Florencia (Otra oportunidad 1)

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Sinopsis

Me llamo Florencia y tengo 35 años. Estoy a las puertas de estar divorciada de mi maltratador marido y solo me queda un sueño por cumplir: ser madre. Tras los últimos acontecimientos, me he decidido a ser madre soltera, pero lo que no sabía, es que el destino me tenía reservado muchas cosas que vivir para llegar a mi final feliz. Os invito a conocer mi historia y a que os dejéis llevar en todo el trayecto.

Estado:
En proceso
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. Florencia


Ya son las dos de la tarde y me encamino hacia donde he quedado con mis amigas.

Las conozco desde hace treinta años y, en cuanto nos vimos por primera vez en la clase, las cuatro nos acercamos de inmediato cuando la profesora dijo que hiciéramos grupos de cuatro para hacer un trabajo en común.

Dejo el coche en el aparcamiento del centro comercial, me encamino hacia el ascensor y subo a la terraza. Giro a la derecha cuando salgo del elevador, entro en el restaurante y miro a mi alrededor para buscarlas. En cuanto las diviso en una mesa al lado del ventanal, me dirijo a ellas haciendo que mis tacones resuenen en el bullicioso local. Cuelgo el bolso en el respaldo de la silla de madera negra, saludo a mis niñas con un beso en la mejilla y me siento.

—Bueno, ¿qué es eso tan importante que quieres contarnos? —me pregunta Eloísa, mi chica morena de ojos azules como el cobalto y el pelo recogido en una alta y estirada cola de caballo característica de ella.

—He estado pensando durante mucho tiempo y he decidido hacerlo —contesto con seguridad y muy decidida.

—¿Qué vas a hacer? —quiere saber María José mientras me mira desconcertada con sus soñadores ojos café.

—Tengo treinta y cinco años, estoy a un paso de estar divorciada y no tengo muchas expectativas de encontrar al hombre de mis sueños a estas alturas, por lo que he decidido inseminarme para ser madre —les digo antes de dar un trago al refresco que un camarero acaba de traerme.

—¿Inseminarte? ¿Estás segura? —me inquiere Toñi dejando de enredar su dedo en la punta de su pelo rubio.

—Muy segura. No necesito a ningún hombre en mi vida para poder hacer realidad mi sueño de ser madre. Seré madre soltera como casi todas las mujeres de mi familia. Al final se convertirá en una tradición de las mujeres Acevedo —respondo dando otro sorbo al refresco.

—Un bebé es una gran responsabilidad. Te lo digo por experiencia propia —me dice Eloísa para que me dé cuenta de dónde quiero meterme.

—Lo sé. Lo he comentado con mi madre y ella me va a ayudar si me hace falta.

—De acuerdo, te apoyaremos en esto —añade María José al coger mi mano entre las suyas.

—¿Has mirado ya alguna clínica? —me interroga Eloísa hincando el diente a la dorada al horno con patatas que ha pedido para almorzar.

—Había pensado en pedirle cita a tu marido, si no te importa. Es que por la seguridad social me puede llegar la cita dentro de un año.

—Por supuesto que no. Yo iba a recomendártelo, total, se pasa el día viéndole el chumino a muchas desconocidas, no me va a importar que se lo vea a mi amiga —las cuatro rompemos a reír—. Si quieres puedo llamarlo para pedirle una cita.

—¿De verdad que no te importa? Quiero empezar cuanto antes con el tratamiento.

—Hecho. En cuanto terminemos de comer lo llamo.

***

La comida ha estado, como siempre, deliciosa, y Eloísa no puede esperar a que salgamos del restaurante para llamar a la clínica de su marido.

El bullicio del lugar no la deja escuchar con claridad, así que decide salir del local para poder hablar con más tranquilidad. Unos minutos después regresa con una sonrisa en sus labios rojos.

—Mañana a las diez tienes cita con él. Te lo explicará todo y él mismo lo llevará a cabo —me comenta al sentarse de nuevo.

