único
Habían pasado exactamente dos años desde que Mingi, con los nervios hechos mierda y las manos sudadas, le pidió a Yunho que fueran algo más que “mejores amigos que se comen a besos cuando nadie mira”.
Yunho se había reído en su cara primero, nervioso, y luego lo había besado tan fuerte que Mingi se golpeó la nuca contra la pared del pasillo del dormitorio.
Desde entonces todo había sido un desastre hermoso, peleas tontas por quién lavaba los platos, noches de películas convertidas en sesiones de sexo contra la mesa de la cocina, viajes improvisados a Busan solo para follar con un paisaje bonito, pero había un problema.
Un pequeño gran problema.
Mingi era muy tímido para decirle todas las cosas que quería hacerle.
Mingi no siempre había sido el más directo con sus deseos, era un poco tímido que digamos.
Pero hasta el propio Yunho se había dado cuenta de una fijación que tenia su novio, y es que amaba sus piernas.
Amaba apretar sus muslos, besarlos o simplemente estar cerca. Pero no era capaz de realmente hacerle todo lo que le gustaría.
Mingi siempre había sido un romántico de mierda, llenaba de regalos y cosas cursis al amor de su vida, y siempre le hacía el amor, besando todo su cuerpo diciéndole las palabras más hermosas del universo hasta eyacular.
Y a Yunho le encantaba, claro que si, pero quería dar el siguiente paso con su novio.
Un paso que estaba seguro que le iba a encantar.
Un día, luego de cenar con los demás chicos y tomar soju de más, Mingi le había confesado algo íntimo.
Habían regresado ya de la cena y Yunho estaba sentado entre las piernas de Mingi, con la espalda apoyada en su pecho, Mingi le había susurrado al oído, medio borracho de soju y calentura.
—¿Sabes mi amor? Algún día quiero verte con tanga, de encaje negro, bien puta solo para mí, junto a unas medias traslúcidas bonitas que adornen tus muslos. Y tacones altos adornando tus hermosos tobillos, quiero que camines por la casa así, que me hagas rogarte antes de dejarte partir el culo.
Yunho se había puesto rojo hasta las orejas, le había dado un codazo flojo y le dio un besito en la mejilla.
Pero tampoco había dicho que no.
Y hoy era su aniversario.
Mingi llegó al departamento pasadas las 9 de la noche. Había tenido que quedarse hasta tarde en el estudio grabando una guía de voz para un featuring que le urgía a la compañía, y el manager lo había torturado con notas hasta que sonó decente.
Estaba agotado, con la camisa medio desabrochada, el pelo revuelto y oliendo a cigarrillo y al perfume caro que Yunho le había regalado en Navidad.
Solo quería llegar y que Yunho le diga que era su todo mientras le daba besos.
Abrió la puerta esperando encontrar a Yunho tirado en el sofá con una taza de té de jazmines y alguna serie coreana de fondo, pero en cuanto entró sintió que el aire era diferente.
Las luces estaban bajas. Solo alumbraba las tiras led color ámbar que tenían pegadas en las paredes y una lámpara de mesa en la esquina.
Olía a vainilla y a algo más, a Yunho recién salido de la ducha, a su shampoo de coco y a esa tensión en el aire.
Y luego lo vio.
Yunho estaba de pie en medio de la sala, viéndolo con sonrisita bonita y ojos lujuriosos, con las manos apoyadas en el respaldo del sofá como si estuviera posando para una maldita sesión de fotos porno de lujo.
Tenía una tanga negra de encaje, muy fina. El encaje bonito apenas cubría lo necesario; la parte de atrás era un hilo que desaparecía entre sus nalgas redondas y firmes. Los tirantes subían por sus caderas estrechas y se cruzaban en la espalda baja de una forma obscenamente bonita.
Sus muslos tenían unas medias negras traslúcidas, que se apretaban en sus muslos. Y los tacones… putos tacones YSL negro brillante, de aguja fina, con una correa fina alrededor de sus tobillos.
