𝕮𝖔𝖗𝖔𝖓𝖆 𝕯𝖊 𝕾𝖔𝖒𝖇𝖗𝖆𝖘 | CHANGLIX

Sinopsis

En el continente de Aelyndra, dos poderosos reinos, Helvoria y Thalyon, han mantenido un pacto de paz durante 360 años, un vínculo forjado por generaciones de reyes. Este tratado fue la base de la prosperidad y estabilidad hasta que Seo Changbin asciende al trono de Thalyon y decide romperlo. Con hambre de poder, declara la guerra a Helvoria y decide tomar como trofeo de guerra al rey Lee Felix. Entre torturas, juegos de poder y una tensión que se vuelve obsesión, nace un vínculo oscuro y enfermizo entre dos reyes. Changbin gobierna ambos reinos bajo una sola corona, y Felix debe luchar por sobrevivir en un palacio lleno de sombras.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
BIXIEBINNIE
Estado:
En proceso
Capítulos:
20
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El amanecer en Helvoria siempre tenía un aire solemne, como si hasta el cielo se acostumbrara a la disciplina de los muros que custodiaban la capital. El palacio de mármol y granito blanco recibía la primera luz dorada que atravesaba las montañas del este, y el sonido de los heraldos anunciaba, a la misma hora de cada día, que el rey había despertado.

Lee Felix, el actual rey de Helvoria, tenía el rostro suave y bien definido, con ojos grandes de color gris que parecían observarlo todo en silencio. En sus mejillas se marcaban pequeñas pecas, como si el sol hubiera decidido dejar ahí su firma. Su cabello, lacio y cambiante, caía con naturalidad alrededor de su rostro, a veces claro, a veces oscuro, una rareza que su madre le había otorgado. Era delgado, de figura estilizada, y había en él una belleza serena, casi etérea. Llevaba diez años en el trono, pero aún sentía ese peso como si apenas lo hubiese tomado ayer.

Se inclinaba sobre el balcón de sus aposentos con el mismo gesto cansado con el que lo había hecho su padre antes de él: la espalda erguida, la mirada fija en los jardines donde la guardia real se entrenaba en silencio. La disciplina era la base de Helvoria, tanto como la fe en el pacto de paz que, durante trescientos sesenta años, había mantenido a Helvoria y Thalyon, asi como al continente de Aelyndra libre de guerras.

Ese pacto era casi una ley divina. Había sobrevivido a muchas generaciones de reyes, había sellado matrimonios entre casas nobles de ambos reinos, y había permitido que las ciudades crecieran en prosperidad. Nadie recordaba la última batalla contra Thalyon; estaba tan lejana como un mito. Los ancianos hablaban de ella con palabras gastadas, como si fuera una historia inventada para asustar a los niños.

Y sin embargo, Felix no confiaba en la quietud. La paz de su infancia había sido tan cómoda como engañosa: banquetes, juegos en los jardines, noches donde la única preocupación era memorizar genealogías interminables. Pero ahora, a sus veintiocho años, esa misma paz empezaba a resquebrajarse en informes escritos con tinta temblorosa. Comerciantes asaltados en las rutas, caravanas retrasadas, mensajeros que desaparecían en las fronteras.

Felix apretó el pergamino entre sus dedos.

—Siempre empieza así —murmuró, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.

Detrás de él, una voz suave respondió:

—¿Otra vez despierto tan temprano?

Se giró. Yuna estaba en el umbral, su bella esposa aún con el cabello revuelto cayendo libre por los hombros. No llevaba corona ni joyas, solo una túnica sencilla de dormir. Su belleza no necesitaba más adornos que la naturalidad con la que lo miraba, mezcla de ternura y cansancio.

—No podía dormir —contestó Felix.

Ella cruzó la estancia sin prisa, acostumbrada a esas madrugadas silenciosas. Le tocó el hombro con delicadeza, como si buscara bajarle la tensión a la piel.

—No puedes seguir con esta rutina, Felix. Te estás consumiendo.

Él sonrió apenas, cansado.

—El reino no descansa, Yuna.

—Pero tú no eres solo rey. —Ella lo miró con seriedad—. También eres mi esposo. Y el padre de mi hijo.

La mención fue suficiente para arrancarle un suspiro.

El pequeño Jeongin dormía en la cámara contigua, ajeno al murmullo de la corte. Tenía cinco años y ya una risa contagiosa que parecía iluminar hasta las piedras del palacio. Para Felix, cada sonrisa de su hijo era una razón para resistir. Para Yuna, era la esperanza de que aún podía haber inocencia en el mundo.

—Está creciendo rápido —dijo Yuna, como si leyera sus pensamientos.

Felix asintió.

—Más rápido de lo que quisiera.

Un golpe discreto en la puerta interrumpió la intimidad. Un criado entró, con un cuenco de agua fresca y una reverencia. Tras dejarlo en la mesa, carraspeó.

—Majestad, el joven príncipe Jeongin está despierto y pregunta por su padre.

Yuna sonrió con complicidad.

