ámame Como Tú Lo Haces ━ Jensoo por danielle en Inkitt
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ámame como tú lo haces ━ jensoo

Sinopsis

En público, Jisoo es grosera, fría y distante con Jennie. Frente a las cámaras, parece no importarle su esposa en lo más mínimo. Pero en privado, es exactamente lo opuesto: una mujer increíblemente cariñosa, atenta y consentidora, tanto con Jennie como con su hija.

Genero:
Drama
Autor/a:
danielle
Estado:
Completado
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Parte 1/2.

🤍

Antes de leer:

One shot extenso: 22.613 palabras.

Puro amor.

El sonido de los obturadores era ensordecedor.

Jennie podía sentirlo en los huesos, esa vibración constante de cientos de cámaras disparando al unísono mientras caminaba por la pasarela. Las luces la cegaban por momentos, pero su entrenamiento de quince años en la industria la mantenía avanzando con la vista fija sobre un punto ciego para no perder la concentración. Cada paso medido, cada giro de muñeca calculado, cada media sonrisa ensayada frente a los flashes.

Detrás de las cortinas de terciopelo negro, más allá del mar de celebridades sentadas en primera fila, estaba Jisoo.

Jennie no necesitaba verla para saber exactamente dónde se encontraba. Podía sentir su presencia como se siente el cambio en la presión atmosférica antes de una tormenta. Llevaban suficientes años casadas como para desarrollar ese sexto sentido, esa conexión casi telepática que les permitía comunicarse sin palabras en medio del caos.

El desfile era el evento más importante de la temporada de otoño. La colecciónFall-Winter Ready-to-Wear CollectiondeChanelhabía sido diseñada pensando en Jennie, en su figura, en su caminar hipnótico, en esa capacidad que tenía para hacer que la tela más sencilla pareciera alta costura. Era su quinto año como imagen principal de la casa francesa, y cada temporada superaban las expectativas.

Pero eso no era lo que importaba esa noche.

Lo que importaba era lo que estaba ocurriendo en las gradas.

Jennie llegó al final de la pasarela, hizo una pausa de exactamente tres segundos —el tiempo justo para que los fotógrafos tomaran la toma perfecta— y giró sobre sus talones. De vuelta, sus ojos barrieron la primera fila como si fuera una casualidad, como si no llevara meses sin ver a Jisoo en uno de sus desfiles.

Pero allí estaba; como siempre.

Jisoo vestía un traje sastre negro de corte impecable, sin corbata, los primeros botones de la camisa blanca abiertos. Su cabello caía ligeramente ondulado sobre los hombros, y sus labios, apenas pintados, formaban esa línea recta que el mundo había aprendido a interpretar como frialdad.

No aplaudía. No sonreía. No hacía absolutamente nada más que mirar.

Jennie sintió el familiar nudo en el estómago. No era dolor, no exactamente. Era más bien la conciencia aguda de que millones de personas estaban observando esa misma escena, analizándola, diseccionándola, convirtiendo cada micro expresión de su esposa en un titular.

“Kim Jisoo asiste al desfile de su esposa con una expresión de total indiferencia.”

“¿Crisis en el matrimonio Kim (otra vez)? La fría reacción de Jisoo ante el desfile de Jennie.”

“Especialistas en lenguaje corporal analizan el distanciamiento entre las Kim.”

Jennie ya podía leer los titulares. Los había leído antes, cientos de veces, en diferentes idiomas, en diferentes contextos, pero siempre con el mismo mensaje subyacente:Jisoo no te ama, Jennie. Jisoo nunca te quiso de verdad. Solo eres un reemplazo de Rosé.

Terminó el desfile con una última pasada, los flashes cegándola por completo, el sonido de la ovación resonando en el teatro. Hizo una reverencia final, sonrió con la medida exacta de calidez profesional, y desapareció detrás del telón.

El backstage estaba lleno de asistentes, estilistas y modelos. Jennie apenas podía escuchar sus propios pensamientos mientras la desvistieron apresuradamente, cambiándole el vestido de alta costura por una bata de seda negra. Su maquilladora le retocaba el delineado mientras otra asistente le alcanzaba su teléfono con decenas de notificaciones.

—Jennie, los periodistas te esperan en la zona de prensa —dijo su manager, Alison, con el cabello recogido en un moño impecable—. Y Jisoo ya salió.

—¿Ya se fue? —preguntó Jennie, sintiendo un peso en el pecho.

—No, está afuera. La acorralaron en cuanto saliste.

Jennie cerró los ojos un momento y respiró hondo.

—Dame cinco minutos.

──── ୨୧ ────

El caos era exactamente como lo había imaginado.

Cuando Jennie salió por la puerta lateral del teatro, el espectáculo mediático ya estaba en pleno apogeo. Una barrera metálica separaba a la prensa de la zona de vehículos, pero eso no impedía que decenas de micrófonos se estiraran como tentáculos hacia Jisoo, que permanecía de pie junto a una camioneta blindada negra con el conductor sosteniendo la puerta abierta.

—¡Señorita Kim, una pregunta por favor!

—¿Es cierto que hay problemas en su matrimonio?

—¡Señorita Jisoo, por qué no aplaudió a su esposa durante el desfile?

—¿Todavía tiene contacto con Roseanne Park?

La última pregunta hizo que algo se tensara en la mandíbula de Jisoo.

Jennie lo vio desde lejos. Ese pequeño cambio en su expresión, casi imperceptible para cualquiera que no la conociera como ella. La forma en que sus dedos se curvaban ligeramente, como si estuviera conteniendo las ganas de romper algo. La rigidez en sus hombros, esa postura de animal acorralado que adoptaba cuando sentía que su espacio personal era invadido.

Jisoo respondió.

—No tengo nada que decir. Jennie estuvo espectacular, eso es todo. Ahora, discúlpenme.

—¡Pero señorita Kim-!

—Dije que no tengo nada que decir.

Fue seco. Fue cortante. Fue exactamente lo que los periodistas necesitaban para convertirla en la villana de la noche. Perfecto material para portada al día siguiente.

Jennie caminó hacia ella con pasos medidos, consciente de que cada uno de sus movimientos estaba siendo registrado por al menos veinte lentes diferentes. Cuando llegó a su lado, Jisoo ni siquiera la miró. Simplemente se metió en el auto, y Jennie hizo lo mismo, deslizándose en el asiento trasero mientras el conductor cerraba la puerta y el mundo exterior quedaba reducido a un murmullo amortiguado.

Jennie esperó. Sabía que Jisoo necesitaba unos minutos para bajar la guardia, para recordar que no estaban siendo observadas, para permitirse sentir algo que no fuera esa armadura que construía alrededor de sí misma cada vez que pisaba el ojo público.

El auto comenzó a moverse, y las luces de París empezaron a desfilar tras los cristales tintados.

—Jisoo...

—No ahora —respondió ella, con la voz tensa—. Por favor.

Jennie asintió, aunque Jisoo no podía verla. Miró por la ventana, observando cómo la ciudad de las luces se convertía en un borrón de dorados y grises. El Louvre, la Ópera, el Sena. Todo pasaba sin que realmente lo viera.

—Vamos a buscar a Lia —dijo Jisoo al fin, sin mirarla—. Llama a tu madre.

Jennie obedeció, marcando el número mientras sentía el peso de la noche acumulándose en sus hombros. Su madre contestó al segundo tono, y la voz de Lia se escuchó de fondo, cantando alguna canción infantil.

Abuela, ¿puedo hablar con mami?

—Claro, mi amor. Mami Jennie está al teléfono.

¡Mami!—la voz de Lia era un pequeño estallido de alegría—.¿Ya terminó tu desfile? ¿Eras la más bonita?

Jennie sonrió por primera vez en horas.

—Sí, bebé, ya terminó. ¿Te portaste bien con la abuela?

¡Me porté súper bien! Comí todas las verduras y hasta le ayudé a regar las plantas.

—Qué orgullosa estoy de ti, mi amor. Vamos a pasar por ti en un ratito, ¿sí?

¿También viene mamá Jisoo?

Jennie miró de reojo a su esposa, que seguía con la mirada fija en la ventana.

—Claro que sí, bebé. Las dos vamos.

¡Bien! Las amo mucho.

—Nosotras también te amamos, pequeña. Espéranos.

Colgaron, y el silencio volvió a instalarse en el auto. Jennie guardó el teléfono en su bolso y se permitió observar a Jisoo sin que ella lo notara. La rigidez en sus hombros había disminuido ligeramente, pero sus manos seguían apretadas sobre sus muslos, con los nudillos blancos.

—¿Quieres hablar de lo que pasó? —preguntó Jennie en voz baja.

—No hay nada que hablar —respondió Jisoo, y esta vez su voz sonó menos cortante, pero más cansada—. Hicieron las mismas preguntas de siempre. Yo di las mismas respuestas de siempre. Mañana escribirán los mismos artículos de siempre. Es así como funciona siempre.

—Te preguntaron por Rosé.

Jisoo finalmente la miró, y sus ojos oscuros reflejaron algo que Jennie no podía nombrar con precisión.¿Cansancio? ¿Frustración? ¿Miedo?

—Siempre preguntan por Rosé.

—Lo sé.

—Llevamos casi ocho años casadas, Jennie. Ocho, y todavía me preguntan por ella como si nuestra relación hubiera terminado ayer.

—El internet no olvida —dijo Jennie, sin acritud, simplemente constatando un hecho—. Y los medios necesitan alimentar la narrativa.

—¿Qué narrativa? ¿Qué soy una mujer fría que no sabe amar? ¿Qué me casé contigo por despecho? ¿Qué nuestra hija es un accidente del que me arrepiento?

—Jisoo...

