Prólogo
“Lo único que lamento es no poder haberte amado en la luz”.
Ilya leyó las palabras una y otra vez, con los dedos todavía entumecidos por la adrenalina. El mensaje de Instagram seguía ahí, estático, una confesión irreversible que ya no podía borrar. Hacía apenas unos minutos, mientras el avión perdía altura y el caos se apoderaba de la cabina, el mundo se había reducido a una sola verdad. En el último segundo, cuando el motor tosía y la muerte parecía un hecho, Ilya no pensó en sus trofeos, ni en el hockey, ni en la fama.
Solo pensó en Shane.
Ahora, con los pies en tierra firme y los pasajeros evacuando entre sollozos de alivio, Ilya permanecía en su asiento, temblando. El piloto había logrado el milagro, pero para él, el desastre ya había ocurrido: su armadura se había desmoronado en un mensaje de texto.
Quería haber escrito más. Quería decirle que era lo más importante en su maldita vida; que cambiaría cada gol y cada victoria por una mañana eterna en la cabaña, viéndolo despertar. Le importaba una mierda su carrera, el contrato o el qué dirán. En aquel descenso hacia el final, Ilya se dio cuenta de que lo dejaría todo por él. Se conformaría con una vida simple, sin cámaras, solo ellos dos.
Pero el alivio del aterrizaje trajo consigo el peso de la realidad. Shane lo amaba, sí, pero Shane no era como él. El hockey era el oxígeno de Hollander. Y mientras el pulso de Ilya se normalizaba, una duda amarga comenzó a asfixiarlo: ¿Podría Shane elegirlo a él por encima del hielo, o acababa de firmar la sentencia de muerte de su relación con esa confesión?