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Teacher’s pet

Sinopsis

Un estudiante a punto de reprobar. Un profesor que sostiene la cuerda... y tira de ella hacia su cama. Notas perfectas a cambio de noches prohibidas. Lo que empezó como un trato frío se está convirtiendo en una obsesión que los consumirá a los dos.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Liz
Estado:
hace 2 meses
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

001



▸Escenas explícitas disponible en inkitt.

(@hylizzz)


▸ La historia 𝖭𝖮 tiene la intención de ofender, difamar ni manchar la imagen de ningún idol, celebridad o figura pública mencionada.

▸ Todo el contenido es completamente ficticio y creado con fines de entretenimiento.


▸ Se recomienda leer con discreción, ya que la historia contiene smut, escenas explícitas, lenguaje fuerte y temas dirigidos a un público +18.

▸ Puede incluir temas sensibles, relaciones tóxicas, conductas cuestionables o situaciones intensas que no deben ser tomadas como ejemplo en la vida real.


▸ Se recomienda la lectura bajo criterio propio.

▸ Historia 100% de mi autoría. No se permite copia, adaptación o repost sin autorización.



Con un movimiento fluido, levantó a Felix por la cintura y lo sentó completamente sobre la mesa, empujando los papeles y libros a un lado con impaciencia. Sus labios se estrellaron contra los de Felix en un beso feroz, posesivo, su lengua invadiendo la boca del joven sin piedad.


Felix gimió suavemente contra él, sus manos aferrándose a los hombros de Hyunjin, sintiendo los músculos tensos bajo la tela. Las manos de Hyunjin bajaron, apretando la cintura de Felix con fuerza, tirando de él para pegarlo más a su cuerpo. Sus dedos se clavaban en la piel, dejando marcas rojas que mañana serían moretones, recordatorios de quién era el dueño.


—Esto es lo que tanto querías, ¿verdad? —gruñó Hyunjin contra los labios de Felix, su aliento caliente y entrecortado—. Sabía que eras un putito ansioso.


Felix jadeó, sus mejillas enrojeciendo de vergüenza y excitación. No podía negar que lo había deseado, que las sesiones de tutoría habían derivado en toques robados, miradas cargadas. Pero esto era diferente: crudo, expuesto. Hyunjin no perdía tiempo; sus manos bajaron a los muslos de Felix, abriéndole las piernas con autoridad, obligándolo a separarlos ampliamente.


Felix sintió el aire fresco contra su piel cuando Hyunjin desabrochó su pantalón con dedos hábiles, bajándolo junto con la ropa interior hasta los tobillos en un solo tirón. El miembro de Felix, ya semierecto por la anticipación, quedó expuesto al aire del aula, y Hyunjin lo miró con una sonrisa depredadora.


—No...señor Hwang, alguien podría vernos... —susurró Felix, su voz temblorosa, intentando cerrar las piernas por instinto. Pero Hyunjin las mantuvo abiertas con sus propias caderas, presionando su cuerpo contra el del joven.


—Cállate —ordenó Hyunjin, su tono bajo y amenazante, mientras desabrochaba su propio pantalón. Su miembro, grueso y erecto, saltó libre, rozando contra el interior del muslo de Felix—. Si gritas, atraerás a alguien. ¿Quieres que nos descubran? ¿Quieres que todos sepan lo que eres?


Felix negó con la cabeza, mordiéndose el labio inferior para contener un gemido cuando Hyunjin escupió en su mano y la llevó a su entrada, lubricando con rudeza. Dos dedos entraron de golpe, estirando a Felix sin preparación, haciendo que arqueara la espalda sobre la mesa.


El dolor se mezclaba con placer, y Felix soltó un gemido ahogado, sus uñas clavándose en los brazos de Hyunjin.


—Ah... duele... —gimió Felix, pero Hyunjin no se detuvo, moviendo los dedos en círculos profundos, preparándolo con impaciencia.


—Te va a doler más si no te relajas —dijo Hyunjin, su voz teñida de posesión.


Retiró los dedos y posicionó su miembro en la entrada de Felix, empujando con una sola embestida profunda. Felix gritó, pero Hyunjin tapó su boca con una mano, ahogando el sonido. El joven sintió cómo el miembro de Hyunjin lo llenaba por completo, grueso y pulsante, estirándolo hasta el límite. Lágrimas se formaron en los ojos de Felix por la intensidad, pero su cuerpo traicionero respondía, contrayéndose alrededor de él.


