Capítulo: 1. El Error del 76
El aire acondicionado del piso 42 de Aethel-Biotech siempre olía a sándalo y a secretos. Yeon-ka Kang ajustó su reloj de pulsera, una pieza de platino que pesaba tanto como sus responsabilidades como Directora de Estrategia. Frente a ella, la caja fuerte personal de su abuelo, el hombre que construyó el imperio cosmético de Seúl desde las cenizas de la guerra, estaba finalmente abierta tras su funeral.
—Solo son papeles, Directora —susurró su asistente, Min-ho, evitando mirarla a los ojos—. El inventario legal puede esperar a mañana.
—Nada en esta oficina espera, Min-ho —respondió ella con la frialdad que le había ganado el apodo de "La Ejecutora de Hielo" en los círculos empresariales de Gangnam.
Yeon-ka sacó un sobre de papel manila, desgastado por el tiempo. No eran contratos de acciones ni títulos de propiedad. Dentro, solo había una fotografía Polaroid original. Al verla, el pulso de Yeon-ka se detuvo en seco.
La foto mostraba una fiesta de gala en 1976 en el Hotel Shilla. Las mujeres vestían sedas pesadas y los hombres fumaban sin restricciones. En el centro de la imagen, sosteniendo una copa de champaña, estaba una mujer joven. Tenía el mismo corte de mandíbula, la misma mirada afilada y, lo más aterrador: la pequeña cicatriz en forma de media luna sobre su ceja izquierda.
Era ella. Exactamente como se veía esa mañana en el espejo.
Pero en 1976, Yeon-ka ni siquiera había nacido. Sus propios padres eran apenas unos niños en esa época. El papel de la foto tenía el grano real de los años setenta y el olor a químico viejo que ninguna tecnología moderna podría replicar con tanta exactitud.
—Directora, ¿se siente bien? —la voz de Min-ho sonó lejana, como si viniera desde el fondo de un túnel.
Ella guardó la foto en su bolsillo antes de que él pudiera verla.
—Sal de aquí. Ahora —ordenó sin mirarlo.
Cuando se quedó sola, Yeon-ka caminó hacia el ventanal de cristal que dominaba el distrito de Gangnam. Millones de luces de neón parpadeaban abajo, un mar de progreso y riqueza que ella sentía heredar por derecho. Pero por primera vez en sus veintiséis años, la heredera del mayor imperio de Corea sintió que su vida era una escenografía de cartón.
Sintió que era un fantasma caminando en el cuerpo de una mujer que ya había muerto hacía cinco décadas.
Su teléfono personal vibró sobre el escritorio de mármol. Era un mensaje de un número desconocido. Solo tres palabras iluminaron la pantalla:
"La cuarta versión siempre es la más curiosa. No busques más, Yeon-ka".









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