Capítulo Uno
Amara
Llevo mucho tiempo sufriendo en esta oscuridad. El dolor me recorre la piel como un zumbido y me hierve en las venas. Late —zzzZZZ zzzZZZ— al mismo ritmo que mi corazón.
No sé si tengo los ojos abiertos o cerrados. Ni siquiera puedo usar mis manos para comprobar si todavía están ahí.
Me pregunto si estaré hecha pedazos, unida apenas por unos hilos de tendones; con las vísceras amontonadas por allá y los pulmones desollados y extendidos por acá.
A veces, entre el deseo de morir y la rabia que siento hacia el resto del mundo por seguir viviendo, logro recordar cosas. Pequeños destellos de memoria. Voces. Caras. Bueno, en realidad, solo una voz.
Solo una cara.
Al principio, intenté distraerme. Imaginé que tenía un libro, un libro de verdad, con páginas tangibles y reales. Delicadas y finas, que raspan al pasar el dedo sobre ellas. Con palabras quietas y tan maravillosamente permanentes sobre el papel. Visualicé las páginas llenas de todos los datos que pasé casi veintiocho años recopilando: las historias fantásticas, las evoluciones milagrosas en distintas galaxias como respuesta a los esfuerzos de salvación y a los avances biológicos.
Fui muy ingenua. Creía que hacíamos un trabajo increíble en nombre de la ciencia y de la supervivencia de nuestra especie. Y de muchas otras especies. El Directorio describía el propósito del Meridian Consortium con palabras muy bonitas.
Nunca dijeron «dominación».
Mi entusiasmo de niña ingenua me llevó lejos. Después de mis estudios, me metieron rápidamente en una pasantía muy codiciada. Y lo logré todo por mi cuenta. Sin que nadie sospechara quién era yo.
Estúpida niña soñadora.
Siempre fui demasiado curiosa; me lanzaba de cabeza sin mirar atrás.
Y aquí estoy ahora. Pagando mi castigo.
Cuando empieza el estruendo, pienso que es mi corazón que finalmente estalla. Durante tanto tiempo, lo único que podía oír era mi pulso y el susurro interno del aire entrando y saliendo a la fuerza de mis pulmones.
Pero entonces el mundo a mi alrededor se estremece y mi piel, que antes zumbaba, empieza a hervir por la agitación. No puedo gritar debido al tubo que tengo clavado en la garganta, pero eso no impide que lo intente.
Siento cómo la gravedad mueve mis entrañas cuando, de repente, empiezo a caer; mi pequeño mundo es asaltado por todas partes mientras me desplomo.
Sí, pienso, incluso cuando mi cerebro empieza a nublarse por el dolor. Moriré al chocar.
Pero, al igual que con tantas otras cosas en mi inútil vida, no podría estar más equivocada.