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El placer es mío

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Sinopsis

Eréndira Velasco ha aprendido a lidiar con clientes de todo tipo; imbéciles, mala copa, y hasta ex-criminales. Sin embargo, ninguno como él. Ese hombre de aura sombría, cabello blanco y una profunda cicatriz. Y pronto descubrirá que su actitud de mil demonios no está tan alejada de la realidad...

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Einea Díaz
Estado:
hace 5 horas
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: ¿Quién es usted?

Eréndira Velasco.

Un rito de medianoche, dos gins y cuatro caballitos de tequila; fue la orden del imbécil frente a mí del otro lado de la barra. Y me refiero a su pedido como orden, pues entró al club exigiéndolo. Nadie, a excepción de mí, le tomó importancia.

En ocasiones disfruto platicar con los clientes, esta vez no pierdo mi tiempo al preguntar si es capaz de tolerar esa cantidad de alcohol, solo me dedico a prepararlas en silencio. Mientras, él no detiene su canturreo patético y molesto, repitiendo una y otra vez que tomará “hasta morir”, como si se tratara de una predicción.

Las conversaciones con los clientes son casi un requisito —no oficial— para ganar más propina. No obstante, el constante tamborilero de sus dedos sobre la barra y las miradas fugaces en dirección a la salida del club me hace creer que lo que menos quiere es tener una conversación jovial.

Parece que su verdadero motivo al venir aquí no es morir por exceso de consumo, sino huir de algo.

No me pagan lo suficiente para preocuparme por quién llega a consumir, tampoco por personas como él.

—Un rito de medianoche, dos gins y cuatro caballitos de tequila —repito al tener las bebidas listas y presentarlas frente a sus ojos rojos. Llegó así ya.

Le acerco el datáfono después, esperando que pague lo más pronto posible y pueda atender a los demás. Usualmente, esperamos que paguen en efectivo, es más propenso que te den el cambio.

Cuando hace el ademán de buscar dentro de su sudadera negra, Abigaíl me llama para pedir un jigger extra en los estantes que se encuentran detrás de mí.

Ella está a unos cuantos pasos de distancia, perfectamente puede venir y agarrarlo por su cuenta. Solo le gusta recordarnos que es la autoridad, por lo menos en lo que dura su turno.

Son segundos en los que pierdo de vista al imbécil nervioso. Cuando consigo el instrumento y volteo a su dirección nuevamente; ya no está.

Y para más sorpresa y confusión mía, las bebidas están intactas, junto a una tarjeta de crédito azul que supongo es de él.

—¡Eréndira, el jigger! —vuelve a gritar Abigaíl, mi jefa.

No tardo en dárselo —de mala gana a decir verdad—, sin despegar la vista del taburete donde la ausencia de aquel imbécil nervioso ahora es una incógnita.

«¿A dónde habrá ido?», pienso.

Irremediablemente, culpo a su ansiedad de hace unos minutos. Busco en dirección a las puertas de salida, entrada o de emergencia; desde mi posición es posible saber cuando alguien se marcha por el rastro de luz fugaz que dejan las puertas cuando se abren, o por la mirada del guardia de la entrada.

Sigo observando unos segundos más, aunque no sé que conseguiré con eso. A lo mejor va a regresar. Tiene que hacerlo, incluso dejando su tarjeta no podré cobrarle. Me obligó a preparar las bebidas, lo que es producto desperdiciado a menos que alguien lo quiera, si no, lo tendré que pagar con el miserable sueldo que gano.

Y últimamente las ventas no son suficientes para las asfixiantes deudas con las que cargo.

—Eréndira, ¡muévete, tienes a tres personas esperando! —giro la cabeza para confirmar, llevan un mal tiempo parados—. ¿Estás distraída otra vez?

—No, es que un tipo pidió demasiadas bebidas y ahora no está —replico molesta.

Es la una y media de la madrugada, pensar en una solución con la cabeza a mil por hora y clientes en fila, me resulta imposible. Además, mi turno está por acabar en treinta minutos. A buena hora me tocó un imbécil —ahora extraviado—.

—¿Y qué quieres que haga yo al respecto? Ingéniatelas para venderlas, ¡rápido!

Por mala suerte no ha perdido la voz con cada grito que da. Sé que tiene que hacerlo por el saxofón a todo volumen, aun así, eso no la excusa de ser una maldita soberbia, mandona —y para colmo, mi detestable jefa—. La lista podría seguir, si no tuviera clientes en fila.

