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​Peleo a Puño Limpio porque mi Magia la tiene la C

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Sinopsis

En un mundo donde los traumas humanos nacen como monstruos mortales, un joven cazador clasificado como "basura sin Eco" destroza a las criaturas a puño limpio, atado por un vínculo de poder secreto a la cazadora más fuerte del país: la chica que ama, pero que ha olvidado por completo quién es él.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Biene1409
Estado:
hace 7 meses
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

PROLOGO: Las Cenizas y origen de un Eco

Dicen que cuando estás a punto de morir, tu vida pasa frente a tus ojos... Es mentira. Cuando estás a punto de morir, lo único que ves es lo pequeños que somos frente al peso del mundo.

Antes de que el cielo se volviera un lugar oscuro, existió una época donde todo era luz. Existió un parque.

Y existió ella.

En mis recuerdos, siempre estábamos sentados en los columpios, con las rodillas raspadas de tanto correr y las manos sucias de tierra. Hablábamos de todo y de nada. Recuerdo escucharla presumir, con una sonrisa enorme, sobre cómo su madre le había preparado su comida favorita, mientras yo le contaba emocionado que mi papá me llevaría a un parque de diversiones ese fin de semana.

Nuestras familias estaban completas. Éramos felices.

La risa de nuestros padres al recogernos era el único "eco" que conocíamos. Éramos solo dos niños viviendo vidas normales, sin saber lo frágil que era esa normalidad.

Fue en ese mismo parque, donde todo cambió. Nos habíamos recostado bajo la sombra de un árbol viejo. El viento soplaba tranquilo. Aoi se giró hacia mí, me miró con esos ojos enormes y brillantes que todavía me persiguen en sueños, y extendió su mano.

-Prométeme que pase lo que pase, siempre vamos a estar juntos, Kaito -me dijo, levantando su dedo meñique con absoluta seriedad.

Yo me reí, pensando que era solo un juego de niños, y entrelacé mi dedo con el suyo.

-Lo prometo.

En ese instante exacto, el aire pareció detenerse. Sentí un latido extraño, un calor vibrante que viajó desde su mano pequeña hasta el centro de mi pecho. Fue como si un hilo invisible, denso y brillante, acabara de entrelazar nuestras almas.

Eempujada por la fuerza de una simple promesa infantil, la técnica nata dentro de ella acababa de crear un Vínculo irrompible entre los dos.

Esa fue nuestra promesa. Un juramento.

Pero al mundo no le importan las promesas de los niños. Solo unas horas después, nuestro universo de luz y juegos se hizo pedazos.

Tenía ocho años. La lluvia de esa tarde me calaba hasta los huesos, pero el frío del agua no era nada comparado con el terror que me paralizaba. A mi lado, la misma niña que horas antes jugaba conmigo, ahora lloraba silenciosamente, aferrada con fuerza a la manga de mi chaqueta. Yo quería decirle que todo estaría bien, abrazarla y prometerle que alguien nos salvaría, pero las palabras se negaban a salir de mi garganta.

cuando el rugido de esa cosa un Estigma nacido de la pura desesperación de la ciudad

hacía vibrar los escombros a nuestras espaldas, destrozando el asfalto como si fuera papel.

A solo unos metros de nosotros estaba la salvación. Una barrera de energía Eco translúcida brillaba con un tono azul estéril y perfecto, separando la zona de la masacre de las calles seguras. Al otro lado estaban ellos: los Cazadores de la O.C.E. Sus uniformes impecables, sus posturas firmes, sus miradas vacías. Podía ver el brillo de su Eco rodeando sus cuerpos, la magia que los convertía en la élite de la humanidad.

-Mantengan el protocolo de contención. El nivel de amenaza supera el Rango B. Los civiles en el interior son daño colateral -resonó la voz de un oficial a través de un altavoz.

Daño colateral. Incluso a esa edad, entendí exactamente lo que significaba. Nadie iba a cruzar esa línea por nosotros. Los dueños del poder tenían demasiado miedo de ensuciarse las manos si la victoria no estaba garantizada.

En este mundo, si no tienes una técnica o una reserva masiva de Eco, tu vida solo es un número en un reporte de daños. A mi lado estaban Aoi sollozando cada vez más fuerte. Cerré los ojos, esperando el golpe final que nos borraría a ambos.

Pero entonces, un sonido rompió el silencio de la lluvia. El golpe de un maletín cayendo al asfalto húmedo.

Cuando abrí los ojos. Al otro lado de la barrera, un hombre común se había separado de la multitud de curiosos. Tenía el traje empapado, la corbata aflojada y el aliento agitado.

Se agachó cerca del borde de la barrera y recogió un tubo de metal oxidado de entre los escombros.

Sus manos temblaban violentamente. No irradiaba luz. No tenía un aura imponente. Era solo un oficinista aterrorizado que probablemente iba tarde a casa.

Y, sin embargo, nos miró a los ojos. Tomó aire, apretó el tubo de metal hasta que sus nudillos se pusieron blancos, y dio un paso al frente.

Caminó a través de la barrera de la O.C.E. ignorando los gritos de los guardias. No tenía poder mágico, pero fue el único que movió los pies cuando todos los demás se quedaron mirando.

El Estigma rugió, lanzándose hacia él. El hombre levantó su trozo de metal, soltando un grito que no era de guerra, sino de puro pánico humano convertido en valor.

El impacto fue ensordecedor. El monstruo lo atravesó casi de inmediato, pero en su último segundo de vida, el hombre logró clavar el metal en el núcleo expuesto de la criatura, desestabilizándola lo suficiente permitiendo que los cazadores finalmente entraran a rematar a la bestia.

Yo caí de rodillas, arrastrando a la niña conmigo lejos del peligro. Frente a nosotros, el cuerpo del Estigma comenzó a disolverse en cenizas oscuras.

Y junto a él, el hombre que nos había salvado.

Mientras su vida se apagaba, me miró una última vez. Me dedicó una sonrisa cansada, con el rostro manchado de sangre.

De repente, una pequeña chispa de energía, brillante y cálida, se desprendió de lo que quedaba de él y voló directamente hacia mí, hundiéndose en el centro de mi pecho.

El calor me quemó por un microsegundo, dejando una marca invisible que latiría por el resto de mi vida. La niña a mi lado se desmayó por el shock, y los paramédicos no tardaron en separarnos.

No volví a verla.

Ese día perdí mi fe en la magia, en los héroes de traje impecable y en los rangos. Entendí que el poder verdadero no es algo que se mide en un escáner.

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