latidos y secretos

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Summary

Jade, un joven estudiante de psicología con un pasado marcado por el abandono y la violencia familiar, lucha por encontrar su lugar en un mundo que parece determinarlo a ser invisible. Tras la muerte de su padre —un hombre violento y alcohólico— y la depresión de su madre, Jade se queda solo, atrapado en una espiral de soledad y autodestrucción. Su único refugio son sus amigas —Sana, una musulmana progresista con un carácter indomable, y Birdie, una soñadora con un estilo de cuento de hadas— y su obsesión por Scott Crawford, el hermano mayor de su amiga Becky: un hombre atractivo, dominante y profundamente homofóbico, que despierta en Jade una mezcla de deseo y dolor. Scott, el hijo perfecto de una familia de políticos conservadores, vive atrapado en su propia prisión de expectativas. Aunque se esfuerza por mantener una fachada de control y éxito, su vida es una mentira: reprime su sexualidad, desconfía de todos y ejerce un poder tóxico sobre quienes lo rodean, especialmente sobre Jade. Cuando los dos se reencuentran años después de un incidente que marcó sus vidas, la atracción entre ellos no es amor, sino una adicción peligrosa. Scott usa a Jade para descargar su rabia y su deseo reprimido, mientras que Jade, hambriento de afecto, confunde el abuso con pasión. Pero el verano trae consigo secretos a flor de piel. Becky, la hermana de Scott, vive un romance prohibido con Miles, el mejor amigo de su hermano, lo que desencadena una serie de confrontaciones que exponen las hipocresías de Scott y lo obligan a enfrentar sus propios demonios. Mientras tanto, Jade, atrapado entre el deseo y la autodestrucción, debe decidir si sigue permitiendo que Scott lo lastime o si, por fin, elige su propia dignidad. En un mundo donde el amor se confunde con el control y la libertad parece una ilusión, Latidos y secretos explora el costo de los silencios, el peso de los traumas familiares y la difícil búsqueda de la redención. ¿Puede Jade romper el ciclo de violencia que lo persigue? ¿O está condenado a repetir, una y otra vez, los mismos errores que lo definen?

Genre
Lgbtq
Author
narciso
Status
Complete
Chapters
28
Rating
4.5 4 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1: Secretos...

El sol del atardecer se filtraba apenas por las ventanas altas de la biblioteca universitaria, creando sombras doradas que bailaban en el suelo mientras la noche se acercaba lentamente. Entre los estantes más ocultos, donde el polvo se había asentado sobre libros que parecían no haber sido tocados en décadas, dos cuerpos se movían en silencio.

—Ah... —El gemido se escapó de sus labios mientras sentía cómo él entraba lentamente dentro suyo, cada centímetro una tortura dulce que la hacía temblar. El frío de la madera contra su espalda contrastaba con el calor que él irradiaba. —Sos un idiota...

—Shhhh. —Su voz sonó ronca, dominante, cerca de su oído. El aliento tibio le erizó la piel de la nuca mientras él mordisqueaba el lóbulo de su oreja, saboreando el momento. Sabía perfectamente lo que estaban haciendo y dónde lo hacían. Estaba mal, jodidamente mal, pero eso lo hacía aún más excitante.

Ella se calló, mordiéndose el labio inferior hasta casi hacerse sangre. El sabor metálico la tranquilizó. Él había tenido cuidado, había estado bien lubricado con saliva antes de entrar, pero aún así la llenaba completamente. Sus manos pequeñas se aferraron a los hombros anchos de él, sintiendo cómo los músculos se tensaban bajo la tela gastada de su camiseta.

—Dijiste que solo la puntita. —Su voz temblaba entre el reproche y el placer, las manos apretadas contra la madera fría del estante detrás de ella. El olor a papel viejo y humedad la rodeaba, mezclándose con el aroma de su colonia barata.

—Fue solo la puntita... y un poquito más. —Se excusó él con esa sonrisa que ella conocía tan bien, esa que la volvía loca. Sus ojos brillaron con malicia mientras la miraba fijamente, estudiando cada micro expresión en su rostro sonrojado.

—Alguien puede venir... —Ella intentaba mantener la cordura, pero cada movimiento de él le nublaba el pensamiento. La sensatez era su fuerte, casi siempre, pero a veces se dejaba llevar por el peligro. Y lo de ellos era peligroso, muy peligroso y adictivo.