Aparto las bebidas a un costado para no molestar a los que llegan, a una distancia en la que aún puedan distinguirlas y así —por gracia divina— poder venderlas.

—Un vampiro, por favor —dice un joven al levantar el dedo índice como llamada de atención.

—Enseguida.

«¿Qué anormal quiere un vampiro tan tarde?».

—Disculpe, señorita —una joven de apariencia hippie me llama mientras preparo el trago—, para mí un caballito de muerte oscura.

—Un momento.

—Abigaíl, ¿aún tenemos ese licor de maíz morado? —pregunto sin importarme si está ocupada. Todos lo estamos, somos cuatro taberneros y la barra está rodeada de impacientes amantes del alcohol.

Gira los ojos al escucharme, y responde:

—Le pediré a Gregorio que busque atrás.

—¡Gracias!

A la distancia escucho a Gregorio quejarse de mí y me da gracia. Lo siguen tratando como novato, a pesar de haber entrado al mismo tiempo que yo.

Termino el vampiro a tiempo, el joven deja propina después de pagar. Si el anterior imbécil no regresa, al menos creo pagar su cuenta si me la cobran.

La chica se sienta en el taburete, escuchó que pregunté dudosa de su bebida y decidió por su cuenta esperar pacientemente. Quisiera más clientes así.

Sigo con los demás en fila, no falta mucho para terminar mi turno y huir a mi hostal. Tic tac.

A diferencia de la impresión que puedo dar, realmente disfruto lo que hago, no es algo que me apasione —después de veintisiete años sigo sin vocación—, pero sirve para pagar la renta, los víveres, comida para Maia, y mis novelas románticas. Es más que suficiente.

Trabajo en automático y contra reloj. Normalmente, no presto atención a quiénes entran o quiénes se van, no me interesa, solo me distraen.

Sin embargo, esta noche es diferente, se siente diferente. No sé si es por el imbécil que me quedó el interés por las puertas del club. Por inercia o una obligación que no puedo explicar —y unos segundos libres que decido que merezco—, fijo mi vista en la entrada, esperando…

«¿Qué espero?», vuelve a surgir el pensamiento.

Es como esos presentimientos raros que a veces uno tiene. O cuando reconoces haber vivido algo antes. No sabes realmente lo que buscas, solo lo esperas llegar. Y puede ser emocionante o aterrador.

La música se intensifica a la vez que mi atención. Como un imán que solicita contacto. O un deseo que necesita ser satisfecho.

Siete segundos más y no sucede nada. Eso me decepciona un poco.

—¡Aquí está la muerte oscura! —anuncia Gregorio; mi compañero barra otro pobre empleado de aquí.

El magnetismo que le tengo a la entrada se desvanece un poco para agarrar el licor —a la mitad, aclaro— y atender a la chica que aún me espera paciente.

—¿Por qué tardaste tanto? —le pregunto, me parece que está sudando y es raro con este clima helado.

—No creerás lo que escuché allá afuera, Erén —murmura. Se acerca despacio, actuando como si todo estuviera bien en él, tratando con cuidado lo siguiente que dirá—; lamentos, desesperados lamentos. Y te aseguro que escuché cómo le rompían los huesos a un hombre.

Este bebió de la muerte, con razón la botella está a la mitad. No es un licor muy solicitado aquí.

—Estás delirando, otra vez —hago énfasis en lo último—. Siempre dices ver o escuchar algo extraño o macabro en los callejones. La primera vez te creímos por ser novato, después de treinta veces ya no es lo mismo, Gregorio.

Mi respuesta parece ofenderle. Según la abuela de Gregorio, él tiene algo especial corriendo por sus venas que le permite ver lo que otros no pueden. Por esa parte puedo entender por qué lo cree todo.

La chica hippie se ríe por mi comentario y le sonrío por compromiso. No era mi intención que fuera oyente de nuestra conversación.

—Además —continuo, ahora más bajo—, ¿por qué saliste al callejón? Solo tenías que agarrar el licor y traérmelo.

—Por si no te has dado cuenta, aún no soy tabernero como tú, tengo más obligaciones como sacar la basura en la madrugada —murmura a gritos, si es que eso es posible. Y sigue dándome gracia.

—¿Abigaíl te pide eso? —cuestiono inocente, tratando de no reflejar una sonrisa.

—¡Tú le diste la idea! —reniega.

Mi carcajada se pierde entre las teclas del piano. Seguimos trabajando antes de que la “Jefa” nos regañe y nos obligue a limpiar los baños también.