Hyunjin comenzó a moverse, follando a Felix con fuerza, cada embestida haciendo que la mesa crujiera bajo ellos. Sus caderas chocaban contra las de Felix, el sonido obsceno de piel contra piel resonando en el aula vacía. Hyunjin era implacable, posesivo; una mano en la cintura de Felix, apretando hasta dejar huellas, la otra en su cuello, controlando su respiración.


Lo follaba como nunca, profundo y rápido, reclamándolo con cada movimiento.


—Para... por favor... alguien puede entrar... —suplicó Felix entre gemidos, su voz entrecortada por el placer forzado. Intentaba empujarlo, pero sus manos eran débiles contra el pecho sólido de Hyunjin.


Hyunjin se rio, un sonido bajo y oscuro, sin reducir el ritmo. Sus embestidas se volvieron más brutales, golpeando ese punto sensible dentro de Felix que lo hacía ver estrellas.


—¿Quieres perder el año? —gruñó Hyunjin, su rostro cerca del de Felix, ojos clavados en los suyos con intensidad posesiva—. ¿Quieres que te repruebe en todas las materias? Puedo hacerlo, sabes. Un chasquido de dedos y estás fuera.


Felix negó con la cabeza frenéticamente, gemidos escapando de sus labios hinchados. El placer lo abrumaba, su propio miembro erecto rozando contra el abdomen de Hyunjin con cada embestida, goteando pre-semen.


—No... no quiero... ah... —gimió Felix, sus caderas traicioneras elevándose para encontrarse con las de Hyunjin.


—Entonces cállate y obedéceme —ordenó Hyunjin, mordiendo el lóbulo de la oreja de Felix con fuerza suficiente para dibujar sangre—. Abre más las piernas. Déjame follarte como se debe.


Felix obedeció, separando las piernas tanto como podía, exponiéndose completamente.


Hyunjin lo recompensó con embestidas más profundas, su miembro deslizándose dentro y fuera con facilidad ahora, lubricado por el sudor y los fluidos de Felix. El joven no aguantaba más; el placer se acumulaba en su vientre, sus gemidos volviéndose altos y desesperados. Su cuerpo temblaba, al borde del clímax.


Mírame —exigió Hyunjin, agarrando la mandíbula de Felix y obligándolo a alzar la vista.


Los ojos de Felix, vidriosos por las lágrimas y el placer, se encontraron con los de Hyunjin, oscuros y dominantes.


Felix alzó la mirada, jadeando.


—No vas a parar a la hora que tú quieras —dijo Hyunjin, su voz un susurro ronco mientras reducía el ritmo solo para torturarlo, embistiendo lento y profundo, rozando cada centímetro—. Vas a correrte cuando yo diga.


Volvió a follarlo con furia renovada, sus caderas golpeando con fuerza, el aula llenándose de los sonidos de sus cuerpos chocando, gemidos ahogados y la mesa protestando. Felix intentaba contenerse, pero era imposible; su próstata era golpeada sin piedad, enviando ondas de placer a todo su cuerpo.


—Por favor... Hyunjin... no puedo más... —suplicó Felix, su voz quebrada, lágrimas rodando por sus mejillas. Su miembro palpitaba, al borde.


Hyunjin ignoró la súplica, acelerando, su control absoluto. Follando a Felix como si fuera una posesión, marcándolo desde adentro. Finalmente, con un gruñido gutural, Hyunjin se corrió dentro de él, llenándolo con chorros calientes y espesos de semen. El calor se extendió por el interior de Felix, empujándolo al límite. Felix se corrió también, sin permiso, su semen salpicando el abdomen de Hyunjin y la mesa, su cuerpo convulsionando en éxtasis forzado.


Felix intentó respirar, jadeando con dificultad, su pecho subiendo y bajando. Pero Hyunjin no le dio tregua; se inclinó y lo besó con fuerza, su lengua invadiendo la boca exhausta de Felix, reclamando incluso su aliento.


—Si sigues así, puedes ser hasta el mejor de la universidad si me obedeces —murmuró Hyunjin contra sus labios, su mano aún en la cintura de Felix, apretando posesivamente—. Pero recuerda: si intentas decir algo, soy capaz de que repruebes hasta la última materia.