El sonido de páginas siendo pasadas en algún rincón distante de la biblioteca la hizo contener la respiración. Miles se detuvo por un momento, ambos escuchando atentamente hasta que el silencio volvió a instalarse.

—No va a venir nadie, mi amor. —Él comenzó a moverse más rápido, el ritmo haciéndola perder el control que tanto se esforzaba por mantener. Sus caderas encontraron un compás perfecto, cada embestida calculada para arrancarle esos gemidos ahogados que tanto lo enloquecían.

—Ni se te ocurra... ni se te ocurra manchar mi falda. —Se quejó nuevamente mientras sentía las manos callosas de él aferrarse con fuerza a sus caderas, dejando marcas que sabía que encontraría después.

Rebecca vestía su estilo característico: old money, casi al estilo de Blair Waldorf. Una camisa de seda blanca impecable que ahora estaba arrugada y parcialmente desabrochada, falda larga de lana gris perla que él había levantado con cuidado, y zapatos de tacón que la hacían verse elegante incluso en esta situación tan poco elegante. Su cabello rubio ceniza, normalmente perfecto, ahora caía en ondas desordenadas sobre sus hombros.

Miles, en cambio, vestía como cualquier universitario promedio: jeans gastados con un agujero en la rodilla izquierda, camiseta básica de algodón que se pegaba a su torso sudoroso y zapatillas viejas que había usado hasta el cansancio. No tenía mucha inteligencia emocional, pero eso no le importaba a ella. La hacía reír como nadie más podía hacerlo, y la manera en que la miraba - como si fuera la única mujer en el mundo - la hacía derretirse completamente.

El orgasmo la tomó por sorpresa, una ola de calor que comenzó en su vientre bajo y se extendió por todo su cuerpo. Se mordió el dorso de la mano para no gritar, sintiendo cómo él la seguía pocos segundos después con un gruñido ronco contra su cuello.


La transición del escondite íntimo de la biblioteca al bullicio del campus fue abrupta. Rebecca se había recompuesto rápidamente, alisando su falda y acomodando su cabello con la práctica de quien había hecho esto más de una vez. Miles caminaba a su lado, manteniendo una distancia prudente pero no lo suficiente como para que sus dedos no se rozaran ocasionalmente.

El aire fresco del atardecer les dio la bienvenida cuando salieron del edificio. Los estudiantes caminaban en grupos, algunos con libros bajo el brazo, otros con auriculares puestos, todos inmersos en sus propias rutinas universitarias.

—¿Por qué te ves tan feliz? —Jade arqueó una ceja perfecta, cruzando los brazos sobre su pecho delgado. Su débil delineado negro estilo zorro resaltaba su mirada penetrante, y su piel morena brillaba bajo la luz artificial del campus. Su cabello rizado corto en los costados lo dejaba ver con un halo andrógino, tan enigmático como atrapante.

Llevaba puesto un pantalón de mezclilla oscuro que se ajustaba perfectamente a su figura esbelta, una camiseta roja intensa que hacía que su piel luciera aún más radiante, y unas converse negras en forma de botitas que le daban un aire rebelde. Había algo en su postura - la manera en que ladeaba la cabeza, cómo sus ojos parecían leer entre líneas - que delataba su formación en psicología.

Rebecca se había separado de Miles unos minutos antes, cuando vieron a Jade acercándose. Era parte de su rutina: mantener las apariencias, actuar como si nada hubiera pasado.

Ella le devolvió la mirada y una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro. —Cosas de la vida, qué sé yo. —Su voz tenía ese tono cantarín que usaba cuando había tenido un buen día. O mejor dicho, una buena tarde.

—¿Otra vez te viste con Mi...

—¡Shhh! —Ella lo cortó abruptamente, colocando su mano sobre la boca de Jade para que no dijera ni una palabra más. —Mi hermano anda por acá, puede escuchar.

—¿Escuchar qué?

Hablando del rey de Roma... Ambos dieron un respingo cuando escucharon esa voz familiar. Rebecca se quedó helada junto con Jade, el aire se volvió denso entre ellos, cargado de una tensión que ninguno de los dos podía nombrar pero que ambos sentían en el estómago.

