La novia que vino a matar
El reino temía a un fantasma.
Un asesino al que nadie había visto jamás.
Un nombre susurrado solo con miedo:
El Fantasma de Veyra.
Y esta noche… estaba en la corte del rey.
No como una sombra.
No como un arma.
Sino como una novia.
Aarya mantuvo la cabeza baja mientras cruzaba el vasto salón de mármol. Cada paso era medido, cada respiración controlada.
El aire estaba cargado de incienso y expectación. Los nobles flanqueaban ambos lados de la corte, y sus sedas enjoyadas crujían como susurros inquietos. Los ojos la seguían; curiosos, juzgadores, hambrientos.
Ninguno sabía quién era ella en realidad.
Mejor.
La larga cola de su vestido carmesí se arrastraba tras ella como sangre derramada. Bajo sus pesados pliegues, una daga descansaba contra su muslo; fina, afilada y perfectamente equilibrada.
Oculta.
Esperando.
Sus dedos rozaron el arma por un breve instante.
Un recordatorio.
No estás aquí para casarte con él.
Estás aquí para acabar con él.
Al fondo del salón, el trono se alzaba imponente.
Y sobre él…
Estaba sentado el hombre al que había cruzado reinos para matar.
El rey Kael.
Él no se movió al verla acercarse. No se inclinó hacia delante. No susurró nada a sus consejeros.
Simplemente observaba.
Incluso a la distancia, su presencia la presionaba como una hoja contra su garganta.
Cabello oscuro. Una expresión indescifrable. Una corona descansaba sin cuidado sobre su cabeza, como si no pesara absolutamente nada.
Como si gobernar el mundo hubiera sido siempre su derecho.
Aarya se obligó a no mirarlo directamente.
Todavía no.
Los asesinos sobreviven observando.
Esperando.
Atacando solo cuando el momento es perfecto.
«Levanta la cabeza».
La orden cortó el salón; baja, calmada, absoluta.
Sus pasos se hicieron más lentos.
Así que así es como empezaría.
Aarya levantó la barbilla.
Sus miradas se cruzaron.
Y por un momento…
El mundo se detuvo.
Su mirada no era lo que ella esperaba.
No era cruel.
No era burlona.
Era peor.
Era una mirada de reconocimiento.
Un destello de algo (¿reconocimiento? ¿diversión?) pasó por sus ojos antes de desvanecerse, reemplazado por esa misma calma indescifrable.
El pulso de Aarya no cambió.
Años de entrenamiento habían grabado ese control en sus huesos.
Pero algo dentro de ella se tensó.
¿Por qué me mira así?
Nunca la había visto antes.
No era posible.
El Fantasma de Veyra no dejaba testigos.
«Acércate», dijo Kael.
No era una invitación.
Era una orden.
Aarya obedeció.
Cada paso hacia él se sentía como caminar más profundo hacia una trampa que aún no podía ver.
Cuando finalmente se detuvo al pie del trono, el silencio se apoderó del salón.
Hasta el aire parecía estar esperando.
Kael se levantó.
El movimiento fue lento y deliberado, como el de un depredador decidiendo si atacar.
De cerca, era peor.
Más alto de lo que ella esperaba. Más corpulento. El tipo de presencia que no necesitaba armas para ser peligrosa.
Y, aun así…
Había algo más.
Algo controlado.
Contenido.
Como una tormenta encerrada tras muros de hierro.
—Llegas tarde —dijo él.
Un leve gesto curvó sus labios.
Aarya le sostuvo la mirada con calma.
—Estaba esperando el momento adecuado.
Un murmullo recorrió la corte.
Los ojos de Kael se oscurecieron, no de ira, sino de interés.
—¿Es así? —murmuró él.
Por un instante, ninguno de los dos se movió.
Entonces...
Él dio un paso hacia ella.
Demasiado cerca.
Lo suficientemente cerca como para que ella sintiera su calor a través de las capas de seda y acero que los separaban.
Lo suficientemente cerca como para que, si ella se estiraba...
Su daga encontraría su corazón.
Sus dedos se tensaron.
Aún no.
Aquí no.
Hay demasiados testigos.
Demasiadas variables.
Kael se inclinó ligeramente y bajó la voz para que solo ella pudiera oírlo.
—Dime, pequeña novia —dijo en voz baja—, ¿tu paciencia siempre viene acompañada de una hoja... o es que me estás honrando esta noche?
El mundo se tambaleó.
Por primera vez desde que entró al salón...
A Aarya se le cortó la respiración.
Solo por un segundo.
Él se enderezó antes de que ella pudiera responder, como si no acabara de desarmar su disfraz cuidadosamente construido con una sola frase.
Imposible.
Su expresión no cambió.
No podía hacerlo.
Pero su mente iba a toda velocidad.
¿Lo sabe?
No.
No es posible.
Y aun así...
Esa mirada.
Ese tono.
Esa certeza.
Un sirviente dio un paso al frente llevando una bandeja dorada. Sobre ella descansaban dos anillos.
El símbolo de una unión que ninguno de los dos había elegido.
O tal vez...
Uno de ellos sí.
Kael tomó uno de los anillos y lo hizo girar entre sus dedos.
—¿Continuamos? —preguntó, elevando de nuevo la voz para que toda la corte lo escuchara.
Aarya extendió la mano.
Firme. Sin temblar.
Si notó los ligeros callos de guerrera bajo la seda, no dijo nada.
El anillo se deslizó por su dedo.
Frío.
Pesado.
Atadura.
Una cadena disfrazada de oro.
Cuando ella buscó su anillo, sus dedos rozaron la piel de él.
Cálido.
Vivo.
Mortal.
Mátalo.
El pensamiento fue agudo y claro.
Esta era su oportunidad.
Un movimiento.
Un golpe.
Acaba con esto.
Acaba con él.
Acaba con todo.
Ella apretó el agarre.
Kael no se apartó.
No reaccionó.
Simplemente la observó.
Y entonces...
Tan bajo que nadie más pudo oírlo...
Dijo:
—Te he estado esperando.
La mano de ella se quedó quieta.
Por primera vez en años...
Aarya dudó.
Porque en ese momento...
Se dio cuenta de algo mucho más peligroso que el fracaso.
Esto no era solo una misión.
Esto no era solo venganza.
Esto...
Era un juego que él ya había comenzado.
Y ella acababa de entrar al tablero.