Prólogo.
Paradis.
"Dicen que hay personas que de alguna manera, siempre terminan encontrándose. Incluso cuando el mundo hace todo lo posible por separarlas."
・・・・・
El cielo se encontraba gris aquel día, las nubes grises amenazaban con hacer caer gotas de agua en la Isla Paradis.
El viento arrastraba el olor de la sangre, casi confundiendo este olor con un metal y el sonido de los cables del equipo de maniobras seguían resonando en el aire.
Un grito inesperado aumentó la tensión en medio del caos.
—¡Atrás...!
Pero esta advertencia llegó demasiado tarde, ya que un titán se abalanzó hacia la comandante del escuadrón de investigación.
Sus ojos marrones se abrieron apenas un instante antes de darse cuenta de que la sombra gigantesca la estaba cubriendo por completo.
Entonces alguien apareció.
Un cuerpo se lanzó desde lo alto, impulsado por el gas del equipo de maniobras y la empujó con fuerza fuera de la trayectoria del titán. La caída fue demasiado fuerte.
Ante el impacto, los escombros de la tierra salieron volando por el aire, algo afilado rozó el rostro de la comandante, provocando un grito ahogado por parte de la castaña, mientras la visión de uno de sus ojos se apagaba en rojo lentamente.
La sangre se deslizaba por su rostro, este cubria casi la mitad de su cara y el dolor inmenso que sentia en su ojo izquierdo era inexplicable, pero eso no le podía impedir querer saber quién la salvó... simplemente tenía que saber si por lo menos se encontraba bien, ella no se permitiría si ese alguien moría... no podía permitirse aquello.
Cuando la comandante logró enfocar lo poco que le quedaba de vista, vio una silueta inclinándose sobre ella. Una figura familiar... o quizá solo un espejismo entre el dolor.
— ...Estás viva —susurró aquella voz. Su voz de esa persona se escuchaba cansada, agitada, como si fuera lo único que pudiera pronunciar.
Luego todo se volvió borroso. Cuando los demás soldados llegaron, la figura ya estaba inconsciente, cubierta de sangre, mostrándose débil, pero satisfecha por lo que hizo... satisfecha por su acción.
Y entre el humo de la batalla otra persona apareció para llevársela, no sin antes voltear a ver a la comandante y acercarse a unos soldados junto a otros hombres.
La comandante nunca olvidaría ese momento.
Pero siempre recordaría un rostro distorsionado.