo respira conmigo, ¿sí? La ayuda ya viene...

La mentira se quebró apenas tocó el aire, pero Freen comenzó a marcar el ritmo con su propia respiración, lenta, forzada, como si pudiera prestarle pulmones. Inhaló y exhaló una y otra vez, Rebecca intentó seguirla, pero su cuerpo parecía haberse quedado atrás, como si ya no entendiera las instrucciones.

Un trueno lejano atravesó la noche, profundo, sin dramatismo. Barcelona siguió respirando alrededor de ellas, la vida de la ciudad continuaba con vida con una crueldad profunda.

Los dedos de Rebecca se movieron, débiles, buscando algo a ciegas, Freen los atrapó de inmediato, entrelazándolos con los suyos, aferrándose como si el contacto fuera lo único que aún la anclaba a este mundo.

—Freen... —dijo Rebecca, y pronunciar ese nombre pareció costarle más que respirar.

—No hables —respondió Freen con urgencia—. Guarda fuerzas.

La lluvia comenzó a caer con más fuerza, golpeando el pavimento en una cadencia constante, casi rítmica. El mundo parecía acompasarse a ese pulso lento, como un reloj que contara hacia atrás.

—Te amo— susurró Rebecca.

La palabra cayó entre ellas con más peso que la lluvia, Freen apretó los dedos alrededor de los suyos.

—No —dijo, casi con desesperación—. No digas eso así. No ahora.

Rebecca levantó apenas la mano, lo suficiente para rozar el rostro de Freen con las yemas de los dedos. El contacto fue ligero, casi inexistente, pero bastó para que Freen se quedara inmóvil.

—Te amo—repitió, con una ternura que dolía—. Mi pianista, siempre tocando... incluso cuando ya no había música.

La respiración de Rebecca se volvió más lenta, más espaciada, el pecho subía con esfuerzo, como si cada movimiento fuera una decisión consciente. Freen volvió a marcar el ritmo con su propia respiración, exagerándolo, suplicándolo.

—Inhala conmigo —pidió—. Vamos, una vez más, solo una más.

Rebecca lo intentó. El aire entró... y salió con dificultad.

—Por favor— Freen suplicó, siempre lo hacía, pero como siempre la repuesta era silencio— por favor... ¡Por favor!—. Gritó alzando su mirada hacia el cielo, las gotas mojaron su rostro de inmediato combinándose con sus lágrimas—. ¡BASTA!

—Freen... —tosió, un hilo de sangre manchándole los labios, Freen la presionó con más fuerza contra su pecho—. No llores.

—No estoy llorando —mintió Freen, aunque sentía las lágrimas mezclarse con la lluvia en su rostro.

Freen inclinó el rostro hasta apoyar la mejilla contra la de ella.

—Perdóname —susurró la pelinegra y esa palabra arrastraba siglos de silencio—. Perdóname por no...

No pudo terminar porque en ese momento Rebecca exhaló despacio, un suspiro largo que no volvió a transformarse en inhalación. Freen lo sintió primero como una ausencia mínima, casi imperceptible, una pausa demasiado larga entre un latido y el siguiente. Luego llegó el peso real, brutal, imposible de discutir; el pecho de Rebecca ya no se movía.

Freen sintió que el mundo entero dejó de moverse, pero mundo no se detuvo, eso fue lo peor.

—No... —susurró, con una negación tan pequeña que parecía no querer existir—. No, no, no.

Esperó, un segundo más, luego otro y otro, apretó el cuerpo contra el suyo, como si el calor pudiera engañar a la muerte, como si el contacto fuese una orden suficiente.

—Respira —ordenó, ahora, con una voz que ya no pedía, una voz que parecía desgarrarle la garganta —. Rebecca, respira.

Nada, el silencio que siguió no fue absoluto. La lluvia seguía cayendo, los coches pasaban a lo lejos, una sirena se deslizó por alguna calle cercana sin acercarse nunca. Barcelona seguía viva, indiferente, intacta.

Freen sintió cómo algo dentro de ella se rompía con un sonido que no salió por la boca. Fue interno, seco, definitivo, un quiebre antiguo que ya conocía demasiado bien.

—No te vayas... —dijo, y esta vez no había control, sólo una súplica desnuda—. No otra vez, ya no, por favor, ya no.

Sacudió a Rebecca apenas, con cuidado al inicio, como si temiera hacerle daño, como si aún existiera la posibilidad de que pudiera sentirlo.

—Mírame —repitió, desesperada—. Abre los ojos, te lo ruego. Te prometo lo que quieras... no me dejes... no me dejes de nuevo—. Sollozo con la voz rota y las lágrimas desbordantes.

El cuerpo de Rebecca era ya una quietud ajena.

