Noirvale por Astralia en Inkitt
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Noirvale

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Sinopsis

Noirvale no es una academia común. Es donde la Orden envía a los brujos que aún no están listos para el mundo. Un lugar para contenerlos, moldearlos y decidir qué harán con ellos cuando sean adultos. Al menos eso es lo que dicen. Nadie habla de los estudiantes que desaparecen. Nadie menciona los susurros que recorren los pasillos después de que anochece, ni lo que respira bajo sus cimientos desde mucho antes de que la Orden existiera. Y nadie, absolutamente nadie, habla de él sin bajar la voz. El nuevo profesor. El hombre al que incluso los monstruos temen mirar a los ojos. Debería haberlo ignorado. Debería haberme mantenido lejos. Debería haber recordado que en Noirvale, acercarse demasiado a algo peligroso tiene un precio. Pero ya es demasiado tarde. Porque ahora él sabe lo que soy más de lo que digo. Y yo estoy empezando a descubrir lo que es él. En Noirvale los secretos no te destruyen. Te convierten en algo que la Orden nunca vio venir.

Genero:
Romance
Autor/a:
Astralia
Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Jugando a la ouija

La lluvia había comenzado antes del amanecer, no era suave ni tranquila, sino el tipo de tormenta que hacía crujir las enormes ventanas de la Academia Noirvale y convertía los bosques, que rodeaban la academia, en una masa oscura de sombras moviéndose bajo la niebla.

Siempre llovía en Noirvale, o al menos así se sentía. Quizás el clima era tan deprimente porque aquel lugar estaba construido sobre algo oscuro, una sombra que todavía respiraba bajo nuestros pies.

Abrí los ojos lentamente cuando un trueno retumbó sobre las torres de la academia y me incorporé con un suspiro cansado. La habitación todavía estaba oscura, apenas iluminada por la tenue luz gris que se filtraba a través de las cortinas.

El silencio duró exactamente tres segundos.

—Siempre te despiertas tarde.

Giré la cabeza lentamente hacia la esquina de la habitación. El espíritu del anciano seguía sentado en la vieja silla de madera junto a la ventana. Llevaba apareciendo allí desde hacía dos semanas.

No sabía quién había sido en vida, pero sí sabía dos cosas:

La primera era que había muerto dentro de Noirvale.

La segunda… era que disfrutaba arruinarme las mañanas.


—Los muertos no dormís —murmuré mientras apartaba las sábanas—. No deberías opinar sobre mis horarios.

El anciano sonrió mostrando sus dientes amarillentos.

—Hoy va a pasar algo —cantó.

—En Noirvale siempre pasa algo.

Me levanté antes de darle oportunidad de seguir hablando. La mayoría de los muertos eran insoportables, no daban respuestas claras y hablaban con acertijos.

En cierta forma sentía lástima por los espíritus, sus recuerdos se rompían con el tiempo. Algunos terminaban olvidando incluso sus propios nombres, otros se volvían violentos y unos pocos... llevaban muertos tanto tiempo que no tenían humanidad. Pero, en mi mundo, los muertos nunca me habían dado miedo; los vivos, en cambio, eran el verdadero problema.

Atravesé la habitación mientras el suelo de madera crujía bajo mis pasos y me detuve frente al espejo. Mi cabello blanco caía desordenado sobre mis hombros y las sombras bajo mis ojos parecían más oscuras que de costumbre. No había dormido bien porque los muertos hablaban más cuando llovía. Y anoche no habían dejado de susurrar.

—Ophelia.

Giré apenas la cabeza cuando la puerta del baño se abrió y Evelyn apareció envuelta en una nube de vapor caliente.

Mi compañera de habitación llevaba una enorme camiseta negra, medias rotas y el maquillaje oscuro alrededor de los ojos. Su cabello oscuro caía en ondas desordenadas sobre sus hombros y varias cadenas plateadas tintineaban alrededor de su cuello. Parecía salida de un funeral victoriano, una banda de rock o probablemente ambas.

—¿Otra vez hablando sola? —preguntó bostezando.

—No estaba sola.

Evelyn miró hacia la esquina vacía donde el anciano seguía sentado.

—¿El viejo raro sigue aquí?

—Desgraciadamente.

Frunció la cara con molestia. Nunca le habían incomodado los fantasmas, de hecho, le fascinaban, pero no parecía disfrutar la compañía de un señor mayor observándonos en la intimidad de nuestra habitación.

