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El rey gato

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Sinopsis

El rey gato había elegido mi cuerpo, y yo me había convertido en cama. Había tanteado el territorio como un agrimensor que, tras evaluar mi pecho y mi abdomen, dictó sentencia con su peso. Desde entonces, moverme era traición. Lo tenía a upa, pero esa expresión se quedaba corta: él me había ascendido al rango de trono vivo. Su calor me llegaba con la tibieza justa para volver más difícil moverlo. Cuando un gato duerme encima de uno con ese abandono total, trasciende su condición de bola de pelos dormida: se vuelve una pregunta. ¿Qué clase de criatura sería yo si, por una urgencia o por esa mínima productividad de primate ansioso, rompiera ese pacto sin palabras?

Genero:
Poetry
Autor/a:
luchibonfico
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
4.0 1 reseña
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 1

El rey gato había elegido mi cuerpo, y yo me había convertido en cama. Había tanteado el territorio como un agrimensor que, tras evaluar mi pecho y mi abdomen, dictó sentencia con su peso. Desde entonces, moverme era traición. Lo tenía a upa, pero esa expresión se quedaba corta: él me había ascendido al rango de trono vivo. Su calor me llegaba con la tibieza justa para volver más difícil moverlo. Cuando un gato duerme encima de uno con ese abandono total, trasciende su condición de bola de pelos dormida: se vuelve una pregunta. ¿Qué clase de criatura sería yo si, por una urgencia o por esa mínima productividad de primate ansioso, rompiera ese pacto sin palabras?

A mi costado descansaba la notebook. Podía verla apenas, como se ve un instrumento quirúrgico desde la camilla. Adentro estaba el capítulo: un texto apenas abierto, con frases todavía torpes, algunas líneas que prometían algo y otras que pedían bisturí. El trabajo me llamaba con su voz conocida, esa mezcla de deseo y superstición. Uno siempre siente que, si no entra justo en ese momento al texto, algo se enfría. Como si las palabras fueran animales esquivos que, al notar una distracción, se internaran otra vez en el monte.

Su lomo subía y bajaba con una lentitud casi insultante. Tenía la serenidad de los reyes verdaderos, de esos que no necesitan recordar su poder porque viven dentro de él. Apoyé apenas una mano sobre su costado y sentí ese ronroneo, como si, bajo la piel, respirara una armonía secreta. Pensé entonces que solemos poner arriba cosas que no lo merecen. Hablamos de urgencias y de metas, pero basta con que una criatura pequeña, de ojos azules, nos confíe su sueño para que ese discurso se derrumbe.

Debajo de la ternura podía sentir ese hormigueo creciente que convierte el amor en disciplina. Sostener al rey no era gratis; ninguna devoción lo es. Ahí estaba lo más interesante: si su calor hubiera sido solo comodidad, la escena habría sido simple. Pero ahí había placer y urgencia, y la felicidad de sentirlo ahí convivía con otra cosa: la conciencia de que yo empezaba a pagar tributo. No exigía nada de forma explícita; le bastaba con descansar. Ese descanso suyo reorganizaba mi conducta con más eficacia que muchas leyes.

No imaginaba templos ni cultos con túnicas. Era una religiosidad doméstica: la aparición súbita de una obligación que nadie puede demostrar y que uno siente igual. Como esas antiguas prohibiciones cuyo origen se perdió y siguen obrando en la sangre. No despertarás al gato que duerme sobre ti. No romperás el hechizo por una necesidad que, mirada de cerca, tampoco era tan noble. Porque seamos sinceros: yo no estaba por salir a salvar una vida. Iba a sentarme ante una pantalla a corregir adjetivos y cortar frases que probablemente seguirían ahí dentro de una hora. Él, en cambio, estaba entregado por completo al misterio sin defensa del sueño. Le miré la cara y encontré ese aire de dignidad desarmada que solo les aparece a los gatos cuando duermen profundamente. Desaparece el gesto de vigilancia; la boca parece volverse más pequeña, casi infantil, pero el reino sigue ahí. Hasta dormido conserva algo inviolable, como si incluso en la rendición el animal administrara soberanía.

