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Azúcar | Duxino ; One Shot

Sinopsis

Fue tan dulce como la miel, tan irreal que me preguntaba si eso había sido solo un sueño, pero ahí estaba él, a mi costado, con la respiración en calma y la cara en una sonrisa. Aquino me hacía feliz y yo no podía pedir más en ese vasto mundo que a él a mi lado por siempre.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Bittersweet_grl
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo Único

Azúcar

Él estaba viendo las estrellas a través de su catalejo, embelesado con con las constelaciones, formas y luces a una larga distancia, siluetas de la vidas que fueron y que no regresaran, titilantes; y yo, yo estaba embelesado viéndolo desde abajo, sentado en el pasto verde, al otro lado del puente, observándolo ahí, donde estaba sentando en el techo de la casa, rodeado de mil lucecitas brillando que a su espalda lo acunaban, le daban una aureola a su rededor, y había una razón de porque yo no podía dejar de verlo, de observar su pequeña figura, sus bonitos ojos cafés, brillando en felicidad, asombrado de encontrar algo nuevo cada vez, de descubrir y de aprender, y algo en mi siempre ronroneaba al observarlo, al estar con él y tenerlo junto a mí.

Casi babeaba al verlo, tan bonito, tan chiquito, tan tierno e inocente.

Y como quería tanto que fuera mío.

Tan jodidamente mío.

Y es que no me importaba su falta de casta, no me importaba si resultaba ser un beta, mi omega lo reclamaba de su propiedad, un sentimiento tan posesivo que me llenaba más y más, y yo no podía sino estar más que de acuerdo con eso, porque a pesar de todo, éramos los únicos aquí, acompañados de dragones, entes de todo tipo y las cámaras que flotaban a nuestro rededor, manejadas a nuestro antojo por las tabletas que formaban parte de nosotros mismos, porque mi posesividad podía más y porque a pesar de todo, yo no deseaba que sino otra cosa que no sea Aquino entre mis brazos, entre mis sábanas, mis labios, mis recuerdos, sentimientos y memorias, todo de él, cada néctar que su cuerpo me pueda dar, que su alma me riegue como el jugo del fruto prohibido, solo y solamente para mí, para mi propio deleite.

Fantaseaba con los ojos abiertos cuando nadie me veía, fantaseaba cuando me dirigía esa brillante y alegre mirada, fantaseaba cuando se acostaba sobre en el campo de flores y me contaba los chismes que soltaba su chat, fantaseaba con acariciar su pelo, su cuerpo, con mis manos explorar toda su estructura en nada más que puro cariño y placer, besar sus labios que me recordaban a pétalos que se abrían cuando el sol salía, probar con mi boca sus oscuros rincones porque no habría nada de lo que me arrepintiera después porque él era hermoso y yo solo me hundía cada vez más en mis deseos impuros, en pensamientos cochinos que avergonzarían a un alfa, pero ¡oh! ¿Cómo es que se me ha de negar el placer de querer pecar con él como mi única compañía?

Zeus empujó su hocico contra mi costado, en un reprendimiento cuando mis ojos se desviaron y vagaron por su cuerpo cubierto, pecaminoso, sintiendo el aumento del olor de mis feromonas, excitados olores que se propagaban como el aire, llenándolo de un espeso olor a chocolate amargo e incienso de vainilla, que claramente molestaban a mi escamoso compañero de pasto. Aparté su hocico con una mano, casi ahuyentándolo como ahuyentaría a una mosca, porque yo no quería dejar de pensar en él, en su belleza y su sonrisa, no quería que mi felicidad momentánea se terminara tan abruptamente, pero no me quedaba de otra más que reírme de mi dragón, que me resopló en la cara y volutas de humo llenaron mi cara, porque sabía cuánto le molestaban mis feromonas descontroladas, como las hormonas de un adolescente y porque cuanto más miraba, más sabía que el ángel al que yo le adjudicaba toda mi devoción sentando en el techo viendo las constelaciones del despejado cielo nocturno, no podía olerlas, y que no me voltearía a ver, por y en mucho tiempo con otros ojos que no sean de bendita y apreciada amistad.