—Porque eso es lo que dicen, ¿sabes? —la voz de Jisoo comenzó a quebrarse ligeramente, aunque su expresión seguía siendo la misma máscara impasible—. Que no te mereces esto. Que eres demasiado buena para mí. Que deberías dejarme y encontrar a alguien que te bese en público, que te tome de la mano en las alfombras rojas, que grite al mundo cuánto te ama.

—No leas esas cosas —susurró Jennie, acercándose a ella en el asiento—. Sabes que no son verdad.

—Pero duelen —Jisoo cerró los ojos—. Duelen porque hay una parte de mí que cree que tienen razón. Que soy una pésima esposa. Que no sé demostrar lo que siento. Que tal vez... tal vez tú sí merecerías a alguien que pueda darte eso. Alguien como...

No terminó la frase.

No hacía falta.

Jennie tomó su mano, desenredando sus dedos rígidos con suavidad, entrelazándolos con los suyos. La piel de Jisoo estaba fría, como si hubiera estado sumergida en hielo durante horas.

—No quiero a alguien como ella —susurró Jennie—. Te quiero a ti. A ti, con tus silencios y tus distancias y tu forma de amar que nadie más entiende porque nadie más se ha tomado el tiempo de conocerla. Yo la conozco, Jisoo, y no la cambiaría por nada en el mundo.

Los ojos de Jisoo se abrieron lentamente, y por un momento, solo un momento, la máscara se resquebrajó. Jennie vio a la mujer que solo ella conocía: la que se despertaba temprano para prepararle el café exactamente como le gustaba, la que pasaba horas buscando el regalo perfecto para su cumpleaños, la que lloraba en silencio cuando Lia tenía fiebre porque el miedo la paralizaba, la que siempre estaba ahí para ella en sus momentos más difíciles,siempre ella.

—Te amo —dijo Jisoo, tan bajo que casi fue inaudible—. Te amo tanto que a veces duele, Jennie. Y me da miedo que algún día dejes de creérmelo.

—Nunca voy a dejar de creértelo.

—Pero los medios...

—Los medios no están en este auto. Los medios no duermen en nuestra cama. Los medios no nos conocen.

El conductor tosió suavemente para anunciar que estaban llegando a la casa de la madre de Jennie. Ambas se separaron, recolocándose en sus asientos como si nunca hubiera ocurrido nada. Pero Jennie sintió que la mano de Jisoo seguía presionando la suya, como si no quisiera soltarla, como si el contacto físico fuera un salvavidas en medio de un océano de flashes y micrófonos.

—Vamos —dijo Jennie, apretando sus dedos una última vez antes de abrir la puerta—. Tu bebé nos espera.

──── ୨୧ ────

Lia tenía tres años, con una melena negra que heredó de Jisoo y una sonrisa gomosa que era idéntica a la de Jennie.

Cuando la puerta de la casa de la abuela se abrió, la niña salió disparada como un pequeño cohete de felicidad, sus brazos extendidos hacia ambas madres con la generosidad de quien no entiende de favores ni reservas.

—¡Mami! ¡Mamá!

Jisoo la levantó del suelo antes de que Jennie pudiera siquiera agacharse, y algo en su expresión cambió por completo. La rigidez desapareció. Las líneas duras de su rostro se suavizaron. Sus ojos, que minutos antes parecían dos pozos de cansancio, ahora brillaban con una calidez casi infantil.

—Mi vida —dijo Jisoo, enterrando la nariz en el cuello de Lia, inhalando profundamente como si ese olor a talco y jabón infantil fuera el aire que necesitaba para sobrevivir—. Te extrañé tanto.

—¡Solo estuve con la abuela! —protestó Lia, riendo mientras Jisoo la cubría de besos—. ¡Mamá Jisoo, me haces cosquillas!

Jennie observó la escena con el corazón tan lleno de felicidad que casi le dolía. Esta era la Jisoo que el mundo nunca vería. La que cargaba a su hija como si fuera el tesoro más preciado de la tierra. La que podía pasar horas en el suelo de la sala jugando con muñecas sin importarle arruinar su ropa de diseñador. La que susurraba canciones inventadas de cuna para su bebé con una voz tan suave que parecía miel.

—Vamos, mi amor—dijo Jennie, acariciando la espalda de Lia mientras Jisoo seguía abrazándola—. Es tarde y mañana tienes tu clase de natación.

—¿Vendrán las dos? —preguntó Lia, mirando a Jisoo con esos ojos enormes que podían derretir el corazón más duro.

—Claro que sí, bebé —respondió Jisoo, besando su frente—. Las dos vamos a llevarte, como siempre.

—¿Y podemos comer helado después?

—Después de la clase, si te portas bien.

—¡Siempre me porto bien!

Jennie rió, y el sonido escapó de ella sin permiso, tan genuino que por un momento olvidó que horas antes había estado desfilando frente a medio mundo con una máscara de perfección. Tomó la mano de Lia mientras Jisoo la cargaba hacia el auto, y por un instante, solo un instante, fueron solo una familia normal.

Pero la normalidad era un lujo que no podían permitirse por mucho tiempo.

──── ୨୧ ────

La casa que compartían en las afueras de París Jennie la había diseñado personalmente, cada rincón pensado para ser un refugio del caos exterior. Grandes ventanales que daban a un jardín privado, paredes de tonos cálidos, muebles cómodos que invitaban a quedarse. En la sala principal, una fotografía enorme de las tres en la playa colgaba sobre la chimenea: Jisoo sosteniendo a Lia en brazos, Jennie abrazándolas a ambas por detrás, las tres riendo mientras el sol se ponía sobre el mar.

Esa foto la había tomado Lisa, la mejor amiga de Jennie, durante unas vacaciones en Grecia. Era la única imagen familiar que permitían tener en un espacio semi-público de la casa. El resto de las fotografías estaban guardadas en el estudio de Jisoo, en un álbum que ninguna visita podría ver jamás a excepción de sus amigas y familiares.

Esa noche, después de bañar a Lia, leerle tres cuentos y cantarle la canción de cuna que siempre pedía, Jennie encontró a Jisoo en la cocina.

Estaba de espaldas a la entrada, con el cabello aún húmedo por la ducha que se había dado después de dejar a Lia durmiendo. Usaba una de sus sudaderas enormes y pantalones de algodón para dormir. Tenía los pies descalzos sobre el suelo de madera y estaba preparando té en dos tazas humeantes, mientras ella seguía con el vestido pero descalza.

Jennie se quedó en el marco de la puerta, observándola.

Esta era otra versión de Jisoo que el mundo no conocía. La que cocinaba en pijama a altas horas de la noche cuando no podía dormir. La que tarareaba canciones mientras calentaba la leche para Lia. La que se movía por la cocina con una tranquilidad que parecía flotar sobre el suelo, como si finalmente hubiera encontrado un lugar donde pertenecía.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —preguntó Jisoo sin darse la vuelta, pero Jennie supo que había sentido su mirada.

—Suficiente.

—¿Para qué?

—Para recordar por qué me enamoré de ti.

Jisoo se giró lentamente, y sus mejillas se tiñeron de un rosa apenas perceptible. Ese era otro secreto que Jennie guardaba celosamente: que Jisoo, la mujer fría e inaccesible de las portadas, se sonrojaba como una adolescente cuando recibía un cumplido inesperado de su esposa.

—Eres una cursi —dijo Jisoo, empujándole una taza de té.

—Tú me volviste así —respondió Jennie, rodeando la taza con ambas manos y acercándose a la isla central—. Antes de ti yo era una modelo profesional y distante.

—Mentirosa. He visto fotos tuyas de niña haciendo muecas frente a la cámara. Eras una bolita de mesa muy bonita.

—Esas fotos están destruidas, Jisoo.

—Tengo copias. Tu madre me las dio. —la pelinegra sonrió con orgullo confesando su secreto.

—¡Jisoo!

Jisoo rió, y el sonido fue como ver la primavera después de un invierno eterno. Se acercó a Jennie, rodeándole la cintura con los brazos desde atrás, apoyando la barbilla en su hombro. Jennie sintió el calor de su cuerpo, el aroma de su champú, la suavidad de su respiración contra su cuello.

—Hoy fue un día difícil —murmuró Jisoo, y ya no era la mujer fría de la alfombra roja ni la madre amorosa de la sala. Era simplemente ella, vulnerable y real—. Lo siento. Lo siento por cómo actué. Lo siento por no poder ser diferente cuando hay cámaras cerca.

—No tienes que disculparte —dijo Jennie, llevando una mano a la nuca de Jisoo, acariciando el cabello todavía húmedo—. Entiendo por qué eres así.

—Pero te duele.

—A veces.

—Yo no quiero hacerte daño —Jisoo apretó el abrazo, como si temiera que Jennie fuera a desaparecer—. Nunca es mi intención. Es solo que... cuando están mirando, cuando sé que cada gesto mío va a ser analizado y convertido en algo que no soy... me congelo. Me pongo rígida. Y cuanto más me presionan para que demuestre algo, menos puedo hacerlo.

—Lo sé.

—Con Rosé... —Jisoo dudó, y Jennie sintió cómo su cuerpo se tensaba ligeramente—. Con Rosé todo era diferente porque no sabíamos lo que hacíamos. Éramos jóvenes y estábamos enamoradas y nos dejábamos llevar por la emoción del momento. No pensábamos en las consecuencias. No sabíamos que cada foto, cada abrazo, cada declaración pública se convertiría en un arma que usarían en nuestra contra cuando las cosas empezaran a ir mal.

Jennie guardó silencio. Hablaban de Rosé muy pocas veces, y siempre con la misma cautela con la que se camina sobre un campo minado.

