Único
La mañana en la granja Slim estaba fresca, con el sol apenas asomando entre los establos y los campos verdes llenos de pasto jugoso. Hoy era un día importante: Sergio, un toro semental recién llegado a la edad reproductiva, iba a recibir su pareja reproductiva, una vaquita.
El gran Carlos Slim, dueño de la granja, había traído varias vaquitas europeas, y se decía que una de ellas era especial: una holandesa, linda, dócil y prometedora. La habían seleccionado cuidadosamente para el semental más destacado, Checo, como toro de élite, recibiría la mejor.
Sergio respiraba profundo mientras caminaba por los pasillos del establo, sintiendo cómo su instinto de semental comenzaba a despertar. Todo estaba organizado: los establos brillaban, el heno fresco olía delicioso, y los criadores lo observaban con ojos llenos de expectativa.
—Hoy conocerás a tu pareja, Sergio —dijo uno de los criadores—. Es una vaquita holandesa, dócil y hermosa. Slim nos pidió que te asignáramos la mejor… por ser un semental de primera.
Sergio sintió un cosquilleo de emoción y nervios al mismo tiempo. Nunca antes había tenido una vaquita solo para él, y la idea de que estuviera ahí, esperando ser su compañera de apareamiento, hizo que su corazón latiera más rápido.
La habitación del apareamiento estaba iluminada por una luz suave, casi artificial, demasiado pulcra para lo que Max había imaginado. Había flores frescas en un jarrón bajo, y sobre la cama —de madera gruesa, con sábanas blancas— lo esperaba un pequeño conjunto de ropa interior.
Max se quedó mirándola con el ceño fruncido, moviendo su colita rubia nerviosamente. Eran apenas un par de prendas: un calzoncito blanco, demasiado ajustado, y una especie de top mínimo que apenas cubriría sus pezones.
—¿Esto…? —murmuró, tomando la tela entre sus dedos. Sus orejitas se agacharon un poco, enrojecido hasta las mejillas.
Le habían dicho que hoy conocería a su “pareja”. Que tendría un toro solo para él, alguien que lo cuidaría y con quien haría “un ternerito”. En su cabecita eso significaba un novio, besos, abrazos, caricias largas, como en las historias dulces que había escuchado en la granja. Nadie le había explicado más.
Con un suspiro nervioso, se puso la ropa. El calzoncito se estiró demasiado sobre su traserito redondo y su barriguita, marcándole la forma de manera descarada. El top no logró cubrir casi nada, y él se miró al espejo de la pared, con las mejillas ardiendo.
—Ay… se me ve todo… —dijo bajito, pero después sonrió, mordiéndose el labio—. Bueno, quizá a mi novio le guste verme así…
Subió a la cama, dejando que sus piernitas colgaran mientras abrazaba una almohada. Su colita se movía de un lado a otro, nerviosa y emocionada, mientras imaginaba cómo sería. Tal vez entraría un toro fuerte, pero cariñoso, que lo abrazaría de inmediato. Que le diría “hola, soy tuyo”.
Los minutos se le hicieron eternos. Max se tumbó de espaldas, pateando al aire como un ternerito juguetón, imaginando el momento en que recibiría sus primeros besitos.
Y entonces, la puerta se abrió.
El sonido fue firme, pesado, acompañado de un silencio denso. Max se incorporó de golpe, con orejitas alertas y la colita erguida, mirando hacia la entrada.
Allí estaba. Checo. Un toro alto, ancho de hombros, con orejas cafés y cuernos cortos pero marcados. Sus pasos eran seguros, su porte autoritario, la mirada fija en la figura que lo esperaba en la cama.
Max parpadeó un par de veces, sonrojado hasta las orejas. Se levantó sobre las sábanas y, sin pensarlo, corrió hacia él con los brazos abiertos.
—¡Eres mi novio! —dijo feliz, brincando como si fuera a colgarse de su cuello.
Checo lo tomó delicadamente por los hombros, frenandolo, observando la poca ropa que llevaba. Su expresión no se alteró: estaba allí con un propósito, con la misión que le habían asignado. Tenía frente a él a la vaquita que debía montar.
Pero esa vaquita estaba sonriéndole con inocencia, buscando un abrazo, como si no entendiera nada del deber que tenían esa noche.
Checo había esperado silencio, obediencia, incluso timidez. Pero no esa sonrisa brillante que lo desarmaba ni esos brazos extendidos buscando un abrazo.
La vaquita frente a él, con la colita rubia moviéndose de un lado a otro, lo miraba con tanta ilusión que por un instante su misión quedó suspendida.
—¿Tu eres mi toro? ¿Verdad? —preguntó Max, con un brillo enorme en los ojos azules.
Checo asintió lentamente.
—Sí. Soy Sergio, me dicen Checo.
—¡Checo! —repitió Max como si saboreara el nombre, riendo bajito—. Yo soy Max… pero puedes decirme vaquita si quieres…
Checo no pudo evitar una sonrisa breve. Había oído las advertencias: “Las vaquitas son emocionales, a veces inquietas. Si quieres buenos resultados, primero hazlas sentir queridas.”
Y vaya que Max era todo emoción. Apenas se sentaron en la cama, él se acurrucó sin pedir permiso, pegándose al pecho de Checo, hablándole sin parar.
—¿Sabes? Yo nunca había estado aquí… pensé que la habitación iba a ser más grande… ¡y la ropa que me dejaron es muy rara! —rió nervioso, jalando un poquito el top que no tapaba nada—. Me da pena, pero bueno, si te gusta, está bien. Ah, también me gustan las flores, ¿Te gustan las flores? Esas parecen recién cortadas, ¿Tú crees que alguien las puso para mí?
Checo lo miraba con paciencia, dejando que se acurrucara más y más, hasta que la cabeza de Max quedó recostada contra su hombro. Sus orejitas de toro se movieron apenas; estaba sorprendido de sí mismo, porque lejos de molestarlo, le causaba ternura.
—Me gustan las flores —contestó al fin, bajo, solo para verlo sonreír más.
Max rió, acariciando su propio cabello enredado.
—¡Sabía que sí! Eres un toro lindo… no pensé que tendrías una voz tan suave.
El silencio se alargó un segundo, cómodo. Max levantó la mirada, sus mejillas rojas, y murmuró con timidez:
—¿Puedo… abrazarte más fuerte?
Checo asintió, y antes de darse cuenta ya lo tenía encima, brazos rodeándole el cuello, la colita moviéndose emocionada. Y así, sin planearlo, llegó el primer beso.
Fue torpe, porque Max apenas cerró los ojos y presionó los labios contra los de Checo, con un sonido bajito de sorpresa. El toro lo sostuvo por la cintura, correspondiendo con calma.
—Mmm… —Max suspiró contra su boca, separándose apenas—. Me gustó…
Sus ojitos brillaron y volvió a acercarse sin esperar respuesta, besándolo otra vez. Luego otra, y otra más. Como un ternerito ansioso que descubre un dulce nuevo.
—Otro… y otro más, ¿sí? —pidió con voz suave, entre risas y jadeos chiquitos.
Checo lo contentó, besándolo tantas veces como quiso, una, otra, otra. Porque sabía lo que le habían dicho: una vaquita feliz, es una vaquita fértil.
Max seguía pegado a Checo, abrazándolo con fuerza, su colita rubia moviéndose sin parar sobre la cama. Cada vez que Checo intentaba organizar sus pensamientos, Max lo interrumpía con un comentario o una pregunta curiosa, risueño y brillante.
—Checo… ¿tú siempre hablas así de suave con todos? —preguntó, apoyando la cabeza en su hombro.
—Más o menos —respondió Checo, conteniendo una sonrisa.
Max se acomodó más cerca, manos sobre el pecho de Checo, y comenzó a acariciar suavemente sus brazos. Su ternura era abrumadora, pero al mismo tiempo algo en el ambiente le hacía fruncir el ceño al toro. Algo no estaba funcionando como debía…
—Eres muy… mimadito —murmuró Max con voz dulce—. ¿A todos los toros les gusta que los abracen así?
Checo parpadeó. No, no era eso. Era… otra cosa. Su instinto de semental lo alertaba. Debía pasar algo más, pero Max… Max estaba demasiado entretenido hablando de flores, del color de la ropa de la cama, y de lo curioso que era todo en la habitación.
—Mm… —dijo Checo, bajando la mirada. Tenía que entenderlo de alguna manera—. Espera… ¿tú sabes por qué estamos aquí?
Max giró la cabeza y lo miró, sonrojado pero aún con esa sonrisa traviesa.
—¡Claro! Para ser novios y darnos besitos y abrazos. Y luego… tener un ternerito, ¿no?
Checo sintió cómo un escalofrío recorrió su espalda. Eso explicaba todo. La vaquita frente a él no sabía nada del proceso real de apareamiento, no tenía idea de lo que significaba “presentarse”.
Presentarse significaba que la Vaquita debía inclinarse, bajar su ropa interior, levantar su colita y mover sus caderas para atraer al macho.
Se supone que hacen eso a los instantes de entrar en macho en la habitación, eso le habían dicho.
Recordó la advertencia: las vaquitas felices y mimadas suelen estar listas para ser fértiles, pero tenían que presentarse correctamente. Y ahí estaba Max, acurrucado y parlanchín, confiando en que los besitos y abrazos bastarían para cumplir su misión.
Checo suspiró, dejando que Max siguiera sobre él un momento más, acariciándolo suavemente, mientras empezaba a planear cómo enseñarle, con paciencia y cuidado, qué era lo que debía hacer sin arruinar la inocencia y dulzura de su vaquita.
Por ahora, Max seguía contento, confiado y cercano, y Checo comprendió que la verdadera labor esa noche sería enseñarle sin asustarlo, porque su vaquita aún no entendía la diferencia entre un abrazo y un semental listo para cumplir su misión.
El tiempo pasó entre charlas y risas, con Max hablándole de todo lo que se le ocurría: de cómo una vez se había perdido en la pradera detrás de la granja, de que siempre había querido tener un novio que lo abrazara por las noches, incluso de que soñaba con pintar las paredes de su cuarto con flores. Checo lo escuchaba en silencio, respondiendo de vez en cuando con frases cortas, mientras lo mantenía contra su pecho.
Cuando tocaron la puerta y les trajeron la cena, Max se incorporó emocionado. Sobre la bandeja había frutas, pan y un guiso caliente que llenó la habitación de aroma.
—¡Mira, Checo, comida! —dijo con entusiasmo, acomodándose rápido en la cama, piernas recogidas bajo él. Su colita se movía sin parar, y al alargar las manos para alcanzar un trozo de pan, se dio cuenta de algo—. ¿Me das tú?
Checo arqueó una ceja.
—¿Qué?
—Que me des en la boquita… —pidió Max, con una sonrisa mimada, inclinándose hacia adelante y abriendo la boca apenas, con un gesto infantil que lo hizo ver todavía más inocente.
Checo soltó un suspiro, resignado. Tomó el pedazo de pan, lo acercó y lo dejó entrar entre los labios suaves de Max, que rió bajito y masticó feliz.
—¡Gracias, novio! —dijo con la boca llena, para luego señalar la fruta—. Ahora esa, por favor.
