ALMA SALVAJE

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Sinopsis

Anna nunca imaginó que su destino sería entregado como si fuera una simple deuda. Arrancada de su mundo, es llevada a través de tierras salvajes por Tarek, el temido jefe de los Nakelae, un hombre tan implacable como irresistible, cuya mirada oscura es capaz de desnudarla mucho más allá de su cuerpo. Para él, Anna es solo una huakey. Una mujer blanca. Una posesión. Nada más. Pero la cercanía forzada, las noches compartidas bajo el mismo cielo y el calor de un hombre que lucha contra su propio deseo comenzarán a encender una tensión imposible de ignorar. Anna teme su fuerza, su dominio, la forma en que su presencia despierta en ella emociones prohibidas… y, sin embargo, su cuerpo comienza a traicionarla. Tarek ha jurado no tocarla. No desearla. No hacerla suya. Pero la mujer que desprecia es también la única que ha logrado romper sus defensas. Entre el odio y el deseo, el miedo y la rendición, ambos descubrirán que el verdadero peligro no es el mundo salvaje que los rodea… sino la pasión que amenaza con consumirlos.

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18+

Capítulo 1

1805. América del Norte. Cerca del actual estado de Washington

- ¿Acostumbra tu padre a usarte como moneda de cambio?

- No es mi padre, es mi tío- respondió Anna.

- Él la observó detenidamente. Lo cierto es que no se parecía a aquel hombre blanco al que odiaba profundamente. No, no tenía ninguno de sus rasgos. Sin embargo, ella también era blanca y por lo tanto igual de detestable que el resto de los suyos.

- ¿Dónde está tu padre? ¿Qué clase de hombre permite que usen de esta manera a su propia sangre?

Anna levantó la vista, enfrentándose a la mirada de aquel indio que le inspiraba un profundo temor. No sabía nada de él, nada de sus bárbaras costumbres…. ¿A cuántas mujeres no habría maltratado él, incluso violado o asesinado?

- No lo sé. Nunca le conocí. Mi tía me contó que murió antes de que yo naciera.

Tarek desvió la mirada, había oído algo, y su súbito interés por ella desapareció con la misma velocidad con la que se levantó escudriñando todo cuánto les rodeaba. En la mano llevaba un chuchillo fijo y largo. El mismo cuchillo con el que ella pensaba que le iba a cortar el cuello momentos antes. En la otra mano llevaba un tomahowk, un hacha de guerrero. El arma perfecta para asesinar con un golpe certero a cualquier ser vivo. La imagen mental que esta idea suscitó en la mente de Anna la hizo sentir un sentir un desagradable escalofrío a lo largo de la columna. Tal vez, su próxima víctima fuera ella, sólo que él quería alargar su agonía el máximo tiempo posible.

Anna le observaba desde abajo, sentada, con las manos atadas a la espalda. Estudiaba cada uno de sus movimientos intentando adivinar cuando le asestaría la estocada final; cuándo aquella bestia salvaje pondría fin a todo aquello. –-Oh Dios- rogó interiormente- Que fuera rápido.

Él no la miraba. De hecho, parecía haberse olvidado de la presencia femenina que, maniatada, yacía a sus pies. De repente, emitió un agudo silbido y de entre los matorrales surgieron varias figuras. No tan imponentes como Tarek, el gran jefe Nakelae, pero igual de atemorizantes. Se acercaban despacio, como animales de rapiña, con una lentitud y un sigilo exasperantes. Ella sólo observaba la escena como mera espectadora. Ahora lo entendía todo. Quería matarla delante de los suyos, para que todos lo vieran, para que todos aquellos salvajes disfrutaran despedazándola. Cerró los ojos. No quería verlo, no quería ver las caras de aquellos

