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El CEO tiene 9 vidas

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Sinopsis

Ricardo lo tiene todo: dinero, éxito, atractivo y un ego perfectamente alimentado... hasta que empieza a perderlo todo. Después de un accidente absurdo, descubre que ahora tiene nueve vidas, y cada vez que algo importante en su vida se derrumba, pierde una. Su empresa cae. Su reputación se quiebra. Su orgullo se desmorona. Y cuando Carmen, la única persona que realmente estuvo a su lado, decide marcharse, Ricardo entiende demasiado tarde qué significa quedarse sin vidas. Entre situaciones laborales ridículas, romances fallidos, conspiraciones absurdas y una transformación inesperada... Ricardo deberá decidir cómo gastar su última vida. Porque esta vez, no quiere sobrevivir. Quiere aprender a amar. Una historia de humor, romance, caos corporativo y segundas oportunidades. Todos los derechos reservados

Genero:
Romance
Autor/a:
AVNAS018
Estado:
hace un día
Capítulos:
39
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

I: Protocolos de sucesión

Torre Castell, piso 42. Martes 15 de julio, 8:57 AM.

El martes por la mañana, Carmen Rivas confirmó el menú de la fiesta de compromiso del hombre que la había dejado.

Ochenta y cuatro invitados. Salmón o cordero.

Pidió los dos. A Ricardo Castell le molestaba que la gente tuviera que elegir.

Marcó la casilla. Escribió al banquete. Reservó los dos violonchelos, no uno, porque Lucía Montemayor había dicho algo con cuerdas y en el idioma de los Montemayor eso significaba dos. Confirmó el hielo. Confirmó el valet. Confirmó que el salón del Hotel Luna de Cristal soportaba más de ochenta y cuatro personas de pie, dato que ya había confirmado dos veces y que volvió a confirmar porque a las 8:57 de un martes le quedaban treinta y una horas de pendientes y once de jornada, y ese margen solo se cierra revisando todo tres veces.

La fiesta era el próximo sábado.

El aniversario había sido el sábado anterior. Tres años.

Cuatro personas en ese edificio sabían las dos cosas, y ninguna de las cuatro iba a decir nada.

Carmen cerró el archivo, tomó la carpeta y entró al despacho sin tocar.

Había dejado de tocar hacía dos años. No por falta de modales: había descubierto que tocar la puerta de Ricardo era tan útil como hablarle mientras miraba el teléfono. Técnicamente posible. Prácticamente inútil.

El despacho ocupaba la esquina noreste. Dos paredes de vidrio de piso a techo. Desde ahí, en días claros, el mundo parecía un mapa en tiempo real: el Lago de Texcoco extendiéndose como un espejo de mercurio hasta la base de los volcanes, las chinampas de Xochimilco al sur, el Templo del Sol sobre el cerro de la Estrella brillando con la primera luz, las cápsulas de la Línea Anáhuac trazando líneas blancas sobre el agua.

Ricardo no miraba por la ventana.

Ricardo miraba sus pantallas.

Tres monitores formaban un arco sobre el escritorio. El primero, indicadores financieros en tiempo real. El segundo, la bandeja de correo: cuatrocientos treinta y dos mensajes sin leer, cifra que llegaría a quinientos antes del mediodía porque Ricardo Castell generaba correos como otros generan dióxido de carbono, involuntariamente y en cantidades alarmantes.

El tercero tenía abierto un documento que nadie en el edificio debía ver.

PROYECTO HELIX — DIVISIÓN EXPERIMENTALCLASIFICACIÓN: MÁXIMA

Lo cerró al oír los pasos. La costumbre. Solo dos personas en la empresa sabían qué era HELIX además de él, y ninguna de las dos entraría sin avisar a esta hora.

—La sala está lista. La presentación de Singapur cargada. Puse la versión actualizada, no la que revisaste ayer.

Ricardo levantó la vista.