Yunho nunca usaba tacones, pero ahí estaba, parado con las piernas ligeramente abiertas, la espalda arqueada, y el culo alzado como ofrenda.
Mingi dejó caer la mochila al suelo con un ruido sordo.
—¿Amor?
Yunho sonrió despacio. El pelo todavía húmedo le caía en mechones sobre la frente. Se había puesto delineador negro muy sutil en el agua de los ojos y gloss transparente en los labios.
Nunca se había sentido tan deseado por la forma en la que Mingi lo estaba mirando.
—Feliz aniversario, Mingi —dijo con esa voz baja que usaba cuando quería volverlo loco— Te tardaste, corazón.
Mingi tragó saliva tan fuerte que se escuchó.
—Joder. —fue lo único que pudo articular mientras cerraba la puerta detrás de él con el pie— ¿Esto es por lo que te dije hace meses estando borracho?
Yunho sonrió, lento y peligroso y caminó hacia él. Los tacones hacían clic-clac contra el piso, dándole un porte precioso.
Cada paso hacía que sus caderas se movieran de forma exagerada, que el encaje se estirara y sus muslos tiemblen.
—Dijiste que querías verme así. —Se detuvo a un metro de Mingi, ladeó la cabeza—. ¿No te gusta?
Mingi lo miró de arriba abajo como si quisiera comérselo entero. La respiración se le había vuelto pesada.
—No me gusta. —Dio un paso adelante, invadiendo su espacio— Me está volviendo loco.
Yunho soltó una risita suave.
—Bien. Porque hoy quiero que me cojas muy duro mi amor. Así que más te vale disfrutarlo.
Mingi no esperó más. Lo agarró por la cintura con ambas manos, lo pegó contra su cuerpo y lo besó como si quisiera arrancarle el alma por la boca.
Yunho gimió contra sus labios, abrió la boca de inmediato, dejó que Mingi le metiera la lengua hasta el fondo mientras le apretaba el culo con fuerza, metiendo los dedos por debajo de de la tanga.
—Estás empapado aquí atrás —gruñó Mingi contra su boca— ¿Te divertiste un poco antes de que yo llegara?
Yunho jadeó, asintió.
—Quería estar listo para que me rompieras apenas entraras, te has portado muy bien conmigo y quise darte un regalo, corazón.
Mingi soltó un sonido animal. Lo giró de golpe, lo empujó contra la pared y le bajó la tanga solo lo suficiente para que quedara entre sus muslos. Le separó las nalgas con las dos manos y se arrodilló sin pensarlo.
—Voy a comerte el culo hasta que llores —dijo, y sin preámbulo metió la lengua.
Yunho gritó. Los tacones se le tambalearon y tuvo que apoyarse con las manos en la pared. Mingi lamía como poseído, su lengua hacia círculos lentos alrededor del borde, luego la metió, empujando dentro, chupando, mordiendo suave la carne tierna. El sabor de Yunho lo volvía estúpido de deseo.
—Mingi, ahhh, mierda, despacio.
—No. —Mingi le dio una nalgada fuerte que resonó en todo el departamento, haciendo la carne de su culo rebotar— No sabes lo mucho que quería tenerte así.
Le metió dos dedos de golpe, sin avisar. Yunho se arqueó, los tacones se deslizaron un poco, Mingi tuvo que sostenerlo por las caderas para que no se cayera. Los dedos entraban y salían rápido, buscando ese punto que hacía que Yunho se volviera un desastre lloroso.
—Estás chorreando —Mingi hablaba con la boca pegada a su piel— Mira cómo te abres para mí. Dos años y me sigues poniendo caliente como el primer día que te follé.
Yunho sollozaba de placer, las piernas le temblaban.
—Te extrañé hoy, todo el día estuve pensando en esto, en que me ibas a coger tan delicioso mi amor.
