Ticket de ida

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Sinopsis

Ahí estaba yo: bebiendo un café que no pagué, con la mente en una decisión difícil y con los ojos puestos en el mesero como si no hubiera tenido suficientes cosas en qué pensar. Al día siguiente me fui de Toronto. Dejé todo lo que conocía y a quienes quería, a mi madre... Todo por un trabajo al otro lado del mundo. Y ahí estaba él: en Irlanda. Estadísticamente, las posibilidades eran ninguna. Y sin embargo, apareció. Se llamaba Connor Beckman. Era gracioso, o tal vez no tanto, solo sé que me hacía reír y había algo en su mirada que me invitaba a verlo hasta que se me ponían calientes las orejas. Quería todo y nada con él. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? Ese ticket no tenía vuelta. Nadie me avisó de todo lo que venía incluido.

Genero:
Romance
Autor/a:
Lizzy Gascoigne
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo I

No podría olvidar ese día ni estando ebria. Me descubrieron jugando al Solitario solo unos minutos antes de que me ofrecieran mudarme a Irlanda.

Me encontraba en mi cubículo sin preocupaciones, pues los reportes de ventas que debía entregar estaban listos. Reuní al menos tres clientes más durante la mañana y me había tomado una buena taza de café.

Recuerdo haber dado un brinco cuando sentí que mi jefe tocó mi espalda y tosió para llamar mi atención. Puede que me equivoque, pero algo me dice que estuvo un buen rato de pie, viéndome perder la ronda.

De inmediato cerré el programa y comencé a buscar las palabras para dar lugar a una conversación en un intento por distraerlo y evitar un regaño.

—Señor Morgan, buenos días —balbuceé mientras buscaba su mirada detrás de mí. Su gruesa ceja estaba tan levantada que casi le tocaba el cuero cabelludo. Claro, vio la pantalla todo el tiempo; cualquiera la hubiera visto.

—Te necesito en mi oficina ahora, Rachel —dijo con un tono demasiado serio —. Y, por favor, trae los reportes —señaló los sobres que estaban en mi escritorio.

No puedo imaginar la cara que puse en ese momento. Solo sé que me miraba más pálida que nunca. La oficina del señor Morgan era similar a un agujero negro. Si alguien llegaba allí era despedido. Solo sus favoritos recibían buenas noticias y yo nunca fui de esas.

Tomé el sobre que decía “Reporte de ventas / Agosto” y lo estuve leyendo un par de minutos como si fuera el mejor libro de mi vida. Estaba a punto de levantarme, sin ánimo, por cierto, cuando mi compañero Leo se empujó hacia atrás con su silla con rodos.

—¿Qué pasó? —preguntó. Su mirada cargaba curiosidad y yo me quedé sentada viendo al vacío antes de poder, o querer, responderle.

—Parece que mis días aquí están por terminar —dije antes de tragar saliva.

—¿Cómo crees? Entrenaste a la mitad de la gente aquí —puso una mueca graciosa y se llevó a la boca un trozo de apio que escondió entre su saco. Nunca entendí su afición por comer apio en la oficina. No le ayudaba a verse saludable.

—Eso no es garantía —continué viendo al frente un instante más hasta que reaccioné. Sacudí mi cabeza y tuve la necesidad de llevar mi mano libre a mi sien —. ¿Qué voy a hacer si pierdo este trabajo?

—¿Buscar otro? —dijo él. Mi mirada fue suficiente para hacerlo sonreír nervioso —Digo, es la opción lógica, ¿no crees?

—Leo, no necesito esto ahora —le dije como si en serio estuviera molesta.

—Oye, relájate. Nada de eso va a pasar —llevó sus manos a la parte posterior de su cabeza y respiró con calma —. Te estás preocupando de más. Imagina lo que el señor Morgan haría sin ti. Se le terminaría de caer el pelo.

