NUESTRA SERVIDUMBRE ABSOLUTA

Sinopsis

Un viernes en un pub, Eren descubre el secreto de su profesor. Lejos de asustarse, decide jugar con esa carta. Lo que pareció un juego de poder en el que Levi Ackerman tenía ventaja, se convirtió en una guerra contra la gente que los quería separar. ¿Ganará la dinámica entre ellos o los antagonistas los separarán para siempre?

Estado:
Completado
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1-EREN

¿En qué momento pensé que hacerme amigo de estos idiotas era buena decisión? ¿En qué momento accedí a acompañarlos a un pub? En ningún momento accedí; ellos me arrastraron, como siempre.

No es que esté en contra de ir de fiesta; es más, me encanta hacerlo como todo universitario en una noche de viernes y emborracharme. Pero esa noche el pub al que me arrastraron no era al que siempre íbamos. Era uno que tenía un gran escenario, con barras de metal. Estaba claro que eso era más un burdel que un pub. Sin embargo, esos idiotas no lo notaron por ya no estar en sus cinco sentidos: Sasha y Connie estaban teniendo una competición de comida, Jean se estaba morreando con una chica que se le acercó, y Armin había desaparecido con Annie.

Me recosté en el sofá de terciopelo, que olía a perfume barato y whisky rancio. Genial. A este paso, iba a terminar con una multa o una enfermedad. Cerré los ojos, decidiendo ignorarlos a todos, justo cuando la música disco fue reemplazada por una más… sensual y las luces generales se apagaron. El escenario, que estaba a oscuras, se encendió y varias personas emergieron de la oscuridad. Movían sus cuerpos al ritmo de la música; los asistentes silbaban y las elogiaban. Apenas llevaban ropa y una máscara que ocultaba su rostro.

Las siluetas en el escenario se movían con una cadencia demasiado profesional, sus cuerpos perfectamente contorsionados alrededor de las barras de metal. El aire se sentía espeso, cargado de sudor y deseo crudo. Era repulsivo y, a la vez, extrañamente cautivador. Estaba a punto de volver a cerrarlos cuando mi mirada se encontró con un par de ojos sobre el escenario. Sus ojos grises, agudos como cristales rotos, me recorrieron. No había deseo evidente, sino un análisis desapasionado, como si yo fuera una mancha de grasa en una mesa. La arrogancia implícita en su gesto me hizo arder la sangre.

—Ese es el Capitán —dijo una voz por encima de la música, por detrás del sofá—. Es el que más experiencia tiene aquí. Nadie sabe su nombre real.

Mis ojos se clavaron en él, analizando sus movimientos en la barra vertical: precisos, sensuales y, además, lo vi sonreír de lado. Llevaba unas correas marrones que rodeaban sus muslos, sus caderas y se cerraban sobre su pecho. Debajo de la tela marrón de la cintura, que pude ver por un microsegundo cuando enredó su pierna en la barra, no llevaba más que una ropa interior demasiado ajustada.

Sentí un calor que nunca había sentido subirme por el cuerpo. Mis mejillas se calentaron y la camisa empezaba a estorbarme. Llevé las manos al cuello para desabrochar los dos primeros botones, dejando parte de mi pecho al descubierto. Crucé las piernas; me estaba poniendo cachondo solo por ver a un hombre bailar entre otras chicas bajo los focos rojos del escenario. Miré a los lados, buscando a mis amigos, pero estos se habían desvanecido. No había rastro de ellos.

Tragué saliva cuando lo vi caminar hasta donde estaba, al ritmo de la música. Movía sus caderas, se tocaba el pecho de una forma que a mí me gustaría hacer. Incluso se pellizcaba los pezones. Estando frente a frente, mi mente se quedó en blanco. Sus ojos me taladraban con una fuerza que no esperaba en lo más mínimo. Instintivamente, le agarré de la cintura cuando se subió sobre mis piernas, frotando su entrepierna sobre la tela de mis pantalones vaqueros.

El Capitán no se inmutó. La presión en mi regazo era intencional, pesada, pero sus ojos permanecían fríos y clavados en los míos. El resto del club había desaparecido. Solo existía el calor que emanaba de su cuerpo y la sonrisa de medio lado, ahora a escasos centímetros de mi rostro. La música, antes un rugido, se convirtió en un susurro, justo a tiempo para que él se inclinara. Su aliento olía a menta y sudor limpio, un contraste extraño con el hedor de mi sofá.