Mingi se puso de pie de golpe, se bajó los pantalones y el bóxer lo suficiente para sacar su polla. Estaba durísima, goteando. La frotó entre las nalgas de Yunho, jugando con ellas.
—¿Quieres que te folle con la tanga puesta? —preguntó, voz ronca.
Yunho asintió frenéticamente.
—Sí por favor así, rómpeme la tanga si quieres.
Mingi gruñó. Corrió el hilo a un lado, alineó la cabeza y empujó de una sola embestida hasta el fondo.
Yunho gritó tan fuerte que seguro los vecinos lo escucharon. Las piernas se le doblaron, pero Mingi lo sostuvo con un brazo alrededor de la cintura y el otro agarrándole el cuello, presionando poquito haciéndolo jadear.
—Así te gusta, ¿verdad? Que te den duro como la zorra que eres.
Yunho jamás había escuchado a Mingi así, tan desesperado y salvaje. Siempre que le hacía el amor le decía cosas tan hermosas, que escuchar hablarle así hizo que se quisiera correr pero ya.
Mingi empezó a moverse, sacando su pene y metiendolo duro y profundo al principio, luego lo folló más rápido, más brutal. Cada vez que entraba hasta el fondo, la tanga se estiraba y rozaba contra la base de su polla, añadiendo una textura que volvía lo loco.
Yunho no podía hablar coherentemente. Solo gemía, jadeaba, y suplicaba que lo hiciera más fuerte.
—Más, más fuerte, rómpeme Mingi, por favor lléname.
Mingi lo giró de nuevo, lo levantó por los muslos y lo apoyó contra la pared.
Lo follaba en esa posición, cara a cara, viendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas de placer, cómo el delineador se le corría un poco.
—Feliz aniversario, bebé —jadeó Mingi—. Te amo y te voy a llenar hasta que te chorree por las piernas.
Yunho se corrió primero, solo con las embestidas brutales y el roce del encaje, apretando el pene de Mingi, temblando entero y gritando su nombre.
Mingi aguantó tres embestidas más y se derramó dentro con un rugido gutural, empujando tan profundo que Yunho sintió cada pulso caliente llenándolo.
Se quedaron así un rato, jadeando, pegados a la pared. La tanga estaba torcida, rasgada en un lado. Los tacones colgaban de los pies de Yunho como trofeos.
Mingi lo bajó con cuidado al suelo. Yunho apenas podía sostenerse, así que lo llevó en brazos hasta la cama y se sentó con él encima.
El dormitorio estaba en silencio salvo por las respiraciones entrecortadas y el ventilador del techo que giraba perezoso.
Ninguno de los dos se movía. Solo respiraban juntos.
Mingi fue el primero en romper el silencio. Le besó el cuello despacio, un beso suave, casi reverente.
—Bebé ¿estás bien? —susurró, con la voz ronca pero ya sin el filo animal de antes.
Yunho hizo un ruidito afirmativo, débil, dándole un besito en los labios a su novio.
—Mmm sí, solo… no me dejes todavía.
Mingi sonrió contra su piel, lo acomodó a un lado en la cama para ir a limpiarlo y después decirle las cosas más bonitas del puto mundo.
Yunho soltó un quejido al sentir la lejanía de su novio.
—Shh, ya voy —murmuró Mingi.
Se levantó de la cama con cuidado. Yunho lo miró, con los ojos vidriosos y una sonrisa pequeña y cansada.
Mingi desapareció un momento al baño. Volvió con una toalla pequeña empapada en agua tibia, un botecito de crema hidratante sin perfume y una botella de agua fría que había sacado de la heladera.
Primero se arrodilló al lado de la cama y le quitó con suavidad el tacón que todavía colgaba del tobillo derecho. Lo dejó en el suelo como si fuera algo precioso.
—Estos te los guardo para la próxima —dijo con una risita baja— Pero ahora te libero los pies, mi vida.
Le masajeó los tobillos y las plantas de los pies con los pulgares, despacio, deshaciendo la tensión de haber estado tanto tiempo en punta. Yunho suspiró de alivio, cerró los ojos.