—Ve —dijo, empujando suavemente a Felix—. Olvídate de los informes. El reino puede esperar media hora.

La risa del niño se escuchaba desde el pasillo. Cuando Felix abrió la puerta, Jeongin corrió hacia él con los brazos extendidos. El pequeño tenía el cabello castaño oscuro de su madre, pero los ojos grises de su padre.

—¡Padre! —gritó, trepando a sus brazos como si fuese un árbol familiar.

Felix lo levantó con facilidad, disfrutando del calor de ese cuerpo pequeño y confiado. El niño hundió la cara en su cuello, todavía somnoliento.

—Ya despierto tan temprano... —susurró Felix, acariciándole el cabello—. Igual que yo.

—Quiero montar al caballo —murmuró el niño entre risas.

Felix lo giró en brazos y lo dejó sobre la cama, donde el pequeño rebotó entre almohadones.

—Ya tendrás tiempo para eso. Por ahora, desayuna.

En la puerta apareció otra figura: Jisung, el hermano menor de Felix. Tenía diecinueve años, un aire impetuoso, el cabello más claro y el rostro juvenil que aún no había perdido del todo la infancia. Vestía con ropa de entrenamiento, sudado de practicar con la espada.

—Lo estás malcriando —dijo, con una sonrisa burlona al ver cómo Felix cedía a los caprichos del niño.

—Lo estoy amando —corrigió Felix.

Jisung se dejó caer en una silla.

—El consejo te espera, hermano. Y créeme, no están de buen humor.

Felix lo miró de reojo.

—¿Cuándo lo están?

El consejo real era un hervidero desde hacía semanas. Los ancianos consejeros no hablaban de otra cosa que de rumores sobre Thalyon.

En cuanto Felix entro a la sala sus voces ya se mezclaban en un murmullo que no dejaba espacio al silencio.

—Seo Changbin no es como su padre —dijo uno, con el ceño fruncido—. El viejo Taecyeon respetaba el pacto. Este muchacho... apenas lleva un año en el trono y ya habla de gloria, de expansión.

—La juventud es peligrosa en un rey —añadió otro.

Felix los escuchaba, aunque en su interior odiaba esas frases repetidas. Se acomodó en el asiento correspondiente, mientras Jisung permanecía de pie a su lado, con la mano en la empuñadura de la espada como si pudiera espantar las palabras molestas.

—He leído los informes —dijo Felix, con voz firme—. Sí, han aumentado los ataques en la frontera. Sí, hay señales de provocación. Pero todavía no hay declaración oficial. Y mientras el pacto exista, debemos sostenerlo.

Un consejero anciano golpeó la mesa.

—Majestad, si esperamos demasiado, ese joven nos devorará antes de que reaccionemos.

Felix sostuvo su mirada.

—Helvoria no provocará la guerra.

El silencio cayó por un momento. Las palabras eran claras, pero el aire estaba cargado de desconfianza.

Cuando la reunión terminó, Felix caminó por los pasillos largos de mármol pulido, seguido solo por su hermano.

—No les has convencido —dijo Jisung en voz baja.

—No necesitan convencimiento. Necesitan paciencia.

Jisung frunció el ceño.

—Yo tampoco confío en Changbin. Dicen que es brillante con la espada, cruel con sus enemigos, y que desprecia las reglas de su corte.

Felix se detuvo frente a una ventana, mirando los campos que rodeaban la ciudad.

—Yo también he oído esas historias. —Se pasó una mano por el rostro—. Pero mientras no cruce nuestras fronteras, solo son eso: historias.

Jisung lo miró, inquieto.

—¿Y si no lo son?

Felix no respondió.

Esa noche, cuando regresó a sus aposentos, Yuna lo esperaba con el niño ya dormido en sus brazos. La escena le arrancó un nudo en la garganta: la reina meciéndolo, con la luz de las velas reflejando su rostro cansado.

—¿Mal día? —preguntó ella.

Felix dejó escapar una risa amarga.

—Uno de tantos.

Yuna lo miró fijamente.

—Tarde o temprano, Felix, tendrás que decidir si sigues creyendo en la paz... o en ti mismo.

Él se sentó a su lado, acarició la mejilla de su hijo, y en silencio deseó que la paz que tantos años sus ancestros habían defendido no fuese a romperse bajo su reinado.

Pero, muy en el fondo, ya presentía que la sombra de Seo Changbin se acercaba como una tormenta.

El palacio de Helvoria tenía la virtud de parecer eterno. Sus muros blancos y sus torres almenadas se levantaban desde hacía más de varios siglos, y cada generación había añadido un ala, un salón, un nuevo mural. Felix había crecido recorriendo pasillos en los que todavía quedaban tapices bordados por manos que hacía mucho se habían vuelto polvo. Cada rincón guardaba la memoria de la dinastía Lee, como si la piedra misma recordara los juramentos de paz.

Mientras la luna se alzaba más al centro iluminando los alrededores con su blanca luz, Felix se permitió caminar sin escoltas por la galería de retratos. Sus botas resonaban en el mármol, y en cada marco veía los rostros de los reyes que lo habían precedido: hombres de semblante grave, coronas pesadas, mujeres a su lado, herederos orgullosos en brazos. Sus ojos se detuvieron frente al retrato de su padre.