Y entonces se vieron por primera vez en años. Jade hizo contacto visual con él, sus ojos se encontraron por unos segundos que se sintieron eternos. El tiempo se detuvo mientras Jade absorbía cada detalle: Scott había crecido, se había llenado, su mandíbula era más definida, su mirada más fría. Antes de que pudiera procesarlo completamente, desvió la mirada completamente avergonzado, sintiendo el calor subirle a sus mejillas morenas como una ola de fuego.

El hermano de su amiga estaba ahí parado, y Dios santo, ¿Cómo alguien podía verse tan bien? Un perfecto Adonis: alto, con hombros anchos que llenaban perfectamente su camiseta blanca, musculoso de una manera que hablaba de horas en el gimnasio, sociable pero reservado a la vez. Un misterio perfecto, tan hermoso que dolía mirarlo. O al menos eso era lo que Jade había construido en su cabeza durante todos estos años. Como un recuerdo cercano pero pasajero que ahora se materializaba frente a él con toda su gloria intimidante.

—Rebecca. —La voz de Scott salió apenas audible completamente seca como un comando, seguida de una mirada cortante que podía cortar cristal. El nombre de Rebecca resonó en la mente de Jade como un eco del pasado. Hacía tanto tiempo que no escuchaba esa voz, grave y controlada...

Estaban en el campus lleno de gente. Su hermano no podría lastimarlo ahí, ¿verdad? Pensó Rebecca, aunque una parte de ella sabía que Scott tenía maneras más sutiles de hacer daño.

—Te presento a mi nuevo amigo Jade. —Ella rápidamente desvió la atención, tratando de suavizar el ambiente que se había vuelto espeso como miel. —Es el hermanito de Franco.

—Un gusto. —Dijo de forma seca, y Jade solo le sonrió nerviosamente, sintiendo cómo sus palmas comenzaban a sudar. —Scott Crawford, soy el hermano de Rebecca.

La camiseta blanca con cuello en V que llevaba resaltaba sus pectorales y brazos trabajados. Tenía puesto un pantalón chino color caqui perfectamente planchado, un cinturón de cuero marrón con hebilla plateada llamativa, y mocasines negros impecables que probablemente costaban más que todo el guardarropa de Jade. La diferencia no solo de estatura sino también de complexión entre ambos era abismal - Scott parecía haber sido tallado por los dioses griegos, mientras que Jade se sentía pequeño y frágil a su lado.

Jade sonrió con más confianza de la que sentía. —Jade.

Iba a seguirle el juego. ¿O tal vez Scott realmente se había olvidado de él? Esa posibilidad le dolió más de lo que quería admitir.

—¡Miles! —Scott llamó la atención del sujeto en cuestión, que se dirigió hacia ellos con paso cansado, como si hubiera estado corriendo.

Rebecca y Miles se dieron una mirada de cómplices, bastante obvia para los ojos expertos de Jade que sabía leer entre líneas. Después de todo, era un estudiante de psicología, tenía ojo clínico o lo que antes llamaba "ojo de loca". La manera en que ella se mordía el labio inferior, cómo él evitaba mirarla directamente pero sus ojos inevitablemente se desviaban hacia ella, el rubor sutil en las mejillas de ambos... Todo encajaba perfectamente.

—¿Qué te tomó tanto tiempo? —Espetó Scott de mala gana, con esa autoridad natural que lo caracterizaba. —Íbamos a dejarte acá, soquete.

—La clase del viejo Rusty se alargó más de lo que debería. —Contestó Miles en forma de queja, tenía el rostro bastante cansado, con ojeras que delataban el desvelo y el cabello un poco despeinado. Sus ojos se dirigieron automáticamente hacia Rebecca, como un imán.

—¡Ey, Becky! —Dijo Miles con una sonrisa que transformó completamente su rostro cansado. —No te veo hace años. —Comentó torpemente y ella sonrió de vuelta, ambos rostros se iluminaron como si compartieran un secreto que nadie más conocía.

—Oye, aléjate de mi hermanita. —Scott se interpuso entre las miradas de ellos, su voz cargada de una posesividad que hizo que Jade sintiera un escalofrío. Sin comprender el asunto para nada, pero actuando por puro instinto protector.

Miles era el mejor amigo de Scott desde que este comenzó la universidad, hacía ya cuatro años, casi cinco. Su hermana había empezado hacía menos de seis meses y se había mudado al mismo edificio que él, algo que Scott había insistido para "mantenerla segura".