Mientras algunos estudiantes de Noirvale controlaban hechizos, pociones, pactos con sangre o maldiciones, Evelyn era una bruja psíquica, lo cual le hacia altamente sensible. Ella podía alterar sentimientos con apenas una mirada; pero, lo más peligroso de su habilidad no era manipular emociones sino percibirlas.

Evelyn sentía demasiado por eso odiaba las multitudes y le agradaban tanto los muertos, porque cuando estaba cerca de ellos, o de mí, no sentía nada salvo silencio y paz.

La mayoría de los estudiantes evitaban mirarnos demasiado tiempo. Yo era la chica que podía hablar con muertos, la hija trastornada de una leyenda y, Evelyn, la que podía sentir todo lo que escondías y manipular sin que te dieras cuenta.

—Es extraño —Evelyn dejó escapar un pequeño suspiro mientras rebuscaba algo dentro de uno de sus cajones.

La miré de reojo.

—¿Qué cosa?

Tardó unos segundos en responder.

—No lo sé exactamente.

—Hay una especie de expectación en el ambiente —murmuró finalmente—. Como cuando una tormenta está a punto de empezar y todo se queda demasiado quieto antes del primer trueno.

Típico de Evelyn, hablar como un oráculo —pensé.

Fruncí ligeramente el ceño.

Desde la ventana veía a brujos, magos, hechiceros y algunas personas que probablemente deberían estar encerrados en algún psiquiátrico, en vez de estudiando magia, cruzando el patio. Nada parecía fuera de lo común, pero si Evelyn notaba algo... probablemente significaba algo.

La academia se alzaba como una catedral oscura entre bosques eternamente cubiertos de niebla. Sus enormes torres negras atravesaban el cielo gris y las gárgolas de piedra parecían observar a cada estudiante que cruzaba sus puertas.

—Escuché rumores anoche —continuó Evelyn mientras se sentaba sobre su cama—. Dicen que llegará un nuevo profesor.

No respondí.

Estaba ocupada intentando ignorar el leve murmullo que provenía detrás de las paredes. Los muertos estaban susurrando cosas intangibles.

—No me mires así —protestó ella—. Esta vez es interesante.

—Siempre dices eso.

—Porque siempre termina siendo interesante.

Tomé mi chaqueta negra del respaldo de la silla y me la puse lentamente.

—¿Qué dicen los rumores ahora?

Evelyn sonrió de inmediato.

—Que viene del norte.

—Vaya, un brujo del norte... Qué fascinante.

—También dicen que asesinó ángeles.

El anciano junto a la ventana soltó una risa baja.

—¿Y tú de qué te ríes? —pregunté irritada.

El anciano permaneció inmóvil durante unos segundos más, observándome con aquellos ojos hundidos que parecían demasiado vacíos incluso para un muerto.

La lluvia golpeó las ventanas detrás de él y, lentamente, su figura comenzó a deshacerse como humo arrastrado por el viento. Primero desaparecieron sus manos, luego el contorno de su rostro y finalmente aquella sonrisa torcida que siempre parecía saber más de lo que decía.

El aire de la habitación se volvió repentinamente más frío cuando se desvaneció por completo, dejando la vieja silla balanceándose suavemente frente a la ventana vacía.

—¿Cómo? No me estoy riendo —preguntó Evelyn confundida.

—El anciano pensó que lo que dijiste era divertido, ¿quién dice todas estas cosas?

—Todo el mundo.

—Todo el mundo dice muchas estupideces.

Su tono cambió ligeramente, más divertido que preocupado.

—Anoche escuché a varios profesores discutiendo en el corredor principal.

Fruncí el ceño.

—¿Discutiendo?

—Oh, sí. Escuché al profesor Vael decir que Noirvale no necesitaba “leyendas fantasiosas” —continuó Evelyn—. Y luego la profesora Morcant respondió que con tantas desgracias que han pasado en la academia ahora es cuando menos ayuda necesitamos.

Eso logró sacarme una pequeña sonrisa.

Los profesores rara vez se sentían intimidados. La mayoría descendía de antiguos linajes demoníacos o familias de brujos tan poderosas que el ego prácticamente formaba parte de su sangre y aparentemente el nuevo profesor acababa de herir su orgullo sin siquiera estar presente.

Levanté una ceja.

—Eso suena exagerado.

—Aquí todo lo es.

—¿Sabes cómo se llama? —pregunté finalmente.

Evelyn sonrió otra vez.

—Lucien.

Un trueno estremeció las ventanas y por alguna razón, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.


Finalmente salimos de nuestra habitación, el campus olía a lluvia, libros antiguos y magia.