Me quedé un rato más ahí sentado, recargado en mi dragón que solo me veía, con la cabeza sobre las patas, casi como un perro, suspirando y tirando humo de la nariz de vez en vez, acompasado por su respiración, y el calor que irradiaba de su pecho, sintiendo sus tersas escamas a través de mi sudadera como un recordatorio de que este mundo era real, de que él estaba ahí conmigo, que nunca estaría solo y sobre todas las cosas, que Aquino era real, que yo habitaba en él y tenía la dicha de compartirlo con el que ignorante del hecho, le daría todo, mi alma, mi corazón, mi sangre, mis bienes, mi vida y más, hasta las estrellas si me lo pedía, porque cuando decía todo, era todo, y estaba seguro que nada me pararía.

Sobre todo le daría mi vida, estaba muy seguro que renunciaría a ella solo por él.

Y yo esperaba, siempre, con el corazón en la manga, que él estuviera dispuesto a entregarme la suya también, ponerla en mis manos, que con reverencia la recibirían, porque estaba seguro que si eso sucediese, yo sería un hombre lleno de dicha, de felicidad, y la atesoraría y guardaría con candado en un cajón, alrededor de edredones, porque no dejaría que nada le sucediese, que nada le pasara en mi guardia, porque yo tomaría su preciosa vida con la seguridad de que sería eternamente mío en este vasto mundo.

Sólo él, yo y la felicidad que eso nos traería.

Recuerdo haber suspirado, como un tonto enamorado, sintiéndome como un tonto enamorado.

Pero estaba seguro de que era un tonto enamorado por él.

Yo estaba perdidamente enamorado de un chico menor que yo, sin casta y con la sonrisa más linda que en mi vida había visto, un ángel que me llevaba a la dicha con solo escucharlo reír y decir mi nombre, gritarlo con burla y el claro deseo que yo siempre lo sacara de los problemas en los que siempre se metía solo, siendo simplemente él, siempre y todos los días, llenándome de pura dicha.

Anhelando que el final de esos días nunca llegara, que el profundo abismo del la desesperación humano, de la redención y la muerte no nos alcanzara hasta que mi felicidad fuera verdadera, de la más pura, hasta que yo pudiera beber de su néctar, de sus labios y sus sonidos, de la hermosura de su cuerpo contorsionado con el mío, en una danza de dicha, unidos en un solo vaivén de lujurioso amor y sentimientos que se mezclaran en un río a punto de desbordar con el grandioso término que nos dejara flácidos y relajados en un sueño del que no desesperemos por despertar.

Y yo lo seguía viendo, y seguía fantaseando, hasta que la primera gota cayó sobre mi cara alzada al cielo, primero una, luego otra y otra, como un aviso tardío del diluvio que se avecinaba, un llamado de atención que llegaba demasiado tarde, porque la lluvia, recia y torrencial, ya estaba sobre nosotros, con el aire silbando con furia y meciéndonos a su antojo, arrancando las flores de sus raíces y obligando a los animales a buscar refugio dentro de sus madrigueras.

Él también había sentido las primeras gotas de lluvia y me veía con pánico en sus grandes ojos cafés, que me derretían porque sabía que aunque lo pareciese, no podían ver más allá de mi alma, que nunca descubrirían los secretos que tan recelosamente le oculto con fervor.

Tomé a mi dragón dentro de su estuche y corrí, corrí a través del puente, resbalando y tropezando, casi patinando a la entrada de la casa, dónde él, con su pelo mojado, y las gotas resbalando por su rostro, me esperaba en la puerta con la cara dividida en una gran sonrisa, y una toalla en la mano, con su ser vibrando de diversión y el conocimiento que como en otras noches de lluvia, esa sería una más de películas, palomitas y peleas sobre quién haría la cena sin que esta se le quemara.

Yo también lo sabía, y amaba cada una de esas noches, de esas rutinas de las que nunca queríamos salir, porque adoraba pasar tiempo con él.