El toro obedeció, alimentándolo bocado tras bocado. Pero mientras lo hacía, sus ojos se desviaban una y otra vez. Al traserito redondo de Max, apenas contenido en el calzoncito que se estiraba cada vez que se movía. Al top que no lograba cubrir del todo sus pezones duros por el frío de la habitación. Al vientre suave que se mostraba cada vez que alzaba los brazos pidiendo más comida.
Era una visión peligrosa, y Checo apretó la mandíbula. Tenía que controlarse.
Max, en cambio, seguía sonriendo, dejando que lo alimentaran como a un ternerito juguetón, ajeno a la tensión que su cuerpo generaba. Y entre risas, se recostó otra vez contra Checo, pidiendo más panecito y más fruta, hasta que terminó satisfecho.
Checo lo sostuvo por la barbilla, haciendo que lo mirara a los ojos.
—Después de cenar —dijo con voz grave— tenemos que hacer algo importante, vaquita.
Los ojos miel de Max se iluminaron de inmediato.
—¿Importante? ¿Qué es? ¿Qué es? —preguntó, brincando un poco, con la colita moviéndose—. ¿Un juego? ¿Más besitos?
La emoción en su voz era tan genuina que a Checo le recorrió un escalofrío. No… no tenía idea. No sabía lo que en realidad debían hacer.
Checo lo observaba con ojos serios mientras Max seguía riendo bajito, todavía pegado a su pecho. Esa inocencia… ¿sería real? ¿O estaría jugando con él? Porque era difícil de creer que alguien pudiera ser tan ingenuo estando en esa habitación, con esa ropa, sabiendo lo que significaba el apareamiento.
“Quizá se hace el tonto”, pensó Checo, apretando los labios. Había escuchado historias de vaquitas traviesas que fingían no saber nada solo para provocar a su toro.
Así que, con voz firme, decidió probarlo.
—Vaquita… preséntate.
Max lo miró un momento, con las orejitas rubias erguidas y la colita deteniéndose en el aire. Luego sonrió grande, como si le hubieran pedido su parte favorita en un juego de la escuela.
—Soy Max… tengo dieciocho años… mi color favorito es el azul, aunque también me gusta el verde… y—
Checo lo interrumpió, arqueando las cejas, incrédulo.
—¿Qué estás haciendo?
—Pues… me estoy presentando, ¿No? —respondió Max, ladeando la cabeza como un ternerito curioso y luego continuó– Bueno y me encanta la sopita de tomate es mi favorita...
El toro perdió la paciencia un instante, su voz resonó más fuerte de lo que quería:
—¡Vaquita! ¡Ya basta!
El grito lo sacudió. Max se encogió de hombros de inmediato, bajando las orejitas, con los ojos abiertos como si estuviera a punto de llorar. Su colita se quedó quieta, y la sonrisa desapareció de golpe.
—Lo… lo siento —susurró, bajando la mirada hacia sus manos que se retorcían nerviosas sobre su regazo—. Creí que… era eso lo que querías…
El corazón de Checo dio un vuelco. Había logrado exactamente lo que no debía: asustar a su vaquita.
El pequeño Max se recogió un poco sobre sí mismo, con la voz temblorosa.
—Yo… solo quería hacerlo bien para ti…
Checo se quedó en silencio, viendo cómo Max se encogía, con las orejitas gachas y los ojitos brillosos de tristeza. Ese pequeño temblor en su voz le atravesó el pecho. No podía seguir así.
Suspiró, suavizando de inmediato su tono, y lo atrajo con firmeza pero con cuidado hacia él.
—Hey… no quise gritarte. Perdóname.
Max levantó apenas la mirada, inseguro.
—¿De verdad…?
—De verdad —replicó Checo, acariciándole el cabello y rozando sus orejitas rubias con los dedos—. No hiciste nada malo. Yo me expliqué mal.
La vaquita dudó unos segundos, pero luego se dejó abrazar, apoyando otra vez la cabeza contra el pecho ancho del toro. Su colita volvió a moverse despacito, como cuando se tranquilizaba, y suspiró con alivio.
—Está bien… confío en ti —murmuró, cerrando los ojos.
Checo lo sostuvo fuerte, y fue en ese instante que lo entendió del todo: no estaba fingiendo. Su vaquita era realmente así de inocente. Tan puro, tan tierno, que no sabía nada de lo que debía ocurrir esa noche.
El toro exhaló hondo, cambiando de estrategia. Si las palabras no funcionaban, quizás las caricias lo guiarían.
Deslizó lentamente una mano por su espalda baja, mientras la otra mantenía la cabeza de Max contra su hombro. La yema de sus dedos siguió el camino hasta sus muslos suaves, deteniéndose ahí un momento, y luego bajó hasta posarse con firmeza sobre ese traserito redondo y mullido que el calzoncito apenas contenía.
Max dio un pequeño brinco sorprendido y alzó la cabeza de inmediato, ojos grandes, mejillas encendidas.
—¡Oye! —dijo, parpadeando rápido—. ¿Por qué… por qué me estás tocando la colita?
Max estaba sentado al borde de la cama, jugueteando con la puntita de su colita rubia y evitando mirar a Checo. Tenía los labios entreabiertos, todavía un poco temblorosos por lo que había pasado antes.
—Checo...—murmuró bajito, con esa vocecita que parecía más un balido tímido que otra cosa.
Checo lo miró serio, pasó una mano por su cara y soltó un suspiro profundo.
—Max, tenemos que hablar, ¿sí? —dijo con voz grave.
El rubio levantó los ojos, todavía avergonzado, y asintió despacito.
—Tú… ¿sabes cómo funciona de verdad esto? —preguntó Checo, inclinándose hacia él.
Max parpadeó y ladeó la cabeza.
—¿Qué cosa? —
—El apareamiento —respondió el toro, despacio, como midiendo las palabras.
Las mejillas de Max se encendieron al instante. Sus orejitas de vaquita se doblaron hacia abajo y agitó la cola nervioso.
—Yo pensé… que si tú me besabas mucho, entonces… ya podía quedar preñadito —confesó, hundiendo la cara en sus manos.
Checo se pasó la mano por la cara, exhalando largo. La tenía ahí, tan cerca, a su vaquita mimada con los ojos brillantes, que creía que con un beso podía quedar preñadito. Tenía que hablarle claro.
—Mira, Maxito… —empezó, con voz paciente—, los besitos no hacen que quede un ternerito en tu pancita.
Max parpadeó, ladeando las orejitas rubias de vaquita. —¿No?… pero, ¿entonces cómo pasa? —preguntó, con esa mezcla de ternura y desconcierto que lo hacía abrazarse más fuerte a Checo.
Checo lo acomodó sobre sus piernas, acariciándole la barriguita. —Pues… porque allá abajo —dijo señalando—, tú tienes tu cosita y yo tengo la mía. No son iguales.
Max se sonrojó, bajando la mirada. —¿Mi coñito…? —susurró, apenas audible.
—Exacto —confirmó Checo con un asentimiento lento—. Tú tienes tu coñito, y yo tengo mi verga. Cuando nos apareamos, la mía entra en ti, en tu cuerpo, y es ahí cuando puede nacer un ternerito.
Max abrió mucho los ojos, los cachetes poniéndosele rojos de golpe. —¿Entra? ¿Así… tal cual? —se aferró a la camisa de Checo, como si la idea lo asustara y lo intrigara al mismo tiempo.
—Así mero, vaquita —le dijo Checo, suave pero sin adornos—. Al principio puede dar miedo, sí… pero también puede sentirse bonito, si lo hacemos con calma.
Max movió su colita nerviosa detrás, los muslos juntándose de forma automática. —¿Y duele? —preguntó con voz chiquita.
Checo lo abrazó, besándole la coronilla. —Puede doler un poquito la primera vez… pero yo voy a cuidarte, ¿ok? Nunca te haría daño.
Max levantó la mirada, los ojitos temblando entre curiosidad y temor. —Entonces… ¿para que yo quede preñadito… tú tienes que meter tu verga en mi coñito?
Checo tragó saliva, apretándolo más contra sí. —Así es, vaquita. Eso es el apareamiento.
Max se quedó en silencio un segundo, las orejitas moviéndose, el sonrojo quemándole la piel. Y al final murmuró: —O sea que… ¿cuando me des besitos no me voy a llenar?
Checo rió bajito, dándole un beso en la mejilla. —No, Maxito. Los besitos son para darte cariño. Lo otro… es para darnos del todo.
Max suspiró, aún confundido, pero más tranquilo en sus brazos. —Quiero saber más… aunque me de un poquito de miedo.
Checo, con el cuerpo todavía vibrando de la ternura con la que Max lo miraba, se dejó caer contra el respaldo de la cama, pensativo. Pasó la mano por el cabello rubio de su vaquita, que lo observaba con esos ojazos redondos y curiosos, como si esperara instrucciones.
"A ver… primero, pa’ que esto funcione, el coñito tiene que estar esponjosito…" repasaba mentalmente, tratando de recordar lo que sabía. Ladeó la cabeza un momento, porque no había tenido oportunidad de “revisar” a Max de esa manera. Y pedirle ahora, con lo tímido que estaba, sonaba demasiado brusco.
Max ladeó la carita, notando el silencio.
—¿Qué piensas? —preguntó con un tono entre infantil y curioso, con las orejitas de vaquita agitándose.
Checo sonrió de medio lado.
—Estoy repasando lo que necesitamos—contestó bajo, ronco, acariciándole la mejilla—. El problema es que no tengo cómo saber si tu… tu coñito ya está listo.
El rubio abrió mucho los ojos, sorprendido, llevándose instintivamente las manos a la barriguita baja.
—¿Y… y cómo sabrías eso? —preguntó en un susurro casi escandalizado.
Checo soltó una risa suave y lo acercó contra su pecho, dándole un beso en la frente.
—Pues, normalmente tendría que revisarlo… pero no quiero asustarte. Mejor probemos de otra manera.
Max tragó saliva, nervioso y sonrojado.
—¿D-de qué manera?
—Dime, cuando te doy besitos… ¿sientes algo ahí abajito? —preguntó Checo, con voz paciente, acariciándole la cadera.
El rubio se removió incómodo, apretando las piernitas, y murmuró con un puchero:
—Sí… se pone mojadito.
Checo casi se derrite de ternura al escucharlo tan sincero, con las mejillas ardiendo de vergüenza. Le sonrió, lo alzó de la barbilla y lo besó con calma.
—Entonces eso es justo lo que necesitamos, vaquita. Si los besitos hacen que te mojes, significa que tu cuerpo ya está preparándose.
Max lo miró con una mezcla de miedo y curiosidad.
—¿En serio funciona así?
—Sí—respondió Checo, pegando su frente a la de él—. Así que vamos a darnos muchos besitos. Eso va a hacer que estés bien listito… ¿te parece?
El rubio asintió despacito, mordiéndose el labio, todavía con la carita de susto pero también con una chispa de emoción.
—Muchos besitos…
Checo rió bajito, besándole la nariz.
—Todos los que quieras.
Los besitos continuaban suaves, explorando, Max apoyando los labios contra los de Checo con delicadeza, respondiendo con ternura. Pero pronto el rubio empezó a ponerse tímido, apartándose un poquito, bajando las orejitas y mordiendo el labio inferior.
