Frustración
Troy Bolton apretó la pastilla entre sus dedos. Era el noveno bote de analgésicos que consumía, aunque le decía a sus cercanos que solo era el tercero. El dolor que le punzaba la cadera y la rodilla derecha permanecía desde el trágico accidente del que se negaba a hablar con los medios. Hacía solo dos años que jugaba con los Chicago Bulls y que en sus retiros apoyaba obras de teatro de Broadway con papeles secundarios lo suficientemente profundos para que se le reconociera en el rubro. Aquello lo databa de una fama como pocos. No era el caso ahora.
Su esposa, Gabriella Montez, a quien conoció en un karaoke en unas vacaciones, se acercó a darle el vaso de agua con una sonrisa condescendiente, viéndolo como si fuera un cachorro abandonado.
—Solo una pastilla más, lince. —Le acarició el rostro.
Él recibió el vaso, bufando. Introdujo la pastilla a su lengua y bebió un sorbo. Amargo.
—Hoy intenté practicar en la cancha. No puedo dar ni un estúpido salto
Gabriella bajó la mirada.
—El doctor dijo que tu recuperación tomaría más tiempo del debido. El golpe...
—¿De qué ibas a hablarme cuando te llamé esta mañana? —atajó colocando el vaso en la mesita del frente. Se acomodó en el sofá—. Mencionaste algo sobre tu prima antes de que tu mamá nos interrumpiera. ¿Qué quería?
—Beth dice que en la escuela de su hijo están buscando un entrenador, así que creí que podrías viajar y...
—¿Entrenar a niños en Utah? —soltó una risa resoplada—. No soy mi padre, Gabriella.
—No reacciones así, lince. Ya lo hemos hablado. —Se sentó en el brazo del sillón.
—No es algo que puedo hacer, tampoco es algo que me guste. —Frunció los labios—. No ahora.
—¿No estás cansado de rechazar soluciones?
Troy frunció el entrecejo.
—¿Crees que mis elecciones son victimizaciones? —Se apoyó del bastón que tenía al lado, levantándose con dificultad. Avanzó hacia el otro lado de la habitación, a un costado de la chimenea que crepitaba.
—Troy...
—Apreciaría que me ayudaras a sobrellevar esto con un poco de apoyo emocional, no solo dándome pastillas cuando regresas del trabajo. —Suspiró—. Ya no soy yo, ¿entiendes?
—¿Es en serio, Troy? ¿Crees que no te apoyo? —preguntó Gabriella con los ojos acuosos—. ¿Crees que te invalido?
—Así se siente. —Se encogió de hombros—. No, pero no entiendes lo que necesito ahora.
—Eso es todo. No puedo seguir así, estoy harta. —Gabriella se puso de pie y se precipitó hacia las escaleras que conducían al segundo nivel.
—¿Qué dijiste? —le preguntó Troy desde la sala.
—¡Que estoy harta de todo esto, Troy! ¡Estoy harta de ti y de nosotros!
—¿Entonces ya no me amas?
—No amo a este Troy...
«I gotta say what’s on my mindSomething about usDoesn’t seem right these days...»
Gabriella abandonó la casa con un portazo y una maleta en mano.
Troy soltó un grito de desesperación.
¡Rin! ¡Rin!
Era un número desconocido, de Nuevo México