Las clases habían sido retomadas después de un pequeño receso de primavera. Scott había optado por volver a casa, a la mansión familiar en los suburbios, mientras que su hermana se había quedado por motivos que Scott desconocía en la ciudad. Eso lo molestaba más de lo que quería admitir.

—Scott, apártate. —Rebecca lo empujó levemente con su mano pequeña, pero su hermano no se movió ni un milímetro. Era como tratar de mover una montaña.

—Jade, ¿qué tal, amigo? —Miles había notado recién a Jade, porque toda su atención se había enfocado en los hermanos Crawford y la tensión palpable entre ellos.

—Nada, acá andamos. —Contestó sin más con una sonrisa forzada. Estar junto a Scott lo había puesto nervioso, inhibido, como si tuviera dieciséis años otra vez.

—Miles, tengo hambre. Vamos. —Dijo Scott, rodeando el cuello de su hermana posesivamente con su brazo, un gesto que parecía protector pero que tenía algo oscuro, olvidando por completo a Jade y aislándolo del grupo como si fuera invisible.

—Ehhh... —Miles miró a Scott con cierta confusión, sus ojos saltando entre su mejor amigo y Rebecca. —Tengo que entregar unos papeles.

—¿Papeles? —Preguntó Scott frunciendo el ceño, su mandíbula tensándose. —¿Qué papeles?

—Yo también. —Rebecca se soltó del agarre de su hermano mayor con más fuerza de la necesaria. —Yo también tengo que entregar algo. Urgente.

—Vamos entonces.

—¿Cómo? ¿Van a dejarme plantado?

Jade los miró alejarse. Eran dos conejos escapando de un depredador, y él entendía perfectamente la sensación. Scott tenía esa habilidad de hacer que todos a su alrededor se sintieran extremadamente pequeños.

—Ahora nos vemos, hermanito. —Soltó Rebecca, alejándose con Miles a paso rápido, casi corriendo. Sus tacones hacían un repiqueteo rítmico contra el concreto.

—¡Eh...! —Pero Scott no pudo siquiera terminar de ordenar sus palabras porque ellos ya lo habían dejado colgado, desapareciendo entre la multitud de estudiantes.

—Bueno... —Soltó Jade, restando importancia aunque aún se sentía nervioso por la presencia de Scott, como un animal pequeño ante un depredador. ¿De verdad se había olvidado de él? La posibilidad lo tranquilizaba y lo destrozaba al mismo tiempo. —Yo me voy.

Scott volteó a ver a Jade y se posicionó enfrente suyo. Jade, por sorpresa, retrocedió hasta tocar la pared fría de ladrillo que estaba detrás. Scott lo arrinconó con movimientos calculados, como un felino acechando a su presa, bajó la mirada demostrando dominio y poder.

Jade notó que Scott había crecido muchísimo, se había vuelto más imponente. Más frío, más calculador. Su cuerpo irradiaba una autoridad que no tenía a los dieciocho. Justo como un estudiante de derecho a punto de recibirse, acostumbrado a intimidar y ganar.

—No actúes como si me conocieras, no me hables. Ni siquiera hagas contacto visual conmigo y actúa como si nada hubiera pasado. ¿Entendiste?

Su aliento olía a menta y café, y Jade pudo ver las pequeñas líneas doradas en sus ojos verdes, tan cerca que podía contar sus pestañas. La contradicción entre la belleza de su rostro y la frialdad de sus palabras era devastadora.

—S-Sí. —El comportamiento errático de Scott lo tomó por sorpresa a Jade y lo hizo tartamudear como un idiota, como un niño siendo regañado.

Finalmente Scott le dio una última mirada de asco puro, como si fuera algo desagradable que había encontrado en la suela de su zapato, y se fue sin mediar otra palabra, sus mocasines haciendo un sonido seco contra el pavimento.

Jade se recostó contra la pared, el aire se le había escapado de los pulmones y se quedó sin oxígeno. Miró la ancha espalda de Scott alejarse, la manera en que su camiseta se tensaba sobre sus músculos, entonces él no había olvidado el incidente. Para nada.

Y por eso lo odiaba. Y cómo no iba a hacerlo, él también se odiaba por eso. Por seguir sintiendo esa mezcla tóxica de deseo y humillación cada vez que lo veía.