La Pluma del Sacrilegio |kooktae

Sinopsis

Londres, 1950. Un joven cristiano devoto y un escritor anónimo se encuentran en un café, desafiando las leyes de Dios y del hombre. Entre notas clandestinas y prejuicios de la época, Jungkook deberá elegir: la seguridad de su fe o el sacrilegio de amar a Taehyung. ©️Historia Original. No se aceptan copias y/o adaptaciones.

Genero:
Drama
Autor/a:
VAN
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

ÚNICO

La niebla de Londres en 1950 no era simplemente vapor; era una entidad pesada, impregnada del hollín de las fábricas y el frío del Támesis, que se filtraba por las rendijas de las ventanas y se instalaba en los huesos de quienes no tenían un fuego que los reclamara. Jeon Jungkook, sin embargo, tenía su propio refugio, el Café de los Suspiros era un lugar de techos altos, donde el eco de las cucharillas de plata contra la porcelana formaba una melodía monótona que aplacaba sus pensamientos.

Se acomodó en la mesa doce, como hacía cada tarde después de las vísperas, se quitó los guantes oscuros con movimientos lentos, revelando unas manos con dedos largos y limpios, manos que pasaban la mayor parte del día entrelazadas en oración o sosteniendo pesados volúmenes de teología. Sobre la mesa, el mármol estaba frío, pidió un café negro, sin azúcar, y abrió su devocionario, pero ese día, las letras impresas parecían bailar ante sus ojos.

—La página setenta y cuatro —dijo una voz suave, profunda como el sonido de un violonchelo en una habitación vacía.

Jungkook levantó la vista, parpadeando. Frente a él, a una distancia prudente pero lo suficientemente cerca como para romper su aislamiento, se encontraba un joven que no había visto antes, tenía el cabello revuelto, como si hubiera caminado contra el viento sin importarle el desorden, y unos ojos que parecían observar no solo la superficie de las cosas, sino lo que se escondía debajo de ellas, sus dedos estaban manchados de tinta, una mancha oscura que se extendía hasta la base de su dedo anular.

—¿Perdón? —logró decir, su voz apenas un susurro quebrado por la falta de uso.

—Lleva diez minutos en la misma página, señor —dijo el extraño, señalando el libro con un gesto elegante de su barbilla— O es un pasaje extremadamente complejo, o su mente está a varios kilómetros de esta cafetería.

Jungkook sintió que el calor subía por su cuello, ocultándose bajo el cuello rígido de su camisa blanca.

—Es... una reflexión sobre la obediencia —mintió, cerrando el libro un poco más rápido de lo necesario.

—La obediencia es un tema tedioso para una tarde tan gris —respondió el joven. Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en la mesa vecina—. Soy Kim Taehyung, escribo historias que nadie publica porque dicen que son demasiado reales para una sociedad que prefiere las mentiras decoradas.

—Jeon Jungkook —respondió él, sintiéndose extrañamente expuesto ante la franqueza del otro—Yo... no suelo hablar con desconocidos en los cafés, señor Kim.

Taehyung sonrió, y fue una sonrisa lenta, una que no llegaba de golpe a los labios, sino que nacía primero en la calidez de su mirada.

—Entonces, hagamos un trato, señor Jeon, no seremos desconocidos, usted me dirá qué busca en esos libros antiguos y yo le contaré qué hay de nuevo en las calles. Dicen que los sabios dicen que solo los necios se apresuran... y yo no tengo ninguna prisa... Solo tengo curiosidad.

Jungkook observó la mano de Taehyung sobre la mesa, estaba a centímetros de la suya. En 1950, el mundo era un lugar de distancias estrictas, los hombres no se miraban así, con esa intensidad que parecía buscar un anclaje. El silencio se prolongó, pero no fue un silencio incómodo; fue un silencio cargado, como el aire antes de una tormenta eléctrica.

—¿Qué escribe? —preguntó finalmente, rompiendo su propia regla de reserva.

Taehyung sacó un cuaderno pequeño, de tapas de cuero gastado, y lo deslizó unos centímetros por el mármol.

—Escribo sobre lo inevitable, sobre los ríos que no pueden dejar de fluir y las personas que no pueden dejar de ser quienes son, aunque el mundo les pida que se conviertan en estatuas de sal. ¿Cree en lo inevitable?

Jungkook bajó la mirada al cuaderno. La caligrafía de Taehyung era errática, apasionada, llena de borrones de tinta que parecían lágrimas negras sobre el papel.