hombres mientras ponían fin a su vida. Se concentró en pensamientos felices, si es que podía recordar alguno. No había tenido muchos de esos. Estaba a punto de echarse a llorar, de rogar por su vida, aunque con ello perdiese la poca dignidad que le quedaba, pero se contuvo al oír la voz del gran jefe, que en una lengua extraña invitó a aquellos hombres a sentarse junto al fuego. Habían cazado varias liebres y tras desollarlas se dispusieron a cocinarlas; lentamente, cómo hacían todos aquellos salvajes. Como si dispusiesen de toda la eternidad para asar un par de liebres. Continuaban hablando en aquella extraña lengua, pero a pesar de no entender nada Anna si percibió que el tono de Tarek era más cordial, incluso rio un comentario de uno de sus compañeros, mientras posaba nuevamente su mirada en ella. El gran jefe hizo otro comentario y esta vez, todos rieron y la miraron. Anna no entendía nada.

¿Qué habrían dicho? Seguramente comentaban entre ellos cómo iban a disfrutar cortándole el cuello. No pudo evitarlo, ante esa idea se puso a llorar desconsoladamente. No había nada que hacer. Su fatal destino estaba sellado. Ya no volvería a la granja con sus primos, ni con su amada tía Mónica. No volvería a ver a ninguno de ellos, ni a los caballos. Esos preciosos animales que le habían dado más amor que ningún ser humano, excepto tía Mónica.

Tarek se levantó y se acercó a ella, parecía intrigado por el llanto femenino, como si nunca hubiese visto llorar a una mujer, cómo si no entendiese el motivo real de su llanto. Pero él entendía, entendía perfectamente lo que sentía la mujer. Podía oler el miedo, y ella olía a verdadero terror. Sus ojos también la delataban. Esos enormes ojos negros desprendían pánico en cada mirada. Eso estaba bien. Deseaba por encima que todo que lo temiese, que no tuviese un solo día de paz, cómo no la tenía él a causa del canalla de su tío. Pero no la mataría. Ella estaba convencida de que sí. Era transparente. Miraba el cuchillo, convencida de que en cualquier momento iba a clavárselo. Él aprovechó esa ventaja para acercarse aún más a la mujer y ponerse en cuclillas frente a ella, con el cuchillo entre ambos, apuntando directamente hacia su pecho. Anna cerró los ojos y rezó mentalmente. Le pidió a Dios que la acogiese, que aquello fuese rápido. Después sintió un fuerte tirón en las muñecas y ambas manos quedaron libres. El indio había utilizado el cuchillo para cortar las cuerdas con las que horas antes él mismo la había maniatado. Anna abrió los ojos, confundida y después su sorpresa fue aún mayor cuando el hombre en la lengua de ella impartió una orden.

- Dad de comer a la mujer, está famélica y de nada nos servirá muerta. Queda un largo camino hasta el poblado. Con tan poca carne sobre los huesos no resistirá ni una semana a nuestro ritmo. Después la miró con desprecio. Una mirada helada que ella ya había visto antes en la forma en que miró a su propio tío. Sin embargo, sus palabras hicieron que ella respirara de alivio. No moriría. No al menos esa noche.

Anna tenía el estómago completamente cerrado. ¿Comer? ¿Quién podía pensar en comer? La habían arrebatado de su familia de la forma más cruel e inhumana. Había sido testigo de cómo su tío, el hombre que supuestamente debía protegerla, la única figura paterna que había conocido se había deshecho de ella, echándola a los lobos sin miramientos. La había cambiado por los caballos del indio, por una maldita deuda de juego. Y después ese bárbaro sanguinario llamado Tarek la estaba sometiendo a un infierno, haciéndola creer que iba a

matarla en cualquier momento. Es más, todavía podrían ser esas sus intenciones. Aunque ella le había oído decir claramente que “de nada les serviría muerta”. Seguramente tenía otro propósito igual o más cruel aún. Tal vez la muerte no hubiese tan mala opción después de todo

- Come, mujer, y hazlo rápido. Debemos descansar pronto si queremos partir al alba-. Eso fue todo lo que dijo uno de aquellos salvajes mientras le acercaba un trozo del animal que hacía pocos minutos se asaba sobre el fuego. Ahora tenían prisa. No quería enfurecerles aún más de lo que parecía que lo hacía su sola presencia, así que, sin decir palabra, cogió lo que el hombre le ofrecía y comenzó a comer.