Simplemente lo adoraba a él, todos y cada uno de los días y noches que pasábamos juntos, en el seno de nuestra casa y de nuestra privacidad.

Él me sonrió mientras me seguía escaleras arriba, con las manos en su espalda y una mirada inocente - Hoy te toca hacer la cena - comentó. Yo ya lo había visto venir, Aquino siempre hacía lo mismo, y yo nunca me pude quejar o molestar con él, porque era simplemente un hermoso manipulador que con solo pestañear, yo me arrodillaría a sus pies.

- Bien -. Le respondí - ¿Qué quieres cenar? - Y como cada vez que le preguntaba, el agrandaba sus ojos y me regalaba una sonrisita torcida.

- Definitivamente Lomo Saltado, adoro como lo haces.

Siempre me gustaba cuando decía cuanto le encantaba mi cocina, cuando me alababa, porque siempre hacía los mejores platos para él, no importando si tenía que viajar al otro lado de este despoblado mundo en busca de los más raros ingredientes.

Sólo me bastaba con hacerlo feliz, y es por eso y más que accedía a sus peticiones.

- Muy bien, Lomo Saltado será, pero tú escoges la película.

Mientras me cambiaba la ropa mojada, podía sentir sus ojitos recorrer mi cuerpo, una exploración inocente que me hacía hinchar el pecho de orgullo como un pavo real cuando los sentía detenerse en su recorrido por mis brazos marcados y mi abdomen trabajado, y escuchaba su respiración atorarse en su garganta, ahí donde se alojaba la manzana de Adán, simplemente admirandome y tomando un color rojo en las mejillas, mientras él decidía que bajar en esos momentos era una mejor idea.

Yo también pensaba que era una buena idea, porque no estaba tan seguro de cuánto duraría sin tirarme encima de él como un animal salvaje en celo, cediendo a las demandas de mi omega, a mis instintos débilmente reprimidos, acelerador por marcar el blanco cuello de mi compañero de casa, de mundo y muy seguramente de vida.

Pero no podía, yo no podía hacerle eso, porque mientras lo veía cenando, ensimismado en la misma película de siempre, repasando las mismas frases de memoria, las mismas escenas una y otra vez, con la esperanza de ser el protagonista, me lo pensaba, y lo pensaba con dolor, porque yo ya tenía los veintitrés años, ya era básicamente un adulto, un adulto enfermo, que estaba enamorado de un niño de diecinueve, pero yo estaba seguro que éramos como piezas de un rompecabezas, las últimas que siempre encajaban perfectamente, para dar la finalización a la imagen completa, para ser observada y admirada, una y otra vez sin cansancio por el esfuerzo que ha costado al armarlo.

Y no había nada que yo pudiera hacer, porque cuando él caía adormilado en mis brazos, murmurando sobre mi pecho lo mucho que desearía ser como ese chico suertudo de esa película, esperando que alguien le hablase y le coqueteara en inglés aunque él no sepa ni un carajo, y que era un maldito amante de los finales felices, yo no podía hacer otra cosa que si no observarlo y admirarlo, perderme en él y sus rizos chocolates, en sus ojos semi cerrados y su respiración lenta, sus labios y su vida, totalmente perdido y abrumado, embobado en él y por simplemente ser él.

No sé si dormí, no sé si me quede despierto en el incómodo sofá de la sala, apreciándolo como siempre lo hacía, si en algún momento de la noche soñé que me abrazaba, añorando que me dijera que me amaba y que no había fuerza en el mundo que nos separara, o si simplemente fuí yo quien se deslizó por el sofá y quedó tumbado con él sobre mi pecho durmiendo pacíficamente, pero sí sé, que ese día en particular me desperté con el aroma a tierra mojada tras la lluvia, a fresa y chocolate blanco, como un afrodisiaco que me sacó un gemido de gozo, porque olía a un majar de dioses, y no quería que ese olor se me fuera, que se escapara de mis abrumados sentidos, que luchaban incontrolablemente por poseer más de ese olor.