—Creo en la voluntad de Dios —dijo Jungkook con firmeza, aunque su corazón latía con una irregularidad que lo asustaba— Creo que somos libres de elegir nuestro camino.

—¿Ah, sí? —Taehyung soltó una risa suave— ¿Y elegiría usted estar en otro lugar ahora mismo? Si pudiera ser un necio, solo por un momento, ¿cerraría ese libro y me acompañaría a ver cómo se oculta el sol tras la niebla del puente?

Jungkook sintió un escalofrío. La propuesta era inofensiva en apariencia, pero cargada de un peligro que su educación cristiana le gritaba que evitara, el pecado no siempre se presentaba como un monstruo; a veces, se presentaba como una invitación a mirar el atardecer con un hombre que olía a papel y a libertad.

—Debo ir a la iglesia —dijo Jungkook, levantándose bruscamente. Sus movimientos fueron torpes, y casi derriba la taza de café.

—La iglesia estará allí mañana, Jungkook —dijo Taehyung, permaneciendo sentado, observándolo con una calma que resultaba casi insultante— Pero este momento, este roce de mundos, no volverá a repetirse de la misma forma.

No respondió, se ajustó su abrigo y salió del café con el corazón en la garganta, pero mientras caminaba hacia la parroquia, el sonido de sus propios pasos sobre el empedrado parecía repetir las palabras de Taehyung:Solo los necios se apresuran... solo los necios...

Al llegar al altar, se arrodilló. Las sombras de la nave central eran largas y frías, intentó rezar, intentó concentrarse en la imagen del Cristo sufriente, pero por primera vez en su vida, el incienso le supo a ceniza. En su mente, no había coros celestiales, sino la imagen de unos dedos manchados de tinta y una pregunta que se negaba a abandonar su conciencia: ¿Qué pasaría si el río simplemente se dejara llevar?

Pasaron tres días antes de que reuniera el valor suficiente para volver al Café de los Suspiros, durante ese tiempo, su habitación en la pensión se había convertido en una celda de autoflagelación mental, se despertaba antes del alba, con el cuerpo sudoroso a pesar del frío invernal, sintiendo el peso de un pensamiento que no lograba confesar ni a Dios ni a sí mismo: la imagen de Kim Taehyung no se desvanecía con la oración, al contrario, se volvía más nítida, más real que las sagradas escrituras.

Se miraba las manos frente al espejo de su tocador, manos que habían sido educadas para la pureza, y sentía una náusea profunda, ¿Qué clase de monstruo se esconde bajo este abrigo?, se preguntaba, apretando los dientes hasta que la mandíbula le dolía. La idea de que un hombre pudiera sentir una atracción tan devastadora por otro no era vista como un error del corazón, sino como una corrupción del alma, una enfermedad que pudría todo lo que tocaba, se sentía sucio, como si la tinta de Taehyung hubiera manchado no solo sus dedos, sino su propia esencia.

Cuando finalmente empujó la pesada puerta de madera del café, el calor del lugar lo recibió como un abrazo prohibido. Taehyung estaba allí, en la misma mesa, como si el tiempo no hubiera transcurrido, rodeado de hojas de papel sueltas y una vela que agonizaba en un soporte de latón.

—Pensé que la culpa le había ganado la partida a la curiosidad —dijo sin levantar la vista de su manuscrito. Su voz era tranquila, pero había una nota de alivio oculta en ella.

Jungkook se sentó, con los movimientos rígidos de un condenado a muerte. No se quitó el abrigo y no pidió café.

—No debería estar aquí, señor Kim —dijo Jungkook, y su voz sonó más áspera de lo que pretendía— Lo que usted hace... lo que usted sugiere con sus palabras... es peligroso, es un agravio ante los ojos del Señor y de la ley.

Taehyung dejó la pluma a un lado y, por primera vez esa tarde, miró a Jungkook a los ojos. No había burla en su expresión, solo una tristeza infinita que pareció desarmar las defensas del joven cristiano.

—¿Qué es exactamente lo que te asusta, Jungkook? —preguntó Taehyung en un susurro, quitando toda formalidad en sus palabras, inclinándose sobre la mesa—¿te asusta que Dios lo vea, o te asusta que Dios no encuentre nada malo en lo que tu sientes?

—¡No diga blasfemias! —siseó Jungkook, mirando de reojo a los otros clientes. Un caballero mayor, tres mesas más allá, bajó su periódico por un segundo antes de volver a sumergirse en las noticias de la bolsa— Es una aberración, la Biblia es clara, la naturaleza es clara, un hombre y una mujer son...