—Cuando terminamos —continuó Jisoo, la voz más baja—, todo aquello que habíamos mostrado con tanta libertad se volvió veneno. Las fotos que alguna vez fueron pruebas de amor se convirtieron en evidencia de un fracaso. Los artículos que hablaban de lo perfectas que éramos se transformaron en crónicas de un desastre anunciado. Y yo... yo juré que nunca volvería a cometer el mismo error. Que jamás permitiría que los medios tuvieran acceso a mi vida privada otra vez.

Se separó lo suficiente para que Jennie pudiera girarse y mirarla. Jisoo tenía los ojos brillantes, aunque no había lágrimas. Había aprendido a no llorar en público, y a veces también en privado.

—Pero contigo fui demasiado lejos en la dirección opuesta —admitió Jisoo, pasándose una mano por el cabello—. En lugar de encontrar un equilibrio, me volví una estatua. Una maldita estatua de hielo que no se ríe, no toca, no demuestra nada. Y sé que te hace daño. Sé que las comparaciones con Rosé te hieren. Sé que el mundo entero te dice que no te quiero como la quise a ella, y odio no poder hacer nada para callarlos.

—Puedes hacer algo —dijo Jennie, tomando sus manos—. Puedes seguir siendo así conmigo. Aquí en casa donde nadie nos ve.

—¿Y eso es suficiente para ti?

Jennie sonrió, y la sonrisa fue tan sincera que sus ojos se arrugaron en las comisuras.

—Jisoo, tú me cambiaste la vida. Tú, que te quedaste despierta tres noches seguidas cuando Lia tuvo bronquiolitis, turnándote conmigo para que yo pudiera dormir aunque al día siguiente tenías un rodaje de doce horas. Tú, que me mandas mensajes cada vez que estás de viaje para saber si ya comí, aunque yo tenga treinta años y sea perfectamente capaz de alimentarme sola. Tú, que siempre estás al pendiente de mí sin importar que tengas que recorrer el mundo entero para ir a verme y asegurarte de que no tienes de que preocuparte.

Jisoo abrió la boca para protestar, pero Jennie no la dejó.

—Tú, que me miras como me miras ahora —continuó, levantando una mano para acariciar la mejilla de Jisoo—, con una intensidad que asustaría a cualquiera que no supiera que esa es tu forma de decir “te amo”. Tú, que te escondes en mi cuello cada noche antes de dormir, aunque haga calor, aunque estés cansada, aunque hayas tenido el peor día de tu vida. Tú, que le compraste una cámara de fotos a Lia para su segundo cumpleaños porque sabías que le encantaba verte trabajar, y luego te pasaste horas enseñándole a usarla, con una paciencia infinita llena de amor. Así que no. No me vengas con que no demuestras lo que sientes. Lo demuestras todo el tiempo. Solo que lo haces en un idioma que solo yo sé entender.

Las lágrimas que Jisoo había estado conteniendo finalmente cayeron. Silenciosas, lentas, recorriendo sus mejillas como ríos de cristal. Jennie las limpió con los pulgares, besó sus párpados cerrados, su nariz, sus labios.

—Te amo —susurró Jisoo contra su boca—. Te amo tanto que no sé cómo decirlo sin que suene poco comparado con tu amor.

—No hace falta que lo digas —respondió Jennie, besándola otra vez—. Ya lo sé.

El té se enfrió por completo en las tazas que habían quedado olvidadas sobre la isla central. Afuera, la noche parisina se había vuelto más oscura, las nubes cubriendo la luna, pero dentro de la casa solo existía el calor de dos cuerpos que se negaban a separarse.

Jennie sintió cómo los dedos de Jisoo recorrían su espalda con una lentitud deliberada, dibujando círculos invisibles sobre la tela fina de su pijama.

—Vamos a la cama —murmuró Jisoo contra su oreja, y su voz era grave, profunda, esa voz que solo salía cuando estaban solas.

Jennie asintió, sin palabras. Tomó la mano que Jisoo le ofrecía y la dejó guiarse a través del pasillo iluminado solo por las luces de emergencia que siempre dejaban encendidas para que Lia no tuviera miedo si despertaba.

Pasaron frente a la habitación de Lia. La puerta estaba entreabierta, como siempre, para poder escucharla. Dentro, la respiración de la niña era un murmullo suave y constante, interrumpido ocasionalmente por esos pequeños ruidos que hacen los niños cuando sueñan.

Jisoo se detuvo un segundo, asomó la cabeza por la rendija, y sonrió. Lia estaba en medio de la cama, con el osito de peluche medio encima de la cara y las sábanas completamente enredadas en sus piernas.

—Es igual a ti —susurró Jennie por encima de su hombro.

—¿Qué duerme como una estrella de mar?

—No. Hace ruidos raros cuando sueña vomo tú.

—Yo no hago ruidos raros. —Jisoo frunció el ceño.

—Hace dos noches te oí hablar en sueños. Dijiste “los tomates no se lavan, ¿cómo los voy a lavar?“.

Jisoo cerró la puerta con suavidad y la miró con una mezcla de horror y ternura conteniendo la risa ante la expresión burlona de Jennie.

—Estaba soñando con la compra del supermercado. —Jisoo se encogió de hombros mirando a su esposa con obviedad.

—Eres la única persona que conozco que tiene pesadillas con vegetales. —contraatacó Jennie riendo suavemente.

—No te burles —dijo Jisoo, pero estaba sonriendo, y esa sonrisa era tan diferente de todo lo que el mundo veía que Jennie sintió el pecho apretarse.

La puerta del dormitorio principal se cerró detrás de ellas con un clic apenas audible.

La habitación estaba a oscuras, salvo por la luz que se filtraba a través de las cortinas y la pantalla del reloj digital que marcaba las once y cuarenta y siete.

Jisoo no encendió ninguna lámpara.

En la penumbra, sus movimientos eran pausados, casi ceremoniales. Se acercó a Jennie y comenzó a desabrocharle los botones del pijama con la misma delicadeza con la que alguien desenvolvería un regalo que había estado esperando durante mucho tiempo.

Jennie contuvo la respiración. Porque Jisoo la estaba mirando. No sus manos, no los botones. La estaba mirando a los ojos, y esa mirada contenía todo lo que la cámara jamás captaría: deseo, sí, pero también adoración, también ternura, también esa certeza absoluta de que no había lugar en el mundo donde quisiera estar más que en ese.

—¿Qué? —preguntó Jennie, en un susurro.

—Nada —respondió Jisoo, y su voz tembló ligeramente—. Solo te estoy viendo.

—Ya me ves todos los días.

—Nunca es suficiente para mí.

El último botón cedió. La camisa se deslizó por los hombros de Jennie y cayó al suelo con un sonido suave, como una hoja que se desprende de un árbol en otoño. Jisoo pasó los dedos por sus clavículas, por la curva de sus hombros, por la línea de su columna, y Jennie cerró los ojos, dejándose sentir.

—Acuéstate —dijo Jisoo.

No era una orden. Era una invitación, una promesa, un susurro que parecía venir de algún lugar más profundo que sus cuerdas vocales.

Jennie obedeció.

Se recostó sobre la cama, sintiendo el frescor de las sábanas contra su espalda, y observó cómo Jisoo se desprendía de su propia ropa sin prisa. La sudadera enorme que usaba para dormir, los pantalones de algodón, todo cayó al suelo en un montón olvidado. Y cuando Jisoo se arrodilló sobre el colchón, sus cuerpos se encontraron como dos piezas de un rompecabezas que solo encajaban de esa manera.

Jisoo se colocó sobre ella, apoyando el peso en los antebrazos, y sus piernas se entrelazaron como si fueran una sola. La piel de Jennie estaba caliente, y la de Jisoo también, y cuando sus frentes se tocaron y sus narices se rozaron, el mundo exterior se desvaneció por completo.

—Te amo —dijo Jisoo, y la frase era tan pequeña para lo que sentía, pero era la única que tenía.

—Muéstramelo,ámame como tú lo haces—respondió Jennie.

Sus labios encontraron el cuello de Jennie con una suavidad que contrastaba con la firmeza de sus manos, que recorrían su cuerpo como si estuvieran memorizando cada centímetro, cada curva, cada pequeño espacio que existía entre sus costillas. Jennie arqueó la espalda, buscando más, y sus dedos se aferraron a los hombros de Jisoo, a sus brazos, a su nuca, tirando de ella hacia abajo como si necesitara sentir su peso para sentirse real.

—Jisoo... —susurró, y su voz era apenas una exhalación.

Su boca descendió hacia el pecho de Jennie, lenta, deliberada, y Jennie mordió su labio inferior para no gemir demasiado fuerte. Sabían que Lia dormía al final del pasillo. Sabían que las paredes de la casa eran gruesas pero no infalibles. Pero a veces, como ahora, el deseo era más fuerte que la prudencia.

—Tranquila —murmuró Jisoo contra su piel, y el calor de su aliento hizo que Jennie se estremeciera.

Las manos de Jisoo viajaron hacia abajo, y Jennie cerró los ojos con fuerza, dejándose llevar por las sensaciones. El ritmo era lento, pausado, como si estuvieran meciéndose en un columpio que no tenía prisa por llegar a ninguna parte. Cada caricia, cada beso, cada pequeño movimiento estaba diseñado para durar, para prolongar el momento, para hacer que el tiempo se estirara como caramelo caliente.

—Te amo —decía Jisoo, una y otra vez, entre beso y beso, entre respiración y respiración—. Te amo, te amo, te amo.

Jennie no podía responder. No porque no sintiera lo mismo, sino porque las palabras se le quedaban atrapadas en la garganta, ahogadas por la intensidad de todo aquello. Así que respondió con su cuerpo, con las manos que recorrían la espalda de Jisoo, con las piernas que se apretaban contra sus caderas, con los labios que buscaban los suyos una y otra vez.