Felix, exhausto y marcado, solo pudo asentir, su cuerpo aún temblando por las réplicas del orgasmo. El aula volvía a la quietud, pero el aire estaba cargado de sexo y posesión. Hyunjin se retiró lentamente, observando cómo su semen goteaba de la entrada hinchada de Felix, una sonrisa satisfecha en sus labios.


Lo ayudó a vestirse con toques posesivos, asegurándose de que cada prenda estuviera en su lugar, como si nada hubiera pasado. Pero ambos sabían que esto era solo el comienzo; Hyunjin no soltaba lo que consideraba suyo.


Fuera del aula, el pasillo seguía desierto, pero el riesgo había hecho todo más intenso. Felix caminó con piernas temblorosas hacia la salida, sintiendo el semen de Hyunjin aún dentro de él, un recordatorio pegajoso de su sumisión. Hyunjin lo siguió con la mirada, su control absoluto, planeando la próxima "lección".


...


Horas antes de que todo cambiara para siempre, el campus universitario bullía con la tensión típica del final del semestre. Era un día frío en Seúl, los estudiantes se apiñaban afuera de la oficina administrativa del departamento de ciencias, formando una fila desordenada.


Algunos charlaban nerviosos, otros revisaban sus teléfonos con ansiedad, esperando su turno para recoger las calificaciones finales. El aire olía a café barato de la máquina expendedora y a estrés acumulado.


Lee Felix, de 19 años, estaba al final de la fila, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta oversized, el cabello rubio despeinado cayendo sobre su frente. Era australiano de nacimiento, con ese acento suave que aún se notaba cuando hablaba coreano, aunque llevaba en Corea desde niño.


Vivía solo con su madre en un apartamento pequeño en las afueras; ella trabajaba turnos dobles en una fábrica para pagar la matrícula de la universidad y los gastos de la casa.


Felix no era un mal chico, nunca causaba problemas, no llegaba tarde a clases por rebeldía, pero tampoco era aplicado.


Era distraído, el tipo de estudiante que pasaba las clases dibujando en los márgenes de su cuaderno o mirando por la ventana.


¿Pero inocente? Para nada.


¿Cómo había entrado a una universidad decente? Pura suerte: un examen de admisión en un día inspirado, una beca parcial por diversidad internacional y algo de ayuda de su madre ahorrando cada won.


Pero la suerte se acababa ese día.


Sí, ese maldito día.


Felix observaba cómo los compañeros delante de él entraban uno por uno a la oficina. La puerta se abría y cerraba con un clic constante. Algunos salían sonriendo, alzando el puño en victoria silenciosa, mostrando sus papeles a amigos con un "¡Pasé todo!". Otros salían cabizbajos, arrugando la carpeta en las manos, murmurando "Ahora qué mierda haré" o "¿Cómo le diré a mis padres que reprobé matemáticas avanzadas?".


Felix sentía un nudo en el estómago que crecía con cada turno que avanzaba.


Sabía que no había estudiado lo suficiente.


Las noches en vela jugando videojuegos, las tardes perdidas en cafés con amigos en lugar de en la biblioteca... todo se acumulaba ahora.


Finalmente, llegó su turno. El estudiante delante salió con una mueca de alivio, y el auxiliar desde la puerta lo llamó por su nombre.


—Lee Felix, adelante.


Felix tragó saliva y entró. La oficina era un espacio estrecho, lleno de archivadores y escritorios desordenados. Un maestro mayor, con gafas gruesas y expresión neutral, buscó en una pila de carpetas y sacó una con su nombre escrito en marcador negro. Se la extendió sin mirarlo mucho a los ojos.


—Aquí tienes tus calificaciones finales. Suerte para la próxima.


Esas palabras golpearon a Felix como un balde de agua fría.


"¿Suerte para la próxima?" Eso solo se decía cuando...

No.

No quería pensar en eso.


Con manos temblorosas, tomó la carpeta. No la abrió allí mismo. No podía. Salió de la oficina casi corriendo, el corazón latiéndole en los oídos, pasando entre la fila restante sin mirar a nadie.