—Che… Checo… —susurró con voz temblorosa, escondiéndose detrás de sus manos—. No sé si… —tragó saliva— me veo bien…
Checo siguió acariciándole la mejilla, bajando la mano para rozar suavemente su cabello.
—Mi vaquita… estás perfecto —dijo, serio pero con dulzura—. Cada parte tuya es exquisita… deliciosa.
Max bajó la mirada hacia su propio cuerpo, su colita y piernitas más llenitas que antes, y una pequeña barriguita que se había formado durante las últimas semanas de alimentación extra para que estuviera en su “peso ideal” de reproducción. Se sentía torpe, diferente, y le daba vergüenza.
—Pero… estoy más gordito… —murmuró, abrazándose a sí mismo—. No quiero que me veas así…
Checo soltó una risa baja, divertida y ardiente al mismo tiempo.
—Te juro, mi vaquita… me encanta —susurró, inclinándose para besarle la coronilla—. Es todo lo que quiero tocar, todo lo que quiero sentir.
Aun así, Max se apartó un poco y se metió bajo las mantas de la cama, intentando ocultarse. La colita apenas se movía por entre las sábanas.
—Está bien… —dijo Checo, jugando con su cabello—. Si quieres esconderte, puedes… pero yo sé que luego vas a salir a mi regazo, ¿verdad?
Max asintió tímidamente, y unos segundos después volvió a sentarse sobre el regazo de Checo, acercándose otra vez para seguir besándose. Sus labios se encontraban despacio, explorando, suaves y temblorosos.
Entonces, al acomodarse sobre él, Max notó algo que lo hizo apartar un poco los ojos, sus orejitas gachas y las mejillas encendidas: algo duro contra su muslo.
—Checo... —susurró con voz temblorosa, entre los besitos— ¿Eso… eso qué es?
Checo tragó saliva, apretando suavemente la cintura de Max y bajando la voz.
—Shh… no te asustes, mi vaquita… es natural… —susurró, un poco ronco—. Me está gustando verte así, tan cerca, tan tierna…
Max parpadeó, aún inseguro pero curioso, mientras sentía cómo su cuerpo reaccionaba ante la cercanía de Checo y sus besitos. La mezcla de timidez y excitación lo hacía abrazarlo con más fuerza, y la tensión entre ellos crecía, deliciosa e inevitable.
Max se acomodó un poco sobre el regazo de Checo, pero su carita estaba rojita, las orejitas gachas y la colita apenas moviéndose. Se abrazó a sí mismo, tímido y cohibido.
Checo suspiró, recordando lo que le habían dicho los criadores de vaquitas. “Si no están receptivas desde el inicio, necesitan estimulación”, se recordó mentalmente. Eso incluía caricias, besitos… y, si era necesario, usar la boca.
Se inclinó hacia Max, acariciándole los hombros, bajando las manos con cuidado hasta la parte baja de su espalda y sus muslos.
—Mi vaquita… —murmuró, con voz ronca y suave al mismo tiempo—. Sé que te pones tímida, pero eso está bien. No tienes que tener miedo.
Max bajó la cabeza, apretando las manos contra sí mismo, y murmuró:
—Yo… yo solo quiero hacerlo bien… pero me da vergüenza…
Checo sonrió, dándole un beso en la coronilla.
—Está bien, princesita… para ayudarte, vamos a probar algo que nos enseñaron los criadores. Puedo estimularte un poquito con la boca. Así puedo sentir si tu cuerpo está listo, si los fluidos son dulces y abundantes, y eso me dirá que estás lista para la inseminación.
Max parpadeó grande, sonrojándose hasta las orejitas.
—¿Con… con la boca? —susurró, nervioso pero curioso.
—Sí… —dijo Checo, rozándole la barbilla con la suya—. Es la mejor manera de saber si tu vaquita está preparada. No duele, solo te hará sentir cositas lindas y te ayudará a relajarte.
Max bajó la mirada, mordiendo suavemente el labio inferior, aún tímido pero intrigado.
—O-okay… si tú dices… —susurró, apretándose un poquito contra Checo.
Checo asintió, acariciándole la espalda mientras bajaba los besitos a su cuello y hombros, preparándolo poco a poco, asegurándose de que la vaquita estuviera tranquila y confiada. Cada movimiento, cada susurro, era un recordatorio de que estaba a salvo, amado, y que todo lo que iba a pasar era natural y delicioso.
Max suspiró bajito, sus mejillas encendidas, mientras su curiosidad empezaba a mezclarse con el cosquilleo que Checo le provocaba, y la vaquita tímida comenzaba a abrirse, lista para lo que viniera.
Al inicio, Max seguía tímido, escondiéndose un poquito bajo las mantas y abrazándose a sí mismo. Pero Checo, paciente, con sus caricias y besitos, logró tranquilizarlo poco a poco.
—Mi vaquita… confía en mí —susurró Checo, pegando la frente a la de él, rozando su orejita—. Solo quiero que te sientas bien…
Max respiró hondo, mordiendo el labio y asintiendo lentamente. Finalmente, se dejó guiar y, con un rubor intenso en las mejillas, se acostó de espalditas sobre la cama, dejando que Checo, con cuidado, le quitara el calzoncito.
Checo se quedó unos segundos congelado. Lo que vio lo dejó sin aliento.
—…wow —susurró para sí mismo, mientras la admiración le recorría el pecho.
El coño de Max era el más precioso que había visto. Todo lo que conocía de vaquitas eran fotos que le mostraban los criadores, pero esto… esto era distinto. Real, vivo, perfecto.
No había ni un solo pelito, la piel rosita, suave y tersa, extremadamente gordito. Las piernitas de Max estaban abiertas, pero los labios permanecían cerrados, esponjositos y húmedos, y el clítoris gordito apenas asomaba, tierno y prometedor.
Checo casi podía sentir cómo su corazón se aceleraba mientras miraba esa perfección inocente. Cada detalle le parecía exquisito, tentador y a la vez frágil, como un tesoro que solo él podía admirar.
Max, con las mejillas encendidas y las orejitas gachas, se movía un poquito, nervioso, pero dejaba que Checo lo observara. Sus ojos grandes y brillantes lo miraban con mezcla de timidez y curiosidad, confiando plenamente en que el toro sabía lo que hacía.
Checo suspiró hondo, acercando sus manos lentamente, rozando con delicadeza los muslos de la vaquita, preparado para continuar la estimulación y asegurarse de que Max estuviera completamente receptivo para lo que vendría.
Checo suspiró profundo, inclinándose sobre Max, su vaquita completamente confiada y aún tímida. Se acercó despacio, apoyando la frente en la barriga baja de Max, y separó suavemente los labios, observando cómo su vaquita respondía con una mezcla de curiosidad y nervios.
Un sonido húmedo y delicioso escapó de entre los labios de Max, y Checo sintió un cosquilleo en la boca del estómago. Su saliva se hizo abundante, anticipando lo que estaba por venir.
Con paciencia, bajó su rostro hacia ese coño rosita y esponjoso, cada detalle ante sus ojos era perfecto, tierno y exquisito. Sus labios lo rozaron, y finalmente se dejó llevar, probando y degustando con delicadeza, recorriendo cada pliegue, saboreando cada reacción de Max.
No solo lo probaba; sus dedos comenzaban a acariciar suavemente los muslos de la vaquita, mientras su lengua se enfocaba en el clítoris gordito, estimulándolo con precisión de experto. Cada gemido y suspiro de Max le indicaba que iba por buen camino.
Max se arqueó un poquito, mordiendo suavemente el labio, sus mejillas brillantes de emoción.
—Se siente… chistoso… y rico —murmuró, casi entre risas y suspiros, sin poder contener el cosquilleo que le recorría todo el cuerpo.
Checo sonrió por lo bajo, disfrutando cada segundo, mientras su lengua y labios seguían explorando a su vaquita, alternando entre su boca y suaves caricias, haciendo que Max se deshiciera entre sus manos y boca, perdido en sensaciones nuevas y deliciosas.
Max estaba dulce...estaba listo.
Max llegó a un pico de sensaciones, su cuerpo temblando y los ojos brillantes de emoción. Checo, todavía abrazándolo y acariciándolo, sonrió suave.
—Mi vaquita… ahora quiero que te pongas en posición de presentación —dijo Checo, con voz firme pero dulce.
Max parpadeó, confundido, ladeando las orejitas.
—¿Posición de… presentación? —preguntó tímido.
Checo lo acarició con calma, bajando la voz para explicarle:
—Sí, así es como las vaquitas muestran que están listas. Te pones de manitos y rodillas, levantas un poquito la colita y te meneas… eso ayuda a que el instinto funcione mejor.
Max asintió, aún nervioso, y obedeció, moviéndose con torpeza pero con curiosidad.
Antes de seguir, Checo le recordó algo que le habían enseñado los criadores: el olor ayuda a activar mejor el instinto de la vaquita.
—Acércate un poquito y huele aquí —susurró, con un tono bajo y suave. Señalando su erección aun vestida.
Max se inclinó, curioso, y al percibir el aroma, sintió algo intenso y dulce. La mezcla de nervios y excitación lo hizo reaccionar casi instintivamente. No pudo contenerse bajó la ropa interior de Checo y, con un gesto travieso e impulsivo, dio un toque con la lengua, explorando el estímulo.
Checo sintió cómo la lengua de Max lo tocaba y su cuerpo se tensó de sorpresa. Había escuchado historias de toros mayores que eran tan buenos sementales que sus vaquitas les devolvían el favor de vez en cuando… pero sentirlo en persona era otra cosa. Su respiración se aceleró y el corazón le dio un vuelco.
Max, curioso e inocente, lamía con cuidado, como si fuera una paletita de dulce. Sus orejitas se movían, sus mejillas sonrojadas, y la pequeña colita apenas temblaba detrás de él. Cada gesto, cada toque, estaba lleno de timidez y travesura al mismo tiempo.
Max saca la verga un momento, con la saliva haciéndole un hilo entre los labios y el glande de Checo, y balbucea con voz temblorosa y terca:
—Huele y sabe muy rico...— Soltó antes de dar una lamida desde la base hasta el glande cerrando sus ojitos.
Checo lo miraba, maravillado por lo rápido que su vaquita había aprendido a reaccionar a los estímulos, y por cómo su inocencia se mezclaba con la excitación. Cada lamida, cada contacto, era una señal de que Max estaba confiando completamente en él, y que su cuerpo estaba respondiendo con naturalidad.
—Sí… eso es… —susurró Checo con voz ronca, apretando suavemente el cabello de Max, controlando sus propios impulsos mientras guiaba a la vaquita—. Muy bien, mi vaquita… sigue así.
Max suspiró, su mirada dulce y curiosa clavada en Checo, disfrutando el juego, emocionado y un poco travieso. Todo el cuerpo de la vaquita temblaba con cada movimiento, cada succión, mientras Checo seguía observando y guiando, maravillado y cada vez más deseoso.
Checo acomodó a Max con cuidado, lo tomó por las caderas y entró muy despacito. Max apretó los ojitos, la colita erizada y al sentir el dolorcito del himen roto más la magnitud de Checo, soltó un gemido bajito con incomodidad. Checo lo notó enseguida, se inclinó sobre su espalda, llenando de besos su nuca susurrando en su oído.
