Prólogo
Rose, seis años
—¡Mi héroe llegó, mami! ¡Mi héroe llegó!— grité feliz desde la ventana al ver el carro de papá estacionarse frente a la casa.
Sin pensarlo, corrí hacia la puerta. Apenas entró, me lancé a sus brazos, llenándolo de besos y abrazos.
—Papi, te extrañé… mi héroe.
—Mi hermosa princesa… yo más, mi cielo— dijo riendo, abrazándome fuerte y besando mi frente—. Mi niña inteligente, papá te extrañó mucho.
Me bajó al suelo y mamá corrió hacia él. Se abrazaron como si no se hubieran visto en años, besándose y susurrándose cuánto se amaban.
Y yo solo podía sonreír.
Soy muy feliz cuando papá está en casa.
Mamá y yo siempre sonreímos más cuando él está.
Se queda tres días con nosotras… y luego se va otra vez.
Pero esos tres días… son perfectos.
Esa noche salimos a comer. Siempre lo hacemos cuando papá regresa. Reímos, hablamos y luego me dejan dormir con ellos. Me abrazan… y duermo muy bien.
A la mañana siguiente, mamá y yo salimos al jardín. El sol iluminaba su rostro, y sus ojos brillaban mientras me enseñaba a cuidar las flores. Papá estaba cortando el césped, mirándonos con una sonrisa.
—Vamos a mojar a papá— susurró mamá con picardía.
Sonreí y corrí a buscar la manguera. Mamá abrió la llave, y sin avisar… ¡lo empapamos!
Papá se quedó quieto un segundo… y luego salió corriendo detrás de nosotras.
Me atrapó primero, levantándome en el aire mientras yo reía sin parar. Me abrazó fuerte, mojándome más y llenándome de besos. Luego me dejó en el suelo y fue tras mamá.
Yo seguía riendo cuando los vi abrazarse… y besarse.
Soy muy feliz.
Horas después, estaba vestida como una princesa.
Un vestido rosado, zapatillas brillantes… y el corazón saltando de emoción.
Íbamos al centro comercial porque mis papás me darían un regalo especial: un oso de peluche con sus voces grabadas.
El centro comercial era enorme.
Elegí un oso de peluche arcoíris. Mientras lo preparaban, mis padres se alejaron para grabar la sorpresa. Luego me llevaron a comer helado, y cuando nos sentamos, me entregaron la caja.
Con manos emocionadas, abrí el regalo.
Apreté el corazón del oso.
La voz de papá llenó el aire.
—Mi princesa… mi cielo, eres mi estrella, la rosa más hermosa de mi jardín. Papá te ama mucho. Siempre estaré contigo. Siempre te apoyaré. Mi científica brillante, con un corazón hermoso… cumple tus sueños. Papá cree en ti. Te amo. Feliz cumpleaños, mi Rose.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Papá… te amo mucho, mi héroe— dije abrazándolo.
—Oye, mi cielo, falta mamá— dijo sonriendo—. Aprieta el otro corazón.
Lo hice.
Y la voz de mamá comenzó a cantar.
—Mi cielo, mi bendición, mi niña linda… mi niña hermosa, la rosa más bella del jardín…
Su voz era suave… cálida.
—Mamá te amará por siempre— continuó—. Incluso cuando vengan días malos… tu luz brillará fuerte, porque tú eres luz. La luz de nuestras vidas. Tu héroe y mamá te aman mucho. Feliz cumpleaños.
La abracé con fuerza y la besé.
Ella siempre sonríe.
Siempre me cuida.
Siempre me hace feliz.
Es la mejor mamá.
De repente…
las alarmas comenzaron a sonar.
Papá se puso de pie al instante. Mamá me abrazó con fuerza, y papá nos rodeó a ambas con sus brazos.
Personas corrían de un lado a otro.
Papá habló con unos guardias mientras yo miraba a mamá. Ella me sonrió… aunque sus ojos ya no brillaban igual.
Entonces lo vi.
Un niño.
Corría… llorando.
Sin pensarlo, me solté.
—¡Rose!— escuché a mamá llamarme, pero ya era tarde.
Corrí hacia él.
Quiero ser una heroína como papá.
El niño se metió en una zona oscura del centro comercial. Todo estaba en silencio… pero yo no tenía miedo.
Papá dice que soy valiente.
Escuché su llanto.
Me acerqué despacio.
Estaba en una esquina. Cabello rubio, rostro lleno de lágrimas.
Me senté a su lado.
—Oye… ¿por qué lloras?
No respondió.
—Si sigues llorando, gastarás tus lágrimas. Y mamá y papá dicen que los niños lindos no hacen eso.
Levantó la cabeza, molesto.
—Eso es mentira.
Sonreí y apreté suavemente sus mejillas.
—Claro que no. Los niños lindos no lloran.
Se rió un poquito.
—¿Ves? Cuando reímos, nos sentimos mejor— dije, haciéndole cosquillas.
—¡Ya para!— dijo entre risas.
—Cuando estoy triste, mis papás hacen eso.
—…Sí me siento mejor— murmuró al final.
Pero luego volvió a bajar la mirada.
Lo abracé.
—¿Qué haces?
—Abrazándote. Ayuda.
Le acaricié el cabello como hace mamá conmigo.
—¿Por qué lloras?
—Mi papá no llegó… me dijo que lo esperara.
Mi corazón se apretó.
—Podemos esperarlo juntos. Pero no puedes huir… te puedes lastimar.
—Los adultos son feos. Mi papá no me quiere.
—No digas eso— respondí con firmeza—. Nuestros papás nos aman. El mío es mi héroe.
—Eso no es verdad.
Le sonreí.
—Sí lo es. No estés triste… te ves feo así.
Se rió.
Lo ayudé a ponerse de pie.
—Vamos. Nuestros papás deben estar preocupados.
Nos tomamos de la mano.
Pero entonces…
un ruido fuerte vino desde arriba.
Polvo cayó sobre nosotros.
Las cosas comenzaron a desplomarse.
Corrimos.
Y de pronto—
Un palo cayó.
Empujé a mi amigo.
El golpe llegó a mi rostro.
Todo se volvió borroso.
Caí al suelo.
Escuchaba su voz… pero ya no entendía nada.
Entonces…
lo vi.
Mi héroe.
Papá.
Nos tomó a ambos en sus brazos… y nos sacó de allí.
Vi a mi amigo mientras se lo llevaban.
Lo miré por última vez.
Mi cabeza dolía.
Todo giraba.
Y entonces…
cerré los ojos.
Porque tenía mucho sueño.