Fuera, en el pasillo desierto del edificio administrativo, se detuvo junto a una ventana. El frío del vidrio se filtraba a través de su chaqueta. Respiró hondo, intentando calmarse. "Tal vez no sea tan malo", se dijo. "Tal vez pasé por los pelos en algunas". Pero en el fondo sabía la verdad.


Abrió la carpeta con dedos que apenas obedecían.


Allí estaba, en negro sobre blanco: las notas de cada materia. Aprobados raspados en algunas, pero en la principal, la que más pesaba para su carrera... una gran, roja y humillante F.


Fail. Reprobado.


Sintió que el alma le abandonaba el cuerpo. El mundo se volvió borroso por un segundo, como si el suelo se inclinara bajo sus pies. Una F significaba repetir el curso entero, perder la beca parcial, quizás hasta ser expulsado si no mejoraba el promedio general.


¿Cómo pagaría su madre otro año? Ella ya estaba exhausta, llegando a casa a medianoche, durmiendo apenas unas horas antes de volver al trabajo.


Felix imaginó su rostro al contárselo: la decepción, las lágrimas contenidas, las palabras no dichas de "Hijo, estoy haciendo todo lo posible".


Intentó disimular el temblor que recorrió su cuerpo entero. Cerró la carpeta de golpe, apretándola contra su pecho como si pudiera esconderla para siempre. Caminó por el pasillo con piernas que se sentían de gelatina, saliendo del edificio al aire helado del campus. Se sentó en un banco apartado, bajo un árbol desnudo por el invierno, y enterró la cara en las manos.


"¿Con qué cara le digo a mamá?", pensó. "¿Cómo le explico que todo su esfuerzo fue en vano por mi distracción?"


Lágrimas calientes rodaron por sus mejillas, pero las secó rápido. No podía llorar allí, alguien podría verlo. Se sentía vacío, perdido. La universidad que había sido su boleto a un futuro mejor ahora parecía una trampa.


No sabía que, en ese momento de desesperación absoluta, alguien lo observaba desde la ventana de una oficina cercana. Hwang Hyunjin, el joven profesor asistente y asesor académico de 26 años.


Hyunjin era conocido por ser estricto, brillante, pero también por tener un interés particular en ciertos estudiantes... vulnerables.


Y Felix, con su expresión rota y esa vulnerabilidad expuesta, acababa de convertirse en el objetivo perfecto.


Felix seguía sentado en el banco helado del campus, la carpeta con la fatídica F apretada contra su pecho como si pudiera borrarla con solo desearlo, estaba demasiado hundido en su propia desesperación. Lágrimas contenidas picaban en sus ojos, y respiraba con dificultad, tratando de encontrar una solución que no existía.


Entonces, algo lo sacó de su trance. Un movimiento en la periferia de su visión. Alzó la mirada lentamente hacia la ventana de la oficina administrativa cercana, y allí estaba él: el profesor Hwang Hyunjin, de pie junto al vidrio, observándolo con una expresión indescifrable. Hyunjin era, sin duda, jodidamente atractivo.


Demasiado joven para ser profesor universitario.


Para muchos estudiantes era un crush secreto; para Felix, hasta ese momento, solo un asesor estricto pero justo.


Hyunjin sostuvo su mirada por unos segundos eternos y luego, con un gesto lento y deliberado, le hizo una seña con la mano: ven aquí.


El corazón de Felix dio un vuelco, pero esta vez no de puro miedo, sino de un repentino rayo de esperanza.


Tal vez... tal vez Hyunjin pudiera ayudarlo.


Era su asesor académico directo, el responsable de varias de las materias donde había reprobado. Si alguien podía interceder, mover notas, ofrecer recuperación... era él.


Felix se puso de pie casi tambaleándose, guardó la carpeta en su mochila y caminó hacia el edificio con pasos rápidos. Haría lo que fuera: trabajos extras, limpiar el laboratorio, hacerle mandados, quedarse hasta la madrugada estudiando bajo su supervisión. Cualquier cosa con tal de no decepcionar a su madre, con tal de no cargar otro año de deudas sobre sus hombros exhaustos.


Entró al pasillo cálido del edificio administrativo y tocó la puerta entreabierta de la oficina de Hyunjin. El profesor lo esperaba de pie, con los brazos cruzados y una leve sonrisa que no llegaba a sus ojos.


—Pasa, Felix —dijo Hyunjin con esa voz grave y serena que siempre imponía respeto.


