El Guardián De Las Campanas por Siete Puentes en Inkitt
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El guardián de las campanas

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Sinopsis

Para escapar de la asfixiante estática de la gran ciudad, Ignacio busca refugio en un remoto pueblo costero de Chiloé. Allí, entre la lluvia constante y la neblina, intenta sanar un cuerpo y una mente devorados por el estrés urbano. Sin embargo, las noches en el archipiélago guardan secretos antiguos. En mitad de una tormenta salvaje, un sonido cristalino y magnético comienza a descender desde el bosque: el tañido rítmico de unas campanas que provienen de un cementerio abandonado. Nadie vivo debería estar allí arriba. Nadie cuerdo debería seguir ese llamado. Pero para Ignacio, cada nota metálica es un bálsamo que apaga milagrosamente el zumbido de su cabeza. Atraído por la promesa de un silencio absoluto, decidirá adentrarse en el sendero prohibido, sin saber que el Guardián de las campanillas no busca asustar... busca ofrecer una anestesia perfecta para los que vienen rotos por dentro. ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por un instante de paz?

Genero:
Thriller
Autor/a:
Siete Puentes
Estado:
Completado
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 1

CAPÍTULO 1: El ruido de la estática

El aire de la isla no olía a limpio, o lo que él ya consideraba limpio a esas alturas de su vida; en cambio, olía a salitre, a madera húmeda que comenzaba a pudrirse en los muelles y al humo denso de la leña de luma que escapaba de las chimeneas de zinc. Para Ignacio, cada bocanada era como tragar un trozo de invierno. Se detuvo en el borde del camino de tierra, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta pesada, y miró hacia el canal. El agua del archipiélago de Chiloé compartía el mismo color gris plomizo del cielo, moviéndose en un oleaje perezoso pero constante, como un gigante que respira a duras penas.

Llevaba apenas tres días en el pueblo y todavía le costaba adaptarse a la falta de ruido; miró su teléfono comprobando nuevamente que no tenía señal antes de volver a guardarlo, sabiendo que en cinco minutos más haría lo mismo.

En Santiago, el silencio simplemente no existía. Allá, su vida se medía en el parpadeo incesante de las luces rojas de los servidores, el zumbido del aire acondicionado de la oficina y el repiqueteo metálico de los teclados. Pero lo peor no era el ruido exterior; era el eco que se había quedado atrapado dentro de su propia cabeza. Una estática constante, similar a la de un televisor antiguo sin señal, que había comenzado cinco años atrás, cuando aceptó el puesto de supervisor de análisis de datos.

Esa estática había crecido mes a mes, alimentada por los correos electrónicos que llegaban a la medianoche, las llamadas los domingos por la mañana y las sutiles pero implacables amenazas de su jefe. «Si no puedes con el ritmo, Ignacio, hay diez profesionales afuera esperando tu escritorio». Al final, su cuerpo había tomado la decisión por él. Un martes cualquiera, a media tarde, el pecho se le cerró como si una mano de hierro le estrujara el corazón. El aire no entró. Las luces de la oficina comenzaron a girar y cayó al suelo, hiperventilando, convencido de que se estaba muriendo de un infarto.

No fue un infarto.

Fue un colapso nervioso. La baja psiquiátrica que firmó el médico al día siguiente no era una sugerencia; era una orden de evacuación.

—Si se queda en la ciudad, la próxima crisis no la cuenta —le había advertido el doctor con severidad.

Por eso estaba ahí.

Ante su estado, su madre había elegido la isla más alejada que encontró en el mapa, un pequeño pueblo costero donde el tiempo parecía haberse congelado a mediados del siglo pasado.

Caminó lentamente hacia la posada, sintiendo cómo el calzado se le hundía en el barro blando. A su alrededor, las casas de tejuelas de alerce mostraban el desgaste de décadas de lluvia y viento sur. La gente nativa que se cruzaba con él apenas lo miraba, pero Ignacio sentía sus ojos fijos en su nuca. Eran hombres y mujeres de piel curtida, dura como la corteza de los árboles, con manos gruesas acostumbradas a la red y a la tierra.