Luego tomó la toalla tibia y empezó a limpiarlo con cuidado infinito. Primero el pecho y el cuello. Bajó por el abdomen, limpiando fluidos que habían quedado ahí. Cuando llegó a la entrepierna, fue aún más delicado, separó un poco las piernas de Yunho, limpió el interior de los muslos, y con toques suaves rodeó el agujero hinchado y rojo sin presionar demasiado.
—Está muy sensible, ¿verdad? —preguntó bajito.
Yunho asintió, mordiéndose el labio inferior.
—Un poco, pero me gusta. Me gusta sentir que me usaste tanto.
Mingi se inclinó y le dio un beso suave justo encima del hueso de la cadera.
—Eres increíble, lo sabes, ¿no? Nadie más podría aguantarme así.
Le aplicó la crema hidratante en las nalgas y los muslos donde había dejado marcas rojas por las palmadas que dio ahi, le gustaba ver sus muslos rebotar. Masajeó despacio, en círculos, hasta que Yunho empezó a ronronear como gato.
—Siéntate un rato amor —pidió Mingi.
Yunho obedeció con esfuerzo. Mingi lo ayudó a acomodarse y se acomodó junto a él en el respaldo de la cama para que estuviera más cómodo.
Luego le pasó la botella de agua.
—Bebe un poco. Despacio.
Yunho tomó sorbos pequeños, apoyado en el pecho de Mingi que se había sentado a su lado. Mingi le acariciaba el pelo con los dedos, apartando los mechones húmedos de la frente.
Cuando Yunho terminó, Mingi dejó la botella en la mesita y lo abrazó por detrás, envolviéndolo entero con sus brazos largos. Le besó el hombro, la clavícula, la mandíbula.
—Te amo tanto que duele —susurró—. Gracias por esto, por quererme así. Por ser mío.
Yunho giró la cabeza lo justo para rozar sus labios con los de Mingi. Fue un beso lento, sin lengua, solo labios suaves y respiraciones compartidas.
—Yo también te amo gigi. —dijo con una risita cansada— Me encantó mucho lo de hoy, y creo que mi ropa interior se rompió.
Mingi se rió bajito contra su boca.
—Te compro otra. Diez. De todos los colores. Y más tacones. Lo que quieras.
Yunho cerró los ojos, acurrucándose más contra su pecho.
—Solo quiero quedarme así contigo. No te muevas.
—No me muevo —prometió Mingi.
Le cubrió con la sábana limpia. Apagó la luz del techo y dejó solo la pequeña lámpara de sal rosa en la mesita, que daba una luz cálida y tenue.
Se quedaron abrazados en silencio un rato largo. Mingi le acariciaba la espalda en líneas lentas, de arriba abajo, como si quisiera memorizar cada vértebra. De vez en cuando le besaba la sien, la nuca, el hueco detrás de la oreja.
—¿Sabes qué? —murmuró Yunho de repente, voz somnolienta—. Hoy fue el mejor aniversario. Aunque mañana no pueda sentarme.
Mingi soltó una carcajada suave.
—Mañana te llevo en brazos a donde quieras. Te hago desayuno en la cama. Te doy masajes. Lo que sea.
Yunho sonrió con los ojos cerrados.
—Suena bien, pero ahora solo abrázame más fuerte.
Mingi obedeció. Lo apretó contra su pecho hasta que no quedó ni un centímetro de espacio entre ellos. Sus corazones latían al mismo ritmo, despacio, tranquilos.
—Feliz aniversario, mi vida —susurró Mingi una última vez, besándole la coronilla.
—Feliz aniversario Mingi, te amo.
Y se durmieron así, pegajosos todavía, oliendo a sexo y a vainilla, con las piernas enredadas y las manos entrelazadas sobre el abdomen de Yunho.
Dos años juntos.
Y los que faltan, ¿verdad?








