𝐂𝐚𝐩í𝐭𝐮𝐥𝐨 𝐮𝐧𝐨: 𝐋𝐚 𝐩𝐫𝐢𝐧𝐜𝐞𝐬𝐚
Me encontraba en el suelo de mi alcoba, sostenía mi preciada muñeca de trapo, que mi padre me regaló en mi cumpleaños, jugaba con ella moviéndola de un lado a otro. Escuché varios golpeteos en la puerta, dejé de jugar y levanté mi vista.
—Adelanté.
La puerta se abrió suavemente, Beatriz Jones, mi instructora se encontraba ahí parada con una mirada sería para alguien tan joven como ella.
—Ya es hora de sus lecciones, princesa. —Dijo, manteniéndose en una postura recta.
Solté un gruñido. Odiaba la hora de las lecciones, aunque sabía que las tenía que hacer para poder aprender a ser una buena princesa, y eventualmente convertirme en una buena reina, aunque aún faltaba mucho tiempo para eso.
—Las princesas no gruñen. —Me reprendió. —Vamos, se nos hace tarde.
Me levanté cuidadosamente del suelo, limpié mi vestido y seguí a mi maestra a través de los amplios pasillos del castillo. Entramos a una habitación que fue adaptada para mis estudios, ahí me enseñaban a la historia del dulce reino, modales y comportamiento para princesas, a leer y escribir. A esta corta edad entendí la responsabilidad que tenía, yo no era como las niñas normales, nunca entendería como es tener una vida simple y normal. Mí padre, desde muy pequeña me explicó todo de una manera en la que pudiera entender, y conformé fui creciendo entendía esa responsabilidad.
Soy la princesa del dulce reinó.
—Ponga atención, princesa. —Me volvió a reprender mi instructora por quinta vez. —Endereza más la espalda.
Traté de poner la espalda más recta, pero era algo difícil, caminé mientras mi maestra me daba consejos para tener una buena postura. Pero era algo verdaderamente difícil tratar de estar derecha y respirar al mismo tiempo. Traté de hacer lo que ella me indicaba porque cuando no la obedecía me daba muchos sermones y era cansado escucharla hablar, "Princesa, usted será la futura reina tiene que dar el ejemplo. No querrá decepcionar a su padre". Beatriz sabía que decir para que yo obedeciera y pusiera atención a sus clases. No quería decepcionar a nadie y menos a mi padre ni a todo el reino que en un futuro dependería de mi.
—La clase acabó, princesa. —Indicó. —Nos vemos mañana para seguir aprendiendo.
Solté un suspiró de alivio, estuve tres horas aquí y ya quería irme. Caminé hasta el comedor en dónde me reuniría con mí padre, a pesar de que es un hombre bastante ocupado, tenía algo de tiempo para pasarlo conmigo, siempre comíamos juntos. Él ya se encontraba sentado esperándome, me acerqué y lo abracé, me envolvió con sus fuertes y enormes brazos, y dejó un beso en mi frente.
—Mi niña. —Dijo como si fuera su más preciado tesoro. Y yo sabía que lo era. —¿Cómo te fue en tus clases?
Me senté al lado de el. Observé su cabello rosa con algunas canas a causa de su vejez, yo heredé su mismo color de cabello y también sus ojos de color azul.
—Bien. —Mentí, bajé mi mirada para que no viera mi vulnerabilidad.
—Bonnibel —Dijo en ese tono que el suele usar cuando detecta mis mentiras.
—Bueno...no me fue tan bien, Beatriz me sigue regañando cada vez que hago algo mal y...es abrumador.
El tomó mi mano y la apretó suavemente. Era un tipo de consuelo.
—Lamentó escuchar eso, aún eres una niña pequeña y me duele saber que nunca podrás tener una vida normal, y a pesar de eso tienes que tomar responsabilidades a una edad temprana.
—Lo se, pero yo entiendo y por eso trató de obedecer a mi instructora en todo lo que me dice.
—Y por eso eres una excelente hija. Gracias por ser tan buena y comprensiva.
Asentí sonriéndole.
—¿Quieres saber un secretó? —Preguntó susurrando.
—Si. —Le susurré también.
