CAPÍTULO 1 – LA MANERA EN QUE TE MIRAN
Gabriel siempre decía que no le gustaba la atención.
Mentira.
La necesitaba como el aire.
En la cafetería donde trabajaba Alma, él la observaba detrás del mostrador, moviéndose rápido, nerviosa, siempre intentando hacerlo sentir orgulloso. Ella lo veía como si fuera imposible que un hombre así la hubiera elegido. Y Gabriel disfrutaba ese brillo, ese temblor. Le hacía sentirse importante. Necesario.
Mientras Alma le entregaba su café, su teléfono vibró tres veces en su bolsillo.
Mensajes de Lía.
Lía: “¿Y bien? ¿Vienes hoy o te vas a hacer el santo?”
Lía: “Tengo el vestido que te gusta.”
Lía: “No tardes. Me aburro.”
Gabriel sonrió apenas. A Alma le pareció una sonrisa dulce; para él era otra cosa.
Un juego.
—¿Te quedas un rato? —preguntó Alma, con esa voz suave que solo usaba con él.
—No puedo, amor. Tengo trabajo —mintió sin parpadear.
Ella asintió, sin sospechar nada, sin imaginar que “trabajo” significaba entrar a un grupo de chat donde tres mujeres ya lo esperaban para enviarle fotos nuevas. Todas creyendo que eran especiales.
Salió del local y verificó su reflejo en la ventana. Estaba impecable.
Siempre impecable.
Mientras caminaba, volvió a vibrar su celular: una notificación de Vidra, una app donde solía flotar entre mujeres aburridas buscando emoción. Un nuevo mensaje de una española que le decía “Me muero por conocerte.”
Perfecto.
Pero había algo más urgente: Lía.
Apenas abrió la puerta del departamento de ella, la encontró sentada en la cocina, piernas cruzadas, sonrisa de quien sabe demasiado. Llevaba exactamente el vestido que le había prometido. Y sí, lo estaba esperando.
—Llegaste tarde —dijo Lía sin levantar la vista—. ¿Alma? ¿Otra vez?
Gabriel se acercó, apoyó los dedos bajo su barbilla y levantó su rostro con suavidad, como si fuera una muñeca costosa.
—No hables de ella —susurró.
Lía sonrió. Era hermosa de una forma afilada, peligrosa.
Y estaba completamente perdida por él.
—¿Y si quiero? —provocó, acercando su boca a la de él sin tocarlo.
Gabriel se inclinó despacio, lo suficiente para que ella sintiera su respiración en la piel, pero sin darle lo que quería.
Nunca se lo daba tan fácil.
—Sabes las reglas —le dijo—. No la nombres.
Lía soltó una risa que no tenía nada de inocente.
—Por eso te odio, Gabriel. Y por eso no puedo dejarte.
Él no respondió. No hacía falta.
La tenía exactamente donde quería.
El celular volvió a vibrar. Era Alma.
Un mensaje simple, dulce:
Alma: “Ojalá estés teniendo un buen día. Te extraño.”
Gabriel guardó el teléfono sin contestar.
Prefería que lo extrañara.
Lía se inclinó hacia él, rozando su hombro.
—Dime la verdad —murmuró—. Si ella supiera cómo te miran todas… ¿qué haría?
Gabriel sonrió con una frialdad suave, calculada.
—Nunca lo sabrá.
Lía se mordió el labio, disfrutando esa respuesta.
Y mientras la luz de la tarde entraba por la ventana, Gabriel supo que todo estaba bajo control.
Todas las mujeres.
Todos los hilos.
Todas las mentiras.