—Tranquila, mi vaquita… estoy aquí, no te voy a soltar.
Sus manos se deslizaron a las orejitas rubias de Max, sobándolas suavecito hasta que se relaja. Max respira profundo, sus mejillas ardiendo, y después de unos segundos pide con voz temblorosa:
—Muévete… por favor.
Checo empezó a embestir con un ritmo lento y cuidadoso, sin dejar decir cosas dulces:
—Así… eso, Dios estás tan apretado...Tu coño me está tragando la verga delicioso.
Pero Max, a pesar del placer que iba creciendo, bajó un brazo para intentar cubrirse la barriguita, que cuelga un poquito por la posición. Se sonrojó con inseguridad, mordiéndose el labio.
Checo lo notó enseguida y con firmeza apartó la mano, sujetándolo de la cinturita:
—No, no te tapes… ¿sabes lo mucho que me gusta? Amo tu barriguita, es mía también.
Y así, mientras lo sostenía por la cintura, Checo seguía si embestidas suave y amoroso, disfrutando de cada gemidito inseguro que Max deja escapar.
—Dímelo, Maxito… por favor… dime que te gusta, que se siente rico… —le temblaba la voz, casi implorando, porque no puede creer lo bien que se siente.
Max gime ahogado con la verga en si interorior las mejillas sonrojadas y los ojitos húmedos, moviendo su colita como si estuviera feliz de complacerlo. Y Checo, ya medio fuera de sí, lo toma de la carita para que lo mire:
—Eso, mírame, vaquita… —le susurra ronco—. Eres mía, ¿sí? Solo mía. Repítelo, repíteme que eres de tu toro…
—Soy tu vaquita… tuya nada más, Checo…
Y Checo gime tan fuerte que casi pierde el control, empujándole despacio otra vez en el coño, repitiéndole al oído entre jadeos:
—Mi vaquita hermosa… mi vaquita… siempre mía.
Checo se apoyaba firme contra la cadera de Max, embistiéndolo con fuerza, con ese ritmo que le arranca gemiditos desordenados.
—Dime, vaquita… —Jadeó contra su oído, con la respiración caliente— Dime que te gusta… que lo sientes rico.
Max se aprieta más contra él, con sus piernitas temblando y la colita erizadita, incapaz de articular al inicio.
—Se siente… ¡ah!… mucho… —balbucea con voz rota, hundiendo la cara en la almohada.
Checo mordió suave el cuello lechoso, marcando territorio.
—No, así no… —gruñe, acelerando el vaivén hasta que Max gime más alto—. Dímelo bonito. Quiero que me lo pidas…
—Por favor… —su voz sale apenas un susurro, llorosita de placer— Por favor, Checo… sigue, no pares… se siente riquísimo.
El toro sonríe contra su piel, satisfecho, hundiéndose aún más.
—Eso… así me gusta. Dilo otra vez.
—¡Soy tuyo! —su voz se quiebra entre gemidos— Tu vaquita, toda tuya…
Checo lo aprieta fuerte contra él, embistiéndolo, sus bolas chocan contra sus nalgas, con todo su peso y fuerza, mientras lo hace repetirlo una y otra vez, casi como un rezo, hasta que la habitación se llena del eco de Max gimiendo entre sollozos:
—Soy tuya… tu vaquita… solo tuya…
Checo ya lo tenía claro: la mejor posición para la inseminación era la natural, la de monta. Max a cuatro patas, temblando con sus orejitas rubias de vaquita moviéndose nerviosas, y él entrando profundo, como un toro semental cumpliendo su instinto.
Pero aunque sabía que esa era la pose ideal para asegurar que su vaquita quedara preñadita, había algo que lo hacía detenerse… quería disfrutarlo, saborearlo completo.
—Maxito… ven acá, mi vaquita —murmuró, tomándolo de la cintura y jalándolo hacia él con fuerza.
Max soltó un quejido cortito, sorprendido, mientras Checo lo acomodaba sentado sobre su regazo. El cambio de posición lo hizo sonrojarse hasta las orejas, porque ahora estaba frente a frente con él, sintiendo su verga llenándolo desde abajo, y su pecho apretado contra el de Checo.
Checo deslizó las manos hacia arriba, corriendo el top de Max sin ningún pudor. Sus dedos rozaron la piel sensible de sus tetitas descubiertas, y las atrapó entre las palmas con un gemido grave.
—Mírate nada más… —dijo con los ojos oscuros, apretando suavemente sus pezoncitos duros—. Ya quiero que estas tetitas tengan leche, ¿eh? Quiero que se llenen para mí, para nuestro ternerito…
Max escondió la cara en su hombro, ardiendo de vergüenza, pero el movimiento de su cadera lo delató: estaba disfrutando cada palabra, cada roce.
—Checo… no digas esas cosas —protestó bajito, aunque su voz temblaba.
—¿No te gusta, Vaquita? —susurró Checo, llevándole una mano al rostro para obligarlo a mirarlo—. Vas a ser mi vaquita completa… yo te voy a llenar, y esas tetitas van a alimentar a nuestro hijo.
El gemido que soltó Max fue puro fuego y ternura mezclados, moviéndose sobre él con torpeza, buscando más. Checo lo abrazó fuerte, dejándolo rebotar en su regazo, disfrutando cada instante, cada jadeo avergonzado que le regalaba.
—Eso… así, muévete para mí —lo guió, presionando más profundo en cada embestida suave—. Vas a darme un becerrito precioso.
Max mordió su labio, con los ojitos llorosos por la intensidad, y aunque trataba de no dejarse llevar, el calor lo envolvía completo, entre las manos firmes de Checo en sus tetas y la verga llenándolo sin tregua.
Checo no pudo resistirse más. Con Max sentado sobre su regazo, lo tomó con firmeza y bajó la cabeza hacia sus tetitas, suaves y redondas, que se habían puesto duritas por la excitación.
Sus labios y lengua recorrieron cada pezoncito, lamiéndolos y chupándolos con cuidado pero decidido. Max gimió bajo su boca, arqueando la espalda y dejando que Checo disfrutara cada instante. Sus orejitas se movían con cada movimiento, su colita temblaba, y las mejillas se le encendían de pura mezcla de vergüenza y placer.
—Ah… Checo… —jadeó, sus manos aferrando los hombros del toro—… se siente raro… pero rico…
Checo rió bajo, ronco, mientras alternaba entre lamer, chupar y morder suavemente los pezoncitos, deleitándose en cada reacción de su vaquita.
—Mi vaquita… —susurró con voz ronca y caliente—. Te adoro… estas tetitas son mías… solo mías…
Max gimió más fuerte, arqueándose, perdido entre la vergüenza y el placer, disfrutando cada toque, cada chupada y cada caricia. Sus caderas se movían instintivamente sobre el regazo de Checo, dejándose llevar por el ritmo del toro mientras su cuerpo respondía a cada estímulo.
Checo no soltaba ni un segundo, embistiéndolo con suavidad mientras su boca se enfocaba completamente en esas tetitas deliciosas, escuchando los gemidos y balbuceos de Max, cada uno más excitante que el anterior.
Checo sostuvo a Max con cuidado, devolviéndolo a la posición de inseminación, asegurándose de que la vaquita estuviera cómoda y lista. Max respiraba agitado, las orejitas rubias temblando de emoción y nervios, con los ojitos brillando entre vergüenza y placer.
—Mi vaquita… —murmuró Checo, acariciándole la espalda baja y los muslos—. Te ves preciosa así… gimiendo para mí.
Estaba montándolo, perfectamente, no pudo con la tentación y tomó firme su colita.
Al escuchar los gemiditos de Max, Checo supo que su vaquita estaba cerca del clímax. Con delicadeza, bajó su mano y comenzó a estimular su clítoris gordito, provocando que Max arquease la espalda y soltara un gemido más intenso.
—Sí… así… —jadeó Max, su cuerpo temblando, los mofletes ardiendo—. Se siente… ahhh… riquísimo…
Checo sonrió, disfrutando de cada reacción de su vaquita, mientras con la otra mano lo abrazaba y sostenía con firmeza, acariciando y guiando sus movimientos.
El orgasmo de Max hizo que su coño de apretara casi al punto de asfixiar su oene de forma deliciosa, empujando a Checo al clímax.
Su vaquita estaba inseminada.
—Eso, mi vaquita…Ya estás llenita… —susurró Checo con voz ronca—. Eres mía… solo mía…
Max gimió más fuerte, perdido entre el placer y la vergüenza, moviéndose instintivamente sobre Checo, entregándose por completo. Su cuerpo se relajó y se arqueó con fuerza cuando alcanzó el clímax, jadeando y sollozando de placer mientras Checo lo sostenía firme, sonriendo y acariciándolo como el semental orgulloso que era.
Checo observó cómo su vaquita se dejaba llevar, completamente receptiva, confiando en él y disfrutando cada instante. Satisfecho y emocionado, la sostuvo contra sí, acariciando sus orejitas y espalda mientras Max respiraba agitadamente, sonrojado y lleno de felicidad.
—Mi vaquita… preciosa… siempre mía —susurró Checo, bajando la frente contra su hombro, mientras Max se acomodaba sobre él, exhausto pero feliz—. Has sido perfecta…
Max, ya relajado y con la respiración todavía agitada, se acurrucó contra Checo, apoyando la cabeza en su pecho y dejando que sus manitos se aferraran suavemente al toro. Sus orejitas rubias se movían despacio, y la colita se agitaba apenas, señal de que estaba completamente cómodo y seguro.
Checo lo abrazó fuerte, bajando la frente contra la de Max, y comenzó a acariciar su barriguita llena y tierna, pasando las palmas despacio, disfrutando de la sensación de su vaquita todavía temblando suavemente sobre él.
—Mira, mi vaquita… —susurró Checo, ronco y suave a la vez—. Aquí dentro está nuestro ternerito, creciendo poco a poco… y tú lo estás haciendo perfecto.
Max suspiró, sonrojado, y se dejó envolver por los brazos de su toro, cerrando los ojos con una sonrisa pequeña y satisfecha.
—¿De verdad… está ahí? —preguntó con voz bajita, acariciando la mano de Checo sobre su pancita.
—Sí… ahí está —respondió Checo, sonriendo mientras le besaba la cabecita—. Y tú eres la mejor vaquita… siempre mía… siempre preciosa.
La luz del atardecer entraba por las ventanas de la granja, bañando la habitación con un dorado suave. Max estaba recostado sobre Checo, su cuerpo todavía tibio por la excitación reciente. La colita se movía lentamente, y su barriguita se notaba un poquito hinchada por tantas jornadas de apareamiento.
Se acurrucó más, escondiendo su rostro en el pecho de Checo, buscando calor y seguridad. Sus manitas lo abrazaban con fuerza, y su respiración, aún agitada, se fue calmando poco a poco.
Checo, por primera vez desde que eran pareja de apareamiento, se sintió un poco tímido. Le acariciaba la espalda, jugando suavemente con los cabellos de Max, mientras miraba con atención cada reacción de su vaquita.
—Oye… Max… —dijo, con voz suave, casi insegura—. De verdad… ¿te gustó? ¿Se sintió rico? Quiero… quiero ser un buen semental para ti.