—Como si faltara mucho para eso —se me escaparon las palabras. Realmente no quería decir eso. El señor Morgan es una de las pocas personas que he respetado mucho. Leo se rió —. ¿Sabes? Tienes razón —me levanté decidida.

—Buena suerte, Ray —fue lo último que dijo. Allí iba yo, de camino al despacho del jefe más exigente que había tenido en mi vida. Hubo miradas sobre mí. La mitad del piso sabía que fui llamada a la oficina para entonces. Lo peor de todo fue cuando se me torció el tobillo como si no supiera andar en tacones desde los quince años.

Pasé entre los cubículos y los murmullos iban acompañados de mi nombre. Él me invitó a pasar cuando estaba afuera de su despacho, así que abrí lentamente para asomar la cabeza. El resto de mi cuerpo se rehusaba a entrar.

—Pasa, siéntate. Y cierra la puerta, ¿quieres? —me pidió amablemente. O eso fue lo que pensé porque su voz nunca sonaba amable en realidad.

Él estaba leyendo unos papeles y por ratos miraba a su monitor. Sus anteojos iban casi a la mitad de su nariz y no se los ajustaba. Solo estiró la mano y yo le di el sobre con los reportes, el cual puso a un lado sin molestarse en abrirlos o revisarlos.

—Gracias —dijo con la corbata apretándole el cuello. A veces pensaba que se podría asfixiar así —. Eres la única que lo tiene listo a tiempo. Extrañaré tu puntualidad.

—¿Extrañar? Lo dice como si fuera a despedirme —lo dije como si fuera una broma, pero estaba empezando a sudar frío.

—¿Por qué te despediría? —preguntó y de nuevo se puso a ver hacia su computadora —Lo cierto es que ya no nos veremos mucho, o eso espero —entonces dejó lo que estaba haciendo y puso sus grandes manos sobre el escritorio con los dedos entrelazados —. Te necesitan en otra sede.

—¿A mí? —no hubo alivio realmente. Después de todo, un traslado a un país desconocido no estaba en mis propósitos de año nuevo —. ¿En dónde?

—En Irlanda —lo dijo con desaire, pero al menos se esforzó por verse un poco entusiasmado y hablar menos serio —. Russell ha tenido problemas de salud y presentó su carta de renuncia esta semana. Están buscando un reemplazo y creemos que eres la mejor opción para el puesto.

—No sé qué decir —me quedé sin palabras unos segundos —. Deben tener a alguien allá. O tal vez en Nueva York. Yo-

—Vamos, Rachel, ¿podrías al menos pensarlo? —no me dejó terminar la frase —. No fue solo cosa mía. Jacobs fue quien te propuso y su jefe piensa que es una buena idea. Russell estuvo de acuerdo y ya sabes cómo es él.

—Muchas gracias, señor —mis manos se juntaron al hablar —. En serio le agradezco la confianza, pero no puedo aceptar —la respuesta fue espontánea —. Ya sabe lo que pasó con mi madre. Lo último que quiero es dejarla sola.

—Sabía que dirías algo como eso. Y está bien, lo puedo entender —bajó la cabeza y negó —. ¿Mencioné el generoso aumento y los beneficios que tendrás allá si aceptas?

—No, no lo mencionó —me reí y él también —. Lo siento, señor Morgan. En otras circunstancias, lo habría aceptado sin dudar —era mentira, hubiera dudado mil veces como fuera.

—Sí, sí, lo sé. Tienes la intención de crecer aquí y eso —chasqueó con los labios y se fue hacia atrás en su silla —. Bueno, de todas formas te daré el resto del día libre. Piénsalo, por favor. Si decides quedarte, te veré mañana. Si quieres ir, avísale a Enrique para que te envíe el boleto de avión.

—¿Quieren que vaya mañana mismo? —levanté ambas cejas. Aceptar irme de un día a otro hacía todo más difícil.

