La firma del monstruo
Estaba en una infinita oscuridad cuando sentí un destello al final; las luces blancas se filtraban por mis pupilas, luciendo borrosas. Una confusión invadió mi mente cuando por fin todo empezó a tomar forma.
Me descubrí en una habitación de hospital y la desesperación me invadió. Cuando intenté moverme, el metal de una esposa tiró de mi muñeca de regreso, frenándome en seco.
No había muerto.
El oficial se acercó a la camilla, apoyando las manos en el barandal de metal. Su voz era un susurro frío que cortaba el pitido de los monitores médicos.
—Ya despertó, Sr. Peter... o más bien, Sr. Caleb.
Intente moverme, pero el dolor y las fijaciones me lo impidieron. El policía sonrió apenas, sin rastro de calidez.
—Grace ya nos contó todo. Y créame, es mejor que hable. En Maine no tenemos pena de muerte, Caleb. Aquí somos más crueles. Si coopera y me da los nombres, puedo hablar con el fiscal para que termine en un ala de seguridad media. Un lugar con patio, libros y rostros humanos.
El oficial se inclinó un poco más, reduciendo el espacio entre ambos.
—Pero si se queda callado... lo voy a mandar directo al pabellón de máxima seguridad en Warren. Veintitrés horas al día en una celda del tamaño de un baño, completamente solo, mirando el techo. Sin visitas, sin ventanas, sin nadie que escuche sus gritos por los próximos cuarenta años. Se va a volver loco ahí dentro, Caleb. Así que piense bien: ¿va a hablar, o prefiere que esa caja sea su tumba en vida?
Esas palabras fueron un choque de realidad. Si hubiera muerto en aquel bosque, pudo ser el mejor final para mí, pero ahora estaba aquí, atrapado sin poder huir. Odiaba sentir la derrota, pero no podía ser un idiota.
Pudrirme en la locura era el castigo que merecía por lo que le hice a mi hermano, pero el mejor perdón que podía otorgarme a mí mismo era hablar; eso iba a liberar el fantasma de Peter de aquella granja. Lo condené, y ahora lo liberaría.
Con el dolor quemando en mi garganta y la limitación que sentía al gesticular por las heridas en mi mandíbula y cuello, bajé la mirada llena de una falsa resignación.
—No pienso oponer resistencia. Pensé que mi castigo sería morir, pero fallé —dije, mientras mi voz sonaba grave y rota por los daños. —Hablaré... todo lo que quiera saber —completé entre palabras cortadas—. Pero antes, quiero saber cómo está Grace. Y mi hijo.
En ese momento sentí un rastro de tristeza, pero el odio siempre ganaba a cualquier emoción en mi sistema.
El oficial, firme en su postura seria e intimidante, acercó su silla al lado de mi cama.
—Tendremos una larga charla; claro, lo que permitan sus heridas. Tuvo suerte, la bala logró rebotar en su mandíbula. La operación logró salvarlo, pero siempre llevará consigo el recuerdo en esa cicatriz de su cuello —el oficial dijo mientras sonreía y tomaba un pequeño espejo de la mesa.
Me miré fijamente. Al acercar el cristal a mi rostro y ver esa gran marca en mi cuello que me deformaría por siempre, una furia silenciosa me recorrió. Era el recuerdo del monstruo en el que me había convertido, la firma de Grace en mi piel. Me invadió el rechazo, pero nunca le mostraría fragilidad a ese hombre.
—Luce mejor de lo que pensé —dije, regresándole el espejo sin hacer contacto visual. Tan cretino y lleno de rabia como toda mi vida.
El oficial sonrió, divertido.
—Eres un hombre difícil de asustar, ¿verdad, señor Caleb? Bueno, tú me cuentas lo que yo quiero saber y yo te cuento qué pasó con la mujer y el hijo de tu hermano —dijo con una mirada sarcástica y burlesca, atacando donde más dolía. —¿Qué hizo el señor Peter para que lo asesinaras sin piedad y robaras su vida? Acaso, señor Caleb... ¿usted solo fue ese fracasado granjero lleno de envidia por el éxito de su hermano? Él vivía en una gran ciudad, logró una carrera y... se casó con una bella mujer, ¿no es así? Deseabas tanto lo que él tenía, lo que jamás lograría un fracaso como tú. Ni siquiera morir pudiste hacer bien —soltó en tono provocativo, mientras una gran sonrisa se asomaba en su rostro.
Esas palabras retumbaron en mi mente cuando hizo énfasis en “el hijo de tu hermano”, despertando dentro de mí esa ira maldita que siempre sentí por Peter.
Olvidé el dolor, olvidé los puntos y forcé la mandíbula en un rugido ahogado y desgarrador:
—¡Es mi hijo, maldita sea! ¡Peter no es el padre, yo soy el padre, maldito imbécil!
Jalé las esposas con desesperación. El metal cortó mi muñeca y un dolor insufrible empezó a recorrer mi cuerpo, haciendo que la máquina del monitor empezara a pitar descontrolada.
—Quiero ver a Grace... esa maldita mentirosa —siseé, sintiendo cómo la sangre tibia empezaba a brotar de mi mandíbula abierta, manchándome el cuello—. Debería agradecer ser la madre de mi hijo, o estaría muerta...
El sabor metálico de la sangre inundó mi boca justo cuando las enfermeras entraron de prisa a la habitación.
—Vaya, señor Caleb, es usted un maldito enfermo —dijo el oficial entre risas, levantándose sin prisa—. No lamenta ni un poco el haberte metido con la esposa de tu propio hermano. Me das asco —escupió al suelo.
—¡Tiene que retirarse, no puede estar aquí! —exclamaron las enfermeras, mientras intentaban tranquilizarme y empujaban al oficial hacia la salida.
—Esto no ha acabado, señor Caleb —gritó el policía cruzando la puerta—. Mañana nos veremos —añadió con una sonrisa burlona.
El pitido de la máquina se volvió un zumbido sordo. El esfuerzo me pasó factura: el dolor me cegó, mi vista empezó a nublarse y, en un parpadeo, todo se apagó de nuevo.









A ver a ver, solo vine para responder una pregunta, espero encontrar respuesta a lo largo de esta historia.