Tarek la observaba atentamente desde el otro lado del fuego, se había sentado en frente de ella, en un lado donde la luz no iluminaba su cara, de manera que la mujer no pudiese verle los rasgos, ni se percatase del exhaustivo análisis que estaba haciendo de su persona.

Había sido estúpido, cuando amenazó al granjero con llevarse a su supuesta hija si no le devolvía los caballos, dio por sentado dos cosas. Lo primero que era su hija, y lo segundo que la quería. Ninguna de esas dos cosas era cierta, y como consecuencia, él ahora cargaba con una mujer blanca, totalmente inútil para ningún trueque que le interesase. Había perdido lo más valioso que tenía. Esos diez pintos significaban una verdadera fortuna para el hombre blanco, con quiénes Tarek negociaba meramente por interés. A él le interesaban las cabezas de ganado, con las que poder alimentar a su pueblo, y que tristemente debido a la caza masiva de los blancos, escaseaban cada vez más. En el Valle, más allá del desfiladero, donde no llegaba la destrucción del hombre blanco, había caballos de sobra, buenos caballos, por los que los hukey ofrecían muchas cabezas de ganado. Ahora no tenía ni caballos, ni reses, sólo una estúpida mujer blanca aterrorizada de miedo que era totalmente inútil…Bueno, no del todo, quizá podría sacar cierta ventaja de todo aquello.

Comenzó a observarla con otros ojos mientras masticaba una brizna de hierba. La mujer masticaba lentamente; Sin duda no tenía hambre y comía porque era lo que le habían ordenado. Tarek sonrió. Por lo menos parecía una mujer obediente, eso era bueno. Ella se retiró un mechón de cabello cobrizo que le caía por la frente. Tenía un cabello hermoso, no era tan pálido como el de algunas mujeres del este, que casi parecía blanco. Este era de un tono castaño con matices rojizos según había podido observar la tarde anterior. Sus ojos tampoco eran azules como el de muchas mujeres blancas de aquella zona. Eran oscuros, casi negros. Extraña combinación. Y eran rasgados. Tenía los pómulos marcados y los labios gruesos. En conjunto se podría decir que era una mujer hermosa para quienes se pudieran sentir atraídos por las huakey. Desde luego no era su caso y jamás lo sería. Sólo el hecho de estar pensando en ella como mujer y no como mera mercancía de cambio ya le resultaba desagradable.

No había podido observarla de cuerpo entero, pero no era pequeña. Debería medir un metro sesenta y cinco más o menos. Una estatura elevada para ser mujer, aunque Tarek debía sacarla por lo menos dos cabezas. Los Nakelae eran la raza de indios más altos que existían. Casi ninguno bajaba del metro ochenta y Tarek los superaba a todos en varios centímetros.

Continuó evaluando a la mujer; su figura era agraciada, aunque estaba muy delgada, de manera que sus pechos resaltaban por encima de todo lo demás, orgullosos y erguidos, pujando contra la ropa con cada respiración. Sin ser consciente de ello, se concentró demasiado en esa parte de su cuerpo. Ese pensamiento si le valió una punzada de lascivia en la entrepierna. Se sintió horrorizado al instante y se movió nervioso, asqueado de que aquella mujer pudiese hacerle sentir algo parecido a deseo, porque no podía ser deseo en absoluto. Entonces ató cabos rápidamente; llevaba varias semanas sin gozar de un cuerpo femenino. Habían salido hacía mucho del poblado y hacía aún más que él no visitaba a las Kiwan. Eso era todo. Pura necesidad masculina, nada más. Satisfecho con esta conclusión estiró la manta y se tumbó sobre ella dispuesto a dormir. El ardor de su entrepierna había cesado, así como su mal humor. Cambiaría a la mujer blanca en alguno de los poblados cercanos al suyo. No le darían reses, pero sí grano y semillas. Podría ser un cambio interesante ahora que se acercaba el otoño. Con esa idea mucho más optimista abriéndose paso en su mente, desechó a la huakey de sus pensamientos y se quedó dormido.