Lee Junho, el rey que siempre buscaba la paz durante más de sesenta años de reinado, lo observaba desde el lienzo con la misma severidad que en vida. Tenía los mismos ojos grises que Felix, la misma nariz recta, pero una expresión más dura, más fría. Felix no pudo evitar preguntarse, como tantas veces, si estaba a la altura.

—Padre... —susurró apenas—. ¿Qué harías tú si supieras que la guerra esta cerca?

No obtuvo respuesta, salvo el crujir de la madera de un ventanal. Y quizá fue mejor así.

A la mañana siguiente en los jardines interiores, el pequeño Jeongin jugaba bajo la supervisión de una niñera, rodeado de caballos de madera y soldados de juguete tallados en piedra pulida. Cuando Felix apareció, el niño corrió hacia él de inmediato.

—¡Padre! —gritó con su vocecita aguda—. Mira, tengo un ejército.

Felix se arrodilló junto a él, tomando una de las figuras. Era un caballero con la lanza levantada, pintado de azul y dorado.

—¿Y quién manda a este ejército? —preguntó.

Jeongin infló el pecho con orgullo.

—¡Yo!

Felix sonrió, besando la frente de su hijo.

—Entonces debes aprender que un rey protege, no destruye.

El niño lo miró confundido, con los ojos grandes y brillantes. No entendía aún el peso de esas palabras, pero algún día lo haría.

Yuna observaba la escena desde el pórtico, con una expresión serena. A su lado estaba Jisung, aún con el uniforme de entrenamiento manchado de sudor.

—Es demasiado pequeño aun, no seas severo con él —dijo el joven príncipe, cruzando los brazos.

—Soy su padre —contestó Felix, levantándose—. Debo serlo.

El hermano menor rió suavemente.

—Eres rey, padre, hermano, pero también hombre. Recuerda que nosotros jugábamos igual cuando éramos niños, y padre no nos corrigió hasta que tuvimos edad de empuñar espadas de verdad.

Felix lo miró de reojo, pero no replicó. En cambio, caminó hacia Yuna, que le extendió una copa de vino ligero. La aceptó con gusto, pero no sin antes darle un cálido beso.

—Jisung tiene razón —dijo ella en voz baja—. El niño es pequeño. Déjalo serlo.

Felix bebió un sorbo y suspiró.

—Es difícil, Yuna. No quiero que crezca en un mundo distinto al que prometimos darle.

Ella lo tomó de la mano.

—Entonces asegúrate de que no lo haga.

Esa noche hubo un banquete menor, en honor a un grupo de comerciantes del sur que llegaban con nuevas rutas de especias y sedas. El gran salón se llenó de música de laúd, el tintinear de copas y el murmullo de conversaciones.

Felix se sentó en el trono alto junto a Yuna, con el niño ya acostado en sus aposentos. Observó a sus invitados con cortesía, pero su mente seguía atrapada en los rumores de Thalyon. Cada carcajada y cada brindis parecían una distracción frente a la tormenta que intuía.

Jisung, más joven, aprovechaba la ocasión para coquetear con damas y bromear con caballeros de su edad. Su energía contrastaba con la seriedad de su hermano.

Uno de los comerciantes se inclinó hacia Felix.

—Majestad, ¿es cierto lo que se dice? ¿Que en Thalyon el nuevo rey recluta tropas incluso en aldeas lejanas?

El murmullo de los cercanos se apagó, atentos a la respuesta. Felix sonrió con diplomacia.

—Rumores viajan más rápido que la verdad. Helvoria no se rige por rumores.

El comerciante bajó la mirada, nervioso.

—Por supuesto, Majestad.

Pero Felix sintió el peso de cada ojo en la sala, esperando certezas que él no podía dar.

Más tarde, ya en sus aposentos, se quitó la capa ceremonial y dejó caer la corona sobre la mesa con un suspiro. Yuna lo observaba desde la cama, en camisón de seda.

—No puedes seguir ocultando tus dudas —dijo ella.

Felix se pasó una mano por el rostro.

—No quiero alimentar el miedo.

—Y si la amenaza es real, ¿qué harás?

Él se sentó en el borde de la cama, mirando el fuego en la chimenea.

—Lo que deba hacer.

Yuna estiró una mano y le acarició el cabello, bajando su tono.

—Prométeme que, pase lo que pase, protegerás a Jeongin.

Felix tomó su mano y la besó con suavidad.

—Es lo único que no necesito prometer.

La noche avanzó en silencio. El rey finalmente se quedó dormido, con el peso de su hijo y de su reino en la mente. Afuera, la luna iluminaba los muros blancos de Helvoria, y el aire parecía calmo.

Pero en la frontera, en aldeas donde nadie cantaba himnos de paz, hombres con armaduras negras ya se reunían bajo estandartes nuevos. Y entre ellos, el nombre de Seo Changbin empezaba a sonar como el de un rey que no se conformaría con las sombras.