—La naturaleza es un caos de belleza, Jungkook —interrumpió con suavidad, extendiendo una mano sobre el mármol, aunque sin tocar la de su acompañante—Los pájaros no leen la Biblia antes de volar juntos, los ríos no piden permiso para desbordarse, te sientes culpable porque te han enseñado que el amor debe ser una jaula con barrotes de hierro, pero tu corazón... Tu corazón está golpeando contra esos barrotes con tanta fuerza que yo puedo escucharlo desde aquí.

Jungkook bajó la mirada, sintiendo que las lágrimas empezaban a quemarle los párpados. La lucha interna era una agonía física, amaba su fe, amaba la estructura que le daba sentido a su existencia, pero la presencia de Taehyung era como una luz que revelaba que toda esa estructura era de papel mojado.

—No entiendo por qué —confesó Jungkook, y su voz se quebró— ¿Por qué yo? He cumplido cada mandamiento, he sido fiel. ¿Por qué este... este deseo se ha instalado en mí como una plaga? Cada vez que pienso en su rostro, siento que estoy traicionando todo lo que soy, siento que camino directo al fuego.

El contrario suspiró, un sonido largo y cansado, se levantó de su silla y, desafiando todas las normas del decoro de la época, rodeó la mesa y se sentó justo al lado de Jungkook. El aroma a tinta y a frío lo envolvió.

—Si amarme es caminar hacia el fuego —dijo, acercando su rostro al de Jungkook hasta que sus respiraciones se mezclaron en el aire gélido del café—entonces prefiero arder contigo que tiritar de frío en un cielo donde no me permiten ser quien soy. Dices que es un deseo, Jungkook, yo te digo que es el río, los sabios de tu iglesia le dirán que huya, pero tú y yo sabemos que ya es tarde para correr.

Jungkook sintió la calidez del cuerpo de Taehyung al lado del suyo. Era una tentación tan dulce que le dolía el pecho, por un instante, la culpa se sintió un poco más ligera, como si la persona frente a él estuviera dispuesta a cargar con la mitad del pecado.

—¿Es un pecado querer que el tiempo se detenga ahora mismo? —susurró Jungkook, cerrando los ojos para no ver el juicio del mundo.

—Si lo es... —respondió Taehyung, y por primera vez su mano cubrió la de Jungkook, ocultándolas bajo la sombra de la mesa— entonces que el cielo nos encuentre pecando, porque yo no puedo evitarlo, no puedo evitar caer de esta forma por tí.

Jungkook no retiró la mano, sus dedos temblaban bajo los de Taehyung, una lucha silenciosa entre el miedo y el anhelo. En el fondo de su mente, las campanas daban las seis, llamando a la oración que él estaba ignorando por primera vez en su vida. Pero allí, en la penumbra del café, la oración se había transformado en un suspiro, y el pecado empezaba a tener el rostro de la única salvación que realmente le importaba.

El invierno de 1950 se volvió más crudo, pero para Jungkook, el frío exterior no era nada comparado con el incendio que consumía sus entrañas, cada encuentro en el café era una pequeña muerte y un renacimiento, se acostumbraron a un lenguaje de sombras: una mirada prolongada sobre el borde de una taza de porcelana, el intercambio de libros donde las páginas marcadas contenían pensamientos que no se atrevían a pronunciar en voz alta.

Comenzó a llevar un diario, no de sus pecados para confesarlos, sino de sus sentimientos para entenderlos, sin embargo, la culpa seguía siendo su sombra más fiel. Los domingos, cuando el órgano de la iglesia rugía y las voces de la congregación se elevaban en himnos de alabanza, él se sentía como un infiltrado, un traidor que besaba la mano de la divinidad mientras su mente buscaba la calidez de un escritor proscrito.

—Ayer, el pastor habló sobre la perdición —dijo Jungkook una tarde, mientras la niebla de Londres se pegaba a los cristales de la casa de Taehyung como un sudario— Habló de los hombres que se pierden en deseos antinaturales. Me miró, Taehyung, juro que sus ojos atravesaron mi pecho y vieron su nombre escrito en mis costillas.

Taehyung dejó de escribir. La luz de la vela proyectaba sombras largas sobre su rostro, acentuando la tristeza de su mandíbula.