Anna despertó con las primeras luces del alba. Realmente no había dormido más de una hora seguida en toda la noche. Pesadilla y realidad se habían entremezclado haciéndola pasar una de las peores noches que ella recordara jamás. Pero lo cierto es que no había nada onírico en todo aquello. Era la más dura y terrible realidad. Allí estaba. En mitad del bosque rodeada de salvajes, que, curiosamente, no parecían reparar en su persona. Debían de haberse despertado bastante antes que ella, puesto que ya tenían el campamento recogido. Todo un detalle no haberla despertado antes arrastrándola de los pelos por la estepa. Buscó a su captor con la mirada. No tardó en encontrarlo; su imponente figura resaltaba sobre todos los demás. Estaba de pie, de espaldas a ella. Guardaba algo en unas alforjas finamente labradas en cuero. Lo hacía con movimientos lentos como era su costumbre, y con cada movimiento se marcaban nítidamente los músculos de su espalda. Tenía unos hombros imponentes, que contrastaban con lo estrecho de la cintura. Estaba desnudo, de cintura para arriba, al igual que la noche anterior. Pero la noche anterior ella no había podido percatarse de nada más que del propio terror que sentía al mirarle. Ahora era diferente; seguía atemorizada, pero sabía que no iban a matarla, que ya era mucho y tampoco le habían hecho ningún daño.

Ella estaba acostumbrada a ver hombres sin camisa. De hecho, a la granja del tío Elroy acudían muchos hombres buscando trabajo temporal;” hombres sin ningún tipo de decoro y educación que no tenían el menor reparo en mostrarse medio desnudos delante de una señorita”. Esas eran las palabras exactas con la tía Mónica describía a este tipo de hombres cuando se paseaban por la granja sólo en pantalones, a medio vestir.

Sin embargo, este no era el caso del gran jefe indio. Él parecía estar acostumbrado a no llevar camisa nunca. Era un hombre joven, debería tener veintiséis o veintisiete años. Su piel era muy morena y parecía suave.

De repente Tarek, se dio la vuelta, mientras se ajustaba el cinturón del pantalón de cuero y al levantar la mirada se encontró con la de ella, que parecía no perderse detalle de su anatomía. Seguramente pensaba que los indios debían ser diferentes al resto de los hombres, con cuernos y rabo o algo así, como los demonios de su religión. No parecía sorprendido por

hallarla despierta, pero si mostró un atisbo de incredulidad ante el evidente análisis que ella estaba haciendo de su persona .Enarcó una ceja, divertido ante tal descaro.

- Cuándo hayas terminado de comprobar si todo lo que tengo está en su sitio, sería aconsejable que comenzaras a moverte. Tus músculos, si es que tienes alguno por encima del hueso, te lo agradecerán.

Anna se ruborizó intensamente. ¿Cómo había sido tan inconsciente al observarle así? No sabía nada de sus costumbres. Él podría haberse sentido ofendido o algo peor. Sin embargo, gracias a Dios sólo se había burlado de ella por su evidente estupidez. Se levantó todo lo rápido que pudo, y sintió un dolor punzante por todo su cuerpo tal y como el jefe le había advertido.

El indio que la noche anterior le había acercado un trozo de liebre fue el mismo que después de cenar le ató nuevamente las manos y también ahora desligaba esas ataduras. Ella no se había percatado, pero una fina cuerda de cuero unía las cuerdas que ataban sus manos con la montura de Tarek, con lo que si hubiese pensado en escapar cualquier movimiento suyo habría despertado al caballo y por supuesto a todos los demás. Se alegró enormemente de que esa idea no se le hubiera pasado ni remotamente por la cabeza. De todos modos ¿A dónde iba a ir?

