La Luna herbolaria

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Sinopsis

Penélope, o Pip, como la llaman sus compañeros en el bar, tiene otros planes para su vida. Pero, por ahora, está atrapada sirviendo copas en un bar para híbridos, ya que es uno de los pocos trabajos que una chica mitad humana, mitad licántropa puede conseguir en esta ciudad. Todo cambia la noche en que conoce a su destinado, el Rey Alfa. Ahora, lucha por mantener su independencia mientras intenta salvarlo de sus enemigos. Pero quizás ellos no vienen a por él después de todo. Y puede que su afición por la herbolaria no sea solo un pasatiempo, sino una habilidad crucial que necesitará para evitar que toda la magia y los licántropos sean borrados de la historia. (Precuela de His Silent Luna.)

Genero:
Romance
Autor/a:
OkieDokie85
Estado:
Completado
Capítulos:
75
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Capítulo 1

Dos horas más y el bar cerraría, así que por fin podría irme a casa. Una chica se contoneaba contra la barra antes de dar una vuelta y terminar en un spagat en el suelo. Apenas me fijaba ya. Cuando empecé a trabajar aquí hace cinco meses, me ponía roja enseguida, pero era el único sitio que contrataba a una híbrida de mujer lobo y humana.

Preparé una copa para una de las chicas que acababa de terminar su turno. Ella le dio un sorbo mientras coqueteaba con Philip, uno de los porteros.

“¡Otra!”, gritó alguien, golpeando una copa contra la barra a mi izquierda.

“Ni de coña, Mac”, dije mientras tomaba el vaso. “Apenas puedes mantenerte sentado en ese taburete”.

“Mentira”, masculló él mientras arrastraba las palabras. Me guiñó un ojo e intentó dar una vuelta, pero terminó cayéndose al suelo. Le hice un gesto con la cabeza a Phillip y él se acercó al cliente desorientado.

“Phillip se va a asegurar de que te subas a un taxi, ¿vale, Mac? Mañana nos vemos”. Me apoyé en la barra y observé cómo Phillip lo levantaba por debajo de las axilas y empezaba a arrastrarlo hacia la salida. Siempre había un taxi esperando, probablemente el mismo conductor que siempre lo llevaba a su vacío apartamento en la zona alta. Pero nadie podía enfadarse con Mac. Su esposa de cuarenta años había muerto hace unos meses. El amor de su vida. Cada noche me contaba algo más sobre ella. Si trabajara aquí cuarenta años más, probablemente conocería hasta el último maldito detalle de su historia. Pero era un hombre dulce, y prefería mil veces a Mac antes que a la escoria que solía entrar por esa puerta.

La chica del escenario terminó su baile, saltó hacia abajo y se lanzó a los brazos de un hombre que acababa de entrar.

Los últimos rezagados se marcharon justo cuando Emily se acercaba a la barra con su prometido, Jason.

“Ese spagat final fue brutal, Em”, les sonreí a ella y a Jason.

“Gracias, Pip. He estado practicándolo toda la semana”.

“Doy fe de ello. Tiró una lámpara en el salón”, soltó Jason, y luego la atrajo hacia él para darle un abrazo cuando Emily le dio un golpe juguetón en el pecho.

“Nos vemos mañana”, dijo Emily. Agarró la mano de Jason y lo llevó hacia la puerta de la trastienda para recoger sus cosas.

Lavé los últimos platos y ordené la barra mientras Phillip regresaba.

“¿Quieres que te acompañe a la salida, Pip?”

“Estoy bien, Phillip, gracias. Puedes irte. Tengo que recoger mis cosas y escribir un pedido”.

“Vale. Yo cierro con llave”.

“Gracias”, sonreí mientras sacaba una libreta y empezaba a anotar los suministros y el licor que se nos estaban agotando. El gerente podría hacer el pedido por la mañana. Mañana... Uf, ya eran las 3 de la mañana. Agarré mi bolso de debajo de la barra, me puse de pie y pegué un grito.

“Lo siento”, dijo el extraño alto desde el otro lado de la barra, levantando las manos.

“El bar está cerrado”, dije, con la voz temblorosa mientras mi corazón intentaba recuperar su ritmo normal.

“Sí, lo siento. Estaba en el baño y creo que me he quedado encerrado”.

Lo miré de reojo y di un paso hacia la barra, en lugar de retroceder, mientras mis dedos se cerraban sobre el táser que tenía escondido en el estante. Podía ser un hombre lobo, pero la descarga lo dejaría tirado en el suelo durante medio minuto.

“Puedo dejarte salir”. Le hice un gesto hacia la puerta y agarré el táser, bajándome la manga sobre la mano para ocultarlo lo mejor posible mientras él se dirigía hacia la salida. Lo seguí, sin quitarle los ojos de encima, mientras metía la llave en la cerradura y abría. Mantuve la puerta abierta mientras él pasaba a mi lado; su gran cuerpo llenaba el marco de la puerta. Se detuvo, se dio la vuelta y se inclinó hacia mí con una sonrisa, quedando a pocos centímetros de mi cara. Me miró a los ojos durante lo que pareció un segundo de más.