Felix cerró la puerta tras de sí, el clic resonando como un punto de no retorno. Con manos aún temblorosas, sacó la carpeta y se la entregó sin decir palabra. Hyunjin la abrió con calma, hojeó las páginas y se detuvo en la gran F.


Una sonrisa lenta, casi felina, se dibujó en sus labios.


—¿Por esto te vas a poner mal? —preguntó, alzando una ceja.


Felix sintió que la vergüenza le quemaba las mejillas.


—Sí, señor... —respondió, la voz quebrada—. Mi madre... ella trabaja doble turno para pagar todo esto. Si tengo que repetir el año, no sé cómo vamos a poder... Sería demasiado para ella. No puedo decepcionarla así.


Hyunjin asintió despacio, como si estuviera evaluando cada palabra. Cerró la carpeta y la dejó sobre su escritorio.


—Deja tu mochila aquí. Ven conmigo.


Felix obedeció al instante, colocando la mochila en una silla cercana y siguiendo a Hyunjin por los pasillos ahora casi vacíos del edificio de ciencias. Caminaron en silencio, el eco de sus pasos resonando. Hyunjin no decía nada, solo avanzaba con esa seguridad innata hasta llegar al aula principal donde Felix tenía la mayoría de sus clases con él. La puerta estaba entreabierta; Hyunjin entró primero, encendió solo una luz tenue y luego esperó a que Felix pasara.


Cerró la puerta y giró el seguro con un clic deliberado.

Felix se estremeció al oírlo. El aula estaba en penumbras, las persianas a medio bajar, el pizarrón aún con restos de ecuaciones. El aire olía a tiza y a madera vieja.


—¿Me puede ayudar, señor Hwang? —preguntó Felix, la voz suplicante—. Haré lo que sea. Lo que usted me pida. Solo necesito recuperarme en su materia... y en las demás si es posible. Por favor.


Hyunjin se giró hacia él, apoyado contra la puerta cerrada, observándolo con una intensidad que hizo que Felix retrocediera instintivamente hasta chocar con el borde de la mesa del profesor.


—¿Todo lo que yo te pida? —repitió Hyunjin, su tono bajo, cargado de algo que Felix no supo identificar de inmediato.


Felix asintió con vehemencia, el alivio empezando a inundarlo.


—Sí, todo.


Hyunjin se acercó poco a poco, acortando la distancia con pasos lentos y calculados. Felix sintió que el aire se espesaba. Cuando la pierna del joven tocó definitivamente la mesa, no había escapatoria. Hyunjin se detuvo a centímetros de él, tan cerca que Felix podía oler su colonia cara y sentir el calor de su cuerpo.


—Te ayudaré... —dijo Hyunjin, y Felix exhaló un suspiro de puro alivio, los hombros cayendo.


—Gracias, señor, de verdad, yo—


—A cambio de algo —completó Hyunjin, su voz ahora más seria, más oscura.


Antes de que Felix pudiera procesarlo, la mano derecha de Hyunjin se posó en su cintura y apretó ligeramente, los dedos hundiéndose justo por encima de la pretina del pantalón. El toque fue firme, posesivo, y Felix jadeó por la sorpresa, el cuerpo tensándose de inmediato.


—¿Sabes a qué me refiero, Lee Felix? —susurró Hyunjin, inclinándose hasta que sus labios casi rozaban la oreja del menor.


Felix se quedó congelado. El alivio se evaporó en un segundo, sustituido por una mezcla de miedo y confusión. Intentó retroceder más, pero la mesa se lo impedía.


—Yo... yo no... —balbuceó, la voz apenas un hilo.


Hyunjin colocó la otra mano sobre la boca de Felix, silenciándolo con gentileza pero con firmeza absoluta. Sus ojos oscuros se clavaron en los del joven, sin parpadear.


—¿Quieres pasar el año sí o no? —preguntó, la voz baja y controladora.


Felix, con el corazón latiéndole desbocado, asintió lentamente. No tenía opción. No podía fallarle a su madre.

Hyunjin retiró la mano de la boca, pero la mantuvo cerca, lista para volver si era necesario.


—Te subiré las notas. Haré que pases todo. Pero a partir de ahora tendrás que hacer exactamente todo lo que yo te diga. Cuando lo diga. Como lo diga. De lo contrario... ya sabes qué pasará.


