Prólogo: "El Precio de la Lealtad"

El sótano de aquella villa a las afueras de la ciudad era un templo de dolor. El aire estaba saturado del olor a cobre y miedo. Emiliano, atado y con el rostro desfigurado por los impactos, se aferraba a la mentira como un náufrago a una tabla podrida.
Frente a él, un hombre de movimientos eléctricos y mirada astuta se limpiaba la sangre de los nudillos con un pañuelo de seda. Era la mano derecha de la organización, el mensajero de la muerte: la contraparte de lo que en otros mundos llamarían Hermes.
—Dinos de una vez, Emiliano —gruñó Mercurio—. ¿Fuiste tú quien vendió la ruta a la policía?
—¡No! ¡Por Dios, se lo juro! —suplicó Emiliano, las lágrimas limpiando senderos en la suciedad de su cara—. ¡Yo sería incapaz! He servido a la organización por años... ¡Tiene que creerme!
Mercurio soltó una carcajada seca y miró hacia la puerta de hierro que se abría pesadamente.
—Yo no soy el que tiene que creerte —dijo Mercurio, enderezando la postura—. Si no quisiste hablar conmigo, te va a tocar con alguien peor. No tienes idea de en qué te metiste.
Minerva entró. El eco de sus tacones sobre el concreto silenciaba hasta los sollozos de Emiliano. Vestía un traje negro de corte impecable y un cubrebocas que solo permitía ver sus ojos: dos gemas de color ámbar que parecían leer el alma detrás de los huesos.
—Ich kümmere mich darum. Ruh dich aus (Yo me encargo. Descansa) —le dijo a Mercurio en un alemán gélido.
—Ja, Chefin —(Si jefa) respondió él, retirándose con una reverencia que denotaba un respeto casi religioso.
Minerva se acercó lentamente. No traía armas, solo una botella de agua y una calma que resultaba más perturbadora que los gritos de antes. Se agachó frente a Emiliano, ignorando la sangre que manchaba el suelo cerca de sus botas de diseñador.
—Emiliano... mírate —dijo ella, su voz fluyendo como seda negra—. ¿Por qué sigues con esto? No tienes que sufrir más. Solo queremos entender qué pasó.
—¡Es que no fui yo! —insistió Emiliano, temblando—. ¡Dígaselo a ellos! Alguien me tendió una trampa, yo amo a esta organización...
Minerva suspiró, acariciándole el cabello con una ternura fingida que hizo que el hombre se estremeciera.
—Sinceridad, Emiliano. Eso es lo único que pido. La lealtad es la base de todo esto. Si me dices la verdad, puedo protegerte. Puedo llevarte con tu esposa y tu hija ahora mismo. Debes extrañarlas mucho, ¿no? Estar en casa, cenando con ellas... lejos de este sótano.
—¡Sí, las extraño! ¡Por ellas es que trabajo tanto! —exclamó él, cayendo en la red—. ¡Por favor, déjeme ir con ellas! Yo no dije nada... se lo juro por la vida de mi hija.
Minerva endureció la mirada, aunque su voz siguió siendo suave.
—No nos mientas más. Sabemos que la policía te ofreció algo que no pudiste rechazar. Dinero, seguridad... ¿Fue eso? Dilo, Emiliano. Si lo admites, podré entender que lo hiciste por ellas. Si no lo dices... no podré evitar que Mercurio regrese.
Emiliano se quebró. El peso del miedo y la falsa promesa de libertad lo aplastaron.
—Sí... —susurró, bajando la cabeza—. Sí, fui yo. Me ofrecieron una fortuna por la ruta del cargamento. Pensé que con eso mi familia estaría mejor... pero por favor, que el jefe no se entere. Se lo ruego, señorita, no me maten. ¡Tengo una mujer que me espera!
Minerva se levantó con una elegancia que cortaba el aire. Se retiró el cubrebocas, revelando una sonrisa gélida y una belleza que solo prometía muerte.
—Para tu mala suerte, Emiliano... al jefe lo tienes justo al frente. Todo el mundo cree que esto lo dirige un hombre, pero la corona siempre ha sido mía.
Emiliano se puso pálido, dándose cuenta de que acababa de firmar su sentencia.
—Y hay algo más que no soporto —continuó Minerva, sacando una pistola de su chaqueta—. En esta organización, un hombre que le es infiel a su mujer no es un hombre de fiar. Si traicionas a la madre de tus hijos con otras mujeres, ¿qué me asegura que no me traicionarás a mí por un puñado de billetes?
—¡No! ¡Puedo cambiar! ¡Se lo juro! —gritó Emiliano, intentando zafarse de las cuerdas.
—Ya es tarde. Y por si te sirve de consuelo antes de irte al infierno... tú no eres el único que trabajaba para mí. Tu esposa también lo hace, y es mucho mejor que tú en todo. Ella estará bien sin un lastre como tú.
Minerva no parpadeó. El disparo fue certero, justo en el centro de la frente de Emiliano, silenciando sus mentiras para siempre.
Afuera, Mercurio escuchó el estruendo. Miró su reloj y guardó el pañuelo.
—Yo quería que viviera un poco más —murmuró—, pero supongo que no estaba en los planes de la jefa limpiar la basura mañana