Mis ojos se llenan de lágrimas y las ganas de ser madre se intensifican junto con mis nervios. Me inclino hacia ella, la abrazo con fuerza y le dejo un sonoro beso en la mejilla mientras le digo:

—Gracias, gracias, gracias.

—No hay de qué. Para esto estamos las amigas.

—Y los maridos ginecólogos de las amigas —apunta Toñi.

—¿Quieres que te acompañemos? —me pregunta María José sin poder dejar de sonreír al ver la felicidad que brilla en mis ojos.

—Si podéis escaparos del trabajo sí, sino no. No quiero que os despidan por mi culpa.

—No hay ningún problema. Toñi y yo somos nuestras propias jefas y María José tiene a su jefe enamoradito por sus huesos. No creo que le sea muy difícil escaparse un par de horitas —habla Eloísa haciendo que los ojos de nuestra amiga se pongan blancos.

—No le gusto —nos regaña María José por milésima vez.

—Lo que tú digas, pero no te va a negar nada de lo que le pidas —continúa Eloísa dando un sorbo a su copa de vino.

—Dejadlo ya, por favor —las corto antes de que la aludida se defienda—. Tengo que volver a la tienda. Mañana nos vemos en la clínica —me despido de ellas con un abrazo, cojo mi bolso y me marcho hacia el ascensor.

Bajo al aparcamiento, entro en mi coche con una extraña sensación de que alguien me observa, cierro el pestillo de todas las puertas, arranco y pongo rumbo hacia el trabajo.

***

A la mañana siguiente, la alarma de mi móvil suena y bostezo mientras intento abrir los ojos. Me levanto de la cama para dirigirme hacia el baño, abro el grifo del agua caliente de la ducha, me recojo el pelo en un moño improvisado, me quito el pijama y me meto debajo del líquido transparente.

Después de una ducha rápida me encamino hacia el vestidor, me pongo unos pantalones vaqueros ajustados, una camisa blanca de satén, una chaqueta de cuero negro y unos tacones de aguja para que me estilicen un poco las piernas y, de paso, parezca más alta de lo que soy. Me miro en el espejo que va desde el suelo al techo para asegurarme de que todo está en su sitio, y vuelvo al baño para peinarme y maquillarme. Me dejo el pelo suelto como una cascada ondulada y dorada mientras dejo que el flequillo tape mi frente, en la que, oportunamente, me ha salido un pequeño granito. Esa es una señal de que estoy nerviosa. Me maquillo un poco, haciendo resaltar mis ojos celestes y mis labios sonrosados. Me echo un último vistazo en el espejo, cojo mi bolso, mi móvil, las llaves y salgo del piso dispuesta para afrontar todo el día.

Bajo al garaje del edificio, me monto en el coche, arranco y pongo rumbo hacia la salida para, luego, dirigirme hacia la clínica donde trabaja el marido de Eloísa. Aparco en un hueco en zona azul, pago el ticket para dejarlo en el salpicadero del coche y camino hasta la puerta opaca de la clínica. Entro en la espaciosa recepción y dibujo una sonrisa cuando veo a mis tres locas amigas sentadas en las sillas de la sala de espera, impacientes.

—Y creía que yo estaba nerviosa —les digo con un saludo.

—No todos los días una de tus amigas decide inseminarse —contesta Toñi apagando el móvil para dedicarme toda su atención.

—Gracias por acompañarme —les agradezco al sentarme en medio de ellas después de darle a la recepcionista mis datos.

—No hay nada que agradecer. Queremos apoyarte con esta enorme decisión que has tomado y esto solo es la primera parte —comenta María José al coger mi mano temblorosa.

—Podéis pasar a la consulta y esperar allí al doctor Abascal. Os recibirá en un momentito —nos informa la recepcionista con una imborrable sonrisa en sus labios.

—Gracias, Beatriz —le dice Eloísa al seguirnos hacia el interior de la consulta.

María José y yo nos sentamos en las sillas enfrente del blanco escritorio sin soltarnos las manos y temblando como gelatinas por los nervios.