La chica hippie también desaparece en cuanto le sirvo el caballito y paga en efectivo. Quizá sí pueda pagar las bebidas que le preparé al imbécil, no me está yendo tan mal.

—¿Desde cuándo lo asustas sin mí? —menciona en voz baja mi compañero tabernero, Samuel.

—¿Qué?

—Escuché a Gregorio chillar en la bodega. ¿Qué hiciste? ¿Por qué no me incluiste en la broma?

—No tengo idea de lo que estás hablando. Yo estoy súper ocupada atendiendo.

Abigaíl nos chista para advertirnos que nos está escuchando y sigamos trabajando.

Faltan minutos para terminar. Enseguida, escucho ronronear a mujeres y hombres por igual alrededor mío. Resaltan como un asesinato de cuervos. Es extraño poder oírlos sobre los instrumentos del cuarteto a un lado de nosotros. Son tantos, demasiados, una carga oscura y pesada de energía, que es imposible no hacerlo.

—Extranjeros a las diez —notifica Abigaíl.

—De dinero, tal parece —dice Samuel.

Entonces, el magnetismo vuelve a la entrada, y esta vez no es solo de mí; la mayoría de mujeres quedan embelesadas por los tres caballeros de la noche que acaban de entrar al club. Bastante elegantes considerando el lugar en el que se encuentran. Tal cual catrines de la aristocracia.

El guardia de la entrada, domesticado por sus dominantes presencias, no demanda identificación alguna. Está intimidado, por mucho le ganan en altura y masa muscular. Pobre hombre.

El caballero que está en medio ignora las miradas lascivas y avanza hacia mi dirección —bueno, a la barra—, los otros al lado de él que le siguen el paso dan un chequeo rápido. Ni así se interesan por nadie. Ellos son el interés aquí.

Las demás personas se apartan hipnotizadas, abriéndoles camino sin que ellos se lo pidan. Caminan sin tambalear al paso, como si de fantasmas se trataran. No pueden dispersarse entre la gente, son demasiado altos a comparación de la altura promedio en este pueblo. Un golpe duro en el ego de varios viriles presentes.

El catrín de en medio fija la vista en Gregorio, quien limpiaba de manera pésima la barra hasta que descubrió la mirada pesada en él. En respuesta, se oculta detrás de mí, por ende, ahora su entera atención está en mí.

—Cobarde de mierda —susurro sobre mi hombro para que solo Gregorio escuche.

—Recuerda que no soy tabernero —responde de la misma manera.

Su cobardía resultará beneficiosa si este trío extranjero está dispuesto a darme suficiente propina. Gritan ‘‘tenemos dinero’’ sin mencionar nada —aunque también podrían ser prendas robadas—.

En esta corta distancia, su altura prominente puede intimidar más. No obstante, lo puedo apreciar mucho mejor, al igual que a sus compañeros. Los tres tienen el cabello negro con mechones blancos. Uno más que el otro. Y cicatrices protuberantes de intrigante procedencia en alguna parte del cráneo o rostro.

Buenas personas o no, tienen toda la pinta de criminales que acaban de cumplir su condena en prisión. Bueno, estoy exagerando, solo estoy aburrida.

—Usted, ¿qué puede ofrecernos? —me pregunta el caballero de la izquierda con voz atrofiada y ruda.

Él está ligeramente rapado a diferencia de los otros dos, aun así, la blancura de su cabello sigue siendo perceptible. Moreno, como la piel mía. Su cicatriz se encuentra en la mejilla derecha, y se pierde detrás de la oreja.

Dejo a un lado el manejo de nervios en el que me encuentro en este momento, y aprovecho la oportunidad para ofrecer las bebidas que ya preparé.

—Tengo un rito de medianoche, dos gins y cuatro caballitos de tequila ya listos —carraspeo—. O lo que ustedes prefieran.

Ahora es cuando dicen que prefieren llevarme a mí. Cliché de novelas.

—Yo quiero eso —responde el caballero del extremo derecho, de manera más cálida. Lo identificaré como ‘‘Chico Tierno’’. Él tiene el cabello más largo y ondulado. A pesar de su apariencia más tierna, es imposible pasar de largo la cicatriz que le recorre la región nasal; está literalmente a la mitad de su rostro. Es una herida para morirse al momento.

El caballero de en medio no ha dicho una palabra. Permanece atento a mis movimientos, a mis palabras, esperando algo que probablemente me incrimine. No hay alguna trampa en mí, e insiste en buscarla.