Puse mi dedo sobre el botón del táser.

“Gracias”, murmuró. “Siento haberte asustado. Te lo juro, es la última vez que acepto una llamada de trabajo en el baño”.

Le regalé una sonrisa que desapareció en cuanto empezó a caminar hacia el único coche que quedaba en el aparcamiento, además del mío. Entré de nuevo, cerré la puerta con llave y me quedé mirando por la pequeña ventana hasta que vi cómo se marchaba.

Me di cuenta de que todavía estaba conteniendo la respiración y que tenía una marca en la mano de tanto apretar el táser. Relajé los hombros y respiré hondo un par de veces.

Saqué mi bolso de debajo de la barra, metí el táser dentro, caminé hacia la puerta y miré cien veces por si había alguna sombra antes de abrir y salir al aire fresco de la mañana. La puerta se cerró tras de mí y corrí hacia mi coche, saltando al interior antes de echar el seguro.

Seguía sintiendo como si no estuviera sola, así que encendí el motor y salí a toda velocidad del aparcamiento.

Mi pobre coche traqueteaba protestando hasta que llegué a las afueras de la ciudad y tomé una salida que atravesaba un bosque por una carretera serpenteante. Los últimos diez minutos del trayecto los hice casi por pura memoria muscular, hasta que entré en el camino de grava de la casa de mi abuela. Usé mi llave, entré de puntillas pasando por delante de su habitación y me metí en la mía, dejando el bolso en la mesita de noche antes de desplomarme en la cama.

Mañana le voy a cantar las cuarenta a Phillip por no revisar los baños antes de irse.

Caí rendida, mientras un torbellino de pensamientos caóticos se desvanecía en sueños extraños.

El olor a café me despertó los sentidos cuando logré despegarme de la cama a las 9. La ducha calmó mis nervios, me puse unos vaqueros y una camiseta y me dirigí a la cocina.

“¿Qué tal el trabajo?”, preguntó la abuela mientras me ponía una taza en las manos al entrar en la habitación. Le di un beso en la mejilla y sonreí, disfrutando de su aroma a pachuli y eucalipto mientras me daba un abrazo rápido. Sus pulseras tintinearon cuando retiró los brazos y se limpió las manos en sus pantalones de lino.

“Bien. Muchas propinas. Anoche hubo muchísimo lío. Un tipo me dio un susto al cerrar, pero no fue nada. Estaba en el baño cuando estábamos echando el cierre”.

“¿Ah, sí? ¿Y qué tenía, un apretón que lo mantuvo en el baño hasta tan tarde?”

Me reí ante su sarcasmo. “Una llamada de negocios, dijo”.

“¿Empresario internacional o chulo? No hay mucha gente haciendo llamadas tan tarde”. La abuela se movió por la cocina y puso algo de fruta y tortitas en un plato, dejándolo sobre la mesa. Me senté.

“Definitivamente más del tipo empresario que de chulo. Iba bien vestido y era educado. Casi le doy con el táser cuando se dio la vuelta para darme las gracias”.

La abuela soltó una carcajada. “Quizás deberías haberlo hecho, solo para recordarle que sea un poco más puntual”.

Sonreí con la boca llena de tortitas y le di un trago al café. “¿Qué vas a hacer hoy?”

“Estoy trabajando en un encargo en el granero. Debería terminarlo hoy”.

“Me encantaría verlo”.

“Pásate antes de irte al trabajo. Estaré allí todo el día. El cliente tiene muchas ganas de tenerlo”. La abuela se recogió sus rizos plateados con un pañuelo de seda. “¿Y tú qué vas a hacer?”

“Probablemente salir a correr por el bosque”.

“No te hagas daño”, me lanzó una mirada de complicidad. Puse los ojos en blanco en broma y sonreí.

“Creo que soy yo la que debería empezar a preocuparse por ti a tu edad”.

La abuela soltó un bufido. “Ninguna chica de 22 años debería preocuparse de nada que no sea averiguar qué quiere en la vida. ¿Has enviado más solicitudes?”

“Creo que me he apuntado a todos los sitios en un radio de 100 millas. Si quiero un trabajo como sanadora natural, voy a tener que buscar fuera del territorio de los hombres lobo. Nadie quiere que los cure una mestiza que apenas puede curarse a sí misma”.

“Sigue intentándolo, cariño. Tu determinación para curar sin tener habilidades naturales es lo que te hace una herbolaria y sanadora increíble. Alguien sabrá ver tu valor. Y, por supuesto, aquí siempre tienes un lugar conmigo, así que no hay prisa”. La abuela se agachó y me dio un abrazo.

Solo sonreí y me llené la boca con otra tortita mientras ella salía por la puerta trasera hacia el granero.