—Russell insiste en que se trate como un asunto urgente. Cuanto antes sea, mejor —dijo tras aclarar su garganta. Sonó tan tosco que me dieron ganas de ofrecerle un vaso de agua.

—Está bien, voy a pensarlo.

—Gracias, Rachel.

Extendí mi mano para despedirme de él y me fui. Estaba tan confundida sobre qué hacer que mi mente no me dio tregua en todo el día. Pasé a mi escritorio y recogí mi bolso junto a otras cosas.

Leo se me quedó viendo, al igual que otros cuantos, pero nadie se atrevió a preguntar. Yo tampoco me acerqué a contar lo que había ocurrido. Estaba en piloto automático y ni siquiera noté cuando llegué al elevador y salí del edificio.

Todo iba medianamente bien hasta que el frío se coló a través de mi ropa y entre los dedos de mis manos. Con el otoño cerca y sin mi abrigo, la solución más inmediata estaba en la siguiente calle: el café, mi gran y viejo amigo.

Me detuve frente a la cafetería y adentro busqué la mesa más aislada para no escuchar nada más que mis pensamientos. Aunque, siendo honesta, hubiera querido dejar de escucharlos también.

Un hombre se acercó a mí y me entregó un menú. Ya sabía lo que quería, así que no le presté mucha atención en ese momento. Luego de un par de minutos llegó para tomar mi orden. Había algo en él que me llamó la atención. No sé si eran sus ojos o la forma en que se recortó la barba; bien pudieron ser las dos cosas juntas. Pedí mi bebida y él mismo fue a dejarlo a mi mesa al poco tiempo.

—Aquí lo tienes. ¿Cuánto de azúcar te dejo? —preguntó. Su acento era un poco extraño y me costó entender su pregunta de inmediato.

—Estoy bien así, gracias —le dije. Él asintió.

—Tú sí que sabes tomar un buen café —su mano dejó de buscar los sobres de azúcar en el bolsillo de su delantal.

—La adicción a la cafeína ha hecho lo suyo —por lo general no habría dicho nada y solo hubiera sonreído por cordialidad. Él hizo contacto visual conmigo por más tiempo de lo que acostumbraba. Mis mejillas empezaron a calentarse.

—Estamos en eso juntos —esa sonrisa tan cálida que tenía no se borró ni un segundo —. Que lo disfrutes —se dio la vuelta para irse.

Bebí mi capuchino sin prisa, pensando en cómo contarle a mi madre lo que había pasado en la mañana. Ya casi la estaba escuchando decir “deberías ir” y negarme solo la haría sentir culpable por perderme la oportunidad.

Aunque pensaba que mi decisión estaba tomada, las palabras del señor Morgan seguían dándome vueltas. Además, entre toda la confusión, mis ojos buscaban a ese mesero hasta que dejaron de verlo pasar de un lado a otro.

El último sorbo parecía más un helado de café que un capuchino. Al terminar me acerqué al mostrador para pagarlo y quien me atendió fue la chica de siempre:

—¡Hola! —dijo cuando me acerqué a ella. Siempre era muy amable y parecía tener mucha energía.

—Hola. Pagaré con tarjeta —ya la tenía en la mano y estaba lista para usarla.

—Ah, no te preocupes por eso. La casa invita —levantó las manos.

—¿Disculpa?

—Él dijo que es de la casa —dijo paseando su vista en la cafetería —. Ups, creo que ya no está por aquí. Fue quien te llevó el café —reveló relajando los hombros. Quise darme la vuelta para ayudarle a buscar, pero logré mantenerme firme y no hacerlo.

—Vine un buen día —intenté que sonara como una broma, pero a ella no pareció hacerle mucha gracia —. ¿Estás segura? —me cercioré.

—Sí, estamos bien. Que tengas un bonito día.

—Bien, gracias. Tú también —le dije y ella se despidió con un gesto. Yo estuve examinando el lugar completo hasta llegar a la salida.