Había una calidez silenciosa en sus saludos cortos, pero también una distancia insalvable. Sabían que él no pertenecía a ese lugar; era mucho más delgado, su piel era pálida de tanto estar en departamentos y en oficinas con poca luz, sus manos eran suaves y no mostraban callos que vinieran con el trabajo duro o de jugar en un jardín lleno de árboles.

En la posada, los visitantes eran de otra clase. Ignacio los había observado durante los desayunos. Eran personas que llegaban como cáscaras vacías; hombres de negocios con la mirada perdida, escritores frustrados, profesionales que buscaban desconectarse un par de semanas o jóvenes que pretendían curar sus heridas buscando el misticismo de la isla. Algunos se marchaban a la semana, devorados por la misma monotonía que venían a buscar. Otros, atrapados por un magnetismo extraño, decidían echar raíces. Y luego estaban los pocos de los que el posadero hablaba a medias: aquellos que simplemente dejaban de verse por las calles de la noche a la mañana.

La madera de la posada crujió bajo sus botas cuando entró. El olor a pan amasado y a café de cebada inundaba el recibidor principal. En la esquina, junto a una estufa de hierro que irradiaba un calor reconfortante, el dueño del lugar limpiaba un vaso de vidrio con un paño gastado. Era un anciano de pocas palabras, con el rostro surcado por arrugas tan profundas que parecían cicatrices del viento.

—Buenas tardes, don Manuel —saludó Ignacio, acomodándose la bufanda.

El viejo asintió con la cabeza, una inclinación casi imperceptible. Su mirada fija parecía escudriñar no el rostro de Ignacio, sino el cansancio que arrastraba en los hombros.

—Está refrescando más de la cuenta —dijo el anciano, con esa tonada pausada, casi cantada, típica de la zona—. Se viene viento del norte. Va a traer agua de la grande.

—Mejor. Así tengo excusa para quedarme adentro —intentó bromear Ignacio, pero la sonrisa se le congeló en los labios cuando un leve mareo lo obligó a sostenerse del mostrador.

La estática en su cabeza seguía ahí, un zumbido agudo que le presionaba las sienes.

Don Manuel lo observó con una mezcla de advertencia y una lástima que a Ignacio le resultó incómoda. Los lugareños sabían leer los cuerpos de los afuerinos; sabían cuándo la ciudad los había roto por dentro.

—Descanse, forastero. En este pueblo las noches son largas, y el cuerpo necesita tiempo para entender el silencio de las islas. Si el silencio le pesa mucho, no lo busque. Deje que el viento hable solo. —Luego le tendió un libro que estaba a su lado—. La lectura ayuda a sanar el alma.

Ignacio forzó una mueca de agradecimiento y subió las escaleras hacia su habitación. El cuarto era pequeño, rústico, con una cama de madera maciza y una ventana que daba directamente hacia los bosques que ascendían por la colina, justo detrás del pueblo.

Se sentó en el borde del colchón y sacó su teléfono celular. No había señal. La pantalla mostraba el símbolo de una cruz donde debían estar las barras de cobertura. El aparato, que durante cinco años había sido su grillete, ahora no era más que un trozo de plástico y vidrio inservible. Lo dejó sobre la mesa de noche, boca abajo. Por primera vez en meses, su desconsiderado jefe no podía alcanzarlo. No había correos que responder ni planillas Excel que revisar.

Sin embargo, la libertad se sentía extraña, casi dolorosa. La presión en su pecho disminuía por momentos, pero la mente, acostumbrada al estrés crónico, buscaba desesperadamente algo en qué ocuparse para llenar el vacío.