—Mala idea, mocoso —siseó con una voz rasposa que apenas superó el bajo de la música. Su voz era grave, cortante, y me recorrió como una descarga eléctrica—. No deberías tocar.

La advertencia me hizo arder la sangre de nuevo. ¿Mala idea? ¿Él se sube sobre mí y yo soy el que no debería tocar? Me sentí ofendido. Mis manos se cerraron más fuerte en su cintura, apretándolo contra mí.

—¿Y tú qué vas a hacer, Capitán? —repliqué, casi gritando sobre el ruido, el desafío subiendo por mi garganta como bilis.

Vi cómo sus ojos grises se abrieron ligeramente, por una fracción de segundo, la máscara de desinterés resquebrajándose. En ese instante, comprendí. No solo estaba actuando para la audiencia; me estaba desafiando a mí. Esto no era parte del show. Él había venido a mí por una razón. Su mano, fría y sorprendentemente pequeña, abandonó su pecho y se deslizó hasta mi cuello, sujetándome la barbilla con una fuerza inesperada.

—¿Quieres saberlo? —Sus labios rozaron mi oreja. El roce fue suficiente para que se me erizara el vello—. Entonces no te quedes en el sofá, Eren.

Mi respiración se detuvo. ¿Cómo sabía mi nombre? Me aparté de golpe, tan rápido que él tuvo que soltar mi barbilla para no caer. Pero no lo solté de la cintura. Quería respuestas. Quería la verdad.

—¡Espera un momento! ¿Cómo...?

Pero él ya se había deslizado de mis piernas con una agilidad felina. En el momento en que sus pies tocaron el suelo, se enderezó y su expresión volvió a ser la de un profesional distante. Se dio media vuelta, caminando tranquilamente de vuelta al escenario como si el encuentro no hubiera sido más que un movimiento coreográfico. La música volvió a subir y las luces se hicieron más brillantes.

Me quedé sentado, la sangre latiéndome en las sienes, sintiendo todavía el calor de su cuerpo y el agarre de su mano en mi cuello. Había desaparecido por completo entre el resto de los bailarines, pero no antes de que una última cosa llegara a mis oídos por encima de la música.

—Pide un ron-cola en la barra cuando acabe este espectáculo y lo sabrás.

Tal y como dijo el Capitán, pedí un ron-cola en la barra. Me dijeron que me avisarían cuando estuviera listo. No sabía por qué, pero presentía que lo que acababa de pedir no era la bebida, sino a él. Me quedé en la barra, escuchando a la gente bailar y charlar, sus voces eran un eco. Solo podía pensar en cómo es que esa persona, el Capitán, conocía mi nombre. Solo esperaba que la respuesta valiera la pena.

Esperé lo que parecieron horas, ignorando los empujones y las risas de los clientes. El ruido era un eco lejano; mi mente estaba fijada en la puerta marcada como “SOLO PERSONAL AUTORIZADO”.

Finalmente, el mismo camarero de antes me dio un golpe en el hombro.

—Tu ron-cola está lista —dijo en voz baja, con un tono que no invitaba a preguntar nada.

Me giré, pero en lugar de ofrecerme el vaso, el camarero levantó la mirada hacia el techo y luego señaló con la cabeza hacia un pasaje estrecho y oscuro al lado de los baños.

—No tienes que ir, muchacho, pero si quieres la bebida más fuerte de aquí, es por ahí —añadió, su mirada ahora fija y seria.

No dijo nada más, pero entendí la clave. La “bebida” era el Capitán. Tragué saliva. Esto era una estupidez. Podría simplemente irme y fingir que nunca había pasado. Volver a mi vida universitaria aburrida. Pero la idea de huir me hizo sentir como un cobarde. Y, sinceramente, la adrenalina que me había provocado ese hombre en el sofá era mejor que cualquier borrachera de viernes.

Dejé veinte euros sobre la barra, ignorando el cambio, y me dirigí al pasaje. Olía peor que el sofá: una mezcla de ambientador barato, humedad y orina. El pasaje era corto, llevaba a otra puerta de madera sin identificación. Dudé, con la mano suspendida en el aire, y justo cuando iba a tocar, la puerta se abrió hacia adentro.

El Capitán estaba sentado en la única silla de la pequeña y destartalada habitación que había vislumbrado antes, con las piernas cruzadas y los brazos sobre los reposabrazos, como si fuera un rey en un trono cutre. Tenía una taza de cerámica blanca en la mano.

—Llegas tarde —dijo sin levantar la voz. No sonaba molesto, sino como si hubiese esperado que perdiera el tiempo—. Cierra la puerta, Eren.