Max levantó la cabecita, con los ojos brillantes y la mejilla sonrojada, y le sonrió con ternura.
—Sí… sí, Checo… fue muy bueno… me gustó mucho. —Su voz temblaba un poco por la emoción y el cansancio—. Eres un excelente semental… me cuidaste y me hiciste sentir bien…
Checo suspiró aliviado y sonrió, dejando que su frente se apoyara contra la de Max.
—Menos mal… —susurró—. Solo quiero que estés feliz y seguro conmigo.
Max abrazó más fuerte, moviendo la colita contra él mientras se acurrucaban juntos.
—Estoy feliz… contigo, Checo… —murmuró, cerrando los ojos—. Siempre quiero estar así… contigo…
Checo sonrió y acarició su barriguita con cuidado, como si quisiera dejarle claro que ahí estaría protegido su ternerito, su fruto del apareamiento.
—Y aquí dentro —dijo, tocando suavemente la pancita de Max—, va a crecer algo muy especial… gracias a ti y a mí.
Max suspiró, acomodándose más cerca, confiando completamente en Checo.
—Sí… nuestro.—murmuró, y se quedó dormido acurrucadito, con la barriguita llena y el corazón contento.
Checo lo abrazó, sintiendo una mezcla de orgullo y ternura. Por primera vez, no solo era un semental fuerte y confiado, sino alguien que quería cuidar y complacer a su vaquita en todo sentido.
Checo lo acarició suavemente y, con voz tranquila, le preguntó:
—Oye… Max… tu nombre… ¿es diminutivo de Maximilian o algo así?
Max levantó un poco la cabecita, sonrojado, y respondió con una sonrisa tímida:
—No… mi nombre es Max… y mi segundo nombre es Emilian separados.
Checo asintió, con una sonrisa suave, mientras Max lo miraba con ojos grandes y curiosos.
—¿Y tú tienes otro nombre? —preguntó Max, con su voz dulce y curiosa, todavía acurrucado.
Checo se acomodó un poco, un poco divertido y apenado, y respondió:
—Sí… me llamo Sergio Michel.
Max parpadeó, con los ojos brillando, y justo cuando Checo estaba a punto de añadir que no le gustaba Michel, Max lo interrumpió con entusiasmo:
—¡Michel! —repitió, con esa voz tierna y casi adoradora—. ¡Me encanta!
Checo se sorprendió, sonriendo ampliamente mientras acariciaba la cabecita de Max:
—¿De verdad te gusta? —preguntó, divertido y con un toque de ternura.
—Sí… —dijo Max, abrazándose más a él—. Michel suena… bonito, como tú.
Checo soltó un suspiro bajo, completamente derretido por la ternura de Max, y lo abrazó más fuerte, disfrutando del calor y la conexión que sentían en ese momento tranquilo y lleno de afecto.
La tarde avanzó ambos calleron rendidos en una siesta de un par de horas, después de ese primer apareamiento.
Max con las mejillas encendidas, la colita aún erizada y la entrepierna sensible, pero ahora también algo nuevo: un cosquilleo insistente en el bajo vientre que no se calma.
Checo lo observó mientras bebía agua, sudado, fuerte, con la camisa abierta. El contraste lo hace hervir por dentro. Max, tímido pero ya con la necesidad trepándole por la piel, se acercó a él con pasitos pequeños.
—Checo… —su voz suena insegura, pero el tono es más dulce, casi un ruego—. Creo qué quiero más… quiero verga otra vez.
El toro lo miró, con media sonrisa incrédula.
—¿Otra vez, vaquita? Apenas aguantaste la primera.
Max bajó la mirada, movió la colita despacio, como si estuviera ofreciendo el cuerpo sin decirlo en palabras. Con las orejitas gachas, se arrodillo sobre la cama, se apoyó con las manos y abre poquito las piernas. Su coñito húmedo quedó a la vista, palpitante.
—Sí… quiero… —murmuró, sonrojado, arqueando la espalda para mostrarle todo.
Checo soltó un gruñido bajito, un instinto animal corriéndole por la sangre. Sin más, se colocó detrás, le agarró de la cadera con fuerza y le pasó la punta de la verga por los labios mojados, haciéndolo estremecer.
La penetración fue lenta al principio, Max gimió bajito, aferrándose al suelo.
—Checooo… —lloró casi, con la voz cortada.
—Tranquilo, que te la voy a dar toda —gruñó él, empezando a embestir fuerte, como toro semental, haciendo que Max se moviera adelante con cada arremetida.
Checo seguía encima de Max, con la respiración entrecortada y las manos firmes en sus caderas, marcando el ritmo lento pero profundo del apareamiento. La habitación estaba llena de jadeos y pequeños gemidos, y Max, con sus orejitas rubias de vaquita temblando y su colita agitada, escondía la cara contra la almohada, como si quisiera huir de la vergüenza.
—Dímelo, vaquita… —susurró Checo con voz ronca, pegado a su oído—. Quiero escucharlo de tu boquita. ¿Te gusta cómo te estoy cogiendo? ¿Sí se siente rico?
Max soltó un quejido bajito, la cara completamente colorada. Movió apenas la cabeza, intentando no responder, pero los empujones lentos y profundos lo hacían arquear la espalda.
—Se siente bien… —dijo casi en un suspiro, apretando los ojos con fuerza.
Checo sonrió contra su piel, mordisqueándole el cuello.
—Eso no me basta, princesita… —empujó más hondo, haciéndolo gemir agudo—. Quiero que me digas que mi verga te está llenando, que te gusta, que te estoy haciendo sentir delicioso.
Max temblaba, su colita se movía nerviosa entre sus piernas, y sus orejitas se bajaban avergonzadas.
—Se siente rico… —repitió bajito, casi rogando que no lo hiciera hablar más.
Checo bajó una mano hasta su vientre, acariciándolo mientras seguía dentro de él, y lo miró a los ojos.
—¿Rico cómo, mi vaquita? ¿Así de rico? —hizo un empuje más fuerte, que lo sacudió entero—. ¿O más?
Max gimió alto, tapándose la cara con las manos, y murmuró entre jadeos:
—Más… se siente muy rico, Checo… tu verga…
Checo gruñó satisfecho, bajando a besarle los labios suaves y húmedos mientras lo seguía moviendo, feliz de arrancarle cada palabra cohibida.
La habitación se llenó de los ruidos húmedos y de sus jadeos. Max ya no solo tímido: pide, ruega, lo llama con voz rota.
—Más fuerte… por favor… quiero más…
Checo tomó su cabello, lo levantó un poco y susurró en su oído:
—Así me gusta, vaquita. Que pidas la verga de tu toro.
Lo montó durante largos minutos, hasta que Max no puedo más y se vino convulsionando, apretando alrededor de él. Checo lo siguió, acabando adentro con una fuerza brutal, llenándolo de calor.
El híbrido quedó exhausto, con las piernas temblando, recostado sobre la cama deshecha mientras su cola aún se agitaba, húmeda, buscando más.
Y Checo, sin soltarlo, lo acarició con la palma en la espalda sudada:
—Este es solo el primer día, Maxito. Vas a aprender lo que es el ciclo de apareamiento completo.
La mañana había empezado lenta luego de una noche completa de descanso después de aquel "ejercicio". Max despertó aún con las piernas adoloridas, la piel sensible y un calor extraño en el bajo vientre. Apenas se movió, soltó un gemido bajito.
—Auchi… —murmuró, apretando las sábanas—. Me duele...
Checo, que ya estaba despierto, lo observó desde el borde de la cama con una sonrisa tranquila.
—Es normal, princesita. Tu cuerpo se está acostumbrando —dijo mientras le acariciaba la pierna con suavidad—. ¿Quieres descansar un poco más?
Max negó con la cabeza, giró y se subió sobre él, con descaro. Sus orejitas se movieron nerviosas, pero su mirada brillaba.
—No. Quiero más.
Max se acomodó sobre el regazo de Checo, bajando lentamente la cadera hasta sentir cómo lo llenaba otra vez. Su respiración se entrecortó, pero no se detuvo.
—Mierda, Max… —Checo lo sujetó fuerte de la cintura—. ¿Ya así de atrevido?
El rubio soltó una risita nerviosa y empezó a moverse por sí solo, disfrutando del control que tenía sobre la situación.
—Mmm… se siente mejor cuando yo me muevo.
Checo lo dejó hacer, observándolo con fascinación. Cada movimiento de Max era torpe al inicio, pero pronto encontró un ritmo, inclinando la cabeza hacia atrás con un gemido dulce que lo enloquecía.
Cuando terminaron, Max cayó sobre su pecho, agotado, jadeando.
—¿Y ahora qué? —preguntó con voz ronca.
—Ahora descansas.—le respondió Checo, besándole la frente.
Max, sin embargo, lo miró con una sonrisa traviesa.
—Quiero… lo de ayer.
Checo arqueó una ceja.
—¿Lo de ayer?
Max bajó la voz, avergonzado pero con un rubor que lo hacía ver más provocador todavía.
—La cosita que haces con tu boca.
Checo sonrió de lado y lo empujó suavemente contra la cama.
—Con que te gustó, ¿eh?
El rubio solo asintió, mordiéndose el labio inferior. Entonces Checo se acomodó entre sus piernas, besando lentamente la parte interna de sus muslos hasta llegar a su coño húmedo.
—Agh, Checo… —gimió, llevándose las manos al rostro.
Cuando la lengua de Checo lo tocó, Max arqueó la espalda con un grito suave, aferrándose a las sábanas. Al principio temblaba, inseguro, pero pronto empezó a mover la cadera contra su boca, buscando más.
—Más… más ahí… ¡ahí mismo!
Checo lo sostuvo fuerte, disfrutando del descontrol que Max estaba mostrando. Cuando finalmente lo hizo acabar, el rubio se desplomó sobre la cama, con las mejillas encendidas y la respiración agitada.
—Eres un vicioso… —dijo Checo, riendo mientras se limpiaba la boca.
—Tú me lo pegaste —contestó Max, todavía con voz débil pero una sonrisita atrevida.
Pasaron el resto del día entre siestas, juegos, y más rondas en las que Max se atrevía a probar nuevas posiciones o pedía descaradamente más caricias con la boca.
Para la noche, ya estaba completamente entregado a ese nuevo mundo de sensaciones, descubriendo que no solo le gustaba, sino que lo deseaba con impaciencia.
El sol apenas iluminaba la granja cuando Max se levantó de la cama, con las piernas todavía un poco adoloridas del primer día. Sin embargo, apenas vio a Checo, un brillo travieso apareció en sus ojos. Sus orejitas se levantaron, la colita comenzó a agitarse lentamente, y una sonrisa tímida pero decidida decoraba su rostro.
—Checo… quiero otra vez —murmuró, avanzando hacia él con paso firme, las manos buscando la cintura del toro.
Checo lo miró con una mezcla de diversión y deseo, arqueando la ceja.
—¿Ya no eres mi tímida vaquita, eh?
Max solo respondió arqueando la espalda y subiendo sobre su regazo, dejando que su cuerpo se acomodara con descaro.
Movía la colita, meneaba las caderas y abría un poquito las piernas, dejando que la verga de Checo rozara contra su húmedo coño.