—El miedo es la herramienta de los que no saben amar. —respondió con amargura— Ellos llaman “antinatural” a lo que no pueden controlar, pero dime, ¿qué hay de antinatural en que mi pulso se acelere cuando escucho tus pasos en el adoquinado? ¿Qué hay de pecaminoso en querer protegerte de este mundo gris?

—Es que no es solo el mundo, Taehyung —sollozó Jungkook, bajando la voz hasta que fue apenas un hilo— Es mi propia alma, me han dicho que, si sigo este camino, perderé mi lugar en el libro de la vida, que seré borrado, y a veces, cuando estoy solo, siento que ya estoy desapareciendo, siento que este amor me está consumiendo, que no quedará nada de Jeon Jungkook si sigo cayendo por ti.

El contrario extendió la mano, sus dedos manchados de tinta acariciaron brevemente el dorso de la mano de Jungkook, un gesto tan tierno que dolió.

—Quizás... —susurró— ser borrado del libro de ellos sea la única forma de empezar a escribir nuestra propia historia, una donde las reglas no las dicte un hombre con sotana, sino el latido de dos corazones que no supieron cómo detenerse a tiempo. ¿Acaso no es eso lo que dicen los sabios? Que solo los necios se apresuran... pero yo preferiría ser el mayor de los necios si eso significa que tu mano estará en la mía cuando el mundo se acabe.

Esa noche, Jungkook no fue a la iglesia para la oración nocturna. En su lugar, caminó con Taehyung hacia las orillas del Támesis, el río corría oscuro y silencioso, cargado con los secretos de la ciudad, se detuvieron bajo el arco de un puente de piedra, un lugar donde la luz de las farolas no llegaba, allí, protegidos por la oscuridad y el rugido lejano de la metrópoli, la distancia entre ellos finalmente desapareció.

Taehyung se acercó, sus dedos buscando la nuca de Jungkook, despojándolo por un momento de la rigidez de su educación, el pelinegro cerró los ojos, esperando el rayo divino que lo fulminara, pero lo único que sintió fue la suavidad de los labios de Taehyung contra los suyos. Fue un beso que sabía a desesperación, a tinta y a libertad, fue, sobre todo, una rendición.

—¿Debería quedarme? —susurró Jungkook contra sus labios, repitiendo la pregunta que lo atormentaba— ¿Sería un pecado si mi vida entera se reduce a este momento?

—Si lo es —respondió Taehyung, abrazándolo con una fuerza que parecía querer fusionar sus almas— entonces Dios tendrá que perdonarnos por ser humanos, porque yo no puedo evitar amarte, Jungkook. Ni aunque el Támesis se seque, ni aunque Londres se queme.

La culpabilidad de Jungkook no desapareció, pero esa noche mutó. Ya no era una carga que lo hundía, sino una marea que lo empujaba hacia afuera, hacia un mar desconocido donde no había iglesias, ni leyes, ni miedos, solo ellos dos, flotando en la inmensidad de lo inevitable.

El invierno alcanzó su punto de ruptura en febrero, cuando el aire se volvió tan gélido que las palabras parecían congelarse antes de salir de la boca. Sin embargo, para Jungkook, el peligro no venía del frío, sino de los ojos, las paredes de las parroquias tenían oídos y las sombras de los cafés tenían memoria.

La mañana del martes comenzó con un silencio sepulcral en la pensión, al bajar al comedor, no hubo el saludo habitual del casero, solo hubo miradas esquivas y un susurro que se cortó en seco cuando él entró. En su habitación, sobre su mesa de estudio, alguien había dejado un panfleto religioso con un pasaje subrayado en rojo sangre: ”No te echarás con varón como con mujer; es abominación“.

El corazón de Jungkook dio un vuelco violento, el miedo, ese viejo conocido, regresó con garras renovadas, ya no era solo una lucha interna; el mundo exterior había empezado a golpear su puerta.

Corrió al Café de los Suspiros, ignorando el protocolo, con el abrigo desabrochado y el aliento escapando en nubes blancas, al entrar, vio a Taehyung, pero el ambiente había cambiado, el dueño del café, un hombre de rostro severo, estaba de pie junto a la mesa doce.

—No queremos este tipo de “literatura” en mi establecimiento —decía el hombre, señalando los manuscritos con desprecio— Los rumores sobre ustedes dos están manchando el buen nombre de este local. Paguen y no vuelvan.

Se quedó paralizado en el umbral, la vergüenza fue un latigazo, Taehyung, con una calma que rayaba en lo heroico, comenzó a recoger sus papeles, sus manos temblaban ligeramente, pero su mirada se mantuvo firme cuando encontró con la de él.