Los enormes corredores góticos estaban iluminados por candelabros negros suspendidos en el aire mediante hechizos permanentes y las paredes de piedra estaban cubiertas por retratos encantados cuyos habitantes observaban constantemente a los estudiantes.

Los pasillos estaban llenos de estudiantes como siempre. Había risas, discusiones y hechizos lanzados discretamente entre grupos de amigos.

Noirvale seguía siendo Noirvale, caótica, ruidosa y peligrosa. Algunos estudiantes corrían tarde hacia clase mientras otros discutían sobre combates mágicos, apuestas clandestinas o quién sería expulsado este semestre. Nada parecía diferente y quizá eso era lo que más me inquietaba, porque el anciano de mi habitación no había dejado de repetir la misma frase toda la mañana. Hoy va a pasar algo.

Mis botas resonaban contra el suelo mientras descendíamos hacia el comedor principal y, conforme avanzábamos, empecé a notar algo extraño, como si la academia todavía no supiera que algo estaba a punto de cambiar.


El comedor principal parecía más un salón funerario que una cafetería escolar. Las enormes mesas negras se extendían bajo techos altísimos cubiertos de vitrales oscuros y cientos de velas flotaban sobre nuestras cabezas.

El lugar estaba lleno de gritos y discusiones pero todas las conversaciones parecían girar respecto al nuevo profesor.

—Dicen que viene directamente de La Orden.

—Escuché que estuvo en la guerra.

—¿Crees que los rumores son ciertos? Dicen que derrotó a un ángel él solo.

—Imposible.

—Se llama Lucien.

El nombre se extendía entre las mesas como fuego. Muchos estudiantes parecían obsesionados con la idea de conocer al nuevo profesor, pero en la mesa de los maestros la atmósfera era completamente distinta. Algunos parecían irritados, otros discutían en voz baja mientras lanzaban miradas de desagrado hacia los asientos del alumnado.

Evelyn me lanzó una mirada emocionada.

—Te dije que iba a ser interesante.

—Siempre es divertido ver que los monstruos se pelean entre ellos —dije mirando hacia nuestros profesores.

No me gustaban los rumores porque en Noirvale a menudo terminaban convirtiéndose en tragedias.

Tomé una taza de café mientras intentaba ignorar una sensación incómoda creciendo lentamente bajo mi piel. Había algo inquietante flotando bajo la normalidad de Noirvale, no sabía qué pero podía sentirlo.

Una risa llamó mi atención, era Aiden, estaba con otros estudiantes mientras hablaba de un sacrificio que su padre había hecho el verano pasado, él era un brujo de sangre y definitivamente un idiota profesional.

Me giré de nuevo y centré mi atención en Evelyn.


La tormenta empeoró al caer la noche. El viento golpeaba las ventanas de la torre oeste mientras regresábamos a nuestra habitación después de clases. Los corredores ya estaban casi vacíos y la sensación de incomodidad seguía creciendo dentro de mí.

Evelyn dejó caer su mochila sobre la cama apenas entramos.

—Voy a decir algo irresponsable.

—Eso nunca termina bien.

—Quiero conocer al profesor nuevo, ¿y si realmente asesinó ángeles?

Solté una risa seca mientras me quitaba la chaqueta mojada.

—Entonces probablemente no deberías molestarlo.

—Eso solo hace que quiera molestarlo más.

Negué con la cabeza mientras me sentaba frente al espejo antiguo junto a mi escritorio. La habitación estaba iluminada únicamente por las pequeñas velas, distribuidas en la habitación, y los destellos ocasionales de los relámpagos. Tomé el cepillo lentamente y comencé a desenredar mi cabello mojado.

Un escalofrío me recorrió lentamente la piel, suave al principio, hasta convertirse en esa sensación helada e incómoda que siempre aparecía cuando un espíritu estaba cerca, sentía dedos invisibles rozándome la nuca y los brazos.

Mi reflejo sonrió de forma inquietante hasta transformarse en otra persona, no reaccioné, conocía ese truco, lo había visto antes. Observé a la chica reflejada en el espejo, era joven, tenía el uniforme antiguo de Noirvale cubierto de barro y el cuello roto hacia un lado. No la había visto antes.

Supe inmediatamente que no era un fantasma normal. Las sombras alrededor de la figura no permanecían quietas, sino que parecían moverse lentamente hacia ella como si intentaran tocarla. Algo antiguo dentro de mí reaccionó de inmediato, tensándose bajo mi piel en modo de advertencia.

Evelyn levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Hay alguien aquí, verdad?

Evelyn no podía verla, pero si Evelyn la sentía eso significaba que lo que teníamos delante no era un espíritu.

—Sí.