—¡Por favor… más, Checo! —rogó con voz rota, empujándolo hacia él, buscando cada centímetro—. Hazme sentir… rico… hazlo como ayer…
Checo suspiró hondo, dejándose llevar por la entrega de su vaquita linda. La tomó fuerte de las caderas y comenzó a embestirlo con un ritmo firme, disfrutando de cómo Max se arqueaba, gemía y se ofrecía completamente.
—Así me gusta… —gruñó Checo, besando la nuca de Max—. Mi vaquita preciosa… mmm…
En un momento, Checo lo miró de costado y vio su entradita trasera, rosadita y temblorosa. Sabía que los criadores habían dicho que no debía usarse para la inseminación, pero no mencionaron nada sobre otras formas de disfrutarlo. Sonrió para sí mismo, bajó una mano y metió suavemente su pulgar en el ano de Max mientras seguía embistiéndolo dentro de su coño.
—Aah… Checo… sí… sí… así… —Max gimió con fuerza, arqueando la espalda, empujando su colita hacia él—. ¡Eso se siente increíble!
Checo lo sostuvo más fuerte, alternando las embestidas con caricias en la espalda y los muslos. Cada gemido de Max, cada movimiento de cadera, cada súplica quebrada lo volvía loco.
—Dime, vaquita… ¿te gusta así? —susurró al oído, jadeando.
—Sí… ohh sí, Checo… me vuelve loco… tu dedito… ahh… —Max gimió, completamente rendido ante las sensaciones.
Pasaron así varios minutos, con Max moviéndose con impaciencia, subiendo y bajando sobre él, rogando, mostrando su cuerpo con descaro y disfrutando cada instante. Checo, como el toro experimentado que era, no se detuvo: cada movimiento, cada empuje, cada caricia estaba perfectamente sincronizado con los gemidos de su vaquita.
Cuando finalmente Max alcanzó el clímax, su colita se agitó sin control, sus piernas temblaron y su cuerpo se derritió sobre el de Checo. El toro no tardó en seguirlo, soltando un gruñido profundo mientras lo llenaba, sosteniéndolo firme y acariciando su panza y espalda.
—Eso es… mi vaquita linda… —dijo Checo, bajando la cabeza para besarle las orejitas, acariciando su cuerpo sudado—
Max, jadeando y con la respiración agitada, se abrazó a él.
—Te adoro, Checo… gracias… gracias por enseñarme…
Checo sonrió, acariciándole la espalda mientras ambos quedaban rendidos sobre la cama, sintiendo que ese segundo día había profundizado su conexión y la entrega total de la vaquita
El tercer día llegó tranquilo, Max estaba sentado en la cama, todavía envuelto en la toalla que Checo le había dado después del baño. Su pelo húmedo, suave y limpio, y sus orejitas se movían con cada palabra que salía de su boca.
—…y en mi granjita en Países Bajos había un establo pequeño, pero me encantaba porque siempre podía correr y jugar con las otras vaquitas. También había un prado con flores y… —Max no paraba de hablar, contando todo con entusiasmo y detalles, los ojos brillantes y la sonrisa traviesa asomando en su rostro aún húmedo.
Checo lo escuchaba atentamente, apoyando el mentón en su mano mientras su otra mano acariciaba suavemente la colita de Max, ahora seca y esponjosa. Cada palabra que salía de la vaquita parlanchina le llenaba el corazón de ternura.
—Y me gustaba observar cómo el sol se reflejaba en el pasto por las mañanas… —Max continuó, ajeno a lo intenso que era para Checo verlo así, inocente y feliz.
Checo lo miraba con ojos llenos de amor y fascinación, completamente derretido. A cada detalle, a cada palabra, sentía un apego inmenso, una mezcla de ternura, deseo de protegerlo y admiración. Pensaba para sí mismo: No puedo creer que tenga este efecto en mí … apenas conozco a esta vaquita tan inocente tan tierna, y ya estoy completamente enamorado.
Max, sin notar la intensidad de la mirada de Checo, seguía hablando, moviendo las manos y las orejitas con entusiasmo, completamente perdido en sus recuerdos y en lo que le gustaba.
Checo sonrió suavemente, acariciando su cabecita mientras pensaba: Es imposible no adorarte, Max… esta cosita parlanchina y tierna… me tiene rendido, y apenas es mío.
El calor de la habitación, el aroma a toalla recién lavada y Checo sabía que nada ni nadie jamás lo había hecho sentir así. Cada pequeño gesto, cada palabra de esa vaquita lo hacía sentirse más perdido en su ternura.
Después de que Checo lo mimara, lo bañara y lo hiciera sentir seguro y querido, llegó la mañana de la revisión para ver si los tres días reglamentarios de apareamiento había dado resultado. Max estaba recostado en la cama, acariciando su barriguita hinchada, mientras Checo lo observaba con cariño.
—Max… hoy toca que vayas a la clínica para ver si quedaste fecundado —dijo Checo, con voz seria pero suave—. Pero… no puedo ir contigo.
Los ojos de Max se abrieron como platos. Sus orejitas se bajaron, la colita se enroscó nerviosa, y un sollozo escapó de su garganta. Antes de que Checo pudiera continuar, Max saltó de la cama y comenzó a patalear frenético:
—¡No! ¡No quiero ir solo, Michel! ¡No!
Se tiró al piso, llorando y gritando, la colita agitándose de pura frustración.
—¡Yo no voy sin ti! ¡No voy, no voy!
Checo suspiró y se arrodilló frente a él, acariciándole la nuca y las orejitas.
—Mi Cosita… —murmuró, intentando calmarlo—. Entiendo que te asuste, pero solo será un chequeo rápido, ¿sí?
—¡No importa! ¡Yo quiero que vengas conmigo! —Max lloraba, escondiendo la cara entre sus manos—. ¡No quiero ir si no estás tú!
Checo lo abrazó con fuerza, dejando que sus lágrimas cayeran sobre su hombro.
—Está bien… —dijo con suavidad, besándole la frente—. Vamos a hablar con ellos y te voy a acompañar, ¿sí? No te voy a dejar solo.
Max suspiró, abrazándose más fuerte, mientras su colita se movía agitadamente de lado a lado.
—¿Lo prometes? —preguntó entre sollozos.
—Prometo preguntar Vaquita —Checo sonrió, rozando su nariz con la de él—. No hay nada que quiera más que a cuidar de ti.
El personal de la granja llegó a la habitación para llevar a Max a la clínica de revisión. Checo caminaba a su lado, con Max abrazado de su brazo, pero justo cuando se acercaban a la puerta que llevaba a la zona de vacas, el criador se detuvo y le dijo:
—Siento informarte, Checo, pero no puedes pasar a esa área. Los sementales no entran a la zona de las vaquitas.
Checo rodó los ojos, cruzando los brazos. Suspiró y asintió, obedeciendo solo como una forma de demostrar que pasaría si obedecía las reglas.
Pero al instante, Max comprendió lo que significaba y su reacción fue inmediata.
Pataleó, gritó y lloró, tirándose al suelo en pleno berrinche:
—¡Nooo! ¡Yo no voy sin Michel! ¡No quiero solo!
Su colita se agitaban frenética, las orejitas gachas, y cada sollozo hacía que Checo suspirara y le acariciara la cabeza con ternura.
El personal lo miraba preocupado, sin saber cómo calmar al híbrido tan enfadado, mientras Max seguía gritando y pateando.
—Está bien… —dijo finalmente uno de los asistentes, cediendo ante la escena—. Lo dejamos pasar con su semental, no hay problema.
Max inmediatamente se aferró a Checo, abrazándolo con fuerza, respirando con sollozos entrecortados pero claramente aliviado.
—¡Si! —jadeó, escondiendo la cara en el pecho del toro.
Checo sonrió, abrazándolo más fuerte y acariciándole la colita con suavidad.
—Siempre voy a estar contigo, mi vaquita. No te voy a dejar sólito.
Max suspiró y se acomodó mejor, calmándose poco a poco, mientras Checo lo guiaba hacia la clínica, asegurándole con caricias que todo estaría bien.
Llegaron a la clínica de la granja, un lugar amplio lleno de luz y heno limpio esparcido por el suelo. Apenas Checo y Max pusieron un pie dentro, todas las vaquitas híbridas que se encontraban allí reaccionaron inmediatamente. Al ver y oler a Checo, comenzaron a moverse inquietas, agitando las colitas y acercándose con curiosidad y energía.
Max, abrazado del brazo de Checo, lo miró con los ojos bien abiertos, completamente loquito de celos.
—¡Michel…! —susurró, aferrándose a su cinturita—. ¡Esas vaquitas… están mirándote!
Checo sonrió con diversión, acariciándole la cabeza mientras avanzaban por el pasillo.
—Sí… sí están un poco emocionadas… —dijo, tratando de no reírse demasiado—. Pero no te preocupes, Cosita… solo me importas tú.
Max frunció el ceño, todavía un poco indignado, y apretó la mano de Checo contra su barriguita.
—¡No quiero que se te acerquen! —jadeó, moviendo la colita de un lado a otro—. ¡Eres mío!
Checo lo abrazó suavemente por los hombros, dándole un beso en la frente.
—Tranquilo… nadie me va a tocar, vaquita. Estoy contigo, ¿sí?
Las vaquitas seguían moviendo sus colitas y suspirando suavemente, pero Checo guiaba a Max con cuidado, asegurándose de que se sintiera seguro y protegido. Max, aun celoso y algo tenso, no podía calmarse rodeado vaquitas en celo qué desean a su macho.
Sus orejitas se bajaron y la colita se tensó mientras fruncía el ceño:
—¡Checo…! ¡Aléjense! —jadeó—. ¡Es mío!
Checo se agachó un poco para mirarlo a los ojos, sonriendo con suavidad.
—Sí Maxie, solo tuyo.
Max suspiró aliviado y apretó la mano de Checo contra su barriguita hinchadita, relajándose un poco, aunque aún lanzaba miradas celosas a las vaquitas que seguían intentando acercarse.
De repente, un asistente llamó en voz alta:
—¡Pérez!
Checo levantó la cabeza, y con una sonrisa traviesa, tomó a Max en brazos. El rubio se quedó congelado, algo confundido.
—¿Qué? ¿Qué pasa, Michel? —preguntó con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
Checo le susurró al oído, con un tono que combinaba firmeza y ternura:
—Ese es tu apellido ahora… Pérez. Porque eres mi vaquita, somos nosotros.
Max parpadeó, asimilando las palabras, y luego una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro sonrojado. Su cola se movió un poco más relajada, acurrucándose contra Checo mientras murmuraba:
—¿De verdad…? ¿Totalmente tuyo?
—Si—susurró Checo, acariciándole la cabeza y ajustándolo en sus brazos mientras avanzaban hacia la zona de revisión—.Mío.
Max suspiró, acurrucado y confiado, mientras Checo caminaba con él, protegiéndolo de todas las miradas celosas de las otras vaquitas europeas.
Checo llevó a Max hasta la camilla de la clínica. El rubio estaba un poco nervioso, con las orejitas gachas y la colita enroscada alrededor de sus piernas.
Checo lo sostuvo cerca, acariciándole la espalda baja y sus muslos con suavidad mientras le hablaba al oído:
—Tranquilo… solo es un chequeo rápido.
