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Nunca imaginé que la tarde más normal de mi vida sería también la que la destruiría para siempre.
Llegué de la escuela como cualquier otro día: la mochila colgando de un hombro, el uniforme arrugado, y la cabeza llena de exámenes que todavía no quería enfrentar. Lo extraño fue ver a mis padres sentados juntos en la mesa del comedor, como si estuvieran esperando un veredicto o una víctima.
Mi madre sonreía demasiado.
Mi padre no sonreía en absoluto.
—Ciao, amore —dijo mamá—¡Ven! siéntate. Necesitamos hablar.
Mi estómago cayó al piso. Cuando mis padres “necesitaban hablar”, nunca era algo bueno.
Dejé mis cosas a un lado, me serví un vaso de té frío y me senté frente a ellos. Mamá deslizó un fajo de papeles hacia mí. Eran demasiados. Demasiadas hojas, demasiadas firmas marcadas con X.
—Firma aquí, cielo —dijo ella con esa voz dulce que usaba cuando quería esconder algo—Son documentos del trabajo. Nada difícil.
No leí.
Jamás leía los contratos de mis padres.
Supe crecer dentro de la palabra mafia sin necesidad de oírla.
Respiré, tomé el bolígrafo y firmé una, dos, tres veces.
Mi padre observaba cada movimiento como si estuviera evaluando un caballo antes de venderlo.
Cuando terminé, di un trago largo a mi bebida. El hielo me golpeó los dientes justo cuando escuché a mi padre decir:
—Ahora eres una mujer casada, Giulia. Y debes comportarte como tal.
El té se me fue por el camino equivocado. Tosí, me atraganté, y sentí que el alma se me caía al suelo.
—¿C… cómo que una mujer casada, babbo? —logré decir entre toses— ¿Estás jugando conmigo?
Mi padre no bromeaba nunca.
Hoy tampoco.
—¿Ves que estoy jugando? —preguntó con la voz dura como mármol— Te dije que algún día te necesitaríamos para los negocios. Ese día ha llegado.
—Pero yo… Yo no quiero casarme —mi voz tembló sin permiso—Ni siquiera he terminado la secundaria. ¿Es legal hacer esto?
Mamá respondió antes que él.
—Somos italianos, tesoro. Podemos hacerlo. Tu padre y yo nos casamos a los dieciséis. Igual que tú.
Sentí que el mundo se me encogía dentro del pecho. Quería llorar, pero llorar era un lujo que en mi familia no existía.
—No… —susurré con la garganta rota—Mamá, por favor. Yo… No estoy lista.
Mamá tomó mi mano.
—¿Puedes hacerlo por nosotros, Giulia? El negocio está mal. Necesitamos tu ayuda.
Yo solo tenía dieciséis años.
Quería exámenes y amigas.
No un matrimonio.
Tragué saliva, derrotada.
—Está bien… —susurré— ¿Cuándo debo hacerlo?
Mi padre levantó una ceja.
—Ya lo has hecho.
Mi corazón se detuvo.
—Babbo… —mis ojos se abrieron— ¿Eso que acabo de firmar es un acta de matrimonio?
—Así es —respondió él sin pestañear—Estás casada oficialmente ahora.
Mi mundo se rompió.
En silencio.
Sin testigos.
Sin vestido.
Sin elección.
Mis manos temblaron.
—¿Quién es él? —pregunté, intentando no desmayarme.
Mi padre me corrigió sin emoción:
—Ella. No te preocupes. No tienes que saber de tu esposa ahora. Todavía juega a las muñecas.
El vaso casi se me cae.
—¿Es una niña? —pregunté con el corazón desbordado de pánico—¿Cómo que juega a las muñecas, babbo?
Mi madre desvió la mirada.
Mi padre respondió con la frialdad de quien negocia vidas como si fueran carne.
—Apenas tiene diez años.
Silencio.
Un silencio tan pesado que podría haber roto el mármol del piso.
Yo no sabía nada de esa niña.
Ni su rostro.
Ni su nombre.
Ni su voz.
Solo sabía una cosa:
Estaba casada con alguien que no podía ni siquiera comprender qué era el matrimonio.
Y ese fue el día en que mi vida dejó de ser mía.
El día en que me convertí en La dama de negro.
No por elección.
Sino por supervivencia.