Pensé: qué raro que la confianza pese. Tiene kilos, se apoya sobre los músculos y, al mismo tiempo, pesa por dentro. Porque una vez que alguien, aunque ese alguien tenga bigotes y patas acolchadas, decide que puede dormir sobre vos, ya no sostenés solo un cuerpo: sostenés una entrega.

El dilema no era moverlo o no moverlo. Era algo más sutil: decidir qué clase de valor reconocía como superior en ese instante. El impulso humano de avanzar o ese otro mandato antiguo.

Sé que alguien podría burlarse y decir que exagero, que se trata apenas de un gato. Pero las cuestiones más hondas casi nunca se presentan con trompetas. Llegan así: con la forma de un detalle íntimo, ridículo si se mira desde afuera, enorme si se vive desde adentro. La moral rara vez entra vestida de tragedia. A veces aparece convertida en un gato dormido sobre tu cuerpo mientras una notebook te espera a medio metro.

El rey movió una oreja y me quedé inmóvil. Fue apenas un temblor breve, pero bastó. Comprendí que cualquier traslado diplomático tenía sus riesgos. No se trataba solo de levantarlo y depositarlo en otro sitio con respeto de Estado, como había fantaseado; también existía una posibilidad real de ruptura: que el sueño se cortara y que yo pasara de trono vivo a traidor administrativo.

Lo observé mejor: una pata delantera colgaba apenas hacia un costado y la nariz rosada tembló en sueños. Tal vez corría por algún jardín inaccesible. Tal vez cazaba una sombra. Tal vez, en ese teatro secreto que es el sueño animal, yo ni siquiera existía. Y aun así me había elegido como refugio de su aventura invisible.

Estamos tan acostumbrados a reclamar atención y reconocimiento que, cuando una criatura nos usa sin explicaciones para algo tan absoluto como dormir, se produce una inversión extraña. Dejamos de ser el centro afectivo y pasamos a ser el medio; hay algo hermoso en aceptar, por un rato, esa degradación amorosa. Ser el mueble favorito de alguien puede ser una forma de gracia.

Mis pensamientos me pasaban factura por el servicio a la corona. Ahí estaba, otra vez, el peaje humano. Una inteligencia artificial puede imitar esta escena, pensé, pero no quedar anclada bajo el peso de un gato. Y tal vez por eso esa escena, tan pequeña, me pareció de pronto inmensa. El arte y la filosofía pueden demorarse en abstracciones; después la vida te impone la gravitación de un gato.

Qué raro tribunal el de los cuerpos, donde ninguna ley registraría mi decisión. Podía inclinarme apenas, deslizar una mano, levantar al rey con la delicadeza de quien traslada un cuerpo dormido y acomodarlo sobre la cama. Podía hacerlo con cuidado. Quizá ni se despertaría del todo. Quizá abriría un ojo, me dedicaría una mirada ofendida, daría dos pasos circulares sobre la manta y volvería a dormirse. Para cualquiera sería una torpeza doméstica: levantar a un gato dormido y moverlo unos centímetros. Pero para mí el asunto tenía otra gravedad. Era romper una continuidad confiada para reanudar la mía. Decirme: ahora toca lo importante, cuando lo importante ya estaba ocurriendo.

Bajé la vista otra vez hacia él. El ronroneo se había hecho más claro. Iba y venía como una lámpara encendida en otra pieza. Sentí una ternura tan nítida que por un momento dejó de parecer un sentimiento y se volvió materia, algo casi visible, un aire distinto entre los dos. Entonces entendí que el rey no me estaba impidiendo crear. Me estaba obligando a elegir qué consideraba digno de interrumpir el mundo. Y eso también era una forma de escritura. Las palabras tuvieron que aceptar que no eran el centro del reino. Sobre mí, la criatura tibia siguió durmiendo, instalada como si yo fuera un sitial vivo, con esa paz inapelable de los seres que nunca le pidieron permiso a la filosofía para existir. Y yo, estatua por decreto real, sostuve su peso leve como quien sostiene algo más que un cuerpo: una forma mínima de sentido que no necesitaba escribirse para ser verdad.

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