Dos minutos después, y con los nervios a flor de piel, la puerta de madera clara se abre dejando paso a Esteban, un hombre castaño, con ojos verdes pistacho, alto y atlético con un pijama de quirófano celeste y una carpeta más oscura con el logotipo de la clínica en el medio. Se acerca a Eloísa para dejarle un beso en los labios y se sienta en la silla blanca después de saludarnos a las demás.

—Bienvenidas. ¿Sabes algo sobre el procedimiento? —me inquiere. Niego con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra alguna—. Pues te lo cuento y, luego, decides si seguimos adelante o no, ¿de acuerdo?

El ginecólogo nos explica todo lo que debemos saber y respondo a sus preguntas con la mayor claridad que puedo. Hay varias maneras para poder ser madre y, como por suerte yo no tengo ningún problema para concebir, la mejor opción para mí es la inseminación artificial. Es la forma más “natural” a las otras opciones y me decido por ella sin pensarlo dos veces. Mi sueño es ser madre o lo voy a conseguir de una forma u otra.

—También tienes que tener en cuenta que podría ser un embarazo múltiple —añade el doctor sin dejarse ningún detalle en el tintero. Asiento con la cabeza con un poco de miedo por esa posibilidad, pero él continúa con la última pregunta—: ¿Seguimos con ello o no?

Miro a mis amigas que me observan con detenimiento mientras mueven sus cabezas de arriba abajo, luego miro a Esteban y contesto:

—Seguimos adelante.

—Estupendo. Te voy a hacer una ecografía vaginal y la enfermera te va a sacar sangre para ver qué donante es el más compatible. Ve detrás de la cortina y cuando estés lista me avisas.

La prueba aclara el momento de hacer la inseminación y ya solo queda buscar al donante de esperma compatible.

Salgo de la clínica acompañada de mis amigas, respiro hondo y suelto el aire poco a poco. La rapidez a la que va todo me está abrumando, pero estoy feliz de que, después de un año desastroso, todo me esté saliendo bien.

—¿Cómo estás? —me pregunta Toñi agarrada a mi brazo.

—Abrumada, pero esto es lo que quiero.

—Fantástico. Os invito a desayunar —nos propone Eloísa mientras se dirige hacia una cafetería cercana a la clínica.

***

Las horas pasan lentamente mientras espero sentada en mi sofá a que la enfermera llame para comunicarme si hay un donante compatible. No he soltado el móvil en ningún momento, ni siquiera para hacer el almuerzo. Ya parece que lo tengo integrado a la piel de la palma de mi mano. Me tumbo en el sofá, enciendo la televisión y cambio con rapidez los canales. Nada me parece interesante.

Estoy inmersa en una película cuando, de repente, la melodía de mi móvil resuena en la estancia haciendo que dé un brinco para cogerlo de inmediato.

—¿Sí? —respondo al descolgar.

—Buenas tardes. ¿Florencia Acevedo?

—Sí, soy yo.

—Le llamo de la clínica Insemined. Hay un donante compatible con usted. ¿Le viene bien venir el lunes a las doce para la inseminación?

—Me viene estupendamente. Muchas gracias.

—A usted. Hasta el lunes.

Cuelgo y las lágrimas que he estado conteniendo se liberan. Felicidad. Nervios. Alegría. Todos mis sentimientos se desbordan por cada poro de mi piel. Mi sueño cada vez está más cerca y aún no puedo creérmelo. Temía que algo pudiera truncar tanta dicha.

Me levanto del sofá y camino por el pasillo hacia la última habitación. Abro la puerta y me quedo de pie, frente a la cama, observando y leyendo la frase que mi madre me repetía una y otra vez después de cada fracaso.

—No dejes de soñar —leo en alto mirando las mariposas dibujadas que alzan el vuelo alrededor de las letras.

