Prólogo
¿Cómo es que se puede tener todo y, a la vez, nada? ¿Vivir en un mundo abastecido de placeres, pero estar sumido en los sinsabores? Donde, por regla general, eres deseado, admirado, acosado, aclamado y perseguido.
¿Qué falta?
Sí, tiempo. El más anhelado deseo de mi alma; incluso mucho más que el amor. Para mí, es más importante el tiempo.
Disfrutar de los amigos, la familia o simplemente salir al cine o a bailar sin tener que esconderme.
—Creo que voy a vomitar —sujeté mi estómago y fingí una arcada.
—No comiences, Ferny —advirtió Celina, mi representante, mientras inspeccionaba mi atuendo.
Abandoné mi posición y puse mis brazos en jarra mientras retaba su escrutinio con la mirada.
—¿Era necesario el cabello de colores?
—Necesitaba un cambio y no me decidía por ningún color, así que me puse todos —me encogí de hombros.
Pronto recordé regresar a mi teatro de la vomitada, así que me doblé sujetando mi estómago. Celina rodó los ojos.
—Llevo diez años siendo tu representante y cada concierto es igual. No me engañas, niña —ella era dura de roer—. Anda, termina de prepararte, que en veinte minutos subes al escenario.
Demonios, era difícil engañar a esa mujer.
Y no fingía porque me desagradara mi profesión; al contrario, cada fibra de mi ser amaba cantar en público y disfrutar con la gente. Pero también había sacrificado demasiado para llegar al punto en donde me encontraba.
El nombre de Ferny Santori resonaba en programas de espectáculos, revistas y emisoras de música. Celina había hecho de mi nombre un éxito, y la internacionalización llegó por añadidura a nuestro esfuerzo en conjunto.
Así que sí. Desde los trece años era una estrella de los escenarios y la música era mi vida.
Celina llamó al equipo de maquillistas para mis últimos retoques.
Estaba acostumbrada a esta clase de locura a mi alrededor y solo respiré profundo para concentrarme en lo que iba a hacer en el show. Porque, a pesar del tiempo que llevaba como cantante, aún sentía los nervios y la adrenalina antes de subir al escenario.
—¡Listo! ¡Vamos, vamos! —apresuró mi representante.
Salimos hacia el ascensor que estaba ubicado bajo el escenario, donde haría mi entrada.
No podía prestar atención a la banda que antecedía a mi presentación. Éramos parte de un festival donde cada día de la semana había dos conciertos y, esta vez, me había tocado compartir escenario con Kálos. Una banda relativamente nueva en el medio, pero que se iba abriendo paso gracias a su buena música. Yo realmente no los conocía, pues era la primera vez que coincidíamos en un evento. Solo tenía la información que Celina me había proporcionado.
La locura seguía a mi alrededor con todas las indicaciones del equipo técnico, además de los camarógrafos que me seguían para grabar todo el concierto.
Cuando llegué al elevador, tomé la posición que debía tener para el opening.
—¡Ella es energía y vitalidad en los escenarios! —comenzó el presentador.
Se escuchó el estruendo del público y me enfoqué en tranquilizarme.
—Podemos sacar adelante este show, Ferny —me alenté a mí misma, esperando escuchar mi nombre en boca del presentador.
—¡Ferny Santori!
Los aplausos y los gritos fueron amplificados por los altavoces. Los músicos hacían su intro, la cual me parecía espectacular, como siempre.
—Prepárate, Ferny —el ingeniero de audio habló por el auricular y, con un chasquido metálico, la plataforma comenzó a elevarse hacia el escenario.
—Se abre el telón...
Mi voz resonó en armonía con la música.
—Y el corazón late en frecuencia al ritmo de mi canción. Vuelvo a vivir, volví a sentir, porque la música le da sentido a mi existir...
Para ese momento llegué a la superficie y pude ver el estadio completamente lleno en todo su esplendor.
Hice caso a las indicaciones que me daban por el auricular y continué con la canción.
Había un grupo de bailarines que hacía espectáculo a mi alrededor y, en ciertas ocasiones, me unía a su coreografía.
