PROLOGO
Para ser felices hay que eliminar dos cosas: el temor a un mal futuro y el recuerdo de un mal pasado.
Y entre todos los argumentos que Louis tenía para despreciar a su progenitor, se había sumado uno más.
No le había bastado con infligirle tanto dolor que su corazón parecía haber dejado de bombear sangre; habría aceptado mejor la noticia si por sus venas corriera cloro.
Aun en su lecho de muerte, el vejestorio se las había arreglado para dejarle un último encargo a su hijo. Louis pensó al principio que se trataba de un delirio producto de la agonía —después de todo, llevaba meses agonizando antes de exhalar el último aliento—. «La vida se las está cobrando todas», se dijo a sí mismo sin un ápice de conmoción, y se quedó allí de pie, recostado contra la pared, observándolo partir sin expresión alguna. No había sentimientos. No había lágrimas. Solo quedaba la duda por lo último que el viejo había confesado.
Porque, a pesar de ser un hijo de puta, nunca había sido mentiroso.
Tras meditar un momento toda la información recibida, Louis decidió que encontraría la mejor forma de lidiar con aquello. Le echó una última mirada a su padre y se preguntó si él mismo tendría el mismo final cuando le llegara el turno de partir.
—Si resulta ser mentira, echaré tus cenizas al inodoro —mencionó en voz baja, a modo de advertencia, aunque sabía que no habría más respuesta que el molesto pitido continuo de la máquina indicando que ya no había latidos en aquel corazón.
Se alisó el traje con un gesto mecánico y salió de la habitación, tal vez en busca de aquello que le daría un giro a su vida… o quizá, sin saberlo todavía, de la oportunidad de encontrar la felicidad.