Estaban en ese punto —ese punto en el que el mundo se reduce a la piel, al calor, al sonido de dos respiraciones que se sincronizan— cuando escucharon el primer golpe.

No fue fuerte. Fue un golpe pequeño, casi tímido, como el de un pájaro que picotea una ventana, pero ambas lo oyeron.

Jisoo se detuvo y Jennie abrió los ojos.

—¿Fue...?

—La puerta —dijo Jisoo.

Segundo golpe. Un poco más fuerte.

Mami—dijo una voz pequeña al otro lado de la puerta—.Mamá, tuve una pesadilla.

Jisoo apoyó la frente en el hombro de Jennie y exhaló lentamente. No era frustración lo que sentía —o no solo frustración— sino esa mezcla agridulce que todos los padres conocen: el deseo de tener un momento para ellas.

—¿Abro? —preguntó Jisoo, con la voz todavía ronca.

—No tenemos alternativa.

Jisoo rodó hacia un lado, permitiendo que Jennie se cubriera con la sábana. Ella misma se puso la camiseta que había dejado en el borde de la cama —el movimiento rápido y eficiente de quien ha hecho esto muchas veces antes— y caminó hacia la puerta descalza.

Cuando la abrió, Lia estaba allí.

Su pijama de estrellas estaba torcido, con los botones desalineados. Su cabello, que Jennie había peinado con esmero antes de dormir, era ahora una maraña imposible. Y sus ojos, esos ojos enormes que eran un espejo de los de Jisoo, estaban húmedos y brillantes.

—Hubo un monstruo —dijo Lia, con la voz temblorosa—. Un monstruo en mi sueño. Tenía muchas piernas como una araña, pero más grande y quería llevarse a mi osito.

Jisoo se agachó hasta quedar a su altura. Sus manos, las mismas que segundos antes recorrían el cuerpo de Jennie con deseo, ahora acariciaban el rostro de su hija con una ternura infinita.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Jisoo.

—Le dije que se fuera —respondió Lia, y en su voz había un atisbo de orgullo.

—¿Y funcionó?

Lia se encogió de hombros con un puchero.

Jisoo sonrió. La tomó en brazos, sintiendo el peso pequeño y tibio de su hija contra su pecho, y la llevó hacia la cama. Jennie ya había movido las almohadas para hacer espacio en el medio, la posición habitual de las noches de pesadillas.

—Ven —dijo Jennie, abriendo los brazos—. Cuéntame todo sobre ese monstruo.

Lia se acomodó entre las dos, con la cabeza apoyada en el pecho de Jennie y los pies fríos pegados al muslo de Jisoo.

—Tenía ojos rojos —dijo Lia, bostezando—. Y hacía un ruido como... como cuando mami Jisoo ronca.

—Yo no ronco —protestó Jisoo.

—Sí roncas —dijo Jennie y Lia al unísono.

Jisoo las miró a las dos, y por un segundo, esa mirada lo abarcó todo: el deseo que aún palpitaba en su vientre, el amor que latía en su pecho, la gratitud por esa vida que nunca imaginó que merecía.

—Bueno —dijo, pasando un brazo por encima de Lia para tocar el hombro de Jennie—. Tal vez ronco un poco.

—Un poco mucho —corrigió Lia, con los ojos ya cerrados.

El silencio volvió a instalarse en la habitación, pero era un silencio diferente.

—Mami —murmuró Lia, casi dormida—. ¿Los monstruos pueden volver?

—No —respondió Jisoo, con una certeza absoluta—. No mientras yo esté aquí.

—¿Y si tú no estás?

—Entonces estará mami Jennie.

—¿Y si las dos no están?

—Siempre estaremos —dijo Jennie, besando su coronilla—. Siempre mi amor.

Lia sonrió, un esbozo apenas visible en la penumbra, y su respiración se hizo más lenta, más profunda. Se había dormido.

—Lo siento —susurró Jisoo, tan bajo que solo Jennie podía oírla.

—¿Por qué?

—Por lo de antes. Por no poder...

—No lo sientas —la interrumpió Jennie, y su voz era suave, cálida, libre de cualquier rastro de frustración—. Esto también es importante.

—Lo sé. Pero yo quería...

—Ya habrá otras noches, muchas otras noches, y mientras tanto...

Jennie deslizó su mano por encima de la cabeza dormida de Lia y entrelazó sus dedos con los de Jisoo. El contacto era pequeño, casi insignificante, pero significaba todo.

—Mientras tanto —continuó Jennie—, tenemos esto y esto es suficiente.

Jisoo levantó la mano entrelazada a sus labios y besó los nudillos de Jennie uno por uno lentamente.

—Suficiente —repitió, como si probara la palabra—. Más que suficiente.

──── ୨୧ ────

La entrega de premios de la Academia de Cine Asiática era, en teoría, una noche para celebrar. Jisoo estaba nominada a Mejor Actriz por su interpretación enEl Jardín de las Ausencias, una película independiente sobre una mujer que perdía la memoria y reconstruía su vida a través de cartas que no recordaba haber escrito a las personas que amó.

Los críticos decían que era su mejor actuación desde su debut. Algunos incluso murmuraron la palabra “Oscar”, aunque eso llegaría más tarde, si la campaña de premios funcionaba.

Pero esa noche, en el Centro de Convenciones de Seúl, Jisoo no podía pensar en premios. Solo podía pensar en las preguntas que sabía que le harían.

Porque Rosé también estaba allí.

Park Chaeyoung, conocida mundialmente como Rosé, había sido invitada a presentar el premio a Mejor Banda Sonora. Hacía años que no coincidían en un evento. Desde antes de la boda de Jisoo con Jennie, desde antes de Lia, desde antes de todo el dolor que había sido cosido y vuelto a coser como una herida que no terminaba de cerrar.

En el coche, de camino al evento, Jennie había notado la tensión en la mandíbula de Jisoo.

—¿Quieres que no vayamos? —preguntó.

—Tenemos que ir.

—No tenemos que hacer nada. Puedo llamar a mi publicista y decir que te enfermaste.

—Eso sería mentira.

—Las mentiras son mi especialidad. Mira, paso la mitad de mi vida diciéndole a la gente que estoy bien cuando en realidad tengo ganas de llorar.

Jisoo la miró. Jennie estaba hermosa con su vestido negro de hombros descubiertos, con ese collar de perlas que le había regalado Jisoo en su primer aniversario, con el maquillaje impecable y unos tacones de aguja que a sus ojos, la hacían ver la mujer más atractiva del mundo.

—No voy a desmoronarme —dijo Jisoo, ignorando el calor de sus mejillas—. Solo voy a ser profesional.

—Profesional para ti significa parecer una estatua de hielo. —bromeó Jennie.

—Funciona, ¿no? —respondió Jisoo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Jennie suspiró. Le tomó la mano y la apretó con fuerza, justo antes de que el coche se detuviera frente a la alfombra roja.

—Funciona —admitió—. Pero no dejes que la estatua se lleve toda tu energía. Guarda un poco para casa. Para Lia. Para mí.

Jisoo asintió. Y luego, como si un interruptor se hubiera activado en su cerebro, su expresión cambió. Los ojos se volvieron neutros. Los labios dejaron de curvarse en esa sonrisa pequeña que solo Jennie conocía. Los hombros se enderezaron, cuadrados, inalcanzables.

El mundo la recibió con flashes y gritos.¡Jisoo, por aquí! ¡Jennie, sonríe! ¡Mírense, por favor!

Jennie sonrió para los fotógrafos. Jisoo, como siempre, se limitó a mirar al frente.

La alfombra fue larga, como todas las alfombras. Cien metros de tela roja que parecían un kilómetro cuando tenías que caminarlos con tacones y una sonrisa falsa. Periodistas de docenas de países les gritaban preguntas, pero solo las coreanas y las estadounidenses tenían posibilidad de ser respondidas.

—Jisoo, ¿Cómo te sientes esta noche?

—Nerviosa, pero emocionada.

—Jennie, notamos que tu marca ha tenido dificultades recientemente. ¿Cómo está sobrellevando esa situación?

Jennie parpadeó. La pregunta era inapropiada, claro, pero los periodistas habían dejado de preocuparse por la apropiación hacía años.

—Estamos trabajando en nuevas estrategias —dijo, con la calma que la caracterizaba—. La empresa es fuerte y saldrá adelante.

Y entonces, la pregunta que Jisoo había estado esperando.

—Jisoo, ¿Crees que tendrás la oportunidad de hablar con Rosé esta noche? ¿Cómo te sientes al saber que está en el mismo evento?

Jisoo sintió cómo la temperatura de su cuerpo bajaba varios grados. Era una respuesta física, casi primitiva. Sus manos se cerraron en puños.

—No la he visto —dijo, y su voz sonó como ronca y distante—. Estoy concentrada en la ceremonia.

—¿Extrañas su amistad?

—Próxima pregunta.

Jennie, un paso detrás de ella como siempre en las alfombras rojas, observó cómo los hombros de Jisoo se tensaban aún más. Quería rodearla con el brazo, quería apoyar la cabeza en su hombro, quería hacer algo que rompiera esa coraza de hielo que Jisoo se ponía como una armadura.

Pero no podía. Sabía que no podía. Porque si Jennie mostraba afecto en público, Jisoo se sentiría presionada a corresponder, y la presión era exactamente lo que activaba su modo defensivo.

Así que se mantuvo a un lado, sonriendo, esperando.

Dentro del auditorio, las butacas estaban asignadas meticulosamente. Jisoo y Jennie estaban en la fila tres, cerca del pasillo. Y, por algún capricho del destino o fallo de los organizadores, Rosé estaba sentada dos filas atrás, en el mismo pasillo.

