Capítulo 1: Demonios
La ciudad de Gotham: la metrópolis del caos. Muchos piensan en ella como una urbe nocturna de avenidas anchas iluminadas por farolas y carteles de neón, atrapada en eternas noches que devoran gran parte del día.
Es una de las ciudades más ricas de los Estados Unidos y una de las más bellas por su arquitectura gótica y oscura, la cual le da nombre y carácter. Pero nadie habla de aquello que la consume día a día desde las sombras.
El crimen la rige sin tregua ni descanso: desde las bandas callejeras hasta las grandes familias de la mafia, pasando por policías corruptos y políticos ansiosos de dinero.
Sin embargo, en esta ciudad donde las sirenas policiales aúllan dando bandazos, una nueva leyenda se alza entre las callejuelas desde hace semanas.
Dicen que dos demonios nacidos de la misma oscuridad, cargados de ira y justicia, se abalanzan contra cualquiera que intente aterrorizar al débil.
Las gotas gélidas de la lluvia caían sobre unos jóvenes encapuchados. Vestían ropas de calle y en sus rostros se dibujaban pocas ganas de hacer amigos.
Arrinconada junto a los contenedores, una pareja de ancianos suplicaba clemencia. Los vecinos oían los gritos, y los asaltantes lo sabían; pero lejos de salir a socorrerlos, las víctimas solo pudieron escuchar el eco de los pestillos al cerrarse al unísono en las ventanas.
En la entrada del callejón esperaba un coche patrulla. En su interior, dos oficiales aguardaban pacientemente a que los lamentos de la anciana cesaran.
Bajo la premisa de uno de ellos, que afirmó: «No nos pagan tanto como para morir por dos viejos», el otro bebía su café con tranquilidad, esperando el momento de trasladar dos nuevos cadáveres a la morgue.
Dentro del callejón, el anciano, al ver que estaban abandonados a su suerte, se abalanzó para intentar salvar a la mujer con la que había compartido su vida.
Pero terminó en el suelo. La anciana, de rodillas sobre el barro y la basura, no podía parar de gritar, elevando su llanto al cielo. El hombre con el que había estado desde su juventud yacía frente a ella, derribado, mientras los jóvenes lo golpeaban brutalmente en el rostro.
Entonces, la mujer los vio. Fue solo un instante, bajo el destello de un rayo: las siluetas de las que se hablaba en el barrio. Su vista quedó impregnada por la imagen de esos entes en la lejanía: altos, oscuros, con orejas puntiagudas y enormes capas que se movían como el viento.
Uno de los delincuentes caminó lentamente hacia la anciana mientras el marido, retenido por el grupo, lo miraba con desesperación.
El tipo se colocó bajo el único foco del callejón, cuchillo en mano. Atemorizada, ella comenzó a rezar en busca de un milagro o, al menos, de una muerte rápida. De pronto, la bombilla parpadeó y se apagó de un golpe.
Al volver la luz, las dos sombras que había visto a lo lejos se alzaban ya frente a ella, dándole la espalda.
El pandillero se quedó helado. Alzó la mirada para toparse con aquel enorme armario con cuernos que se erguía sobre él; una mirada blanca se clavó en su alma y el terror no tardó en llegar.
Entre el grupo se oyó un susurro: «Vamos, no me jodas». Soltando a los ancianos, los delincuentes se lanzaron al ataque. La pareja se refugió como pudo en una esquina para observar a aquellas dos figuras.
En cuestión de segundos, los gritos de los malhechores y el crujido de sus huesos rotos comenzaron a resonar contra las frías paredes del callejón.
Desde las alturas, mimetizados entre las sombras de Gotham, los demonios observaron cómo los ancianos salían de aquel callejón para ser recogidos por la patrulla, cuyos oficiales no ocultaban su sorpresa al verlos con vida.
Pero, aunque la lluvia golpeara casi a diario a Gotham y las noches cargadas de violencia fuesen la normalidad de la urbe, el amanecer siempre traía un cambio. Con el transcurso de las horas y el avance, imparable, de la leyenda de los demonios, el foco de la ciudad cambiaba de lugar.




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