*Mi Guardaespaldas*
Narrador
Mi padre se ha empeñado en que tenga un guardaespaldas, y sinceramente, no entiendo por qué tiene tanto miedo de que algo me pase. Sé cuidarme sola, pero como siempre, no me escucha. Según él, todo lo hace «por mi propio bien».
— ¡Vanessa, puedes bajar un momento, por favor! —se escuchó la voz de mi padre resonar por toda la casa.
Bajé las escaleras y me dirigí hacia donde él estaba. Lo vi con una expresión radiante, con una sonrisa que casi no le cabía en la cara; hacía mucho tiempo que no lo veía tan contento.
—Aquí estoy, padre... ¿Qué sucede?
—Vane... hija mía —me dijo, mirándome con ternura—. Él es tu nuevo guardaespaldas.
—¿¿Un guardaespaldas?? Pero si nunca he necesitado uno —respondí, arqueando una ceja, sorprendida y molesta a la vez.
—Bueno, pues ahora lo tendrás. Él será el primero, y espero que te lleves bien con él.
—Mmm... —fue lo único que pude murmurar, sin ocultar mi desagrado.
Entonces lo miré bien. Era un chico joven, de rasgos asiáticos, de mirada tranquila y porte elegante. Al notar que lo observaba, me dedicó una sonrisa amable. Volví la vista hacia mi padre, buscando una explicación.
—Su nombre es Lee Seung Gi. Desde hoy, él se encargará de tu seguridad.
—Sigues insistiendo con esto, ¿verdad? Padre, te lo he dicho mil veces: yo no necesito a nadie que me cuide —le dije con voz seria y firme.
—Vanessa, ya hemos hablado de este tema —me respondió, y su mirada cambió de inmediato, volviéndose fría y autoritaria.
Conocía esa mirada perfectamente: cuando la ponía, significaba que no había vuelta atrás, que su decisión era definitiva.
—Por favor —le dijo a Seung Gi—, cuida a mi hija como si fuera tu propia vida. Es lo más importante que tengo.
—Puede estar tranquilo, señor. La señorita estará segura conmigo —respondió él, haciendo una reverencia profunda y respetuosa.
—Muy bien... Vane, te veo luego, hija —se acercó, me dio un beso en la frente y agregó—: Ahora debo retirarme, tengo asuntos pendientes.
Mi padre salió por la puerta y me dejó completamente sola con aquel chico desconocido. Lo miré un momento y decidí dejar mi malhumor a un lado; él no tenía la culpa de las decisiones de mi padre.
—¿Quieres pasar? —le dije, tratando de sonar amable.
Al principio estaba decidida a no aceptarlo, pero ahora que estaba ahí, no había nada que pudiera hacer para cambiarlo. Además, parecía una persona educada.
Entramos a la sala y él se quedó parado, observando el lugar con discreción, sin tocar nada ni invadir espacios.
—Puedes sentarte, por favor —le indiqué.
—No es necesario, señorita. Mi deber es estar alerta.
—Por favor, háblame de tú —le pedí con una sonrisa—. Aquí no hay formalidades excesivas.
Él obedeció y se sentó. Mi cabeza estaba llena de preguntas y curiosidad por saber quién era realmente.
—¿Cuántos años tienes, Seung Gi?
—Tengo 26 años, señorita.
—Te dije que me hablaras de tú... y llámame Vane, ¿de acuerdo? Me gusta más.
—Está bien... Vane —repitió, y al decir mi nombre, una pequeña sonrisa se le escapó.
—¿De dónde eres? Se nota que no eres de aquí.
—Soy de Corea del Sur. Llegué hace poco tiempo.
—Ya me lo imaginaba —sonreí, divertida—. Oye... ¿te gustaría ir de compras?
—¿De compras... Vane? —preguntó, confundido por la propuesta repentina.
—Sí. Eres mi guardaespaldas, sí, pero no quiero que mis amigas o la gente te vea como un «guarura» rígido y serio. Quiero que seas más natural.
—¿Cómo que como un guarura? —preguntó, sin entender del todo.
—Ya sabes... muy serio, con ropa formal, mirando a todos con desconfianza. Y además... ahora eres parte de mi vida, ¿no es así? Así que ven, vamos.
Lo tomé de la mano con decisión y lo arrastré hacia la salida. Llegamos al coche; yo me senté en el asiento del copiloto y él, obedientemente, tomó el lugar del conductor.
Más tarde, en el centro comercial...
—¡Vamos hacia allá! —señalé una tienda de ropa moderna.
—Vane, de verdad, esto no es necesario... —insistía él, viendo los precios y la variedad de prendas.
—Claro que sí, vamos —le dije, sin darle oportunidad de negarse.
