Capítulo 1
Jenna
—Cariño, ¿cómo que te vas a divorciar? —susurra mi madre, con la voz cargada de incredulidad.
Están los tres sentados a la mesa del comedor: mamá, papá y mi hermana.
Me desperté por un ruido en la planta baja. Al principio pensé que me lo había imaginado. Miré el reloj de la mesita de noche. Eran las 5:45 de la mañana. Demasiado temprano para que alguien estuviera despierto de verdad.
Tengo el sueño muy ligero. Siempre ha sido así. Soy de esas personas que se sobresaltan con el zumbido de la nevera o el crujido de una madera del suelo. Por eso no me extrañó ir a buscar a mis padres enseguida; quizás fue un instinto infantil de protección.
Pero su habitación estaba vacía.
Ahí fue cuando me pudo la curiosidad.
Bajé las escaleras a hurtadillas, con cuidado de no pisar el tercer escalón —el que siempre chirría—. Me quedé helada a mitad de camino cuando los vi.
Los tres estaban reunidos a la mesa del comedor.
La lámpara del techo proyectaba una luz cruda sobre sus caras. Stephanie estaba sentada muy rígida. Tenía las manos tan apretadas que se le veían los nudillos blancos. Mamá se inclinaba hacia delante con los ojos muy abiertos. Papá tenía la mandíbula tensa, como siempre que intenta mantener la calma.
Y entonces lo oí.
Divorcio.
Mi hermana —mi centrada y perfecta hermana— les acaba de decir a mis padres que se va a divorciar tras tres años de matrimonio.
Esa palabra suena extraña en nuestra casa. Se siente pesada. Fuera de lugar.
Siento como si me hubieran quitado el suelo bajo los pies.
Todo lo que creía saber sobre el amor y el matrimonio se acaba de desmoronar.
¿Cómo pueden romper? Eran la pareja ideal. Son la pareja ideal.
Thomas adora a Stephanie. Lo he visto con mis propios ojos. La mira como si fuera algo valioso y único. Siempre están con esos gestos sutiles: su mano en la parte baja de su espalda, sus dedos entrelazados o él apartándole un mechón de pelo de la cara.
Siempre han parecido estables e inseparables.
Estoy pasmada, no me lo puedo creer.
Mamá se lleva una mano temblorosa a la boca. —Stephanie... cariño... ¿estás segura?
—Llevo meses pensándolo —responde Stephanie con una voz inquietantemente firme. Demasiado firme—. Se acabó.
Papá exhala despacio. —¿Qué ha pasado?
Hay un silencio.
Y de pronto me doy cuenta de que, en realidad, no tengo ni idea.
No sé cuándo empezó a ir mal la cosa. No sé si hubo discusiones, distanciamiento o secretos. Ni siquiera sabía que estaban pasando por una crisis.
¿Cómo es posible que no me diera cuenta?
Subo las escaleras en silencio antes de que me vean y me meto en mi cuarto. Me vuelvo a meter en la cama y me tapo hasta la barbilla con el edredón. Como si eso pudiera protegerme de la realidad que hay abajo.
Pero el sueño no llega.
Divorcio.
La palabra resuena una y otra vez en mi cabeza.
Thomas y Stephanie se conocieron en el instituto. Él era el empollón y ella la animadora. Parecía sacado de una película americana de clichés; esa pareja improbable que nadie espera que dure.
Sus horarios casi nunca coincidían. Ella tenía entrenamientos y él tenía el club de ajedrez, concursos de ciencias y mil tareas académicas. Pero, de alguna manera, hicieron que funcionara.
Stephanie estaba coladita por él, para fastidio de la mitad de los chicos de su curso.
Cuando empezaron a salir, yo estaba en octavo y ellos en segundo de bachillerato. Incluso con catorce años, yo veía lo difícil que se lo ponían los otros estudiantes. La gente esperaba que ella saliera con algún jugador de fútbol. Así debía ser la historia: la animadora y el deportista.
Pero ella eligió a Thomas.
Y él la eligió a ella.
Superaron el instituto y la universidad. Superaron la distancia, los primeros trabajos y el paso difícil a la vida adulta.
Y ahora esto.
Me quedo mirando al techo hasta que el reloj marca las 9:13.
Odio pensar que todo se está yendo al garete.
Si su amor no pudo durar, ¿qué esperanza hay para los demás?
¿Qué esperanza hay para mí?
Tengo que hablar con ella.
Pero no estoy segura de querer oír la respuesta.
Asher
Me estalla la cabeza.
Siento como si hubiera una banda de tambores tocando justo detrás de mis ojos. Mis hermanos ni se enteran y siguen haciendo el tonto a mi alrededor.
Estamos en casa de Mickey, mi hermano mayor, por el segundo cumpleaños de mi sobrina Tara. Es una fiesta de princesas.