Felix tragó saliva, los ojos abiertos de par en par, el cuerpo temblando ligeramente. No dijo nada, solo asintió otra vez, atrapado entre el miedo y la necesidad desesperada de salvar su futuro.

Hyunjin sonrió entonces, una sonrisa que no tenía nada de amable. Era depredadora, satisfecha.


...


Felix salió de la universidad con pasos inestables, como si el suelo se moviera bajo sus pies. El aire helado de la tarde le golpeó el rostro, pero apenas lo sintió; su cuerpo estaba demasiado ocupado procesando lo que acababa de suceder.


Las piernas le temblaban sin control, un temblor profundo que nacía desde el interior y se extendía hasta las rodillas.


Cada paso era un recordatorio punzante: el ardor entre sus muslos, la humedad pegajosa que aún sentía resbalar lentamente, el semen de Hyunjin marcándolo por dentro como una firma indeleble. Se sentía sucio, usado, violado en el sentido más crudo... y, al mismo tiempo, una parte traicionera de él no podía negar el calor que aún le recorría la piel al recordar aquellos ojos oscuros clavados en los suyos.


Caminó despacio hacia la parada del autobús, aferrándose a la mochila como si fuera un salvavidas. El campus ya estaba casi vacío; solo algún estudiante rezagado corría hacia la biblioteca o el dormitorio.


Nadie lo miró dos veces, nadie notó que su camisa estaba ligeramente arrugada, que sus labios estaban hinchados, que sus mejillas seguían encendidas.


Pero Felix sentía que llevaba escrito en la frente lo que había pasado.


Cuando el autobús llegó, subió con dificultad. Tropezó en el primer escalón, agarrándose al pasamanos para no caer de bruces.


"Mierda...", pensó, mordiéndose el labio para contener un gemido de dolor.


Se dejó caer en un asiento del fondo, cerca de la ventana. En cuanto su peso se asentó, un dolor agudo le atravesó el cuerpo desde la entrada aún sensible hasta la base de la columna. Se encogió ligeramente, respirando entrecortado. El autobús se puso en marcha con una sacudida, y cada bache de la carretera era una tortura nueva.


Apoyó la frente contra el vidrio frío, mirando sin ver las luces de Seúl que empezaban a encenderse.


Su mente era un torbellino.

Arrepentimiento.

Mucho.


Se sentía estúpido, débil, por haber aceptado tan rápido.


Por haber dejado que Hyunjin lo tocara, lo besara, lo tomara así, sin apenas resistencia.


Recordaba su propia voz suplicando "por favor..." y se le revolvía el estómago de vergüenza.


Pero, si era completamente honesto consigo mismo —y en ese momento de soledad absoluta lo fue—, también había algo más.


Desde hacía meses, cada vez que Hyunjin entraba al aula, Felix no podía evitar mirarlo. Había fantaseado en silencio, en la oscuridad de su habitación, con ser notado por él.


Y ahora... ahora había sido mucho más intenso, más real, más brutal de lo que jamás imaginó.


Comparado con los profesores viejos y arrugados que coqueteaban torpemente con las alumnas, Hyunjin era... otra cosa. Prohibido, peligroso, adictivo.


«Esto fue mucho mejor que ir y cogerse a un profesor de los viejitos que no quieren ni jubilarse», pensó con amargura, y se odió inmediatamente por pensarlo.


Se cubrió el rostro con ambas manos, los codos apoyados en las rodillas. ¿Qué clase de persona era él para racionalizar algo así? ¿Para encontrarle un lado "positivo" a que su asesor académico lo hubiera chantajeado y follado sobre una mesa?


"Eres un maldito tonto" se repetía una y otra vez. "¿Cómo mierda pudiste aceptar que tu profesor hiciera eso contigo? ¿Cómo pudiste dejar que te usara así?"


El autobús dio un frenazo brusco en un semáforo, y Felix no pudo contener un pequeño golpe con el puño contra su propia frente, frustrado. El sonido fue más fuerte de lo que esperaba. La señora mayor sentada a su lado lo miró de reojo, con una mezcla de preocupación y juicio.


"¿Y a este le dieron de la fuerte o qué?" pensó la mujer, ajustándose el bolso sobre el regazo y apartando la mirada.


Felix ni se dio cuenta.