—¿Quién?

—No sé.

El ser inclinó lentamente la cabeza.

—Tengo un mensaje para ti. Él ha llegado.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—¿Quién?

La sonrisa de la chica se ensanchó.

—El hombre del que hablan los muertos.

Evelyn cerró sus dedos lentamente alrededor de la manta mientras una expresión incómoda cruzaba su rostro.

—¿Y qué dicen sobre él? —pregunté.

El fantasma soltó una pequeña risa rota.

—Que trae el Infierno con él.

Un trueno sacudió toda la torre, las luces parpadearon y por un instante… juraría haber escuchado cientos de voces susurrando al mismo tiempo desde algún lejano lugar bajo la Academia Noirvale.

Sentí algo removerse dentro de mí al escuchar aquellas palabras, sin embargo, mi rostro permaneció completamente inexpresivo. Los años rodeada de muertos me habían enseñado a ocultar cualquier emoción antes de que pudiera mostrarse en mi cara. Así que me limité a observarla en silencio.

—Tu mensaje ha sido recibido —dije finalmente.

Ella sonrió de una forma antinatural, suficiente para hacer que el aire de la habitación se volviera todavía más helado.

—Hay algo mal aquí —susurró Evelyn con la voz apenas audible—. Mucha ira… y odio.

Evelyn no podía sentir a los fantasmas comunes. Los muertos corrientes eran silenciosos para ella, debido a que eran apenas ecos vacíos incapaces de despertar emociones reales en su interior, pero los espectros eran diferentes. La ira, el odio y la violencia que conservaban incluso después de morir seguían siendo emociones, y Evelyn las percibía con una intensidad insoportable.

De pronto, una mano pálida golpeó el cristal desde el otro lado del espejo. El impacto hizo temblar toda la superficie mientras pequeñas grietas comenzaban a extenderse bajo sus dedos como venas oscuras. Otra mano apareció después, golpeando con más fuerza, desesperada, furiosa, como si aquella cosa estuviera intentando atravesar el reflejo para arrastrarse dentro de la habitación. El sonido del vidrio resquebrajándose llenó el silencio y, por un instante, juré ver algo moviéndose detrás de ella en la oscuridad del espejo.

Evelyn contuvo un grito detrás de mí, totalmente atemorizada. Alcé una mano y murmuré el antiguo conjuro en voz baja.

—Per sanguinem vetustum et portas inferni, te damno ad abyssum unde venisti. Revertere ad tenebras aeternas. In nomine mortis, claudo viam.

Las sombras de la habitación parecieron estremecerse y, al instante siguiente, el espectro soltó un grito desgarrador mientras una fuerza invisible lo arrancaba violentamente del espejo.

El cristal tembló, las velas se apagaron de golpe y la presencia desapareció como si nunca hubiera estado allí, dejando únicamente silencio y el olor a humo quemado flotando en el aire.

Un fuerte golpe resonó al otro lado del pasillo y, antes de que pudiéramos reaccionar, un hechizo atravesó la cerradura haciendo estallar la puerta hacia dentro con un estruendo seco.

La profesora Morcant apareció inmediatamente entre el humo y las astillas de madera, envuelta en su característica larga túnica negra mientras la magia todavía chisporroteaba alrededor de sus dedos.

Sus ojos recorrieron la habitación destruida, el espejo agrietado, las velas apagadas, a Evelyn completamente pálida sobre la cama… y finalmente a mí, todavía de pie frente al escritorio con el rostro inexpresivo. La molestia endureció aún más sus facciones.

—¿Se puede saber qué demonios estabais haciendo para provocar semejante ruido? —espetó con frialdad.

Evelyn abrió la boca, todavía demasiado asustada para responder, así que suspiré lentamente y me crucé de brazos.

—Jugando a la ouija con la niña del exorcista—respondí con ironía.

—Limpiad este desastre e iros a dormir —ordenó antes de hacer un conjuro de nuevo y arreglar la puerta.

Esperé hasta que la profesora Morcant abandonó la habitación antes de acercarme lentamente a Evelyn. Todavía estaba temblando ligeramente.

Suspiré y terminé abrazándola con suavidad, notando cómo escondía el rostro contra mi hombro mientras intentaba recuperar el aliento pero mi mente estaba en otra parte.

Aquello había sido raro. Muy raro. Los espectros podían manifestarse en Noirvale, aparecer en espejos o incluso mover objetos pequeños cuando estaban cargados de emociones… pero jamás intentaban cruzar al mundo terrenal. Nunca.

Definitivamente necesitaba ir a visitar a mi madre.

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