Jisoo lo supo porque sintió su perfume antes de verla. Un aroma cítrico que reconocería en cualquier contexto, incluso veinte años después. No giró la cabeza. No lo hizo cuando Rosé pasó a su lado rumbo a su asiento. No lo hizo cuando escuchó su risa, esa risa que alguna vez le había parecido el sonido más hermoso del mundo.

Pero Jennie sí giró la cabeza. Jennie la miró y Rosé, educadamente, inclinó la cabeza en un saludo que Jennie devolvió con una sonrisa profesional.

La ceremonia transcurrió entre discursos y premios. Jisoo perdió el premio a Mejor Actriz —se lo llevó una actriz japonesa cuyo nombre Jisoo no pudo retener— pero eso no le importó. Lo que le importaba era que cada vez que la cámara se posaba en ella —y se posaba a menudo, porque los directores sabían que el drama humano era más interesante que cualquier premio—, el público podía ver su expresión neutra, su aplauso educado, su falta total de emoción.

Y luego, durante un corte comercial, Rosé se acercó.

No caminó directamente hacia Jisoo. Se acercó a Jennie. Porque Rosé no era tonta, sabía que cualquier interacción directa con Jisoo sería analizada hasta el cansancio y sinceramente no quería someterse a eso, pero una conversación con Jennie podía pasar desapercibida.

—Hola —dijo Rosé, con esa voz suave que parecía cantar incluso cuando hablaba—. Hacía mucho tiempo.

—Hola —respondió Jennie, incorporándose ligeramente en su asiento—. Sí, mucho tiempo.

—Me gustó tu colección de otoño. Vi las fotos del desfile.

—Gracias. Me gustó tu último sencillo. El que habla de... cómo se llamaba... “Messy”.

Rosé sonrió, y por un segundo incómodo, las dos mujeres compartieron una complicidad extraña.La ex de tu esposa y tú, charlando sobre trabajo, como si fueran colegas en una conferencia.

Jisoo, sentada al lado de Jennie, no miraba a ninguna de las dos. Miraba el escenario vacío con una intensidad casi religiosa. Pero su mano, la que colgaba a un costado de su cuerpo, se había movido hasta tocar la pierna de Jennie. Solo un roce. Un dedo meñique contra la tela del vestido negro.

Jennie sintió ese roce y supo lo que significaba:estoy aquí, no me voy a ir, pero por favor no me hagas hablar.

—Bueno —dijo Rosé, retrocediendo un paso—, fue lindo verte. Cuídate.Cuídense.

—Tú también —respondió Jennie.

Cuando Rosé se alejó, Jisoo exhaló. Había estado conteniendo la respiración sin darse cuenta.

—¿Estás bien? —susurró Jennie, inclinándose apenas hacia su oído.

—Después te cuento.

—¿Después?

—En casa.

—Eso son horas, Jisoo. —sus labios formaron un mohín que solo Jisoo pudo ver por el rabillo del ojo y se abstuvo de lanzarle hacia ella para llenarla de besos.

—Entonces aguanta horas. —fue lo único que dijo antes de volver su atención hacia el escenario.

El coche de regreso a casa fue silencioso. No un silencio tenso, como temía Jennie, sino un silencio agotado, como después de una tormenta. Jisoo tenía la cabeza apoyada en la ventanilla, mirando las luces de Seúl que pasaban como estrellas fugaces al revés. Jennie miraba su teléfono, pero no veía nada.

Entraron a casa pasada la medianoche. La niñera las recibió en la entrada, les dijo que Lia había dormido toda la noche y se fue en un taxi que Jisoo había llamado con anticipación.

La casa estaba oscura, iluminada solo por las luces de seguridad del jardín y una lámpara que dejaban encendida en el pasillo para que Lia no tuviera miedo si despertaba.

Jisoo caminó hacia la cocina, abrió el refrigerador, sacó una botella de agua. Bebió directamente de la botella, cosa que nunca hacía en público porque decía que era “poco elegante”. Luego se sentó en una de las banquetas de la isla central, dejó la botella sobre el mármol, y apoyó la cabeza entre las manos.

Jennie la observó desde la entrada de la cocina. La luz tenue del pasillo iluminaba la mitad de su cuerpo, dejando la otra en sombra.

—¿Quieres hablar? —preguntó Jennie.

—No.

—¿Quieres que me vaya a dormir?

—Tampoco.

—¿Qué quieres entonces?

Jisoo levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos, pero no había llorado.

—Quiero que me digas que hice lo correcto —dijo—. Quiero que me digas que estuvo bien actuar como una idiota allá.

—No actuaste como una idiota. Actuaste como actúas siempre en público.

—Pero con ella... —la voz de Jisoo se quebró—. Con ella solía ser diferente. Y esa es la versión que todo el mundo recuerda. La versión en la que era cariñosa y feliz y le sonreía a las cámaras mientras la tomaba de la mano. Y ahora la gente me mira y piensa: “miren lo que le hizo Jennie. La convirtió en una estatua. Le robó la alegría”.

Jennie cruzó la cocina. Caminó hasta donde estaba Jisoo, se paró frente a ella, y separó sus manos para poder mirarle la cara.

—Escúchame bien —dijo Jennie—. Tú no eras más feliz con ella. Eras más joven. Es diferente. A los veintidós años el amor duele y emociona y parece la única cosa importante del mundo. Y sí, probablemente la querías. Pero no la querías como me quieres a mí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando ella se fue, sobreviviste. No es por sonar arrogante, pero cuando yo me voy, aunque sea por un día, tú te desmoronas. Y eso no es debilidad. Es... química. Es lo que nosotras tenemos. Es que tu cuerpo aprendió que yo soy parte de él, y cuando no estoy, algo falta.

Jisoo negó con la cabeza, pero no dijo nada. Jennie tomó su rostro entre las manos y lo levantó hasta que sus miradas se encontraron.

—La gente compara porque no tiene nada mejor que hacer. Porque sus vidas son aburridas y necesitan entretenerse con la nuestra. Pero tú y yo sabemos la verdad.

—¿Cuál es la verdad? —preguntó Jisoo, en un susurro.

—Que todas las noches, cuando las cámaras se apagan, tú me abrazas como si yo fuera el único lugar seguro del mundo.

Jisoo cerró los ojos. Jennie sintió cómo su cuerpo se relajaba gradualmente, como si hubiera estado sosteniendo una tensión imposible durante horas y finalmente le permitiera irse.

—Abrázame —pidió Jisoo.

Jennie la abrazó. Rodeó sus hombros con los brazos y la atrajo hacia su pecho, y Jisoo enterró el rostro entre sus senos con un sollozo contenido. Jennie acarició su cabello, todavía peinado con ese moño perfecto que empezaba a deshacerse, y murmuró palabras sin sentido, cosas como “ya pasó” y “estás en casa” y “te amo”.

No escucharon a Lia hasta que la pequeña apareció en el marco de la puerta de la cocina, con su pijama de estrellas y su osito arrastrándose por el suelo detrás de ella.

—¿Por qué lloras, mamá? —preguntó Lia, con esa mezcla de confusión y preocupación que solo los niños pequeños pueden lograr.

Jisoo se separó de Jennie, se secó los ojos con el dorso de la mano, y abrió los brazos.

—No lloro, mi amor. Solo estaba cansada.

Lia caminó hacia ella y se subió a la banqueta con la ayuda de Jennie, y se sentó en el regazo de Jisoo, apoyando la cabeza contra su pecho.

—¿Quieres que te cuente un cuento? —ofreció Lia.

—Sí —dijo Jisoo, besando su cabeza—. Cuéntame uno.

Lia comenzó a narrar una historia inventada sobre una princesa que vivía en una nube y un dragón que tenía miedo a las alturas. Su voz era grave para su edad, como la de Jennie, pero su forma de gesticular con las manos era pura Jisoo.

Jennie se sentó a su lado, enrolló una pierna debajo de sí misma, y apoyó la cabeza en el hombro de Jisoo.

Y así, a la una y media de la madrugada, las tres siguieron en la cocina, bajo la luz tenue del pasillo, escuchando una historia absurda sobre una princesa y un dragón cobarde.

Las redes sociales seguían ardiendo con el encuentro de Jisoo y Rosé.

Pero nadie en esa cocina lo sabía, y a nadie le importaba.

──── ୨୧ ────

Tres semanas después de la premiación en Corea, habían vuelto a París para un evento privado de Jennie.

Esta vez era más íntimo. Una presentación de su nueva línea de skincare enRuby, que había desarrollado en colaboración con laboratorios coreanos. La fiesta se celebraba en una galería privada de Le Marais, con una lista de invitados cuidadosamente seleccionada: celebridades amigas, periodistas de confianza, influencers que habían demostrado lealtad a la marca.

Jennie había decidido invitar a sus amigas más cercanas: Lisa, la bailarina y coreógrafa que había conocido en sus primeros años en París; Joohyun, su socia de negocios y la voz de la razón en los momentos de crisis; y Soojin, la estilista que le había cambiado la vida profesionalmente y que ahora era parte indispensable de su equipo.

Jisoo, por supuesto, también asistiría.

Pero esta vez Jennie estaba decidida a que las cosas fueran diferentes.

No podía obligar a Jisoo a actuar de cierta manera frente a las cámaras, pero podía crear un ambiente donde ella se sintiera lo suficientemente segura como para bajar la guardia. Por eso había elegido ese lugar, esas personas, ese ambiente. Porque necesitaba que Jisoo viera que no todos los espacios públicos eran un campo de batalla.

La galería era hermosa: techos altos, paredes de ladrillo visto, iluminación tenue que creaba un ambiente casi hogareño. Jennie había decorado con flores secas y velas, y en una esquina había instalado una pequeña zona de juegos para Lia, aunque sabía que la niña estaría más tiempo con las modelos y estilistas que con los juguetes.