Por un lado, quería encontrarlo para darle las gracias y ver su sonrisa otra vez. Por otro lado, pensé que la interacción habría sido demasiado incómoda. Como sea, se quedó en mi cabeza junto al asunto de Irlanda.

El viento no cesó, pero al menos el café hizo lo suyo en el trayecto. Mi madre estaba en casa viendo la tele cuando llegué.

Le conté acerca de lo ocurrido con el señor Morgan. No quería hacerlo, pero ella notó que estaba sirviendo jugo de naranja en un tazón para cereal y preguntó si todo estaba bien.

No dejó de insistir en que debía irme a Irlanda, tal y como anticipé. Yo seguía renegando y diciendo que era una mala idea, pero ella fue más terca que yo y a la hora de la cena lo repitió tanto que se le acabaron las ideas de cómo decirme que lo haga.

Algo parecido a la electricidad recorrió mi cuerpo antes de abrir la boca al final de la cena. Se estaban moviendo mis ideas y los neurotransmisores hicieron el trabajo.

—Voy a ir a Irlanda —fue lo que dije después de tragar el último bocado —. Mamá, en serio iré muy lejos.

—¿De verdad te decidiste? —ella tenía las manos juntas casi pegadas a su pecho.

—Sí, creo que sí —lo dije. Ya no había marcha atrás. Los ojos se me llenaron de lágrimas al pensar que pasaría sola mi cumpleaños número 30 sin ella, pero ella se levantó de su silla solo para abrazarme —. No te quiero dejar.

—Voy a estar bien —la dulzura en su voz fue reconfortante, pero a la vez me hizo quebrarme en llanto —. Has hecho mucho por mí. Es momento de que tu instinto te mueva.

—Te voy a extrañar mucho —ni yo misma me entendía al hablar. Mi voz estaba totalmente rota.

—Yo también, mi vida —me dijo. No derramó una sola lágrima. Fue lo único que le pedí y lo hizo. Fue injusto, lo sé, pero no hubiera podido irme si la miraba llorar.

Enrique me envió el ticket de ida. Sin regreso; sin opción de volver a mi lugar seguro. Fue una sentencia porque ese boleto ya tenía mi nombre.

Empaqué lo poco que podía meter en esa pequeña maleta. Mis manos temblaban cada vez que imaginaba mi llegada a lo desconocido. Estaría sola. Por primera vez en mi vida no tendría a donde volver ni a mi madre que siempre estuvo conmigo.

El señor Morgan no estaría en la oficina. Sin él, ¿qué sería de mí? Russell era un tipo increíble, pero no era tan familiar. Todo lo que podía salir mal empezó a hacer ruido en mi cabeza. Sin embargo, no dejé de guardar mis blusas y pantalones favoritos en la maleta. Al final fue tan pesada que levantarla fue mi cardio del día.

—¿A qué hora sale el avión? —me preguntó mi mamá cuando dejé el equipaje en la puerta. Esa maleta llevaba mi vida entera, pero no podía meter a mi madre allí.

—¿Qué dices? —concentrarme era un reto enorme en ese momento. Su pregunta entró por mi oído y salió de largo por el otro.

—Tu avión, ¿a qué hora sale? —repitió. Yo tomé mi celular para revisar el mensaje de Enrique.

—Dice que debo llegar a las 7:00 am.

—Entonces ve a dormir ya. Debes descansar aunque sea un poco —atenta como siempre. Aunque tenía veintinueve años, seguía siendo su niña.

—No podré dormir de todos modos —ella negó con la cabeza y me dio un abrazo. Después un beso en la frente y me dio un empujoncito para ir a mi habitación.

Justo como predije, me acosté en mi cama y cerré los ojos, pero no pude dormir. Cada vez que revisaba el reloj, estaba más cerca de irme de casa. Tenía los ojos secos y me ardían porque seguía llorando en silencio, esperando la hora en que mi alarma sonara para avisar cuando tuviera que dejar mi hogar.