- ¿Con quién irá la mujer?- Preguntó Nanuk a su hermano en la lengua Nakelae.

-Viajará conmigo-. Respondió Tarek sin mirarle. Nanuk asintió, sin decir nada más. Se acercó a Anna. Su cara era inescrutable; no expresaba ninguna emoción. Anna no sabía si era procedente mirarle a los ojos cuando le hablaba o bajar la mirada, no quería que él percibiera su mirada directa como un desafío. Ante la cercanía de Tarek comenzó a sentir como se le aceleraba el corazón, sin duda de miedo. Aún le temía. Bajó la mirada, no quería enfrentarse a esos ojos oscuros como la noche que nada bueno presagiaban sobre su destino.

- Vamos-. Fue todo lo que él dijo mientras la cogía del brazo y prácticamente la arrastraba hacia el caballo. Ella intentó hacer lo que le pedía acelerando el paso, pero sus piernas, aún entumecidas no le respondían, así que, de la forma más absurda, simplemente dando dos pasos mal dados se dio de bruces en el suelo. Tarek soltó un juramento en su lengua ante la torpeza de aquella mujer y con un gesto de fastidio se agachó para ayudarla a levantarse; un detalle totalmente inesperado para Anna. Sin embargo, las palabras que siguieron a su inusitada galantería consiguieron que ella borrase todo atisbo de agradecimiento.

- No eres tan valiosa como para que me agache a recogerte, mujer, así que a partir de ahora ten más cuidado en donde pones los pies. Si aún no has aprendido a caminar estaré complacido en enseñarte. Tienes muchas millas por delante y nosotros pocos caballos; lo que en gran parte se debe a tú tío, por lo que tú también pagarás por ello. Es más, tal vez el castigo adecuado es que vayas andando, y no dudes de mi ferviente deseo en que lo hagas. Lo único que tienes a tu favor en este momento es que las ganas de llegar a mi destino son más

fuertes aún que las de castigarte, pero no tientes a la suerte, huakey. Puedo cambiar de opinión en cualquier momento.

Ahora su mirada sí estaba llena de ira. Sin pretenderlo, la absurda caída de ella había derivado en que él recordase nuevamente la pérdida de sus caballos. Y por supuesto, también a ella la hacía culpable. Una concusión sin argumentos, puesto que ella no había tenido nada que ver con sus caballos ni con la decisión de su tío de jugárselos al póker. Pero al indio le daba igual todo aquello, parecía satisfecho con poder cargar contra ella toda su amargura.

Cómo podría hacerle entender ella que no había tenido nada que ver en los manejos de su tío. Cómo transmitirle su inocencia cuando el hombre parecía deseoso de expulsar su ira contra ella.

No sabía tampoco si lo que le había dicho era en serio; desde luego no parecía el tipo de hombre que hacía amenazas vacías. La sola idea de tener que andar hasta donde fuera que la llevaran, seguramente muy lejos de allí, la hizo estremecerse. Su calzado no era tan resistente como para soportar aquello. Seguramente terminaría con los pies ensangrentados y llenos de escaras. No podía decirlo en serio. Aun así, reunió todo el coraje que pudo y en un susurro respondió.

- Lo siento, no volverá a suceder.

Tarek la miró, ceñudo, pero pareció complacido por la respuesta porque sin mediar palabra, la levantó a diez palmos del suelo y la montó sobre el caballo. Un instante después él también estaba a lomos del pinto, detrás de ella, dominándolo todo.

El calor era insoportable, debían llevar más de cinco horas cabalgando. No iban excesivamente deprisa para no agotar a los caballos, pero aun así Anna tenía dormido el cuerpo de cintura para abajo. Sin embargo, era muy consciente de las sensaciones de cintura para arriba, ya que percibía perfectamente cada movimiento del hombre que iba detrás suyo. Había momentos en que el ritmo del caballo les hacía moverse al unísono, pero en otras ocasiones la espalda de ella rebotaba contra el pecho de él, duro como una roca; y ella esperaba que en cualquier momento el indio rugiese alguna de sus amenazas por la molestia que esto le pudiera ocasionar. No hizo nada de eso; ignoraba por completo el “exceso de carga”, así la había llamado en más de una ocasión.