El sonido de mi nombre en ese lugar, tan íntimo y tan fuera de contexto, me hizo un nudo en el estómago. Cerré la puerta de golpe, el ruido amortiguando el rugido de la música del club.

—¿Cómo sabes mi nombre? —exigí de nuevo, caminando hacia él.

El Capitán tomó un sorbo de su taza, su rostro impasible.

—Hay muchas cosas que sé de ti, mocoso.

Mocoso. Una palabra simple, sin más. Pero la forma en la que la soltó, en la que me llamó, fue una patada en los huevos. Reconocería ese tono cínico y serio. Solo había una sola persona en toda la universidad que me llamara de esa forma.

—¿Profesor Ackerman?

La sonrisa apareció en su rostro, y se quitó el antifaz con un movimiento fluido. Esa voz, esa mirada. Había estado frente a mí todo este tiempo, con traje y corbata, y yo sin saberlo. El profesor Ackerman. No era una simple sonrisa de placer, sino una mueca cruel y complacida, la de un depredador que acababa de atrapar a su presa. Con la máscara fuera, sus ojos grises eran más intensos y más peligrosos que nunca.

—Toma asiento, Yeager —dijo, usando mi apellido con un énfasis que resonó en la pequeña habitación.

Mi mente luchaba por reconciliar al bailarín ágil y medio desnudo con el hombre que me había hecho temer por mis notas en el seminario de Criminología. La camiseta blanca y el chándal parecían un disfraz aún más ridículo que las correas de cuero. Me quedé en blanco, la furia aplastada por el deseo febril que había estado reprimiendo desde el sofá.

—¡Usted...! —Tartamudeé. Esto era un juego, un elaborado, jodido y peligroso juego de su parte—. ¿Usted es... el Capitán? ¿Bailando aquí? ¿Enmascarado?

Se encogió de hombros, imperturbable.

—Es un buen ingreso. Y me aburro de corregir trabajos de mierda. Además —sus ojos me recorrieron lentamente, desde mi camisa desabrochada hasta mis pantalones apretados—, es un excelente sitio para observar a la gente.

—Me ha estado observando.

—Desde que tus idiotas amigos te arrastraron al burdel. Y más de cerca desde que me di cuenta de la forma en que tus ojos siempre se demoran en los míos en el pasillo.

Se levantó de la silla. Ya no llevaba su traje de baile con correas, sino una simple camiseta blanca que se pegaba ligeramente a su pecho y unos pantalones de chándal. Sin embargo, su presencia llenó la pequeña habitación. Dio un paso hacia mí, y yo no pude moverme.

—Pediste el ron-cola, Eren. Yo te di la respuesta que buscabas. ¿Y sabes qué? Me gustó tu respuesta en el sofá. Me gustó el agarre de tus manos.

Se detuvo a centímetros de mí, la taza de té en su mano. La dejó en la mesa ; el golpe fue suave pero definitivo. La máscara de profesor había caído.

—Hay una sola regla. No pienses en la universidad, en tus notas ni en nuestra relación fuera. Lo que pase aquí se queda aquí. ¿Entiendes?

El control era total. Era una orden. El deseo en mi cuerpo era tan fuerte que la idea de desobedecer era ridícula. Sentí un gemido subir por mi garganta.

—Entendido —apenas pude susurrar.

El Capitán sonrió de verdad, una curva perversa que me hizo querer arrodillarme. Su mano se dirigió a mi cuello, no con fuerza, sino con una posesividad que me hizo temblar. Inclinó mi cabeza hacia un lado, exponiendo mi garganta.

—Bien. Ahora, vamos a tomar lo que has venido a buscar. Y te aseguro, mocoso, que esto es mucho más íntimo que el pole dance.

Me besó. Este beso fue una declaración de guerra y rendición a la vez. Su boca sabía a menta y a la prohibición de su secreto. Me empujó hacia atrás contra la pared; el impacto no dolió, solo me ancló a él. Mis manos se aferraron a su cintura por debajo de la camiseta, sintiendo la piel tibia y dura.

Su mano se deslizó rápidamente hasta mi cinturón y desabrochó mi pantalón vaquero; el sonido del metal cediendo en el silencio del despacho fue ensordecedor.

—No te voy a hacer preguntas, Eren —murmuró contra mi boca, su aliento era caliente y urgente—. Hoy no soy tu profesor, solo soy el capitán.