Salieron a la calle, donde la nieve empezaba a caer con una delicadeza insultante ante el caos que sentían, se refugiaron en el rincón más oscuro de un callejón lateral, bajo el alero de una vieja imprenta.

—Me han descubierto. —sollozó Jungkook, ocultando su rostro entre las manos— Lo saben, en la iglesia, en mi pensión... todos lo saben. He perdido mi honor, he perdido mi lugar en el mundo ¡Dios me ha abandonado a mi suerte!

Taehyung lo tomó por los hombros, obligándolo a mirarlo. Sus ojos brillaban con una determinación feroz, la mirada de un hombre que ya lo había perdido todo hace mucho tiempo y que, por lo tanto, era el único verdaderamente libre.

—Dios no te ha abandonado, Jungkook. El mundo de los hombres, el mundo de las leyes de piedra y los corazones de hierro, ese es el que te ha dado la espalda —dijo con una voz que vibraba por la emoción— Pero mírame, yo no te he dado la espalda, mi amor no es una enfermedad, es el único remedio que nos queda.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Jungkook, su voz quebrada— Si me quedo, me arrestarán por indecencia, me enviarán a una prisión donde no volveré a ver la luz, o peor aún, me obligarán a una vida de mentiras que me matará por dentro.

Taehyung sacó un sobre de su abrigo, estaba arrugado y manchado, pero para Jungkook fue el objeto más sagrado que jamás hubiera visto.

—He estado guardando mis pocos ahorros de los relatos que vendí bajo seudónimo —susurró— Hay un barco, el “Victoria”. Sale mañana al alba hacia América, allí, en las vastas llanuras o en las ciudades nuevas, nadie conoce a Jeon Jungkook, el fiel cristiano y nadie conoce a Kim Taehyung, el escritor proscrito. Solo seremos dos hombres libres.

Jungkook retrocedió, aterrado por la magnitud de la propuesta.

—¿Dejarlo todo? ¿Mi patria, mi fe, mi familia?

—Tienes mi mano y mi vida entera —recitó Taehyung, y las palabras de aquella melodía que aún no existía, pero que ellos ya vivían, resonaron en el callejón— Porque no puedo evitar enamorarme de ti, Jungkook, y sé que tú tampoco puedes evitarlo, quedarse aquí es morir lentamente, irse es arriesgarse a vivir.

Jungkook miró hacia la torre de la iglesia que se alzaba a lo lejos, durante años, esa torre había sido su brújula, pero ahora, bajo la nieve de 1950, se dio cuenta de que no quería seguir una brújula que lo obligaba a odiar su propia capacidad de amar. Miró a Taehyung, a sus dedos manchados de tinta, a su abrigo raído, a su amor que desafiaba los siglos.

—Los sabios dicen que solo los necios se apresuran —susurró Jungkook, esbozando una sonrisa a través de las lágrimas— Supongo que ha llegado la hora de ser el mayor necio de Londres.

Esa noche, Jungkook no durmió. Empacó solo lo esencial: su fe —una nueva, más amplia y misericordiosa— y las notas que Taehyung le había escrito. Dejó su biblia abierta en la mesa, pero no en un pasaje de castigo, sino en los versos del Cantar de los Cantares: ”Las muchas aguas no podrán apagar el amor“.

A las cinco de la mañana, con la ciudad sumida en un silencio azulado, Jungkook llegó a los muelles. El vapor del “Victoria” se mezclaba con la niebla del Támesis, allí, junto a una pila de baúles, estaba Taehyung. No intercambiaron palabras; no eran necesarias. Extendió su mano y Jungkook, sin dudarlo un segundo más, la tomó con fuerza.

Mientras el barco se alejaba de la orilla y los perfiles de las iglesias de Londres se convertían en meros fantasmas en la distancia, Jungkook sintió que la culpa se desprendía de su cuerpo como una piel vieja, el río de su vida finalmente había roto la represa, estaban cayendo, sí, hacia lo desconocido, hacia un futuro incierto en una tierra extraña, pero por primera vez en veinticinco años, sentía que estaba caminando exactamente hacia donde Dios, o el destino, siempre había querido que estuviera.

No pudieron evitarlo, y en esa rendición absoluta, encontraron la victoria, el final no fue un adiós, sino el primer capítulo de una historia que, al igual que su amor, sería eterna y, sobre todo, soberanamente bella.