Se acostó vestido, tapándose hasta la barbilla con las pesadas mantas de lana chilota. Afuera, la luz del día comenzó a retirarse de golpe, devorada por unas nubes negras que avanzaban desde el mar. El viento del norte, tal como había predicho don Manuel, empezó a golpear las ventanas de la posada con un silbido lúgubre, como un lamento que recorría los callejones del pueblo.

Ignacio cerró los ojos, intentando ignorar la estática en su cabeza, esperando que el sueño lo reclamara antes de que la noche se volviera demasiado densa. A unas pocas cuadras de ahí, entre las tumbas cubiertas de musgo del cementerio viejo abandonado, las sombras comenzaban a bailar con el viento.**Ignacio despertó de golpe.

No hubo una transición suave entre el sueño y la vigilia; simplemente abrió los ojos en la oscuridad de la habitación, con el corazón galopando contra sus costillas y la boca seca. La tormenta anunciada por don Manuel ya se había desatado sobre el pueblo. El viento del norte golpeaba las tejuelas de alerce de la posada con una violencia salvaje, haciendo crujir las vigas de madera como si el edificio entero estuviera quejándose bajo el peso del invierno, y la lluvia golpeaba contra la ventana como si pidiera entrar a la casa.

Se sentó en la cama, frotándose el rostro con ambas manos. La estática en su cabeza había vuelto con fuerza, un zumbido agudo y eléctrico que parecía sincronizarse con el silbido del viento afuera. Sintió esa conocida opresión en el centro del pecho, el aviso de que la ansiedad estaba ganando terreno otra vez. Miró de reojo el teléfono sobre la mesa de noche; la pantalla seguía muerta, una superficie negra que no ofrecía respuestas ni distracciones.

Su respiración era pesada e irregular; mientras un sudor frío comenzaba a caer por su espalda, intentó corregir su respiración, pero su mente se agitaba cada vez con más fuerza, impidiéndole concentrarse en los ejercicios de respiración que le habían enseñado.

Entonces, entre el rugido de la tormenta y el crujido de la madera, el sonido lo alcanzó.

Tin... Tin... Tin...

Ignacio se congeló, conteniendo el aliento. Al principio pensó que era el efecto del cansancio o el golpe de alguna rama contra el techo. Pero el sonido se repitió, constante, rítmico y con una resonancia metálica, lúgubre, que parecía viajar desde la colina boscosa detrás del pueblo.

Eran campanas, un suave sonido rítmico, como un llamado.

Se levantó de la cama, arrastrando los pies descalzos sobre el piso alfombrado, y se acercó a la ventana. Limpió el vaho del vidrio con la manga de su camisa y miró hacia el exterior. La oscuridad era total, rota apenas por la espuma blanca del canal a lo lejos; la lluvia golpeaba, aunque no era posible apreciarla a esa hora. Hacia la colina, donde el bosque se tragaba el sendero, solo había una masa de sombras movedizas. Sin embargo, Ignacio sintió un extraño escalofrío recorriéndole la espalda: una certeza irracional de que, desde algún punto en medio de esa negrura, algo lo estaba mirando.

Lo más extraño no fue el sonido de las campanas en sí, sino lo que provocó en él. A medida que el eco de los tañidos flotaba en el aire húmedo, la presión en su pecho comenzó a ceder de manera paulatina. El zumbido eléctrico de su cabeza pareció amortiguarse, como si la campana tuviera el poder de absorber la estática que lo había atormentado durante los últimos cinco años. Por un instante, la paz se filtró en su mente.

Intrigado, se acomodó la chaqueta sobre los hombros. La tentación de salir en ese mismo momento cruzó su mente; era como una necesidad de seguir aquel sonido, pero el sentido común terminó por imponerse. El frío era implacable y el viento cortaba la piel. Finalmente se quitó su chaqueta y decidió volver a la cama, arropándose sin preocuparse del tiempo, solo escuchando y sintiendo mientras el eco de las campanas se desvanecía lentamente en la tormenta, dejándolo finalmente en un sueño profundo y sin sobresaltos.