Yo era más del tipo bohemio que prefería sentarse abrazando la guitarra y cantando tranquilamente una melodía, pero tampoco era un problema levantarme y bailar cuando la ocasión lo ameritaba, como en ese momento, en que la entrada debía ser explosiva y totalmente movida para el show.
—Acércate a Nico —me pidió Selene, y obedecí.
Nico era el guitarrista principal de la banda que me acompañaba en todos mis conciertos.
Se acercaba un solo en el que el talentoso chico se permitía lucir su gran don para la música.
Nico caminó conmigo al frente del escenario, pero, en un mal movimiento, tropezó con algo y cayó de rodillas, sosteniendo la guitarra con una mano y, con la otra, deteniendo su caída en el suelo.
El chico, como todo un profesional, se levantó de inmediato; tanto, que parecía que no había sucedido nada. Sin embargo, le indicó al otro guitarrista que tomara su lugar, mientras él se quedaba junto al bajista.
No tenía tiempo para preocuparme, aunque lo estaba. El show debía continuar y terminé la canción.
—¡Hola a todos! —grité y esperé a que el público dejara de gritar enloquecido—. ¿Listos para cantar conmigo a todo pulmón?
Me encaminé a mi guitarra, que previamente habían acomodado a un lado del escenario. Aproveché para mirar tras bastidores y ver si me enteraba de la condición de Nico, pero él ya no estaba.
—Vamos a comenzar este show con una canción que quizás conozcan.
Para cuando volví al centro del escenario, ya un chico del equipo había acomodado una silla.
—Es de mi tercer álbum y le tengo un cariño muy especial.
—Ferny —volvió a hablar Celina por el auricular—. Nico no puede tocar. Lo reemplazará uno de los chicos de Kálos. Vas a tener que tocar los solos de guitarra.
Acomodé lentamente mi guitarra, dando tiempo a que Celina dejara de hablar.
Comencé a tocar los primeros acordes y todo el estadio vitoreó en aprobación por la canción.
Sonreí para ellos.
—¿Quieren acompañarme?
—Ya no puedo sentir lo que un día te di, y no te puedo dar lo que ayer te entregué. Tú quisiste volar, pues que te vaya bien. Te perdiste sonrisas sinceras, cariño, lealtad y hasta un poco de piel.
Dejé la guitarra y ofrecí mi micrófono al público, que cantó el coro haciendo vibrar mi corazón.
—Viva mi libertad. ¿Qué te puedo decir? Yo la paso genial. Me costó estar sin ti, no lo puedo negar. Cuando al fin decidí que amarme vale más, se me fue la tristeza... y comencé a disfrutar...
Al parecer, el guitarrista de la banda tocaba con perfil bajo sobre el escenario. Estaba un poco oculto atrás, junto al baterista, y se había puesto una gorra que tapaba prácticamente la mitad de su cara para no ser reconocido.
Fueron casi tres horas en las que compartí parte de mi repertorio musical y el público gritó, bailó, lloró, se emocionó y pidió más.
Tuve cuatro cambios de vestuario y también abracé a una chica que fue súper intrépida al subirse al escenario, burlando la seguridad; pero, bueno, se lo merecía por realizar tal proeza.
Cuando el concierto acabó, me relajé un momento en el camerino y me duché con agua caliente.
Recibí a la prensa y tuve —a pesar del cansancio— que atender a uno que otro personaje político y escuchar adulaciones sin sentido.
Hasta que Celina indicó que cesaran las entrevistas para poder irnos a descansar al hotel, viajar por la mañana a una presentación en Miami y después continuar con la gira.
No había oportunidad para detenerse. Tenía que ser Ferny Santori la mayor parte del tiempo y dejaba a Fernanda, la chica de veintitrés años, siempre de lado, siempre atrás, junto a su soledad, junto a su familia, a la que apenas veía porque algún día quiso cumplir sus sueños y fue justamente lo que sucedió.
En fin, esa era mi vida y amaba todo lo que conllevaba, pero, sin duda, necesitaba tiempo.
Tiempo para vivir realmente.