Entramos directamente a la sección de ropa para hombres. Le pregunté sus tallas de suéter, camisas y pantalones, y aunque seguía repitiendo que no hacía falta nada, yo ya había tomado lo que me parecía que le quedaría mejor.
Cuando terminamos de comprar y caminábamos hacia la salida para ir a comer algo, ocurrió algo inesperado. Tropecé con un escalón y estuve a punto de caer de bruces al suelo, pero en un parpadeo, Seung Gi me sujetó con firmeza y suavidad antes de que tocara el piso.
Nuestras miradas se cruzaron. Por un momento, el tiempo se detuvo. Me perdí en el brillo de sus ojos oscuros y profundos. Era increíblemente guapo, y cuando me sonrió para calmarme, sentí que me sonrojaba hasta las orejas. Me puse de pie rápidamente, nerviosa.
—Lo siento mucho, joven Lee... gracias.
—Dime solo Seung Gi —me corrigió con esa sonrisa que ya empezaba a gustarme.
Después de eso, fuimos por un helado para relajarnos y disfrutar el momento, y luego él me llevó de regreso a casa.
Dos meses después...
Habían pasado ya dos meses desde su llegada. Seung Gi se había convertido en mucho más que un simple guardaespaldas: era mi compañero, mi confidente y mi mejor amigo. Pero en lo más profundo de mi corazón, había nacido algo más fuerte: me había enamorado de él.
Sin embargo, estaba segura de que yo era la única que sentía aquello. Él cumplía con su trabajo, era amable y atento, pero nunca había mostrado nada más. Solo pensar en eso me llenaba de una tristeza silenciosa.
Un día, mientras estaba en la universidad caminando hacia la salida, un hombre desconocido se acercó a mí con malas intenciones.
—Hola, linda... ¿no te gustaría divertirte un rato conmigo? —me dijo con una sonrisa repugnante.
—No, gracias —respondí secamente, y me di la vuelta para irme rápido.
—¡Oye, espera! —me agarró del brazo con fuerza, impidiéndome irme—. No te vayas tan rápido... qué mala educación.
—¡Suélteme ahora mismo! —exigí, intentando zafarme.
—Si no quieres por las buenas, será por las malas —dijo, y trató de arrastrarme hacia un coche rojo que estaba estacionado cerca.
Pero yo no estaba indefensa. Le di una patada fuerte en el tobillo y un golpe certero en zonas bajas.
—¡Maldita! —gritó él, soltándome por el dolor.
Salí corriendo, pero el hombre, furioso, hizo una señal y dos hombres más salieron detrás de mí. Me alcanzaron en pocos segundos y uno de ellos me sujetó con fuerza de los brazos, inmovilizándome.
—¡Suélteme! ¡Seung Gi! ¡Ayúdame! —grité con desesperación.
—Oye, cállate ya —me dijo uno de ellos con una sonrisa perversa y sucia—. Nos vamos a divertir un buen rato tú y nosotros.
—¡Seung Gi! —volví a gritar, casi sin aire, sintiendo que las lágrimas amenazaban con salir.
—¡¡Ustedes suéltenla ya!! —se escuchó una voz firme, potente y llena de furia.
Era él. Seung Gi había llegado.
—¡Mira nada más! ¡Parece que llegó el héroe! —se burló uno de los asaltantes, riéndose de él.
Seung Gi no dijo nada más. Uno de los hombres intentó golpearlo, pero él esquivó el puño con una agilidad impresionante y comenzó a pelear con destreza. El otro, el mismo al que yo había pateado, intentó atacarlo por la espalda, pero Seung Gi lo detectó y le dio un fuerte codazo en el estómago, dejándolo sin aire.
Parecía que ya los había derrotado a los dos, y se acercaba hacia mí y al hombre que me sostenía. Pero de repente, uno de los que estaba en el suelo se levantó rápido y le dio un golpe fuerte en la espalda con algo duro. Seung Gi cayó de rodillas, herido.
—¡¡Seung Gi!! —grité, sintiendo cómo el corazón se me rompía.
Él intentó levantarse, pero los otros dos aprovecharon para golpearlo sin piedad. Empezó a sangrar; vi cómo su sangre, de un rojo intenso y vivo, manchaba su ropa. A pesar del dolor, él solo me miraba, con la mano extendida hacia mí.
—Vane... —susurró con voz débil.
—¡Seung Gi! —repetí, luchando por liberarme de quien me tenía agarrada.
—Nos divertiremos mucho más ahora que tu perro está herido —me susurró al oído el hombre que me sujetaba, enviándome escalofríos por todo el cuerpo.
—Por favor... déjennos... —supliqué, aterrada.
Los otros seguían golpeándolo, y yo sentía que todo esto era culpa mía, que él estaba sufriendo por mi causa.