Unos extranjeros así no se ven todos los días en Wixica, no es un territorio por el cual turistas se interesen. Al contrario, está muy escondido en el mapa e imperceptible al radar. Además, no estoy acostumbrada a recibir tal atención. Y eso que he rechazado a varios clientes coquetos.

Inclina sutilmente la cabeza a un lado sin apartar la vista. Parece un perro cuando no entiende lo que le dice el dueño.

—¿Qué tanto me ve? —tengo el atrevimiento de preguntar. No me interesa parecer a la defensiva, me molesta sentirme vulnerable. Casi expuesta frente a la mirada de los demás.

Evito expresar con mi cuerpo la urgencia por salir huyendo de aquí. Tic tac. El tiempo corre y mi turno termina.

Sin previo aviso, expresa un gesto de molestia hacia mí. Endereza la espalda y baja la cabeza para dejarme en claro que su atención está directa y únicamente en mí.

No lo comprendo, ni a él ni a mí. Esperaría una reacción así del típico ebrio empalagoso, él solo está mirándome. No está inclinando su cuerpo para estar más cerca de mí, no está molestándome y tampoco intimida de manera negativa. Y aún así lo siento como un toque que quema de manera peligrosa en la piel. Una quemadura de permanente cicatriz. Lo detesto.

Agradezco que la barra siga apartándonos para no sentir el hierro de marcar que imita su cercanía. Es incómodo de ver, y al mismo tiempo atrayente. Como un fenómeno de feria, único en su tipo.

Y cómo no, también comparte una marca de guerra como sus acompañantes; una cicatriz protuberante que empieza desde su labio inferior y desciende a su cuello hasta perderse en la camisa. Es difícil descifrar la figura de su cuerpo. Mientras los demás se adornan con pulcros trajes —uno gris y el otro azul marino—, él luce un ancho abrigo negro, con la camisa arrugada y la corbata deshecha. Como si recién acabara de terminar una larga jornada laboral.

Lo más extraño de él son sus peculiares ojos opacos de un profundo… vacío. De manera intrigante e inexplicable, crece dentro de mí el deseo de preguntarle qué podría haberle sucedido en el pasado para perder el brillo característico de todo ser humano con alma.

La curiosidad me conduce a estar un centímetro más cerca de él, y es mi impertinencia la que sin control quiere que lo explore a través de preguntas. Sin embargo, me obligo a detenerme. Está dentro de todo lo considerado como peligro.

—Un caballito de tequila reposado, por favor —se escucha la voz de un chico escondido detrás de los extranjeros.

—Un momento, estoy atendiendo a alguien más —contesto sin distinguir quién lo dijo.

«Quiero saber qué hará el caballero delante de mí», hace eco mi mente.

«Al menos que parpadee, esto se está volviendo incómodo».

El caballero de la cicatriz en el labio aparta la mirada y la deja en algún punto de la barra. Parece pensar algo y después de unos segundos regresa su atención en mí para hablar por primera vez. Y qué manera de hacerlo.

—Está bien, puede atenderlo —responde de manera amarga. No es una voz nasal, es un eco que proviene del diafragma.

Sus compañeros de los costados lo miran desorientados, como si ni uno de los dos esperara esa acción por parte de él. Y es hasta que él se aparta a un lado que los dos también lo hacen. Le abren camino al chico que pasaba desapercibido debido a la altura de los extranjeros.

—Que amables, pampariyutsi —menciona, para después dirigirse a mí—. Un caballito, por favor —repite.

—De tequila reposado, enseguida.

Me apresuro a tener su pedido, ahora bajo la mirada de cuatro hombres, sin contar la de Gregorio porque ha escapado y no sé a dónde. Cuando estoy por terminar, visualizo al chico sacar una tarjetera y esperar paciente. Otro más que pagará con terminal.

Necesito la maldita propina, por mas que parezca fatal pedirla.

Le acerco el datáfono junto con su caballito, y espero. Una vez más, el caballero de en medio improvisa al interponerse entre mi mano y la mano extendida del chico sosteniendo la tarjeta.

—Yo pagaré por él —avisa. Y una vez más, no sé cómo reaccionar—. En efectivo, si no le molesta.

¿Es acaso un ángel mandado del mismo cielo?

—¿Está seguro? —Abigaíl entra en la conversación.

Ella no parece ser importante para el caballero, y el chico del tequila no negó ni tardó de más para salir corriendo.