Hasta que me percaté de que el delicioso aroma provenía de encima de mí.

Porque Aquino no se dejaba de remover incómodo en mis brazos, con los ojos cristalizados y las mejillas sonrosadas, con su boca abierta con jadeos, y sin la menor intención de dejar de restregarse contra mi hombría y cuerpo.

Porque parecía que el problema de mis sucios y constantes pensamientos estaba entrando en un celo.

Y porque Aquino olía claramente a omega

Un omega muy necesitado, y ¿Quién era yo para dejarlo ahí, mojado e incómodo en su primer celo?

Porque yo nunca hubiera imaginado que él se presentaría como un omega, mucho menos que se presentara encima de mí, como una burla a mi autocontrol, que me hacía fantasear con los dos en un entresijo de miembros, en una fusión de olores dulces, que me hacía querer arrancarle las prendas y llenarlo con mi amor, llenarle de cariños y compartir con él la dicha de estar en un nido juntos, cansados y risueños, que me viera a mí como yo lo veía a él; el deseo de querer marcarlo era fuerte, era algo que sentía que se me salía de control.

El primer quejido cuando se dió cuenta que estaba despierto me devolvió a la realidad.

Los que le siguieron después fueron causados por mí, cuando me perdí en sus ojos y en los labios, cuando me estampé contra ellos con un deseo fervor sin poder controlar mis acciones, cuando gracias a él, mi celo se adelantaba y perdía todo rastro de claridad en el pensamiento.

Lo siguiente que sé de esa noche, son sus besos azucarados y el dulzor del aire en la casa, sin rincón alguno en el que no me haya enterrado dentro de él, donde yo no lo profané hasta que sus ojos solo veían el techo y pedía y suplicaba por más sin darse cuenta. Una bruma que solo se la adjudico al celo y a la satisfacción de mis fantasías cumplidas con él, con el precioso omega que se retorcía debajo de mí, acompañando mis empujes con sus caderas, en un vaivén lento y tierno donde no perdía la oportunidad de adorarlo, acariciando su piel, sin darle alcance al final, queriendo que todo durara más de lo que ya había durado, porque estaba sintiendo el cielo, estaba tocando el paraíso entre su apretado interior y el sonido de sus jugos, la música en mis oídos que eran entonada por sus gemidos, sus labios abriéndose como pétalos para decir mi nombre con reverencia, abrazándose a mí con la pasión de los amantes de todos los días, de las parejas felices, que yo estaba dispuesto a que seamos después de esa noche, porque era placentero, era hermoso alumbrado a la luz del sol que entraba por las ventanas, que lo alumbraba y le echaba leña a mi placentero fuego interno.

Porque era como el jodido paraíso.

Aquino era mi paraíso y no lo iba a dejar ir tan fácil.

Porque cuando me desperté al día siguiente, solo me sentía ardiendo en el fuero del celo y satisfecho cuando la marca estaba ahí, roja e hinchada en su blanco cuello, como un recordatorio de lo que había pasado, y es que había sido tan dulce como la miel, tan irreal que me preguntaba si eso había sido solo un sueño, pero ahí estaba él, a mi costado, con la respiración en calma y la cara en una sonrisa, porque él también me veía y veía mi cuello, donde había puesto su propia marca cuando los lugares se cambiaron y fui yo quien decía su nombre entre murmullos y quejidos, entre la felicidad de tenerlo a él y simplemente a él.

Porque Aquino me hacía feliz.

Él nunca pudo dejar de hacerme feliz.

Y es por eso, que el día de hoy, ante ustedes hermanos, nuestros amigos más cercanos, le doy las gracias, a tí, Aquinoby2002, por ser parte de mi vida, y no quiero que eso nunca termine, así que contéstame una cosa.

Me pongo sobre mi rodilla y le muestro el anillo de diamantes entre mis dedos.

- Sé que no ha pasado más de tres mes luego de eso, pero ¿Te casarías conmigo, mi precioso amor?

- Sí Duxo, me casaré contigo.

Al final estamos completos, y yo, yo no puedo pedir más.

Fin.

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