—Está perfecto —dijo Joohyun, revisando el último detalle del montaje—. Los invitados empiezan a llegar en una hora. ¿Tú estás bien?

Jennie se miró en el espejo del camerino improvisado. Vestía un conjunto de seda color borgoña, con el cabello recogido en un moño bajo y joyas minimalistas. Sus labios, del tono de su nueva línea de labiales, brillaban bajo las luces cálidas.

—Estoy nerviosa —admitió—. Quiero que esto salga bien para la marca, pero también para nosotras.

—¿Paranosotras?

—Para Jisoo y para mí —Jennie suspiró—. Últimamente todo ha sido muy tenso. Los rumores, los comentarios, la prensa... Necesito que ella se sienta cómoda. Necesito que recuerde que no todos los ojos que nos miran son enemigos.

Joohyun la observó con esa mirada suya que todo lo entendía.

—Ella te ama, Jennie. Lo sabe todo el mundo.

—No —negó Jennie, con una sonrisa triste—. Ese es el problema. No lo saben. Y mientras no lo sepan, seguirán diciendo que no le importo.

Los invitados comenzaron a llegar puntualmente.

Lisa fue la primera, vestida con un traje marrón que hacía juego con sus extensiones de cabello. Abrazó a Jennie con la energía de quien no veía a su mejor amiga en meses —aunque en realidad se habían visto la semana anterior— y se instaló en la barra libre antes de que terminara la primera copa de champán.

—¿Dónde estáElsa? —preguntó, refiriéndose a Jisoo con el apodo que habían inventado en broma años atrás.

—Llegará con Lia. Su madre la trajo directamente de la guardería y fueron juntas a cambiarse.

—Ah, ¿vendrá la pequeña? Bien, así Jisoo se relaja un poco. Las dos saben que cuando Lia está cerca, ella se transforma en otra persona completamente diferente

Jennie rió, porque era cierto. La presencia de Lia tenía un efecto magnético en Jisoo, derritiendo todas sus defensas con la facilidad de un beso en la frente.

Soojin y Joohyun ya estaban conversando con algunos periodistas cuando la puerta se abrió y Jisoo entró con Lia en brazos.

El cambio fue inmediato. No porque Jisoo hiciera nada extraordinario, sino porque la expresión de su rostro se suavizó al ver a Jennie al otro lado de la sala. Aún sosteniendo a Lia, caminó hacia ella con pasos lentos pero seguros, y cuando llegó a su lado, se inclinó para besar su mejilla.

—Hola —dijo simplemente.

—Hola —respondió Jennie, sintiendo cómo el nudo de tensión en su pecho comenzaba a deshacerse—. ¿Cómo estuvo el tráfico?

—Terrible. Lia se durmió en el auto y no quería despertar.

—¡No es cierto! —protestó la niña, aunque sus ojos todavía estaban ligeramente somnolientos—. Solo cerré los ojos un poquito.

Las tres rieron, y Jennie notó cómo varios periodistas —los pocos que había invitado— observaban la escena con curiosidad. Pero no se acercaron. Esa era la regla de la noche: nada de preguntas incómodas, nada de micrófonos invasivos. Solo celebración.

Jisoo dejó a Lia en el suelo, y la niña salió corriendo hacia la zona de juegos, donde un fotógrafo amigo de Jennie había instalado una cámara instantánea para que los niños de algunos invitados pudieran tomar fotos.

—Estás preciosa —susurró Jisoo, tomando la mano de Jennie.

—Tú también —respondió Jennie, y era verdad. Jisoo vestía un pantalón de vestir negro y una blusa strapless blanca, con el cabello suelto y ligeramente ondulado. Llevaba un collar delgado que Jennie le había regalado en su tercer aniversario, y sus labios tenían apenas un toque de color.

—¿Estás segura de que no hay cámaras escondidas? —preguntó Jisoo, bajando la voz.

—Segura. Revisé cada rincón. Solo están los fotógrafos que contraté, y tienen instrucciones estrictas de no acercarse sin permiso.

Jisoo exhaló, y Jennie sintió cómo los hombros que había llevado tensos durante el día finalmente se relajaban.

—Gracias —dijo Jisoo—. Por esto. Por pensar en mí.

—Siempre pienso en ti, mi amor.

Se miraron a los ojos, y por un momento, el ruido de la fiesta desapareció. Jennie deseó poder besarla, realmente besarla, no el roce de mejillas que la etiqueta social permitía, sino un beso profundo que dijera todo lo que las palabras no alcanzaban a expresar.

Pero se contuvo.

Todavía no. Todavía no era el momento.

La noche transcurrió mejor de lo que Jennie había esperado.

Jisoo se mantuvo cerca de ella durante toda la velada, pero no de esa manera tensa y distante que adoptaba en eventos públicos. Estaba relajada, conversaba con las amigas de Jennie, reía cuando Lisa contaba alguna anécdota absurda de sus años de entrenamiento. Incluso se dejó fotografiar con Lia en brazos, sonriendo de verdad, sin esa máscara de hielo que tanto la había caracterizado.

—Esto es lo que deberían ver —murmuró Soojin a Jennie mientras observaban a Jisoo explicarle a Lia cómo funcionaba la cámara instantánea—. Esto es lo que nadie sabe que existe.

—Lo sé —respondió Jennie, y su voz sonó más triste de lo que pretendía—. A veces siento que estamos guardando un tesoro en una caja fuerte y tirando la llave al mar.

—Pero es su decisión, Jen. Nadie tiene derecho a exigir que abran la caja.

—Lo sé. Pero a veces me pregunto si no estamos siendo demasiado extremas. Si no podríamos encontrar un punto medio entre la sobreexposición de antes y el hermetismo de ahora.

Soojin no respondió, pero su silencio fue elocuente.

Más tarde, cuando la fiesta estaba en su punto más alto y la gente había bebido lo suficiente como para olvidar que eran celebridades, Jisoo hizo algo que Jennie nunca olvidaría.

Estaban en una esquina de la galería, fuera del alcance de las miradas curiosas. Jennie estaba explicándole a Joohyun los detalles de su próximo lanzamiento cuando sintió unas manos en su cintura. Jisoo se había acercado por detrás, rodeándola con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro.

—¿Estás bien? —preguntó Jennie, girando ligeramente la cabeza para verla.

—Sí —respondió Jisoo, y luego, sin previo aviso, la besó.

No fue un beso rápido en la mejilla. Fue un beso en los labios, suave pero seguro, el tipo de beso que una esposa le da a otra en la intimidad de su hogar. Jennie se quedó paralizada un segundo, sorprendida, pero luego cerró los ojos y se dejó llevar.

Cuando se separaron, Jisoo sonrió.

—Nadie nos está mirando —dijo, y había un dejo de esperanza en su voz—. ¿Verdad?

Jennie miró alrededor. Joohyun había desviado la mirada discretamente, ocupándose de su teléfono. Los demás invitados estaban demasiado lejos o demasiado distraídos para notar lo que había pasado.

—Nadie —confirmó Jennie, y su corazón latía tan fuerte que parecía querer salirse de su pecho.

Jisoo la abrazó con más fuerza, escondiendo el rostro en su cuello.

—Te amo —murmuró—. Te amo, te amo, te amo.

Jennie acarició su cabello, sintiendo las lágrimas asomarse a sus ojos. No porque estuviera triste, sino porque en ese momento, rodeada de amigos, en medio de una fiesta que ella misma había organizado, con su esposa abrazándola como si fuera el único lugar seguro del mundo, se sintió completa.

Pero la burbuja siempre termina rompiéndose.

Jennie no supo cuándo habían entrado. Tal vez se habían colado entre los invitados, haciéndose pasar por periodistas de medios pequeños. Tal vez habían estado escondidos detrás de alguna columna, esperando el momento justo. No importaba.

Lo que importaba es que, cuando Jisoo se separó de Jennie y sus ojos recorrieron la sala, los encontró.

Dos hombres con cámaras profesionales, apuntando directamente hacia ellas.

La expresión de Jisoo cambió al instante.

Fue como si alguien hubiera apagado un interruptor. La suavidad desapareció de sus rasgos, reemplazada por una dureza que Jennie conocía demasiado bien. Sus hombros se tensaron, su mandíbula se apretó, y sus ojos, que segundos antes habían estado llenos de amor, ahora lanzaban chispas.

—Seguridad —dijo Jisoo, su voz cortante como un cristal roto—. Saquen a esos hombres de aquí.

—Jisoo... —intentó intervenir Jennie.

—No. No voy a permitir que nadie nos espíe. Esto era privado. Tú prometiste que era privado.

Los dos fotógrafos intentaron huir, pero la seguridad ya estaba sobre ellos. En cuestión de segundos, los estaban sacando de la galería entre forcejeos y protestas. Pero no antes de que Jisoo se interpusiera entre ellos y Jennie, colocando su cuerpo como escudo, una mano firmemente sujetando la cintura de su esposa mientras la otra señalaba hacia la puerta con un dedo acusador.

—No tenían derecho —escupió Jisoo, y su voz resonó en el silencio que había caído sobre la fiesta—. Esta era una noche privada. Mi esposa los invitó de buena fe y ustedes violaron su confianza.

—Señorita Kim, solo estamos haciendo nuestro trabajo...

—Su trabajo no incluye espiar a familias en eventos privados. Fue lo primero que se les dijo. ¡Largo!

Los hombres desaparecieron, y el silencio se hizo más denso. Jennie sintió las miradas de todos los invitados sobre ellas, los susurros que comenzaban a circular, los teléfonos que seguramente ya estaban grabando.

—Jisoo —dijo en voz baja, tocando su brazo—. Cálmate. Ya se fueron.

Jisoo giró hacia ella, y por un momento, Jennie vio miedo en sus ojos. Miedo puro y crudo.