Nada más lejos de la realidad. Tarek había sido consciente de la mujer que llevaba delante durante todo el trayecto. No podía dejar de sentirla. Ella realmente se esforzaba en no rozarse con él, pero era inevitable que con el movimiento del caballo y el sudor que sin duda le resbalaba entre las piernas, se escurriese y acabase chocando con él. Llevaba todo el maldito camino oliendo su esencia de mujer, sintiendo su presencia. Sus muslos. Había conseguido excitarle en más de una ocasión. No entendía, no comprendía cómo aquella mujer estaba consiguiendo semejante reacción en él; tenían que parar cuánto antes. Debía evitar su cercanía por un rato y tal vez dar rienda suelta a sus impulsos masculinos en soledad.

Se acercaba el medio día, el sol apretaba con fuerza. Era un buen momento para que todos hiciesen un descanso, sobre todo él y su entrepierna que no debaja de traicionarle mientras esa endiablada huakey estuviera cerca. Tarek habló en su idioma, por el tono Anna comprendió que estaba impartiendo una orden y esta debía ser que parasen puesto que es lo que hizo el resto del grupo. El indio que la había alimentado la noche anterior se llamaba Nanuk, o algo así, porque le había oído pronunciar esas palabras cuando se refería a él. El jefe desmontó de la cabalgadura y clavó sus ojos en Anna, unos penetrantes ojos oscuros, como el resto de su piel y su cabello que, caía, lacio hasta casi la cintura. Era asombroso que un hombre pudiera tener un cabello tan hermoso y brillante, sobre todo, teniendo en cuenta que no debían lavarse mucho, bárbaros como eran.

La mirada de él la hizo estremecer, estaba impregnada de una intensidad que Anna no supo interpretar y eso la asustó más todavía. Sin embargo, él sólo le tendió la mano para ayudarla a bajar del caballo.

-Baja-. Le dijo, sin dejar de observarla, aunque ahora sus ojos no estaban fijos en los de ella, si no que, por un momento se quedaron fijos mirándola el pecho. Anna sabía que el vestido que llevaba era demasiado ajustado; le quedaba pequeño, pero lamentablemente era el único que tenía medianamente digno. El que llevaba puesto cuando se disponía a ir con tía Mónica al pueblo, en busca de provisiones. Fue entonces cuando Tarek y los suyos irrumpieron en la granja en busca de los caballos que su tío se había jugado al Póker. Qué ironía de la vida, llevaba su mejor vestido en el peor momento, como si el destino presintiera que ese era su final y le dejaba ese mínimo de dignidad para despedirse de los suyos.

Se preguntaba a dónde la llevarían. No sabía exactamente en qué zona del valle vivían los salvajes, aunque era consciente de que aún no estaban cerca. Ella sabía que su tío de vez en cuando comerciaba con ellos, con caballos, pero sólo una o dos veces año, con el invierno de por medio. Seguramente la distancia del poblado era excesiva para hacer más viajes y las montañas heladas inabordables. Seguía sumida en sus pensamientos cuando Tarek con una maldición la hizo bajar del caballo tirándola del brazo, de manera que ella fue a acabar prácticamente abrazada a su cuello para no caer al suelo de bruces. Por un instante sus miradas se encontraron y ambos se quedaron sin aliento. Él la apartó bruscamente.

- No me gusta tener que repetir las cosas, huakey, de ahora en adelante espero que estés más atenta-. Lo dijo sin mirarla, pero en su voz había un profundo desprecio-. Los caballos necesitan descansar -. El también necesitaba poner tierra de por medio, la cercanía de aquella mujer no le estaba resultando agradable en absoluto.