El amanecer en las costas de Italia no trajo calidez, sino una neblina gris que se aferraba a los muelles de carga. El perímetro estaba acordonado con cintas amarillas que bailaban con el viento salino. En el centro del caos, el cuerpo de Emiliano Moretti yacía como una advertencia silenciosa.
Marte —Alistair— se puso de cuclillas frente al cadáver, ajustándose los guantes de látex con un movimiento seco. Sus ojos azules recorrieron la escena con la frialdad de un detective que ha visto demasiada sangre.
—Emiliano Moretti —dijo el oficial a su lado, suspirando—. Era nuestro informante dentro de los Valenti. Seguramente descubrieron que él filtró la ruta del cargamento que incautamos ayer. Por eso acabaron con él.
Marte observó el agujero de bala en la frente, limpio, preciso, casi artístico.
—El trabajo está muy bien hecho —murmuró Marte, su voz grave resonando bajo el casco del muelle—. No hay señales de lucha tras la tortura. Quien apretó el gatillo sabía exactamente lo que hacía. No es la primera vez.
—Este es el sello de la casa —respondió el oficial, bajando la voz—. Nadie sabe quién lidera realmente esta división de la mafia, pero hay un nombre que siempre resuena en los informes de inteligencia: Minerva. No sabemos si es hombre o mujer, pero su pulcritud es de la vieja escuela. Es un fantasma, Alistair. Marte se levantó, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a asomarse. —Un fantasma que deja demasiados cuerpos —sentenció Marte—. Hoy es la gala de héroes aquí en Italia, pero voy a investigar más. No es posible que se lleven a un informante así de fácil. Alguien cometió un error. En ese momento, el cordón policial se rompió por el llanto desgarrador de una mujer. Una niña pequeña se aferraba a su falda mientras ella intentaba abalanzarse hacia el cuerpo. —¡Mi marido! ¡Emiliano! ¡Por Dios, díganme qué pasó! —gritaba la mujer, con una desesperación tan real que hasta los oficiales más curtidos bajaron la mirada. Era la esposa de Emiliano. Marte, sintiendo una punzada de incomodidad ante el dolor civil, permitió que se acercara. La mujer hizo preguntas certeras, fingiendo una confusión total mientras el oficial le explicaba que debían llevarse el cuerpo a la morgue para los análisis. —Por favor... —suplicó ella, secándose las lágrimas con un pañuelo—. Déjenme verlo de cerca una última vez. No puedo esperar a la morgue... necesito despedirme aquí, donde su alma todavía está presente. Marte asintió levemente hacia los oficiales. Los policías se alejaron un par de metros para darles “privacidad”, situándose de espaldas. Fue el error que ella necesitaba. Al inclinarse sobre el cuerpo de su esposo, la mirada de la mujer cambió por una milésima de segundo. Sus ojos recorrieron el cuello de la camisa de Emiliano y ahí lo vio: un hilo de color rojo encendido, un cabello que se le había escapado a la jefa en medio de la ejecución. Con una agilidad asombrosa, la mujer atrapó el cabello entre sus dedos. —Te pasa por infiel, desgraciado —susurró con un odio sordo que nadie escuchó—. La jefa siempre cumple lo que promete. Cerró el puño con fuerza, escondiendo la prueba de ADN en la palma de su mano. Se puso en pie, volviendo a su papel de viuda destrozada. —Ya... ya es suficiente —dijo con la voz quebrada—. Llévenselo. Se dio la vuelta y se alejó con la niña, pasando por delante de Marte sin siquiera mirarlo. No sabía que llevaba consigo la única pista que podía conectar a Minerva con el asesinato, pero ahora, esa pista estaba a salvo bajo la lealtad ciega de una mujer que prefería ver a su marido muerto antes que compartiéndolo con otra.

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