Yo estoy contigo, nada va a dolerte.
Max se colocó la batita clínica color azul que estaba sobre la camilla y Checo dobló su ropa con cuidado
Con ayuda del toro, subió a la camilla, temblando un poquito por los nervios.
Checo se inclinó y con delicadeza deslizó la ropa interior de Max por sus piernas, quitándola , mientras le acariciaba la cabeza y las orejitas para tranquilizarlo.
El criador sonrió y explicó con calma:
—Vamos a hacer una ecografía transvaginal, Max. Es un procedimiento rápido y no deberías sentir dolor si te relajas.
Max lo miró con los ojos grandes, un poco tímido, y luego suspiró.
—Está bien… —dijo en voz baja.
El criador comenzó con la ecografía y, para sorpresa de todos, Max aguantó muy bien, sin mover un músculo. Checo lo abrazaba ligeramente por la cintura y le daba pequeños besitos en la nuca para tranquilizarlo.
—Muy bien, Max —dijo el criador—. Aguantaste excelente el ecógrafo.
Max, con su inocencia característica y sin rubor alguno, susurró:
—No duele nada… —y luego con una sonrisa traviesa añadió—. La verga de Michel es el doble de larga y gruesa que esta cosa, así que… esto no me dolió para nada.
Checo se quedó boquiabierto por un segundo, sonrojándose un poco, y luego abrazó más fuerte a su vaquita
—Siempre tan honesta, vaquita...
Max sonrió, confiado, mientras Checo lo sujetaba con cuidado y el criador continuaba la revisión, explicando cada paso mientras Max seguía calmado, confiando totalmente en su semental.
Después de unos minutos de ecografía, el criador se acomodó los guantes y sonrió, mirando a Checo y Max.
—Todo parece estar perfecto —dijo con satisfacción—. La fecundación fue exitosa. Si todo sigue así, en dos semanas podremos confirmar si esperan un becerrito o una vaquita.
Max parpadeó, sus orejitas se levantaron un poco, y su colita empezó a moverse nerviosa. Sus ojos se llenaron de brillo mientras miraba a Checo, un poco incrédulo y emocionado:
—¿De verdad, Michel? —preguntó con una mezcla de sorpresa y alegría—. ¡De verdad quedé fecundado?
Checo sonrió, bajando la cabeza para besarle la frente, acariciándole la barriguita hinchadita:
—Sí, princesa… eres mi vaquita casi preñadita ahora. Todo salió perfecto.
Max se abrazó a él, acurrucándose mientras su colita se agitaba con felicidad y un pequeño suspiro de alivio escapaba de su boca.
—¡Estoy tan feliz! —jadeó, escondiendo la cara en su pecho—. Gracias, Michel… gracias por cuidarme.
Checo lo sostuvo con firmeza, pasando la mano por su barriguita.
—Siempre, mi vaquita… siempre voy a cuidarte. Y en un par de semanas veremos a nuestro primer ternerito o vaquita.
Max suspiró feliz, relajándose completamente en los brazos de Checo mientras ambos disfrutaban del momento de ternura después de todo el estrés de la revisión.
Durante los días de espera para confirmar si Max estaba realmente preñadito, la vaquita no podía despegarse de Checo ni un segundo. Cada vez que él se movía, Max lo seguía con sus pasitos rechonchitos, apoyando su cabecita en su hombro, moviendo su colita y sus orejitas gachas de emoción.
—Michel… no te vayas… —susurraba todo el tiempo, acurrucándose más y más en sus brazos—. Quédate conmigo…
Checo sonreía, acariciándole la barriguita hinchadita, incapaz de separarlo siquiera un instante. Max era tan mimadito y empalagoso que hasta los criadores se reían de lo pegajoso que podía ser.
—Mi vaquita… —decía Checo entre risas—. Eres demasiado adorable…
Pero finalmente llegó el día en que debían separarlos, aunque fuera solo por unas horas. Checo debía asistir a la charla de criadores con los otros toros, para orientación en la siguiente etapa una vez la vaquita ya estuviera preñada.
Max, al comprender que su semental debía irse, no pudo contenerse. Comenzó a patalear y llorar, haciendo un berrinche enorme, colita agitándose de un lado a otro y orejitas gachas mientras se abrazaba a Checo con fuerza:
—¡Michel! ¡No me dejes! ¡No te vayas! —jadeaba, escondiendo la cara en su pecho, sollozando y temblando—. ¡Por favor!
Checo suspiró con ternura, abrazando a su vaquita rechonchita y mimadita.
—Tranquilo Maxie —dijo, acariciándole la barriguita y las orejitas—. Solo es por unas horas. No te voy a dejar, es ir y volver precioso.
Max gimió lastimosamente, apoyando su cabecita y moviendo la colita en un intento de retenerlo, pero finalmente, con un suspiro de resignación y muchas lágrimas todavía en los ojos, se dejó acariciar por Checo mientras este se apartaba lentamente hacia la puerta, lanzando miradas de ternura hacia su vaquita mimada.
Max siguió sollozando mientras Checo se alejaba, su corazón hinchado de celos y ansiedad, pero confiando en que su semental volvería pronto para abrazarlo y mimarlo otra vez.
Checo estaba sentado junto a los demás sementales en la gran sala de la charla de criadores. El ambiente estaba lleno de instrucciones precisas y serias:
—Recuerden —explicaba el encargado principal—, las vaquitas preñadas estarán más sensibles y sentimentales. Es vital mantenerlas tranquilas, sin estrés, para no afectar su producción de leche ni la salud de la cría.
Checo escuchaba atentamente, pero no podía evitar sonreír por dentro. Sabía exactamente a quién se referían, y pensaba en su vaquita mimadita, acurrucada esperando por él.
—También es importante —continuó otro encargado—, que si las vaquitas desean la monta, se les permita. Esto ayuda a la producción de leche y está completamente permitida la monta recreativa.
Checo no pudo evitar una sonrisa aún más amplia, sintiendo un calorcito interno. La idea de poder seguir cuidando y disfrutando a su vaquita le llenaba de alegría.
De repente, uno de los encargados se acercó a él, con paso apresurado:
—¡Pérez! Necesitamos que salgas ahora, es urgente.
Confundido, Checo se levantó y lo siguió, sin saber qué esperar. Apenas cruzó la puerta, un sonido inconfundible lo hizo detenerse: eran los llantitos desesperados de Max.
—¡Michel! —gritaba Max, pataleando y llorando, con las orejitas gachas y la colita agitándose—. ¡Quiero a Michel! ¡Quiero a mi novio! ¿¡Donde está?!
En ese instante, Max vio a Checo y, sin dudarlo, corrió hacia él con todas sus fuerzas. Checo lo atrapó en sus brazos, sosteniéndolo con firmeza mientras acariciaba sus orejitas y su barriguita hinchadita.
—Shhh, ya… ya estoy aquí —susurró Checo, besándole la cabecita y acariciándole la colita—. Tranquilo mi Cosita.
Max se acurrucó contra su pecho, llorando suavemente pero cada vez más calmado al sentir la seguridad de Checo. Sus patitas se relajaron, la colita se movía más despacio, y poco a poco llegó la calma.
Checo lo sostuvo fuerte.
—Ya, tranquilo, todo está bien—susurró Checo, abrazándolo con ternura—.
Checo apenas cerró la puerta de la habitación detrás de ellos, con Max ya bien recostadito en la cama, le miró serio por un momento.
—Maxie… —dijo con voz grave, aunque no del todo enojada—. ¿Qué te dije de ir donde están los sementales? Es peligroso, mi amor. ¿Por qué me saliste persiguiendo?
Max bajó las orejitas, juntando las manos como si fuera un niño atrapado en travesura.
—Perdón… No me gustar estar sólito —murmuró, con los cachetes rojos, evitando su mirada.
Checo se acercó, le acarició la mejilla y luego la barriguita que se movía leve con su respiración.
—No quiero que nada te pase. Tú eres lo más importante para mí —le dijo con un tono que ya era más tierno que regañón.
—Ya no lo vuelvo a hacer… —susurró Max, haciéndole ojitos de gatito arrepentido.
Checo no aguantó y le dio un beso largo, suave, hasta que Maxie se rió bajito entre labios. Entonces, con una sonrisita más traviesa, Checo apoyó la frente contra la de él.
—Bueno… ya que estás aquí, sano y salvo conmigo… —dijo despacio, como saboreando las palabras—. Tengo buenas noticias para ti, mi niño.
Max ladeó la cabeza, curioso.
—¿Qué noticias?
Checo sonrió de oreja a oreja.
—Que sí podemos aparearnos… recreativamente. No es temporada, pero se puede, y sin riesgo.
Max abrió grande los ojos, la cola se agitó emocionada y sus orejitas se movieron hacia arriba.
—¿De verdad? ¿Podemos?
—Podemos, sí —respondió Checo, ya bajando la voz a un ronroneo grave y pícaro—. Y justo ahora, si mi vaquita quiere…
Max se sonrojó hasta las orejas, apretando las piernas pero mordiéndose el labio con entusiasmo.
—Quiero… mucho…
No tardaron en llegar a la cama, Max se recostó, Sergio lo abrazó desde atrás, en una cucharita cálida.
Max, todavía pegadito a Checo en cucharita, se separó un poquito y levantó su colita rubia, dejando a la vista su entrada trasera. Sus mejillas estaban sonrojadas, y con una voz tímida pero traviesa murmuró
—Quiero… quiero que me pongas tu dedito ahí otra vez… se siente tan rico…
Checo lo mira un instante, sorprendido pero sonriendo con ternura. Su vaquita mimadita lo estaba pidiendo explícitamente, confiando totalmente en él. Con suavidad, deslizó su pulgar hasta la entrada trasera de Max, rozándola despacio mientras lo llenaba por delante.
—¿Así está bien, princesita? —susurró Checo contra su nuca—. Tú me dices si quieres más… yo voy como tu me digas.
Max gimió bajito, moviendo la colita y apoyando la cabeza contra el hombro de Checo, mientras su cuerpo se estremece con la mezcla de placer y ternura.
—S-sí… así, Checo… se siente muy rico… —responde, temblando un poquito pero completamente confiado.
Checo sonrió, inclinándose sobre él y dándole suaves besitos en la nuca mientras acaricia su barriguita y sigue con la estimulación doble.
Después de dos semanas en que Max y Checo no se soltaron ni un segundo en su — "luna de miel" donde todo era besos, mimos, y Max medio mimadito reclamando atenciones—, por fin llegó el día de volver a la clínica de la granja.
Checo estaba nervioso, aunque lo disimulaba; Max, en cambio, trataba de mostrarse tranquilo, pero en cuanto entraron al consultorio se aferró a la mano de Checo como si no quisiera soltarlo nunca.
—Tranquila, mi niña… —le susurró Checo, acariciándole la mejilla con el pulgar.
—No me digas así aquí… —murmuró Max, rojo hasta las orejas, pero sin apartar la mano.
El veterinario híbrido los recibió con una sonrisa tranquila y los hizo pasar. La habitación olía a limpio, había máquinas sencillas y, al fondo, la pantalla para la ecografía.
—Bueno, Max, han pasado dos semanas desde la fecundación. Si todo salió bien, hoy deberíamos confirmar el embarazo —explicó el doctor, acomodando los guantes.