- Hay un arroyo en el camino. Puedes asearte allí. Confío en que no intentarás ninguna tontería. En cualquier caso, si intentas ponerte a prueba antes de la media noche estarás muerta, seguramente devorada por algún animal-. Le advirtió con la mayor naturalidad del mundo

- No te preocupes, no te libraré tan rápido de mi compañía, que tanto te agrada-. Contestó Anna en voz baja, sorprendiéndose a sí misma. Las palabras habían brotado de su boca sin pensar e iban destinadas más hacia sí misma. Sin embargo, él había oído nítidamente cada una de ellas ya que se giró lentamente clavándole la mirada. Estaba realmente

sorprendido ante la impertinencia de la mujer, aunque en cierta forma le resultaba divertido aquel descaro.

- De lo que no me cabe duda es de tu escasez de inteligencia si te arriesgas a dirigirte a mí de ese modo. Alégrate de que ahora mismo tu olor me ofenda más que tu soberbia. Ve y lávate, y hazlo en silencio, no quiero oír de ti ni una sola palabra más-. Era claramente una amenaza. Si no aprendía a tener la boca cerrada iba a pagar las consecuencias. Anna asintió y se marchó en dirección al arroyo. No percibió la media sonrisa que se reflejó en la cara del indio mientras la seguía con la mirada.

- ¿Tan mal olía?- se preguntó, mientras levantaba los brazos y acercaba la nariz a sus axilas. Él debía tener un agudo olfato, porque no le parecía que oliese tan mal como había insinuado. En cualquier caso, tampoco era su culpa. No había permitido que llevase ninguna muda de ropa consigo, así que tendría que arreglárselas con lo que llevaba puesto todo el camino. Si ahora su olor le resultaba tan insoportable, ya veríamos que opinaría más adelante, cuando ya llevara varios días sin cambiarse de ropa. Sin embargo, a la indignación del momento se sumó otra emoción aún más desagradable. El arroyo, no era un riachuelo realmente, era un rio en toda regla, un río enorme, como ella no había visto nunca, porque nunca se había alejado tanto de la granja donde el agua que empleaban la suministraba el pozo. Aquella masa enorme de agua que se extendía serpenteante entre el bosque la dejó maravillada. Era hermoso, realmente hermoso, pero también peligroso. Acercándose a la orilla pudo observar que era profundo; las aguas se hacían más oscuras en pocos pasos. No se metería allí dentro ni loca. Jamás. Por nada del mundo, y nadie, ni aquel canalla de agudo olfato, la harían cambiar de opinión. Prefería incluso andar lo que le quedaba de viaje, antes que meter un pie allí dentro.

No sabía cómo se lo iba a tomar él, pero de lo que sí estaba segura es que le daban más miedo aquellas aguas profundas que el salvaje, así que se dio la vuelta y se dispuso a volver donde se encontraba el grupo. No llegó muy lejos, no bien se volvió se encontró de cara frente a él; no tan cerca como para chocarse, pero sí lo suficiente como para sentirse intimidada nuevamente. Él estaba con los brazos cruzados sobre el pecho, apoyado en un árbol, y la observaba interrogante.

- ¿Y bien, huakey? ¿Se te ha olvidado algo?, o tal vez el agua del río no es lo suficientemente buena para ti-. Anna no sabía que responder; no se sentía capaz de decirle la verdad. Simple y llanamente, no sabía nadar y esas aguas profundas le inspiraban un inmenso temor.

- No sé nadar- respondió finalmente, haciendo acopio de todo el valor que fue capaz.