Freen apoyó la frente contra la de ella, y entonces el dolor se volvió físico, concreto, insoportable. Un alarido le subió desde el pecho, pero no salió como un grito; se deshizo en un gemido roto, animal, un sonido que no pertenecía al lenguaje humano.

—No... —sollozó—. No, amor. No. No me hagas esto.

La sostuvo así, durante segundos o minutos, el tiempo había dejado de obedecer a las leyes naturales, balanceándose levemente, como si arrullarla pudiera convencer al universo de corregirse.

La lluvia empapaba sus espaldas, el cabello de Freen caía sobre el rostro de Rebecca como un velo oscuro. La sangre ya estaba fría entre sus dedos y entonces llegó el recuerdo.

Siempre era así.

Siempre la lluvia.

Siempre ese olor a hierro.

Siempre el cuerpo apagándose en sus brazos.

La eternidad no se le reveló con grandeza, sino con cansancio.

—Otra vez... —murmuró Freen, con la voz quebrada por siglos—. Siempre te me mueres así.

Apretó los ojos con fuerza, como si cerrarlos pudiera borrar esa escena, pero lo único que consiguió fue ver otras iguales superponiéndose: otros callejones, otras ciudades, otros siglos, la misma mujer, la misma boca pronunciando te amo justo antes del final.

Lloró con el cuerpo entero, con espasmos violentos que le sacudían los hombros, con un dolor que no tenía salida. Lloró contra el cuello inmóvil de Rebecca, empapándolo de lágrimas, saliva y lluvia. La abrazó con desesperación, como si quisiera fundirse con ella, desaparecer juntas en el pavimento húmedo.

—No es justo —susurró—. Yo recuerdo todo. Yo cargo con todas tus muertes. Y tú... tú no recuerdas nada.

Freen levantó el rostro al cielo cubierto de nubes negras, los ojos deshechos, la mandíbula tensa de rabia y dolor.

—¡BASTA! —gritó, y esta vez sí fue un grito que desgarró la noche—. ¡Ya basta!

El trueno respondió a lo lejos, indiferente, Freen volvió a bajar la mirada hacia Rebecca. Con una delicadeza casi sagrada, acomodó un mechón de cabello húmedo detrás de su oreja, como si aún pudiera sentir el gesto.

—Perdóname... —susurró, abrazándola con más fuerza, esa palabra no era un impulso, sino una confesión—. Perdóname por amarte.

La dijo despacio, como si cada sílaba tuviera que atravesar siglos antes de salir.

—Perdóname por encontrarte —continuó, con la voz quebrada—. Por mirarte como te miro, por no saber pasar de largo, por no saber soltarte nunca.

Sus dedos temblaban mientras rodeaban el cuerpo inerte, como si incluso ahora temiera que Rebecca pudiera escapársele.

—Yo te elegí —dijo, con una lucidez que dolía más que el llanto—. Cada vez, en cada vida, incluso cuando juré que no lo haría otra vez.

Una risa breve, rota, se le escapó entre sollozos.

—Siempre me engaño... siempre pienso que esta vez será distinta. Que podrás vivir, que podrás envejecer, que la lluvia no llegará. Bajó el rostro hasta el cuello de Rebecca, aspirando un olor que ya comenzaba a desvanecerse.

—Y no lo es —susurró—. Nunca lo es.

La abrazó con más fuerza, como si quisiera protegerla incluso de aquello que ya había ocurrido.

—Te condené —dijo al fin, y la palabra le pesó como una herida abierta—. A una vida que no pediste, a una muerte que se repite a olvidarme siempre... mientras yo recuerdo todo.

Su voz se quebró por completo.

—Yo cargo con la eternidad —murmuró—, pero tú cargas con el precio.

La lluvia golpeaba el suelo con insistencia, marcando un tiempo que ya no importaba, Freen cerró los ojos, y una lágrima caliente cayó sobre la mejilla fría de Rebecca.

—Perdóname por seguir buscándote —continuó—. Por no dejarte vivir una vida completa, limpia de mí. Perdóname por aparecer siempre... perdóname por amarte.

Acarició su cabello con una lentitud reverente, como si ese gesto fuera un ritual antiguo.

—Te amo —dijo al fin, en voz baja, sin dramatismo—. Y ese amor es tu condena.

El silencio la rodeó de nuevo, denso, irrevocable. Freen se quedó ahí, sosteniéndola, sabiendo que como siempre el amanecer llegaría, que alguien encontraría el cuerpo, que el mundo seguiría su curso.

Y que algún día, en algún lugar, volvería a verla abrir los ojos sin reconocerla, pero no esta noche, esta noche, la lluvia seguía cayendo.

Y Rebecca estaba muerta otra vez.