Max tragó saliva. Su colita se agitaba nerviosa detrás de él. Checo, viéndolo así, lo atrajo contra su pecho y lo besó en el pelo.
Cuando el gel frío tocó su vientre bajo, Max soltó un quejido bajito.
—Odio esto, Checo… está frío.
—Pero lo vas a amar cuando veas a nuestro becerrito —contestó él, con esa sonrisa segura que le derretía hasta la última defensa.
El silencio llenó la sala mientras la máquina emitía un leve zumbido. De pronto, el sonido característico se hizo presente: un latido fuerte y rápido. Max abrió mucho los ojos.
—¿Eso… eso es? —preguntó en un hilo de voz.
El doctor sonrió. —Ese es el corazón de tu bebé. Felicidades, quedó preñado exitosamente.
Max se cubrió la boca con las manos, los ojos llenándose de lágrimas instantáneamente. Miró a Checo, como si no pudiera creerlo.
—Checo… está ahí de verdad…
Checo lo abrazó de inmediato, apretándolo con fuerza contra su pecho.
—Te dije que sí… —susurró con voz ronca, besándole la frente una y otra vez—. Te dije que íbamos a tener a nuestro becerrito.
En la pantalla, una pequeña figura se distinguía en blanco y negro. Max no podía apartar los ojos. Con la colita enroscada, temblando de emoción, susurró bajito:
—Hola, bebé… soy tu mami.
Checo sonrió, con lágrimas contenidas en los ojos, y acarició su vientre ya tibio por el gel.
—Y yo soy tu papá. Vamos a cuidarte siempre, chiquitín.
Max había pegado la ecografía en la pared de la habitación, justo arriba de la cama, como si fuese un tesoro. Cada noche, antes de dormir, se quedaba mirándola con una sonrisa tímida mientras acariciaba su barriguita redondita y murmuraba:
—Ese es nuestro becerrito, Checo…
Checo, orgulloso, solo podía abrazarlo más fuerte y besarlo en la coronilla, con el corazón latiendo a mil.
Pero los días siguieron y llegaron las siguientes instrucciones de los criadores. La nueva etapa consistía en que todas las vaquitas preñadas debían pasar diariamente un rato en la pradera: tomar sol, respirar aire fresco, relajarse para el buen desarrollo de sus crías.
La condición era clara: solo las vaquitas. Los sementales no podían acompañarlas.
Cuando se lo explicaron, Max hizo un puchero inmediato, su colita bajó y se aferró al brazo de Checo.
—No quiero… no quiero ir sin ti, Michel…
Checo trató de tranquilizarlo con dulzura.
—Amor, es solo un ratito. Te van a cuidar, y yo estaré aquí esperándote.
—Nooo… —Max hundió la carita en su pecho, con voz temblorosa—. No quiero… no puedo…
Ese primer día lo sacaron igual, entre mimos y promesas de que no sería tan malo. Pero apenas estuvo en la pradera, rodeado de otras vaquitas que pastaban tranquilas, Max se quedó arrinconado en una esquina, acariciándose nervioso la barriguita y sollozando. No hablaba con nadie, no se movía, solo repetía en voz bajita:
—Quiero a Michel… quiero a Michel…
El resto de vaquitas intentó invitarlo a unirse, pero él los apartó con la colita, los ojos rojos de tanto llorar. Media hora después, los cuidadores se dieron por vencidos: era imposible calmarlo.
Cuando lo devolvieron a la habitación, Max corrió directo a los brazos de Checo, trepándose a su regazo como si hubiera pasado un año entero separado de él.
—¡Michel! —gimoteó, enterrando la cara en su cuello—. No quiero volver ahí solo…
Checo lo sostuvo con fuerza, acariciándole la espalda.
—Shh, shh… tranquilo, vaquita. Ya estás conmigo, no te suelto.
Max se aferró más, con la colita enroscada alrededor de su pierna, y murmuró con un puchero empapado de lágrimas:
—No me dejes nunca, ¿sí? Yo solo quiero estar contigo y con nuestro becerrito…
Checo lo meció despacio, besándole la frente.
—Nunca, mi amor… nunca te voy a dejar.
Al día siguiente, los criadores hablaron con Checo. Tenían que intentar que Max se acostumbrara a salir a la pradera, era importante para su salud y la de su becerrito. Pero ya sabían lo difícil que era separarlo de su semental.
Así que Checo tuvo una idea: le dio a su vaquita una camiseta suya, usada, que aún olía a él. Se la pasó despacio por la carita, y Max, con los ojitos brillosos, la abrazó de inmediato, apretándola contra su nariz.
—Mira, amor —le susurró Checo mientras lo acomodaba en sus brazos—, vas a llevar esto contigo. Cada vez que la huelas, va a ser como si yo estuviera ahí contigo, ¿sí?
Max hizo un pucherito pero asintió, guardando la camiseta entre sus bracitos como si fuera un peluche. Con ese pequeño gesto, aceptó ir a la pradera.
Los criadores también permitieron que Checo lo acompañara hasta la entrada. Max caminó pegadito a él, con su colita baja y las orejitas gachas. Justo antes de que Checo tuviera que detenerse, Max se volteó con lagrimitas en los ojos.
—Michel… ¿me vas a estar esperando?
—Siempre, vaquita linda —le respondió Checo con una sonrisa tierna, dándole un beso en la frente—. Y si cierras los ojitos y respiras mi camiseta, vas a sentirme ahí contigo.
Con un último pucherito, Max entró a la pradera. Esta vez no se quedó arrinconado: abrazado a la camiseta de Checo, se animó a caminar un poco más y pronto se acercó a un grupito de vaquitas. Entre ellas reconoció una cara familiar.
—¿Charles? —preguntó Max, sorprendida su vocecita tímida.
El otro híbrido lo miró y sonrió.
—¡Max! No sabía que estabas aquí también.
Ambos se acercaron y pronto estuvieron sentados bajo un árbol, acariciándose las barriguitas redondas mientras conversaban. Charles suspiró, bajando la voz como si confesara un secreto.
—Mi toro, Carlos… no deja de montarme a diario. Estoy agotado, Max… hasta adolorido.
Max lo miró con sus grandes ojitos brillantes, moviendo la colita con entusiasmo.
—¿En serio? —dijo bajito, con un rubor inocente—. Ay, yo no… yo adoro cuando Michel me monta. Nunca me canso… se siente tan rico… tan lleno… yo lo quiero siempre…
Charles parpadeó sorprendido ante la honestidad de su amigo, y después rió suavecito.
—Eres un caso, Max… de verdad te gusta.
—Me encanta… —admitió él con una sonrisa dulce, abrazando más fuerte la camiseta de Checo—. No hay nada que me haga más feliz que sentirlo conmigo.
Mientras hablaban, Max se sentía mucho más tranquilo: la pradera ya no parecía tan mala si podía conversar con alguien conocido y llevar con él el olor de su semental.
Checo caminaba por los senderos de la granja, ajustándose el cinturón mientras revisaba que todo estuviera en orden. Tenía que concentrarse en su trabajo: Agricultura y siembra asegurarse de que todo funcionara según los estándares.
Cada semental de buen rendimiento tenía derecho a criar familia, pero eso también significaba responsabilidad y resultados en la granja.
Aun así, su mente no podía despegarse de Max. Se preguntaba cómo estaría, si había comido bien, si no se había puesto nervioso en la pradera.
Los criadores ya le habían advertido qué la ansiedad de Max podría de dañina para su cría, el llanto contante y la angustia no eran nada bueno para una vaquita en cinta.
Cada pequeño pensamiento lo distraía, y eso empezaba a afectarle un poco en su trabajo.
—Oye ¿Estás bien?—le preguntó Carlos, uno de los otros sementales, mientras ajustaba unas barreras para el pasto.
Checo suspiró, rascándose la nuca. —Sí… solo que… sabes, Max es tan mimado y yo… —Se detuvo, mirando al horizonte, claramente preocupado—. No quiero bajar mi rendimiento, pero no dejo de pensar en él…
Carlos asintió, rodando los ojos y riendo bajo la nariz. —Te entiendo… pero mira, yo con Charle, solo fui firme y se relajó.
Checo sonrió, un poco resignado pero también aliviado de no sentirse solo en sus preocupaciones. —Sí… es que Max es diferente… está todo el tiempo pendiente de mí, de nuestro bebé… y yo… quiero asegurarme de que esté bien.
Carlos lo miró con cierta complicidad. —Así son las vaquitas… mimaditas, adorables… pero créeme, tú también eres un semental fuerte. Si pones mano firme todo cambiará.
Checo suspiró, balanceando la cabeza mientras volvía a sus tareas. Se sentía un poco más tranquilo, pero por dentro no podía dejar de pensar en Max: su barriguita rechonchita, su puchero cuando lo separaban, su entusiasmo cuando lo veía.
En cuanto Max llegó a los brazos de Checo, su vaquita rechonchita no pudo contener la emoción. Comenzó a hablar de forma rápida, con esa voz tierna y acelerada que siempre hacía que Checo sonriera.
—¡Michel! Hoy comí mucho pasto, y después vi a Charles y a Lance, y jugamos un ratito, y… y el sol estaba calentito y la brisa… ¡Ay! Y también intenté correr más rápido, pero me cansé, y… ¡ah! Y me acordé de ti y quise que vinieras—
Max se detuvo un momento para abrazarlo más fuerte, enterrando la cabecita en el hombro de Checo, respirando con fuerza y moviendo la colita con entusiasmo.
Checo reía suavemente, acariciándole la espalda y la barriguita.
—Vaquita mimadita… qué alegría escucharte así de feliz —le susurró, apretándolo suavemente contra él—. Me gusta que me cuentes todo… todo lo que hiciste hoy.
Max asintió, aún entre jadeos de emoción, y continuó:
—Y después, Michel… intenté trepar esa colinita, ¡y casi me caigo! Pero no pasa nada, estaba seguro que vendrías… y… ahhh… quería que vinieras antes para abrazarte…
Checo lo sostuvo aún más cerca, disfrutando de cada palabra, de cada movimiento de la colita y del calor de su vaquita contra él.
—Siempre voy a estar aquí, vaquita linda —susurró—. Cada vez que quieras, siempre voy a escucharte y abrazarte.
Max suspiró feliz, dejando escapar un pequeño pucherito de contento, y se acomodó contra Checo, tranquilo por fin, disfrutando del calor del semental y de la seguridad de sus brazos.
Se quedaron así, acurrucados, disfrutando del calor y la cercanía, Checo sosteniendo a Max con firmeza y ternura, y Max respondiendo con pequeños empujoncitos y caricias, completamente confiado. Cada tanto, Checo rozaba su pancita y le susurraba cosas dulces sobre el ternerito, mientras Max se relajaba más, completamente seguro y feliz en los brazos de su semental.
La habitación se llenó de calma, risas suaves y jadeos tranquilos, un momento perfecto de cercanía y amor entre vaquita y toro, antes de que el sueño y el cansancio los vencieran lentamente.

![[GL] NO HAY CURA PARA EL AMOR - EDITANDO](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_18f34104b838616732eb19cde1203741.jpg)







Amo a Max vaquita ✨