Tarek sonrió; una sonrisa desprovista de toda calidez. Burlona y despótica. Estaba tremendamente enfadado, más con él mismo que con la huakey, pero cargaría su ira contra ella porque era el origen de su malestar actual. Cuando habían llegado al río la intención de él había sido alejarse lo máximo posible de la mujer; tomar distancia, una distancia prudente y sensata para que su cuerpo se calmara. Sin embargo, el hecho de saber que ella iba a bañarse y la imagen mental que acompañó a tales pensamientos le hicieron encaminarse en la misma dirección, convenciéndose a sí mismo de que su intención era vigilarla por si hacía alguna

tontería. En su fuero interno sabía que aquello no era del todo cierto. Simplemente tenía un profundo deseo de observarla. Aquella huakey que era como las demás mujeres blancas, pero también diferente le causaba curiosidad y despertaba en él extrañas emociones. Por supuesto ella no debía adivinar sus sentimientos. Nadie debía saber que la huakey despertaba en él algo más que desprecio. Ocultando las emociones que bullían en su interior se acercó a Anna, con paso lento, pero tan seguro de sí mismo que a ella se le doblaron las rodillas. La miraba directamente a los ojos, con esa mirada arrogante que le hacía incluso atractivo a sus ojos. Por unos instantes ella pudo contemplarle abiertamente; el pecho sin un solo vello, ancho y bien esculpido. No había un gramo de grasa en el abdomen. Llevaba pantalones de un ante suave, sujetos a la cintura con unas cuerdas de cuero que caían un poco por debajo del ombligo, dejando a la vista la curva de las caderas. Era una hermosa visión, temible, pero hermoso. Anna sintió una oleada de calor en el vientre e inconscientemente se humedeció los labios, sin dejar de observarle.

- Así que tienes miedo. Las consecuencias de desobedecer mis órdenes no son para ti tan sombrías como las aguas de un arroyo. ¿Estás segura de estar enfocando debidamente tus temores huakey?-. Pronunció estas palabras con un timbre de voz profundo, casi tranquilizador, pero había una amenaza implícita que para Anna no pasó desapercibida.

- Yo…lo siento, de veras, pero no puedo…-balbuceó, mientras bajaba tímidamente la mirada para no enfrentarse nuevamente con la de él. Tarek se acercó despacio hacia ella, con esa arrogancia masculina suya.

- Mírame mujer-. Le ordenó, y Anna no pudo si no obedecerle, empleando la misma lentitud con la que él se manejaba, intentando ganar tiempo contra lo que parecía que iba a ser inevitable. Ella sabía que él estaba tremendamente enfadado; aunque su tono de voz no le delatase, ella lo sabía. Como también era consciente de que las consecuencias de haberle desobedecido no iban a ser agradables. Seguramente él se valdría de su miedo al agua para torturarla. Qué tonta había sido mostrando de esa forma sus temores. Podría haberse remojado sin adentrarse en el arroyo, pero no. Una vez más dejó sus miedos y su alma al descubierto para que él pudiera utilizarlo en su contra. Siempre había sido demasiado sincera, demasiado transparente, y una vez más iba a pagarlo.

- Vas a bañarte y lo harás. Y lo harás simplemente por el hecho de que yo te lo ordeno.

Ya no sólo me ofende tu olor, ahora me irrita tu desobediencia.

- Anna asintió y Tarek pudo ver el miedo en sus ojos. Realmente estaba aterrorizada ante la idea de meterse en el río. Él había pensado que la desobediencia de ella estaba motivada más por la intención de molestarle a él que por un miedo real. Ahora se daba cuenta de que no era así. La mujer estaba pálida y temblaba de puro pavor. Sin pensarlo mucho más la agarró del brazo y la arrastró consigo hacia el río, sin soltarla.

-! ¡Basta ya de tonterías! No tenemos todo el día para que disfrutes de tu baño-. Anna no podía gritar, no podía hacer nada más que agarrarse al brazo que él le ofrecía. Era fuerte, sólido. En cierta medida le daba seguridad tenerlo con ella en aquel momento. Tarek se limitó a maldecir en su lengua, enfadado consigo mismo porque la compasión hacia la mujer blanca era una debilidad que no se podía permitir; y sin embargo ella había logrado conmoverle. - Ni

una sola concesión más- se prometió a sí mismo. Aunque no estaba muy seguro de ser consecuente con sus palabras. Maldita mujer, en qué hora el destino la había puesto en su camino.

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