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7 Dias

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Sinopsis

25 de diciembre de 2024. El día en que el sol decidió no volver a salir. Lo que empezó como una Navidad en familia terminó sepultado bajo una niebla espesa que parece tener vida propia. Nadie sabe de dónde vino, pero todos saben qué trae consigo: una oscuridad que muerde. Leo y su hermana Ana se niegan a ser las próximas víctimas de lo que acecha en las sombras. En un mundo donde la luz es un recuerdo lejano y los días se confunden con las noches, ambos iniciarán una travesía desesperada por un país que ya no reconocen. Dicen que tienen siete días para sobrevivir a lo desconocido o ser devorados por el abismo que ahora reina en las calles. El problema es que, en esta penumbra constante, nadie sabe cuándo empezó realmente la cuenta regresiva... ni si el séptimo día será el final del viaje, o el comienzo del hambre.

Genero:
Horror
Autor/a:
Zairak-
Estado:
hace 19 días
Capítulos:
18
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Viaje

Sábado 14. Mis padres me pusieron a ordenar los bolsos; nos estábamos preparando para un viaje al campo para ir a ver a mis abuelos. Se acercaba Navidad y necesitábamos tener todo listo antes del domingo para poder viajar. Mi madre, Lisset, no quería problemas antes de la fecha, ya que no veíamos a nuestros abuelos hace años y ella quería pasar estas fiestas sí o sí en su casa. Sinceramente, a mí no me importaba mucho. Tenía pocos recuerdos con ellos, y lo poco que recordaba era un pueblo pequeño a las afueras de la ciudad central, a las orillas de un río donde solía sentarme a leer o a jugar con mi PSP sin tener más panorama que ese.

Después de terminar con los bolsos, me fui a sentar al PC. Eran las dos de la mañana y en ese momento solo pensaba en conectarme para hablar con mis amigos y organizarnos para jugar algo mientras esperaba que pasaran los días antes del viaje.

—¡Buenas, los Ka! —gritaba con euforia mientras me ponía los audífonos—. ¿En qué andan ya?

—Buena, L. Estábamos esperando a los demás mientras jugábamos sus partidas de Valorant; este weón del Yato sigue bajando de elo.

—Cállate un rato, me hiciste perder seis partidas seguidas y tienes el descaro de decir que yo soy el que está trolleando —respondió Yato mientras suspiraba en el micrófono—. Oye Leo, si es este weón del Kiru el que trollea, hermano.

Mientras discutíamos los tres sobre temas equis, me puse a ver unos cuantos documentales en YouTube mientras investigaba sobre un extraño correo que me llegó, el cual tenía un link adjunto. Por mucho que buscaba la fuente de donde venía o quién era el responsable, no lograba dar con el destinatario. Pasaron los minutos y preferí comentárselo a mis amigos, pensando si no sería alguna broma pesada del grupo o alguna clase de estafa.

—Oye, Yato, me llegó un correo medio extraño, men —exclamé algo preocupado.

—¿Qué correo? ¿Tiene algún link o algo así? ¿Has visto lo que pasa al abrir esas cosas o no? Mayormente son links falsos o algún tipo de hackeo.

—Pero, men, igual piensa que puede ser algo importante. ¿Te imaginas que te ganas un premio? —dijo Kiru en tono burlesco.

—Ok, Kiru, de vez en cuando eres un imbécil. Les comparto pantalla para que vean lo que viene en el link. Así este weón se pone celoso por mi maravilloso iPhone 17 Pro Max HD 100% real —respondí mientras reía.

Al abrir el link, lo único que pudimos apreciar fue una página con un fondo de color rojo intenso. En la parte superior resaltaba una fecha que tapaba la mitad de la pantalla: “25/05/2025”, y justo debajo, un reproductor de video. Al darle clic para ver de qué se trataba, notamos que era un documental sobre la mitología del país, grabado en una calidad muy baja, tipo found footage. En la esquina inferior derecha se leía la fecha de grabación: “14/12/1998".

Pasaron los minutos y el metraje mostraba al presentador caminando a las orillas de un río. Se veía agotado, con unas ojeras enormes, y con una voz baja pero tranquila explicaba cómo en la antigüedad nuestro país estaba lleno de criaturas desconocidas, y cómo estas fueron la causa de muchas desapariciones y sucesos inexplicables de aquel tiempo, mientras caminaba hasta llegar a la sombra de un árbol.

Después de un rato, los chicos simplemente exclamaron que era algún tipo de trolleo o una cadena en masa para asustar a la gente, perdiendo el interés. Pasaron las horas; ellos se dedicaron a jugar, pero, por mi parte, toda mi atención se la llevó el documental. El reloj de mi PC ya marcaba las 5 am y yo aún no podía despegarme de la pantalla. Yato y Kiru se despidieron, dejándome como el único que quedaba en el canal de Discord.