—También pagaré los tragos de mis amigos —agrega.

—¿Está seguro? —ahora soy yo quien pregunta. Esto no suele suceder todos los días. Bueno, sí, uno que otro imbécil ha bebido de más y ha ofrecido pagar la cuenta de todos. Claro, si este no muere antes de concluir la noche.

—Calacá, ¿qué se supone que haces? —el caballero de la izquierda lo reprende.

¿Cómo lo llamó?

—Entonces te encargo tres gins en lugar de dos, y en lugar de cuatros caballitos, que sean seis —agrega el ‘‘Chico Tierno’’.

—¿También a la cuenta del señor? —pregunto, refiriéndome a Calacá. De señor no tiene nada, es solo unos años mayor que yo.

—Sí, también —contesta ‘‘Chico Tierno’’, y después se dirige a sus amigos—. ¿Y ustedes que tomarán?

No controlo la caída de mi quijada después de escucharlo. Todo lo que pidió es para él solamente. Samuel y la otra tabernera han detenido sus encargos para fijar la vista en los tres caballeros, quienes, al parecer acostumbrados, no se inmutan al consumo excesivo de su amigo.

—No se detengan, sigan trabajando —nos ordena Abigaíl—. Yo hago los caballitos extras.

—Yo preparo los gins, Erén —agrega Samuel cooperativo.

—La propina será exclusivamente para la dama —avisa tajante. El dichoso Calacá no retiene nada. Esta vez sí se dirige a ambos, aunque su atención permanece en mí.

El moreno y mi jefa expresan un disimulado gesto de reproche hacia Calacá, para después ayudarme con los tragos sin importarle la previa advertencia —amenaza diría yo—.

Calacá por su parte, no demora en colocar el dinero en la barra. Tampoco escatima en la propina, dando un veinte por ciento más de lo que comúnmente se deja. O al menos por lo que veo de reojo.

—¿Puede llevar las bebidas a una mesa, por favor? —incluye el caballero de la izquierda. A ese lo identificaré como ‘‘Césped Recién Podado’’.

Calacá parece reprenderlo ahora a él, ‘‘Césped Recién Podado’’ ni se inmuta.

—Claro, los buscaré —asiento, antes de que ‘‘Césped’’ se lleve casi a rastras a Calacá con el ‘‘Chico Tierno’’ detrás.

El aroma varonil de los catrines se dispersa en el aire a medida que se alejan.

De pronto, por alguna razón, un malestar me ataca. Siento pesadez en la cabeza, como si de una roca encima se tratara, al punto de cegarme una gran mancha negra.

—Nuestro turno está por terminar, Erén. Le pediré a alguien más que las lleve —menciona Samuel sin percatarse de mi situación.

—Presión… en el pecho —murmuro, atrayendo su atención.

—¿Te encuentras bien? —escucho al moreno, pero no logro contestar.

Reconozco el malestar de la migraña, no el dolor. Esto es nuevo…

“Muérdago”. Es todo lo que quiero decir por alguna razón. Siento las palpitaciones de mi corazón en el oído. Y mi espina dorsal jamás había sido una molestia antes.

—¿Qué sucede? —salta Gregorio. Algún día sabré de dónde demonios aparece este chico.

—Estoy… bien —emito como puedo.

—No pareces estarlo —notifican al unísono. Como si por mi propia cuenta no entendiera la situación en la que estoy. Y no lo hago.

Mi cuerpo involuntariamente exhala hasta sacar todo el aire posible. Luego, me hace inhalar hasta casi reventar mis pulmones, como si lo hubiera necesitado por años. Un golpe de aire tan evasivo e improvisto que me hace caer de rodillas y toser fuertemente.

Siento las vibraciones de las voces de Samuel y Gregorio, y sus manos intentando sostenerme. Sin embargo, hay una tercera voz, muy alejada de mí. Es la más desesperada, la más agonizante. Grita una palabra conocida, aunque difícil de identificar.

Después llegan memorias fugaces, sucesos que he evitado recordar por mi salud mental. Como tontería de película; veo mi vida entera pasar ante mis ojos. Intento alejarlos golpeándome la cabeza. Me obligo a controlar mi respiración y mi ritmo cardíaco.

—Estoy bien. Solo que… es estúpido —balbuceo mientras controlo los espasmos que brotan, preocupando más a mis compañeros.

—Con un carajo. Erén, ¡solo dinos qué te sucede!

—Tuve esa sensación de… estar al borde de la muerte.

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