—N-no... a Vane... no la toquen... —alcanzó a gritar Seung Gi, haciendo un esfuerzo sobrehumano para ponerse de pie otra vez.
Cuando iban a golpearlo de nuevo, él se movió rápido, esquivó el golpe y se lanzó a pelear con los dos restantes con una furia y determinación que no había visto antes. Golpe tras golpe, logró dejarlos inconscientes en el suelo, exhaustos. Sangrando y con el cuerpo dolorido, caminó hacia nosotros tambaleándose.
—¡¡Te dije que la soltaras!! —rugió.
El hombre que me tenía agarrada, al ver a sus compañeros en el suelo y la mirada asesina de Seung Gi, me empujó bruscamente hacia sus brazos y salió corriendo, huyendo del lugar.
Lo abracé con fuerza, llorando de miedo y alivio. Quise llevarlo de inmediato al médico, pero él se negó rotundamente, diciendo que solo necesitaba reposo. Así que lo llevé a casa con cuidado y le curé todas las heridas y golpes con mis propias manos. Cuando terminé, él me miró y me sonrió con dulzura, a pesar del dolor.
—Vane...
—Shhh... no hables. Necesitas descansar y dormir —le dije, acomodando la manta sobre él.
—Tengo que decirte algo... es importante —intentó sentarse, haciendo una mueca de dolor.
—Seung Gi... —me senté en el borde de la cama, preocupada.
—Vane... te amo.
Me quedé petrificada. No podía creer lo que mis oídos escuchaban. ¿Era un sueño? ¿Realmente lo había dicho? Él se acercó lentamente hacia mí, poco a poco acercando su rostro al mío. Cerré los ojos y entonces sentí el roce suave de sus labios sobre los míos. Fue un beso tierno, sincero y lleno de todo lo que habíamos callado.
Cuando nos separamos, por falta de aire, él seguía sonriendo, mientras acariciaba mi mejilla con su mano herida pero cálida.
—Me enamoré de ti desde la primera vez que te vi —me confesó.
—Yo también te amo, Seung Gi... desde hace tiempo —le respondí con voz temblorosa pero llena de felicidad.
—¿Quieres ser mi novia, Vane?
—¡Sí! —le dije, y lo abracé con alegría.
—¡Auchhh! —se quejó suavemente por el dolor de sus golpes.
—¡Ay, perdóname! —me reí entre lágrimas, apartándome un poco.
—Mañana mismo le diré a tu padre que renuncio a mi puesto —dijo de repente, muy serio.
—¿¡Qué!? ¿Por qué? —pregunté, asustada.
—Porque no puedo ser tu novio y tu guardaespaldas al mismo tiempo. No está bien, no puedo mezclar lo personal con lo laboral. Sería incorrecto.
—No es necesario... y no quiero que te vayas ni un solo momento de mi lado.
—No me iré a ningún lado... —me aseguró, acariciando mi cabello.
—Entonces quédate... y no le digamos nada a mi padre todavía —le propuse con una sonrisa traviesa—. Puedes ser mi novio en secreto y seguir siendo mi guardaespaldas. Mi padre tiene un viaje de negocios pronto y se irá por tres meses. Cuando regrese, le contamos todo y ya él decidirá qué hacer: si te quedas conmigo o si cambiamos las cosas. ¿Qué dices?
—Está bien... será tal como tú quieras —aceptó, enamorado.
—Gracias... —le dije, volviéndolo a abrazar con cuidado.
Me besó de nuevo, más tranquilo, y me quedé a su lado, observándolo, hasta que el sueño lo venció y se quedó profundamente dormido.
Tres meses después...
Pasó el tiempo acordado y, tal como planeamos, le contamos todo a mi padre. Yo estaba aterrada, pensando que se enfadaría, que se opondría o que obligaría a Seung Gi a irse. Pero no fue así. Al contrario, mi padre lo tomó con mucha calma, sonrió y me dijo que ya se lo imaginaba, que se notaba en cómo nos mirábamos. Nos dio su bendición y permitió que Seung Gi siguiera siendo mi guardaespaldas, pero ahora, también y oficialmente, mi novio.
Lo abracé con tanta fuerza como pude, llena de alegría. Luego miré a Seung Gi, y mi padre, viéndonos felices, solo me dijo:
—Ve con él, hija... se nota que te hace bien.
Corrí hacia los brazos de mi amor. Él esperó hasta que mi padre entró a la casa, y entonces me besó con todo el amor del mundo, sin esconderse ya de nada ni de nadie. Sonreímos juntos, y ese día salimos a andar en bicicleta por el parque y a comer ese helado que nos gustaba tanto, como una pareja normal y feliz.
Sin duda, mi vida cambió por completo desde que él llegó. Y ahora sabía una cosa con total certeza: Te amo, Lee Seung Gi.
~Fin~




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