Quedaba poco para terminar el video, exactamente cinco minutos. Mientras pasaban los segundos, la página se distorsionaba cada vez más, los colores se saturaban y el ventilador de mi torre empezaba a sonar como si fueran turbinas de avión. Me preocupaba que el link fuera en verdad alguna clase de virus, pero en ese momento me importaba más terminar el documental.

Faltando un minuto para el final, el documentalista se puso frente a la cámara. Noté cómo miraba fijamente en dirección a mis ojos; era como si pudiera ver a través de la pantalla. Sus ojos estaban rojos, inyectados en sangre como si quisiera llorar, y su respiración se sentía pesada sobre el micrófono. Sus manos temblaban y se notaba cómo su ropa estaba empapada por el sudor. Miró a la cámara fijamente y exclamó:

—¡Recuerda esto! ¡El mayor miedo de las personas no son los monstruos de la oscuridad o los mitos que rondan a través de ellos, sino la oscuridad en sí misma que los rodea! ¡El miedo a lo desconocido, el terror de lo que puede haber dentro de esta! —gritaba mientras su voz subía cada vez más de tono.

—Algo malo le está pasando, ¿se estará volviendo paranoico? —susurré, mientras el miedo empezaba a filtrarse en mi cuerpo.

—¡No estamos solos en este mundo! ¡Nunca lo estaremos! ¿Por qué crees que el humano no investiga el fondo del mar o las profundidades de las cuevas? ¡Cada ser, cada criatura creada por el hombre, es la viva imagen de lo que habita en ellas!

Podía sentir cómo el frío me subía por la espalda. Me quedé atónito, con los ojos pegados al monitor, esperando los últimos treinta segundos.

—¡No estamos solos! —gritaba el hombre mientras el sudor le corría por el rostro y sus facciones se distorsionaban por el pánico—. ¡Puedes entender eso, pedazo de mierda! ¡Nunca lo estuvimos! En el momento en que la oscuridad caiga sobre nuestros hombros y el sol no sea capaz de protegernos, te darás cuenta de que todo este tiempo estuvieron aquí, con nosotros, acechando en la profundidad del abismo, mirándonos.

—Claro, como si esas cosas fueran reales —exclamé con voz burlesca, intentando convencerme a mí mismo, mientras veía aparecer el botón de volver a reproducir en la pantalla.

—¡Claro que lo son, Leo! —gritó de pronto el presentador con una sonrisa desencajada, siguiéndome con la mirada a través de la lente—. ¡No estás solo!

En ese instante, los ventiladores de la computadora comenzaron a girar a una velocidad demencial, emitiendo un chirrido agudo antes de que la PC se apagara repentinamente. Mi habitación quedó sumida en una oscuridad total. Al mismo tiempo, sentí cómo una mano ejercía una presión gélida en mi hombro, acompañada de un jadeo pesado que se deslizaba por mi nuca. Una voz tenue, casi un siseo, susurró desde fuera de mis audífonos, replicando las palabras del video:

—No estás solo.

—¡Leo! ¡Leo, despierta! Ya es hora, tenemos que irnos. Son las diez de la mañana —gritaba mi madre, Lisset, mientras terminaba de organizar los bolsos.

—¿Leo? ¿Estás bien, weón? Te ves fatal.

—Anoche no pude dormir; me quedé viendo un video —respondí mientras me frotaba la cabeza por el dolor—. Siento como si me hubieran golpeado con una silla.

—¿Quién te manda a quedarte hasta las siete hablando? Te escuché conversando antes de levantarme.

—No sé, ni me di cuenta cuándo me acosté a dormir. La PC se apagó y el sueño me ganó —contesté confundido. Si la luz se había cortado o la PC se había apagado, ¿con quién me había escuchado hablar mi mamá hasta el amanecer?

—Ya, levántate y baja a comer algo antes de irnos. Recuerda que son cinco horas de viaje; vas a tener que bañarte rápido.

—Dale, deja ponerme la polera y salgo.

Tenía demasiadas dudas en la mente. ¿Cómo llegué a la cama si lo último que recordaba era el frío en mi hombro frente al escritorio? ¿Quién era la persona que estuvo detrás de mí anoche? ¿Cómo el tipo del video sabía mi nombre? Todas esas incógnitas generaban un nudo de miedo e incertidumbre en mi pecho. La fecha, el video y ese susurro eran cosas que quería olvidar, pero estaban grabadas a fuego en mi cabeza.

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