—A tu edad también me toco un instructor muy cascarrabias, y un día decidí esconderme para no ir a su clase, todos me buscaron por horas y no me encontraron. —Relató.
—¿Y que pasó después?
—Cuándo decidí dejar de esconderme, mi padre me regañó severamente por esconderme y faltar a clases. —El soltó una pequeña risa al recordarlo.
Y yo también reí un poco al imaginármelo, todos buscándolo mientras mi padre estaba escondido en algún lugar del castillo.
—Bueno, ya me diste una idea para esconderme de mi maestra. —Bromeé.
El negó con la cabeza mientras reía suavemente. Aquel momento con el, me ayudó a saber que no estaba sola en esto, que a pesar de que fuera difícil podría superarlo poco a poco.
Los sirvientes nos sirvieron un plato, nos lo colocaron enfrente de nosotros y comimos tranquilamente, mi papá me contó más historias sobre él cuando era niño, y yo lo escuché atentamente mientras terminaba de comer.
—Hija, creó que ya es hora que te asigné a tu caballero, la persona que de ahora en adelante cuidará de ti. —Me informó.
Asentí viéndolo. No iba a protestar, sabía de antemano que es importante tener protección, somos personas de la realeza, y no era raro que personas malas intenten hacernos daño, y más en esté reino que es uno de los más grandes, dónde miles y cientos de personas vienen a diario a visitar el reino.
Escuché unos pasos acercándose.
—Ya están aquí. —Dijo mí papá mirándolos.
—Su majestad. —Hicieron una reverencia.
—Pasen, por favor. —Les hizo un gesto con la mano.
Ellos se acercaron y pude reconocer al capitán Hudson Abadeer, él dirigía y entrenaban a todo los caballeros reales. Gracias a el, nuestros caballeros son fuertes y valientes. Además el capitán es el que protege directamente al rey.
—Capitán Abadeer, ¿puede presentar al caballero designado a mi hija?
—Con mucho gusto. —Dijo el capitán Abadeer. —Su majestad...Princesa...les presentó a Marceline Abadeer, mí hija. —Nos miró a ambos mientras ponía una mano en el hombro de su hija. —Ella será el caballero encargada de cuidar y proteger a la princesa.
—¿Está seguro de eso, capitán? ¿Su hija podrá con la responsabilidad?
—Si, estoy completamente seguro. Se que aún es joven, pero yo mismo la he entrenado y es la mejor, eso se lo puedo asegurar su majestad.
Mí padre examinó a Marceline.
—¿Cuántos años tienes? —Le preguntó.
—Once, su majestad.
Mi padre asintió viéndola.
—Eres tres años mayor que la princesa. —Dijo poniendo su pulgar e índice en su mentón. —Confiaré en su palabra Capitán Abadeer, esperó que hagas un buen trabajo Marceline y cuides a mi hija.
—La cuidaré con mí vida, su majestad. —Dijo ella.
—Entonces, haz el juramento del caballero.
Ella asintió. Ella se colocó enfrente de mi, pude observarla bien; su cabello corto, de color negro y sus ojos de un bonito color verde, vestía una armadura que se ajustaba a su cuerpo. Su padre le entregó una espada, ella lo tomó, colocó la punta de la espada en el suelo y se arrodilló, bajó la cabeza. Me causo un poco de gracia que aquella espada era muy grande para ella.
—Juró lealtad a la princesa Bonnibel, juró protegerla y cuidarla de todo mal, juró que daré todo de mí incluyendo mí vida con tal de mantenerla a salvó.
—Ya puede levantarse caballero. —Le ordené.
Ella obedeció levantándose, le devolvió la espada a su padre y se mantuvo ahí parada cerca de mi. Cumplía su deber.
—De ahora en adelante, Marceline dormirá en la alcoba de al lado de la princesa. —Ordenó mí padre. —Así estarán cercas para prevenir cualquier problema.
—De acuerdo, su majestad. —Dijo ella manteniendo su mirada en alto.
Marceline Abadeer mí guerrera, mi caballero de brillante armadura. Esperaba que nos hiciéramos amigas, se que cuidarme y mantenerme a salvó es trabajo para ella pero tenía la pequeña esperanza de que nos hiciéramos unidas.







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