Por eso he acabado con purpurina en el pelo, una tiara de plástico en la cabeza y las uñas de los pies pintadas de un rosa chillón. Mis otros cuatro hermanos han corrido la misma suerte.
Tara insiste en que somos sus guardias reales.
Ahora mismo, yo me siento más como una víctima de guerra.
Cuando empezaron estos dolores de cabeza, fui directo al médico de cabecera. Estaba convencido de que era algo grave, quizá un tumor. Algo que me cambiaría la vida.
Por suerte, no era nada de eso.
El médico me dio una listita: estrés, ansiedad y falta de sueño.
No me considero alguien especialmente estresado. No soy ansioso por naturaleza. Y aunque me vendría bien dormir más, dudo que ese sea el problema de fondo.
Mamá cree que tengo que bajar el ritmo en el trabajo. Que deje de aceptar cada responsabilidad que me echan encima.
Pero no creo que el problema esté en la oficina.
Simplemente no sé qué es lo que me pasa.
Cumplo veintiocho años en agosto y últimamente tengo la sensación constante de que mi vida se ha estancado.
Peor aún: me siento solo.
Todos mis hermanos ya tienen su vida montada.
Mickey está casado, tiene una niña pequeña y otro bebé en camino. Daniel está prometido. Luke tiene una relación seria y quiere pedir matrimonio pronto. Hasta Ethan, el pequeño de la familia, parece que ya tiene novia.
Y luego estoy yo.
El eterno soltero que sobra en todas partes.
Me invitan a salir con sus parejas, claro. Son buenos conmigo. Pero noto las miradas que intercambian cuando la conversación se centra en planes domésticos o bromas privadas de las que no formo parte.
No quiero que me incluyan por lástima.
Y la cuestión es que no solo busco una novia.
Quiero un alma gemela.
Una compañera.
Algo sólido y duradero.
Quiero a alguien a quien ver al llegar a casa al final del día. Alguien con quien hablar de los problemas del trabajo y los líos familiares. Alguien que me lleve la contraria cuando me equivoco y me apoye cuando tengo razón.
Quiero esa naturalidad; esa forma de ser donde puedes dejar las apariencias y ser tú mismo.
Sin actuar. Sin tener que impresionar.
Algo real.
A veces me pregunto si tal vez eso no es para mí.
Y ese pensamiento me duele más de lo que me gustaría admitir.
He visto lo que pasa cuando uno se precipita. Varios amigos se casaron con mujeres a las que les interesaba más su cuenta corriente que su corazón. Eso nunca termina bien.
No quiero que me elijan por lo que puedo dar.
Quiero que me elijan por quién soy.
Tara pasa corriendo a mi lado en un remolino de tul rosa. Se ríe a carcajadas mientras Ethan la persigue por el jardín haciendo como que es un dragón. Los globos golpean contra la valla. Las guirnaldas de luces se balancean con la brisa. Los parientes hacen equilibrio con platos de tarta y vasos de plástico.
Debería ser un momento alegre.
En cambio, tengo un nudo en el pecho que acompaña al dolor de mi cabeza.
Me alegro por mis hermanos. De verdad.
Pero ver cómo construyen sus vidas con alguien al lado solo resalta el hueco que hay junto a mí.
Mickey aparece a mi lado y me da una botella de agua.
—Tienes mala cara —dice sin rodeos.
—Gracias.
—¿Otra vez el dolor de cabeza?
—Sí.
Me observa un momento y su expresión se suaviza.
—¿Seguro que estás bien?
Pienso en darle largas. Casi lo hago. Pero algo en su tono me hace dudar.
—Estoy bien —digo al final—. Solo estoy cansado.
No parece muy convencido.
—Ya encontrarás a alguien, Ash —dice en voz baja, como si me hubiera leído el pensamiento—. Eres el tío más legal que conozco. Cuando pase, será la buena.
Cuando pase.
Si es que pasa.
Esbozo una pequeña sonrisa. —¿Ya estás ensayando discursos? ¿Es para cuando Tara cumpla los dieciocho?
Se ríe y me da una palmada en el hombro antes de volver con su mujer.
Veo cómo le pasa un brazo por la cintura de forma automática. Ella se apoya en él sin pensarlo.
Sin esfuerzo.
Natural.
Eso es lo que yo quiero.
Ni fuegos artificiales ni dramas.
Solo algo estable.
Algo que se sienta como estar en casa.
Al otro lado del jardín, Tara levanta los brazos y pide que la cojan. Mickey la eleva por los aires mientras su mujer se ríe a su lado.
Por un instante, me permito imaginar cómo sería eso.
Una mujer a mi lado.
Un niño corriendo hacia mí.
Alguien mirándome como mis cuñadas miran a mis hermanos: con total seguridad.
El dolor en mi pecho se hace más fuerte.
Quizá el médico tenía razón.
Quizá no es el estrés ni la falta de sueño.
Quizá es el anhelo.
Y puede que ese sea el tipo de dolor que ninguna receta puede curar.