—¿Y si grabaron algo? ¿Y si ya subieron las fotos? —la azabache se pasó la mano por el cabello frustrada y suspiró.

—Entonces las negaremos. Diremos que fue un malentendido, no sé-

—¿Un malentendido? Jennie, te estaba besando. Te estaba abrazando. Diciéndote que te amaba delante de todo el mundo. ¿Cómo explicas eso? Estamos casadas, por Dios, sería estúpido negarlo.

Jennie no supo qué responder. Porque Jisoo tenía razón. Habían bajado la guardia, y ahora pagarían las consecuencias.

La fiesta terminó antes de lo previsto.

Los invitados se despidieron con gestos incómodos, prometiendo no hablar con la prensa, pero ambas sabían que era inevitable. Antes de que amaneciera, las fotos estarían en todos los medios.

Mientras el coche las llevaba de vuelta a casa, Lia dormía plácidamente en el asiento de atrás, ajena al caos. Jennie miró por la ventana, las luces de París desfilando en un borrón de nostalgia, y sintió la mano de Jisoo buscar la suya en la penumbra.

—Lo siento —dijo Jisoo, y su voz temblaba—. Debería haberme controlado. Debería haber actuado con más calma. Te hablé de manera inadecuada mi amor, lo lamento.

—Actuaste como actuaste porque estabas protegiéndonos. —excusó Jennie.

—Pero ahora todo será peor. Los titulares, los comentarios, las comparaciones...

—Siempre es peor —dijo Jennie, apretando su mano—. Llevamos años así, Jisoo. Y seguimos aquí. Seguimos juntas.

—¿Por cuánto tiempo más?

La pregunta quedó flotando en el aire, pesada como una losa. Jennie no supo responderla. Nadie lo sabía.

──── ୨୧ ────

Las fotos de Jisoo besando a Jennie en la fiesta se habían vuelto virales, pero no de la manera que ambas esperaban. En lugar de celebrar el momento romántico, los medios lo habían convertido en una nueva oportunidad para diseccionar su relación.

“Kim Jisoo y Jennie Kim compartieron un momento íntimo en medio de un evento privado, ¿fue un gesto genuino o forzado?”

“La frialdad de Jisoo contrasta con la calidez de Jennie: ¿indicios de una relación desigual?”

Y luego, por supuesto, estaban las inevitables comparaciones con Rosé.

Un canal de YouTube había subido un video comparando los gestos de Jisoo con Rosé durante su relación con los gestos que tenía con Jennie. El título era demoledor:“De la pasión a la indiferencia: el antes y después de Kim Jisoo”. En el video, mostraban imágenes de Jisoo abrazando a Rosé en alfombras rojas, riendo con ella en entrevistas, tomándole la mano en eventos públicos. Luego, las imágenes de Jisoo con Jennie: la expresión neutra, la distancia física, los silencios incómodos.

El video tenía quince millones de reproducciones en tres días.

Jennie lo vio una sola vez, a las tres de la mañana, mientras Jisoo dormía a su lado. No pudo evitar las lágrimas, no pudo evitar el nudo en la garganta, no pudo evitar preguntarse si todo el mundo tenía razón, las inseguridades de su relación saliendo a flote.

Tal vez Jisoo no me ama como la amó a ella.Tal vez nunca podré llenar ese vacío.Tal vez soy solo un consuelo, un segundo premio.

Apagó el teléfono, se dio la vuelta en la cama y enterró el rostro en la almohada para no hacer ruido. Pero Jisoo, que siempre había sido una durmiente ligera, sintió el movimiento y abrió los ojos.

—¿Jennie?

—Nada —murmuró, la voz ahogada—. Sigue durmiendo.

Jisoo encendió la lámpara de la mesilla. La luz tenue iluminó las mejillas húmedas de Jennie, sus ojos enrojecidos, el temblor de sus labios.

—¿Qué pasó? —preguntó Jisoo, incorporándose—. ¿Lia? ¿Está bien?

—Lia está bien. Todo está bien.

—No estás bien. Háblame.

Jennie negó con la cabeza, pero Jisoo ya había tomado su teléfono de la mesilla, había visto la pantalla encendida con el video pausado en el momento exacto donde Jisoo abrazaba a Rosé en los MAMA Awards de 2017.

El silencio que siguió fue el más pesado de sus vidas.

—¿Por qué te haces esto? —preguntó Jisoo, y su voz no era dura, sino increíblemente triste—. ¿Por qué te castigas viendo cosas que sabes que te van a hacer daño?

Jennie no respondió, solo se acurrucó más contra las sábanas evitando la mirada de su esposa.

Jisoo dejó el teléfono a un lado y tomó el rostro de Jennie entre sus manos. Sus pulgares acariciaron sus mejillas, limpiando las lágrimas que no dejaban de caer.

—Mi amor, hemos hablado de esto millones de veces, sé que te da inseguridad, como también sé que tú sabes que te amo a ti, y solo a ti. Rosé fue importante para mí. Fue mi primera relación seria, mi primer amor público, mi primer gran fracaso. Aprendí mucho con ella. Aprendí lo que no quiero, lo que no soporto, lo que me destruye. Aprendí que el amor no debería ser un espectáculo. Aprendí que mostrar demasiado puede ser tan peligroso como mostrar muy poco.

Jennie la escuchaba, el corazón latiéndole con fuerza.

—Pero lo que siento por ti —continuó Jisoo— no tiene nada que ver con lo que sentí por ella. No es mejor ni peor. Es diferente. Es más profundo. Es más real. Contigo aprendí lo que es construir algo desde los cimientos. Contigo aprendí que el amor no siempre es fuegos artificiales; a veces es una llama constante que calienta sin quemar. Contigo... contigo aprendí que puedo ser yo misma. Que no necesito actuar ni aparentar ni demostrar nada porque tú me ves. Tú siempre me has visto, incluso cuando yo misma no quería verme.

—Pero el mundo no te ve así —susurró Jennie—. El mundo te ve fría, distante, insensible. Y yo... a veces quisiera que fuera diferente.

—Yo soy la que está aquí. Yo soy la que duerme a tu lado todas las noches. Yo soy la que eligió casarse contigo, tener una hija contigo, construir una vida contigo. Rosé fue el pasado. Tú eres el presente. Tú eres el futuro. Y no hay comparación posible porque no estás compitiendo con nadie. Ganaste. Ganaste hace años, Jennie. ¿No te das cuenta?

Jennie sollozó, y Jisoo la atrajo hacia sí, abrazándola con fuerza, meciendo su cuerpo como si fuera una niña pequeña. Jennie se aferró a ella, enterrando el rostro en su pecho, sintiendo los latidos de su corazón.

—No quiero perderte —murmuró Jisoo con la voz entrecortada—. Tengo tanto miedo de perderte por esto.

—No me vas a perder —respondió Jennie suspirando contra su oecho—. Estoy aquí. No me voy a ir. Pase lo que pase, no me voy a ir. Perdóname.

Se quedaron así hasta que el amanecer filtró sus primeros rayos por la ventana. Y cuando Lia despertó y entró corriendo a la habitación para saltar sobre la cama, las dos la recibieron con los brazos abiertos, formando un nudo de brazos y piernas y risas que por un momento hizo olvidar todo lo demás.

──── ୨୧ ────

Dos meses después, los problemas financieros de la empresa de Jennie dejaron de ser rumores y se convirtieron en titulares.

“Ruby enfrenta pérdidas millonarias tras expansión europea fallida.”

“Jennie Kim: ¿estrella fugaz del imperio cosmético?”

“Fuentes internas revelan despidos masivos en la empresa de la modelo.”

Jennie dejó de dormir.

No era una exageración poética. Literalmente dejó de dormir. Se quedaba despierta hasta las tres o cuatro de la madrugada mirando hojas de cálculo en la penumbra de su estudio, con el teléfono en silencio para no despertar a Jisoo, con los dedos temblorosos sobre el teclado, tratando de encontrar números que cuadraran en algún lugar donde ya no cuadraban.

Perdieron dos inversores importantes en una semana. Un préstamo que habían solicitado para la fabricación de una nueva línea de skincare orgánico fue rechazado. Las ventas del último lanzamiento —un serum con vitamina C que había costado ochocientos mil dólares en investigación y desarrollo— habían sido decepcionantes.

Y los medios, esos perros que olían la sangre desde kilómetros de distancia, no dejaban de ladrar.

“Jennie Kim, el hada madrina de skincare coreano, ¿en bancarrota?”

“La modelo que quiso ser empresaria: el costoso error de Jennie.”

—No es tu culpa —le dijo Joohyun en una de esas reuniones, cuando las cifras estuvieron sobre la mesa como una sentencia de muerte—. El mercado está saturado. Otras marcas lanzaron productos similares antes. Simplemente... el momento no era el adecuado.

Jennie asintió, pero por dentro se estaba desmoronando.

Había apostado todo porRuby.No solo el dinero de la empresa, sino también su reputación, su credibilidad, su sueño. Había convencido a los inversionistas de que era el producto que revolucionaría la industria, que marcaría un antes y un después en el cuidado de la piel. Y había fracasado.

──── ୨୧ ────

Las semanas siguientes fueron un infierno.

Jennie intentó mantener la normalidad en casa. Se levantaba temprano para preparar el desayuno de Lia, la llevaba a la guardería, fingía alegría cuando le preguntaban cómo estaba en sus clases de pilates. Pero Jisoo no era tonta. Veía las ojeras que el maquillaje no lograba cubrir cuando Jennie salía a algún evento social. Veía las horas que Jennie pasaba encerrada en su estudio, revisando números que no cambiaban por mucho que los mirara. Veía cómo se saltaba comidas, cómo se quedaba mirando la nada, cómo sus manos temblaban ligeramente cuando creía que nadie la observaba.