La angustia que había sentido segundos antes se desvanece como los recuerdos de mi atormentado matrimonio, bajo la mirada hacia el móvil entre mis manos, escribo un mensaje en el grupo que tenemos mis amigas y yo, y sonrío cuando llegan las respuestas. Dejo el teléfono encima de la cama y me meto al baño para arreglarme. Este viernes por la noche saldré para celebrar la noticia de mi pronto embarazo.

***

El telefonillo de mi piso suena cuando el reloj marca las nueve en punto de la noche, cojo mi bolso y bajo para encontrarme con María José en el portal.

—Buenas. ¿Puedo subir? Tengo una pequeña emergencia —me pregunta haciendo un baile extraño que reconozco al instante.

—Claro.

Las dos volvemos a subir y mi amiga corre hacia el baño. Sale un minuto después y nos dirigimos hacia el coche de Eloísa que nos espera en su interior junto con Toñi.

—Voy a beber como si no hubiera un mañana. Tengo que aprovecharme antes de que me insemine —les advierto mientras me abrocho el cinturón de seguridad del asiento trasero.

—Y yo voy a ser solidaria y te voy a acompañar —añade Toñi con una gran sonrisa.

—Florecilla, ¿podrías quedarte el fin de semana con África? —me inquiere Eloísa mirando hacia atrás por el retrovisor.

—Por supuesto.

—Gracias. Muy bien, ¡en marcha!

Mi amiga arranca el coche y pone rumbo hacia el polígono donde se encuentra la discoteca más exclusiva de la ciudad. Estaciona en un hueco vacío del aparcamiento y caminamos sonriendo hacia la puerta doble y dorada de la discoteca. Saludamos a uno de los porteros y entramos en el bullicioso local. Las luces parpadean al ritmo de la música y de los saltos de la gente mientras bailan delante del escenario donde pincha el DJ.

Nos acercamos a la barra para pedir unos cócteles, me lo bebo de un tirón y sigo a mi amiga Toñi hasta la pista de baile cuando el camarero me sirve una segunda copa.

Durante horas bailamos como locas y bebemos como cosacos mientras algún que otro chavalito se acerca a nosotras para probar suerte. Sin embargo, hemos conseguido hallar la manera más mañosa para quitárnoslos de encima sin destrozarles el ego masculino o, al menos, no tanto como rechazándolos sin más. Para conseguirlo solo necesitamos dos cosillas: una amiga mañosa y otra sin vergüenza.

Un nuevo yogurín de dieciocho años se acerca a nosotras dedicándonos una sonrisa “seductora” y un pequeño bailecito “sexi”. Toñi y yo lo divisamos en menos de un segundo y llevamos a cabo nuestro plan. Nos acercamos la una a la otra bailando, nos agarramos de las cinturas para pegarnos y unimos nuestros labios en un leve beso.

El paso del joven se frena en seco a la vez que sus ojos se abren de par en par, da media vuelta y regresa con su grupito.

***

Ya está bien entrada la madrugada cuando ni Toñi ni yo podemos quedarnos de pie sin que nuestro cuerpo se tambalee hacia los lados. Hemos cogido una buena cogorza.

Eloísa y María José nos ayudan a llegar al coche, nos abrochan los cinturones y ponen rumbo hacia mi piso. La segunda me lleva hasta la cama y me deja tumbada en ella para que se me pase la borrachera.

Me muevo en la cama. Quiero levantarme para ir al baño, pero la habitación no deja de dar vueltas y me está mareando más de lo que ya estoy gracias a los…, he perdido la cuenta de cuántos cócteles me he bebido como si fueran agua.

Decido no levantarme, cerrar los ojos y aguantar hasta por la mañana para hacer pis. Sin embargo, mi vejiga no piensa lo mismo. Mis ojos se abren y me parece divisar la sombra de alguien que me observa desde una esquina de la habitación. Me incorporo en la cama, enciendo la lámpara que descansa en la mesita de noche y vuelvo a mirar. No hay nadie. Estoy sola y mareada en mi dormitorio. Me levanto de la cama y camino despacio hacia el baño. Después de vaciar mi vejiga, regreso al colchón y me duermo al instante.