A la mañana siguiente, el pueblo amaneció envuelto en una neblina densa, esa camanchaca chilota que borraba los contornos de las casas y hacía que todo pareciera suspendido en un limbo gris. Ignacio bajó al recibidor de la posada. El olor a café de cebada caliente, a huevo revuelto recién preparado y a pan horneado flotaba en el ambiente, pero el silencio del comedor era casi sepulcral.

Don Manuel estaba detrás del mostrador, repitiendo el mismo gesto del día anterior, limpiando la superficie de madera con un paño. Su mirada parecía perdida en sus propios pensamientos, flotando en algún lugar lejano.

—Buenos días —saludó Ignacio, acercándose.

El anciano lo miró, clavando sus ojos curtidos en los de él, con una mezcla de advertencia y lástima.

—¿Pudo descansar, forastero? El viento del norte no tuvo piedad anoche.

—Sí, dormí bien después de un rato —respondió Ignacio, fingiendo indiferencia mientras se apoyaba en el mostrador—. Aunque hubo algo extraño en la madrugada. Entre la tormenta, me pareció escuchar campanas. ¿Hay alguna iglesia cerca de la colina? Aunque el sonido era más suave, como si fueran campanillas más que una campana.

Don Manuel detuvo el movimiento de su mano. El paño quedó inmóvil sobre la madera. Un silencio espeso se instaló entre ambos, interrumpido solo por el crujido de la estufa de hierro.

—¿Campanas? —preguntó el anciano, adoptando una postura rígida.

—Sí. Resonaban desde el bosque, hacia el cementerio viejo. Un sonido constante. ¿No las escuchó? —preguntó curioso Ignacio, intentando prestar atención a los ruidos del presente, pero afuera el ruido del viento matutino y los animales de la zona no dejaban escuchar nada más.

El rostro del hombre mayor pareció endurecerse, sumando años a su ya gastada piel. Miró de reojo hacia la puerta antes de bajar la voz, adquiriendo un tono críptico y severo.

—Escucha bien, no te acerques al cementerio, forastero. Ese lugar lleva décadas abandonado; no hay nadie vivo que deba hacer sonar nada allí. Esas campanas llaman a los vivos para que les hagan compañía.

Ignacio sonrió con un poco de burla, intentando sacudirse la incomodidad con el escepticismo propio de la gran ciudad, aunque un sudor frío recorrió su espalda al ver la absoluta seriedad del viejo.

—¿Desayuno, muchacho? —preguntó Dolores, la esposa de don Manuel, quien salió de pronto de la cocina, haciendo que ambos hombres saltaran en sus lugares.

—Sí, por favor —respondió Ignacio dedicando una sonrisa a la mujer, quien se acercó y le miró con detenimiento.

—Se ve mejor, mucho mejor —admitió la mujer, limpiando sus manos en su delantal antes de tomar su cara y moverla—. Creo que su madre hizo bien en mandarlo; no ha pasado ni una semana y está recuperando los colores.

—Que se mantenga seguro, eso necesitaba este forastero —murmuró Don Manuel volviendo a limpiar el mesón.

La advertencia, lejos de disuadirlo, encendió aún más su curiosidad. ¿Quién haría sonar las campanas de un lugar olvidado en mitad de una tormenta? Era ridículo simplemente pensar que alguien fuera exclusivamente al viejo cementerio a hacer eso, pero la curiosidad de tener respuestas era mucho más fuerte.

Contra los consejos de los lugareños, se dejó seducir por la duda.

Lejos de los computadores, de su celular sin señal y de su desconsiderado jefe, descubrió que no tenía absolutamente nada que lo distrajera de aquel sonido que, de una manera retorcida y peligrosa, parecía haber comenzado a llamarlo.

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