No le decía nada a Jennie. Sabía que su esposa se sentiría peor si supiera que Jisoo estaba al tanto de cada crítica, cada análisis, cada predicción apocalíptica sobre su futuro financiero.

Una noche, Jennie se levantó de la cama a las dos de la madrugada.

Creyó que Jisoo dormía, pero no era así. Desde la puerta del estudio, Jisoo la observó sentada frente al ordenador, con las manos en la cabeza, los hombros sacudiéndose en un llanto silencioso.

—Jennie —dijo, y su voz sonó extrañamente calmada—. Ven a la cama.

Jennie se sobresaltó, limpiándose las lágrimas con rapidez.

—No puedo. Tengo que terminar esto.

—Terminar ¿qué? Llevas horas mirando los mismos números. No van a cambiar.

—Tal vez si encuentro un error, si hay algo que no estamos viendo...

—Jennie.

Jisoo se acercó a ella, cerró la laptop con suavidad y tomó su mano.

—Ven a la cama —repitió—. Descansa. Mañana lo veremos juntas.

—No quieres verte involucrada en esto —dijo Jennie, y su voz sonó más amarga de lo que pretendía—. Ya bastante tienes con tu carrera, con los medios, con todo lo que dicen de nosotras. No necesitas cargar también con mis fracasos.

—No digas eso. Nunca digas eso.

—Es la verdad.

—No —Jisoo la obligó a mirarla a los ojos—. No es la verdad. Lo que es tuyo es mío. Lo que te pasa a ti me pasa a mí. Así funciona esto, Jennie. Así ha funcionado desde que firmamos ese papel.

—Pero yo no debería estar arrastrándote a esto. Yo debería poder sola.

—No estás sola. Nunca has estado sola. Somos un equipo mi amor, basta de querer sobrecargarte.

Jennie quiso protestar, pero Jisoo la abrazó con tanta fuerza que le robó el aliento. Y entonces, por primera vez en semanas, Jennie se permitió llorar. No en silencio, no a escondidas. Lloró con todo el cuerpo, aferrándose a Jisoo como si fuera un salvavidas en medio de un naufragio.

—Lo vamos a solucionar —susurró Jisoo contra su cabello—. Sea como sea, lo vamos a solucionar juntas.

Jennie no supo entonces lo que esas palabras significaban.

No supo que Jisoo ya había comenzado a hacer llamadas. No supo que estaba negociando en secreto con discográficas y estudios de producción. No supo que, mientras ella dormía abrazada a su esposa, Jisoo estaba vendiendo la música que había sido su alma durante más de una década.

El contrato era simple. Había leído los términos una y otra vez durante tres días, encerrada en su vestidor mientras Jennie creía que estaba ordenando su ropa. Era una oferta de una empresa estadounidense de gestión de derechos musicales. Le comprarían el catálogo completo de su música —las canciones que había escrito cuando era una veinteañera que creía en el amor, las que había compuesto después de la ruptura con Rosé, las que había guardado en un cajón por años sin saber qué hacer con ellas— por una suma que resolvería todos los problemas de Jennie y dejaría un excedente saludable para su futuro.

Su manager le había dicho que no lo hiciera. Su abogado también. Incluso su madre, con quien habló por teléfono después de mucho tiempo, y le dijo que estaba loca.

Y sí, tal vez estaba loca, pero loca de amor.

──── ୨୧ ────

El anuncio se hizo público un martes por la mañana.

Jennie estaba en la cocina, preparando el té de Lia mientras la niña desayunaba fruta, cuando su teléfono comenzó a vibrar sin parar. Primero fueron mensajes de Joohyun. Luego de Lisa. Luego de su madre. Y finalmente, una notificación de emergencia de un portal de noticias:

“EXCLUSIVA: Kim Jisoo vende su catálogo musical y derechos actorales por una cantidad no revelada. Fuentes cercanas confirman que el dinero será destinado a salvar la empresa cosmética de su esposa, Jennie Kim.”

Jennie dejó la taza en el aire.

No podía ser.

No podía ser cierto.

Mientras Lia tarareaba una canción infantil con la boca llena de manzana, Jennie abrió el artículo y leyó las primeras líneas. Y luego las siguientes. Y luego el comunicado oficial que la agencia de Jisoo había emitido hacía solo veinte minutos.

“La señorita Kim Jisoo ha decidido transferir la totalidad de los derechos de su discografía y parte de su trabajo actoral a una nueva administración. Esta decisión, profundamente personal, responde a necesidades familiares que no serán discutidas públicamente. La señorita Kim Jisoo agradece el apoyo de sus fans durante todos estos años y confirma que continuará activa en la industria, aunque con un enfoque diferente.”

Jennie sintió que el suelo se abría bajo sus pies, que el aire se volvía sólido en sus pulmones, que la realidad se distorsionaba hasta volverse irreconocible. Jisoo había vendido su música. Su música.

Todo.

Lo había vendido todo.

Por ella.

—¿Mamá? —la voz de Lia la trajo de vuelta—. ¿Por qué lloras?

Jennie se llevó una mano a la mejilla. Estaba mojada. No había sentido las lágrimas caer.

—Nada, bebé —dijo, forzando una sonrisa—. Es que... es que estoy muy feliz.

—¿Feliz? ¿Las personas felices lloran?

—A veces, sí. A veces las personas felices lloran mucho.

──── ୨୧ ────

Jisoo llegó a casa al mediodía.

El tráfico había sido horrible, y el aeropuerto estaba lleno de periodistas que la habían acosado desde que su avión aterrizó. Había respondido con monosílabos, con gestos bruscos, con esa frialdad que tanto detestaba pero que era su única defensa contra el acoso constante.

Cuando abrió la puerta, Jennie estaba esperándola en el recibidor.

No llevaba maquillaje. Tenía el cabello recogido en una coleta desordenada y las manos metidas en los bolsillos de una sudadera suya. Sus ojos estaban rojos, pero ya no lloraban. Había llorado todo lo que podía llorar durante las horas que pasó esperando.

—¿Es verdad? —preguntó, y su voz sonó extrañamente calmada.

Jisoo cerró la puerta tras de sí y dejó su bolso en el suelo.

—Sí.

—¿Todo? ¿Vendiste todo?

—Suficiente para cubrir las deudas de la empresa y darle estabilidad.

—Jisoo...

—No voy a disculparme —la interrumpió Jisoo, y su voz era firme, aunque sus manos temblaban ligeramente—. No voy a disculparme por hacer lo que tenía que hacer.

—¡Era tu música! —estalló Jennie, y las lágrimas que había contenido durante horas finalmente se liberaron—. ¡Tu música, Jisoo! Las canciones que escribiste cuando estabas deprimida, las que cantabas en los conciertos, las que la gente tararea en la calle... Tus derechso actorales, ¡Todo eso era tuyo! Tu legado. Tu historia. Y lo vendiste... lo vendiste por mi culpa.

—Es papel y notas —dijo Jisoo con calma—. Son recuerdos de una persona que ya no soy. Y tú eres mi presente. Lia es mi futuro. Nada de lo que escribí cuando tenía veintitantos años vale más que eso. Además no fue por tu culpa, fue por nosotras.

—¡Es lo mismo!

—No —Jisoo se acercó a ella, tomando sus brazos con suavidad pero con firmeza—. No es lo mismo. Escúchame, Jennie.

Jennie quería apartarse, quería gritar, quería romper algo. Pero se quedó quieta, atrapada por la mirada de Jisoo, por esa intensidad que solo aparecía en los momentos más importantes.

—La música que vendí —dijo Jisoo— ya existe. Ya está grabada. Ya está en el corazón de la gente. Nadie me la puede quitar. Los derechos, el dinero, los contratos... eso es solo negocio. Lo importante, lo que realmente importa, no se vende. Es mío. Siempre será mío.

—Pero...

—Tú eres más importante que cualquier canción. Lia es más importante que cualquier premio. Esta familia... esto que hemos construido... es más importante que todo lo demás. Y si tuviera que venderlo todo una y otra vez para asegurarme de que estamos bien, lo haría sin dudarlo, sin arrepentirme, sin mirar atrás.

Jennie negó con la cabeza, pero Jisoo sostuvo su rostro entre las manos, obligándola a mirarla.

—No voy a permitir que te destruyas por orgullo —continuó Jisoo—. No voy a quedarme de brazos cruzados mientras tú te hundes intentando arreglarlo todo sola. Eso no es matrimonio. Eso no es familia. El matrimonio es compartir la carga. Las buenas y las malas. ¿Recuerdas nuestros votos?

—Los recuerdo —susurró Jennie.

—Yo también.“En la riqueza y en la pobreza. En la salud y en la enfermedad. En las victorias y en las derrotas.”No añadimos una cláusula que dijera“excepto cuando sea incómodo y nos vaya mal”.

Jennie rompió a llorar. No un llanto elegante, de los que salen bien en las películas. Un llanto feo, convulsivo, con mocos y hipidos y palabras que no terminaban de formarse. Y Jisoo la sostuvo, la sostuvo con todos sus brazos y toda su fuerza y todo su cuerpo, como si pudiera absorber su dolor a través de la piel.

—Eres imposible.

—Lo sé.

—No deberías haber hecho esto sin consultarme.

—Lo sé.

—Estoy furiosa contigo.

—Lo sé.

—Y también... —la voz de Jennie se quebró— también te amo tanto que no sé cómo voy a pagarte todo lo que has hecho por mí.

Jisoo sonrió, y esa sonrisa era tan genuina, tan llena de ternura, que Jennie sintió que el corazón se le partía en dos.

—No tienes que pagarme nada, Jendeuk, soy tu esposa y te amo —dijo Jisoo—. Lo haría siempre, un millón de veces, con tal de que estés bien y estemos juntas.

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