Su mano fría y experta se deslizó dentro de mis pantalones. El control, la rapidez y el factor riesgo del lugar hicieron que mi respiración se volviera errática, incapaz de evitar el gemido. La respuesta al ron-cola había llegado, y era tan explosiva y transgresora como yo esperaba.

—Capitán. —Su apodo fue lo único que logré formular cuando sus manos me desnudaron de la parte inferior.

Su aliento rozó contra mi erección. Estaba por tener sexo con el profesor más despiadado de toda la universidad y, a decir verdad, no podía negar que tenerlo de rodillas delante de mí, con mi pene en su boca, era una vista indescriptible. El calor de su boca, su lengua repasando cada centímetro de mi miembro, era una bomba de relojería para mi cuerpo de universitario de veinticuatro años. Llevé una mano a mi boca, para callar los gemidos que amenazaban con salir, y la otra fue a parar en su cabello negro, perfectamente peinado.

El agarre de mis dedos en su cabello negro era brutal, mi intento desesperado por aferrarme a algo mientras mi cuerpo se desintegraba bajo su ataque experto. Él bufó, un sonido grave y ahogado en su garganta, que no fue una queja, sino un asentimiento, una aprobación a mi agresividad.

Un tirón en mis entrañas me hizo saber que estaba por venirme, que no aguantaría más. Quise avisarle, quise que retrocediera. Le di un suave tirón en el pelo, para hacerlo. El profesor Ackerman me agarró de los muslos, para que no lo separase.

—Me… Me vengo —jadeé y, dicho y hecho, sentí una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo. Unos espasmos me sacudieron y mis piernas, si no hubiera sido por él, hubieran flaqueado.

El profesor Ackerman me sostuvo. Con la otra mano, me apretó el muslo, una orden silenciosa de control. Su boca no se detuvo, sino que se hizo más voraz y decidida, asegurándose de que la descarga fuera total, devastadora. La sensación de su calor, su lengua y sus manos expertas me consumieron. Mi mundo se redujo al silencio y al placer prohibido, la mezcla de menta y sabor a pecado que definía a este hombre.

Cuando el último espasmo me sacudió, mi cabeza cayó hacia atrás contra la pared. Estaba exhausto, temblando, empapado de sudor, y totalmente deshecho.

El Capitán se levantó con un movimiento fluido y limpio, limpiándose la boca con el dorso de la mano. No había una pizca de vergüenza ni arrepentimiento en sus ojos grises, solo la satisfacción tranquila de quien ha terminado un trabajo.

Me miró.

—Limpia tu desorden, mocoso —ordenó, su voz volviendo a ser el tono cortante del profesor, pero con un matiz nuevo y peligroso.

Apenas pude enderezarme. Mis piernas temblaban tanto que tuve que aferrarme a la pared. Él caminó hasta la mesa, agarró su taza de té y le dio un sorbo. Mientras yo intentaba recuperar el aliento y la decencia, él parecía haber vuelto a la normalidad en segundos, como si no hubiéramos estado al borde de una locura ilegal.

—No te atrevas a tocar nada más —añadió, mirando con desdén los pantalones que estaban a mis pies—. Esto se quedará entre nosotros, ¿entendido? Si abres la boca en el campus, o si te veo mirando de nuevo con esa expresión de perro mojado, te haré pagar cada centavo de tu matrícula.

La amenaza no era vacía. No era sobre sexo, era sobre poder.

Me vestí rápidamente, sintiendo el frío de la ropa interior y los vaqueros contra mi piel aún caliente. Cada botón que abrochaba era un nudo de miedo y una descarga de excitación.

—Entendido —logré decir.

Él me hizo un gesto hacia la puerta.

—Ahora vete. Y no vuelvas a beber ron-cola, Eren.

Salí del despacho, cerrando la puerta con el mismo golpe silencioso. Volví a pasar por el pasaje oscuro y el hedor a orina y ambientador. Pero el mundo había cambiado. El ruido del club, las luces rojas y azules, los idiotas de mis amigos: todo parecía distante, irreal. Solo podía sentir el sabor a menta en mi boca y la sensación de su agarre en mi muslo.

Me tambaleé hacia la calle. El aire nocturno me golpeó el rostro. Había obtenido mi ron-cola, y había descubierto que el profesor más estricto de la universidad era el Capitán, mi nuevo y peligroso secreto.

Me enderecé, sintiendo una nueva determinación, una que no era de un estudiante, sino de un cómplice. Este no era el final. Sabía que volvería a ese “burdel”. Sabía que le pediría el ron-cola una y otra vez.