—¿Por qué no la mía?

—Porque tu versión eliminó las tres diapositivas de integración logística que el cliente pidió en la llamada del lunes. Sin eso, Singapur piensa que no hicimos la tarea.

—Eran redundantes. Ya cubrimos la integración en la sección cuatro.

—En la sección cuatro cubrimos la arquitectura del sistema. La integración logística con su plataforma actual es otra cosa. Son sus datos locales, sus rutas portuarias, sus horarios de carga. Si quitas eso, el VP de operaciones —que es el que firma el cheque— va a preguntarse si entendemos su negocio o si le estamos vendiendo una presentación bonita.

Ricardo la miró.

Carmen le sostuvo la mirada sin parpadear. Detrás de los lentes, sus ojos color caramelo no mostraban desafío ni sumisión. Había ganado esta discusión suficientes veces como para saber que la ganaría otra vez, y que la pregunta no era si tenía razón sino cuánto iba a tardar él en admitirlo.

—Bien. Déjalas. Pero revisa los márgenes de la siete. Los números no están alineados.

—Ya lo hice. También corregí una conversión en la tabla de la doce. Estaban en dólares y debían ser argents.

—¿Verificaste el tipo de—

—Del cierre de ayer. Aplicado a todas las tablas. Incluido el apéndice.

—¿Y los contactos del equipo técnico de—

—En tu correo desde las seis y cuarto. Carpeta Singapur-Q3. Tres subcarpetas: contactos, propuesta y respaldo legal.

Ricardo la miró un momento. Un momento de presencia real, no la mirada funcional con la que normalmente la veía —la que dice necesito que hagas algo en lugar de veo que existes—.

Duró poco. Un destello que aparece y desaparece antes de que puedas estar seguro de que existió.

—Gracias, Carmen. No sé qué haría sin ti.

La frase salió sin peso. Un reflejo. Como decir salud cuando alguien estornuda.

Estaba acostumbrado a recibir todo el tiempo, olvidando que recibir implica que alguien está dando.

Carmen no esperaba más. Hacía mucho que había dejado de esperar más.

—La junta es a las nueve y media. Don Ernesto confirma por videollamada. Lucía ya está en el edificio. —Consultó la tablet—. Ah. Y pidió que te recuerde la cata de vinos. El sommelier necesita confirmación antes del jueves.

Lo dijo sin cambiar de tono. Sin que la voz se le quebrara, ni se elevara, ni se hiciera más pequeña. Con la misma inflexión con la que habría dicho Legal necesita la firma antes de las tres.

—Dile que confirmo mañana —respondió Ricardo, sin levantar la vista.

—Listo.

Carmen se dio la vuelta.

En la puerta, la carpeta cambió de mano. Solo eso: pasó de la derecha a la izquierda, y volvió a la derecha.

Ricardo no lo vio.

Ricardo nunca veía esas cosas.

Salió. Cerró. Se sentó.

Y regó el potos, que no lo necesitaba.

Cuarenta y dos pisos más abajo, una mujer de cincuenta y ocho años tejía un punto derecho y uno al revés y pensaba, sin decírselo a nadie, que a esa muchacha alguien le había hecho algo hacía tiempo y que no se le había quitado.

Doña Rosita García rara vez se equivocaba en eso.

Afuera, el lago devolvía la luz de las nueve en placas planas de plata, y tres millones de personas trataban de llegar a sus trabajos sin caer al agua. Neo Tenochtitlan flota sobre el agua y sobre el orgullo, y cobra impuestos por las dos cosas.

Nada de eso importaba todavía.

Lo que importaba era que Ricardo Castell iba a presentar números ante Singapur, iba a volver a su departamento el miércoles a las 22:23 y se iba a dormir.

Y en cuarenta y siete horas iba a dejar de ser hombre.

Pero eso todavía no lo sabía nadie.

Ni siquiera él.

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author

haber que tal

2 meses
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