Solo quería llegar a casa.


Cuando por fin anunciaron su parada, se levantó con esfuerzo.


Cada movimiento era un recordatorio: los músculos internos contracturados, la sensación de estar abierto, hinchado, marcado.


Pagó con manos temblorosas y bajó los escalones con extremo cuidado, agarrándose al pasamanos como si su vida dependiera de ello.


Pero justo cuando puso un pie en la acera, el conductor aceleró antes de que estuviera completamente estable. Felix perdió el equilibrio, cayó de rodillas sobre el asfalto frío. El impacto fue directo en la zona más sensible, y un grito ahogado escapó de su garganta. El dolor fue tan intenso que por un segundo vio estrellas.


"Maldita sea, definitivamente hoy no es mi día" pensó mientras se incorporaba lentamente, ignorando las miradas curiosas de los pocos transeúntes.


Caminó las dos cuadras restantes hasta su casa como un anciano: pasos cortos, rígidos, con una mano apoyada disimuladamente en la pared cada vez que necesitaba apoyo. El pequeño apartamento que compartía con su madre estaba en el tercer piso de un edificio viejo sin ascensor. Subir las escaleras fue una agonía lenta; cada escalón enviaba una punzada directa al interior.


Al fin abrió la puerta con su llave. El lugar estaba en silencio: su madre aún estaba en el segundo turno de la fábrica. Mejor así. No habría tenido fuerzas para fingir normalidad.


Caminó directo a su habitación, cerrando la puerta con cuidado. Se dejó caer boca abajo sobre la cama, sin quitarse ni los zapatos. El colchón hundido recibió su peso, y por primera vez desde que salió del aula, soltó un sollozo bajo, ahogado contra la almohada. No era llanto dramático; eran lágrimas silenciosas de confusión, de miedo, de una culpa que le pesaba en el pecho.


Pero lo que realmente le urgía era una ducha.


Necesitaba borrar la evidencia, el olor, la sensación pegajosa.


Se levantó con dificultad, se desvistió en el baño pequeño y se metió bajo el chorro de agua caliente.


El agua cayó como una cascada sobre su cabeza, empapando el cabello rubio hasta oscurecerlo. Bajó la mirada a su cuerpo y vio los moretones: marcas rojas en las caderas donde Hyunjin había apretado con fuerza, huellas de dedos en la cintura, un pequeño chupetón morado en la clavícula que la camisa apenas ocultaba.


Tocó uno de los moretones con cautela y soltó un chillido agudo de dolor mezclado con sorpresa.


Se enjabonó con furia, frotando la piel hasta enrojecerla, como si pudiera borrar lo sucedido. Pero entre las piernas seguía sensible, hinchado, y cada roce le recordaba lo profundo que había llegado Hyunjin. El agua se llevó los restos externos, pero no la sensación interna, ni el recuerdo.


Apoyó las manos contra la pared de azulejos, dejando que el agua le golpeara la nuca.


"¿Ahora qué voy a hacer?"

"¿Cómo voy a poner la cara mañana en la universidad?"

"¿Cómo voy a mirar a Hyunjin a los ojos sin que me tiemble todo?"

Y la pregunta que más le aterrorizaba:

¿Cumplirá su promesa? ¿Realmente cambiará mis notas... o solo fue una excusa para usarme?"


Cerró el grifo con un movimiento brusco. El silencio del baño fue ensordecedor. Se envolvió en una toalla vieja, se miró al espejo empañado y apenas reconoció al chico que lo devolvía la mirada: ojos rojos, labios hinchados, expresión perdida.

Se metió en la cama sin cenar, acurrucado en posición fetal bajo las mantas. El cuerpo le dolía, pero el dolor físico era más fácil de soportar que el torbellino emocional.


Mañana tendría que volver.

Mañana vería a Hyunjin de nuevo.

Mañana empezaría realmente lo que sea que esto fuera: un acuerdo, una relación de poder, una adicción disfrazada de salvación.


Felix cerró los ojos, pero el sueño tardó horas en llegar. Cuando por fin lo hizo, soñó con manos fuertes sujetando sus caderas y una voz grave susurrando "eres mío"

Y en el sueño, no supo si matarse o mandarse a medicar.





L— Lo subo por acá, es un poco vieja, pero trataré de retomarla.


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